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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 23 de octubre de 2009

extraños en un tren


transsiberian, dirigida por brad anderson, con woody harrelson, emily mortimer y ben kingsley, un fascinante homenaje a hitchcock y el buen cine... 

Me puse a ver Transsiberian porque bajó rápido desde una de mis páginas de descarga directa favoritas y, también, porque me parecía que podía tragarme una mala trama policial en pos de echar un vistazo al paisaje original de mi familia rusa. Como se intuirá, la película transcurre en el Transiberiano, el tren que une Pekín con Moscú y atraviesa la estepa blanca de Asia central. Me gustó el elenco, porque estaba Emily Mortimer (http://en.wikipedia.org/wiki/Emily_Mortimer), cuya actuación en Redbelt, de David Mamet, había disfrutado muchísimo. Y también Ben Kingsley, que en esos roles ambiguos (un villano con un pasado y una intensidad humana, a la vez que terrible) tiene un espesor raro para los actores de estos días. Pero a poco de empezar (luego de una escena digna del John Carpenter más clásico: alguien da un discurso moralizante que queda flotando en el ambiente del relato y promete inmiscuirse y probarse en las circunstancias que vienen a plantearse), hay una escena en el comedor del tren que es una cita textual de Hitchcock, y no de cualquier cosa que haya dicho el Maestro, sino de uno de los asuntos centrales de ese corpus fílmico-teórico que nos legara Hitchcock, el McGuffin (http://es.wikipedia.org/wiki/Macguffin). Y luego, más citas y, luego, esa promesa estúpida que me había hecho de ver una colección de diapositivas siberianas en movimiento, desaparece tras la trama y la puesta en escena de esta película brillante.

Creo que hay dos tipos de espectadores de cine: los que confían en lo que les pueda decir el acomodador (como en el chiste, el acomodador despechado por no obtener propina se convierte en spoiler y le tira: el asesino es el mayordomo) y los que confían en el director, en la puesta en escena, en el relato. Para el primer tipo de espectador, Transsiberian es un thriller más, una suerte de puzle sin demasiadas piezas; para el segundo, en cambio, el film es una red: puede verse como un compendio del cine, como cine sobre el cine (es por momentos un western: hay un rescate a cargo de la caballería, metafóricamente hablando, claro; es un drama digno de Tennessee Williams, que es una de las citas; es un film vampiresco con la debida referencia iconográfica al Bram Stoker’s Dracula de Francis Ford Coppola), y puede disfrutarse como esos films que plantean una aventura física, material, que pronto deviene, con pequeños McGuffins, con excusas casi intrascendentes, una aventura metafísica.
Pero, como esto no es una reseña de un film, sino de lo pelotudo que se pone uno cuando se baja demasiadas películas, quiero hacer notar que no había reparado siquiera que el autor de esta maravilla es nada menos que Brad Anderson, responsable de varios episodios de una de las series más crudas y callejeras de los últimos tiempos, The Wire (http://en.wikipedia.org/wiki/The_Wire) y, también, director de otra serie actual que en breve comienza su segunda temporada, Fringe [http://en.wikipedia.org/wiki/Fringe_(TV_series)], además de películas como El maquinista (2004) y Happy Accidents (2000).

Coda. Para Matías Bordione
Si es previsible o no, la verdad, importa poco, siempre defendí aquél argumento que decía que sólo hay dos tramas posibles: la del hombre que da con su destino y la del hombre que no da con su destino. Por eso decía que es aleatoria la trama policial. De hecho, esa cita hitchcockeana del McGuffin viene a advertirnos eso: ojo, vamos a hacer una película con la excisa del tráfico de drogas (aunque esa película, esa historia superficial y primera que salta a la vsita está bien hecha). La verdadera película es la que se arma a partir de la puesta en escena: la primera imagen es esa reunión de no sé qué iglesia (porque el film no lo dice) en la que saludan y festejan a Jess (el persnaje de la Mortimer) por unas fotos que hizo a unos niños felices. Luego, resulta que en toda la película las fotos van cobrando un valor y un sentido completamente opuesto al primero que se nos enseña, es más, en el caso de la fotografía que ve Jess cuando está a punto de dejar Moscú (donde se representan, como en una alegoría, los sueños de Abby, la mula que traficaba droga: un hogar aislado en las montañas, junto a un lago, con un muelle, donde criar hijos) hasta que, al final, lo que nