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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 29 de octubre de 2009

cine de época


mario levin escribió esta nota para la revista diatribas Nº 1 (buenos aires, julio del 2001). leí esa revista en casa de juan ritvo y contacté a levin (al que leía y admiraba desde la época de cinégrafo, 1982) para que me autorice a publicar la nota en las páginas de cultura del ex diario el ciudadano. volví a pensar en esta nota genial cuando hace unos días descargué el secreto de sus ojos, película que disfruté, acaso porque la ciudad y la época que muestra en gran parte es la que conocí cuando llegué a la argentina: el año 75. escenas memorables, a su modo, y al modo en que eran memorables las escenas de hollywood hace cuarenta años o más (por ejemplo, la que el juez reta a darín y a francella y cancherea como maestro ciruela; o la que darín encara a villamil para comentarle algo sobre la causa que está siguiendo y ella entiende que sus palabras son el inicio de una confesión de amor). es cierto, es muy ameno en la película esa trama de relaciones de clase (los empleados del juzgado por un lado, los jueces y funcionarios, por otro). como si el secreto se hiciera cargo de una forma de novelar que el cine más intenso de estos días (martel, mariano llinás), preocupado por sus modos de narrar, por su lenguaje mismo, ignora. al tiempo que anoto estas palabras tengo en pausa si muero antes de despertar, la sublime película de carlos hugo christensen del año 48, donde también hay una preocupación por mantener las formas clásicas de las que era contemporánea, pero en la que aquello que es aludido sobre lo social es puesto frente a los ojos del espectador como un maravilloso regalo que se multiplica y florece en sentidos insospechados.


por Mario Levin


Hay películas que aparecen en el momento justo y en el lugar correcto –como suele decirse– y de alguna manera representan el espíritu de la época, acierto que no es ajeno al éxito popular que reciben.

Representar quiere decir que reflejan de un modo muy directo algo sobre lo que se ha creado un consenso social, y que logran apropiarse de algo que realmente “está en el aire”, algo para nada demasiado complicado y que eventualmente puede expresarse en una simple frase.


Los argentinos somos

De la película Plata dulce (fines de la dictadura), la frase que la resumiría es “los argentinos nos afanamos todo”. De La historia oficial (comienzo de la democracia), “los argentinos no nos dimos cuenta de nada”, y de la que fue el boom del 2000 –nos referimos a Nueve Reinas–, “los argentinos somos unos estafadores”. El subtítulo de esta última podría ser: “A veces las cosas nos salen bien y otras mal”, o si no algo más sociológico: “La estafa en la Argentina o el trasvasamiento generacional en las familias de clase media”. No es necesario pensar que haya por parte del productor o el director alguna premeditación para plegarse a eso que llamamos antes “el espíritu de la época”. De hecho, el guión de Nueve Reinas fue escrito durante más de ocho años, aunque quizás no sea éste el caso de los otros dos films, ya que de hecho responden a un tema de actualidad política. Si en Nueve Reinas el diablo metió la cola es más la cola del productor: se trata de Patagonik asociada con el Canal 13 y una distribuidora subsidiaria de la Disney llamada Buena Vista. Es lo menos que se puede decir que esta gente tiene, ya que en un año de merma de espectadores vendieron 1.250.000 entradas.

Al frente del reparto actoral de los tres films hay tres excelentes performances: Norma Aleandro incluso ganó un Oscar de la Academia americana. Luppi-Lunadei hacen lo que tienen que hacer y el galán Darín crea un personaje que va mucho más allá del trabajo de los demás actores. Vale la pena remarcarlo, ya que la angustia, que es la estofa del personaje de Darín, sostiene toda la película y permite que nos olvidemos del mecanismo de la estafa que por momentos puede resultar tedioso, en la medida en que el saber está enteramente del lado del otro. A Darín se lo podría comparar con Sterling Hayden en la película que hizo con Kubrick, Casta de Malditos. Ambos personajes son decadentes, están acabados y piensan que tientan al destino por última vez, lo cual no es un dato menor. Es esa idea o ese momento en que alguien dice: “ésta es mi última oportunidad” e inevitablemente desencadena el mecanismo de la esperanza que, como dice en un momento Sterling Hayden, “es el camino más corto hacia el suicidio”.


Tres éxitos

Un estafador, una madre para quien la relación con su hija ya no será lo que era antes y un pobre tipo que pierde en su ley. Con esto se hicieron grandes éxitos porque fueron asociados claramente con lo que ocurría en la época del estreno.

En el caso de Plata dulce nadie dudaba de que los militares eran capaces de todo, pero todavía no sabíamos que durante la dictadura se habían amasado nuevas fortunas y engrosado otras ya existentes con estafas de Estado (así como se dice terrorismo de Estado), que aumentaron la deuda externa varias veces; sin saberlo, la moraleja del film (“a los argentinos nos gusta la plata fácil, o sea aquella que se hace sin laburar”) nos ponía al pie del muro por su imbécil simplicidad, o sea, donde ya nos habían puesto siete años de dictadura. Al terminar el film, Lunadei se lleva la plata y la mujer de un amigo. El desarrollo del argumento se emparenta con Nueve Reinas porque en ambas se trama una estafa que se oculta al espectador. En La historia oficial, Norma Aleandro es estafada por su marido, porque “ella no sabía”. Ella, en el film, es cualquier madre, a punto tal que no logra encarnarse en ninguna a pesar del premio otorgado; seguramente esto último no tiene que ver con la performance de la actriz, sino más bien con la construcción del personaje que suena a falso e impostado a fuerza de ser excepcional.

Las tres películas están bien manufacturadas y carecen de marca autoral. O sea que, viéndolas, el nombre del director resulta indiferente, tal como sucede en Nueve Reinas, donde no hay nada que nos permita presuponer para dónde va a seguir el operaprimista que la dirigió. En los tres casos, los directores trabajaron con oficio. Films industriales, parejos y razonablemente bien construidos que tuvieron éxito comercial convocando desde su prolijidad a la mayoría del público (ese que Godard llama “el enemigo público”), que exige que una película esté bien fabricada, lo que no es sinónimo de buen cine e incluso de cine a secas.


Sin resto

En las tres se opera sin resto. Efectivamente los tres films cierran y reivindican que un ciclo se ha cumplido. No hay cavilaciones que pongan a prueba nuestro juicio, que ya estaba de acuerdo con la tesis del film (los argentinos somos...). Cada film, a su manera, ensaya su respuesta, que no es ni más ni menos que lo que piensa cualquiera. En este sentido reflejan el momento actual, son de actualidad aunque recurran al reservorio local de personajes, sobre el cual hay un acuerdo tácito con el espectador.

El hecho de que sean films sin resto es menos seguro en La historia oficial y absolutamente evidente en Nueve Reinas. Caso en el que la estrategia del film lo vuelve casi contra sí mismo, poniendo al descubierto su mecanismo y con eso la gratuidad de toda obra de arte, donde el artista muestra su manera de enrular el rulo, acción que el espectador prefiere que se le oculte, sobre todo si hay algo de virtuosismo en juego. Qué diferente habría sido esta partida de póker si hubiera dejado un pato de la boda, cuanto más que está en el film. Nos referimos al hermanito menor de Darín; que podría no darse por satisfecho como la pareja de jóvenes estafadores que victimizan al veterano estafador, ya que no hay que olvidar que no sólo se trata de un “deporte” o del “arte” de la estafa, sino que el asunto es una venganza familiar que el film no toma sobre sus espaldas, o sea que no se hace cargo a pesar de plantearla. El hermanito menor, a modo de un cuento oriental, hubiera desplazado el sentido al encontrarlo, restando importancia a la cuestión del mecanismo de la estafa, ocultándolo y marcando un dejo amargo hacia el cierre que resignificaría todo el film. Pero no. La Walt Disney no suele perder espectadores, no sea que a algún tarado se le ocurra decir que le dio pena el hermanito. Es evidente que en Plata dulce no se plantearon estos problemas. Se podría argumentar que en La historia oficial, la nena –hija de desaparecidos– sería ese resto insobornable, pero como carece de existencia dramática nos quedamos en ascuas. Con razón, se nos puede responder, ya que en ese entonces todavía los hijos de desaparecidos no habían comenzado a hablar, eran muy pequeños, y nadie, ni el cine de la época fue capaz de escucharlos. En cambio, hasta la Academia podía vibrar con las lágrimas de una madre. Hay algo en este cine, cuyos productos cierran argumental y económicamente, que está definitivamente reprimido, convirtiéndolo en entretenimiento.

Hay otro cine donde el cine es una operación que fuerza la realidad al confrontarla con su propia imagen (“La imagen es redención de la realidad”, Godard), interrogándola aún cuando la estetice (Sokurof) o que la hace pasar por el género (“La comedia de la inocencia”, Raúl Ruiz); un cine de “acercamiento moral al personaje” (Rosellini), que lo vuelve imprevisible y con ello mantiene en vilo el sentido del film (Eisenstein), convirtiéndolo en una conjetura, la única correcta, sobre sus propios personajes (Fassbinder).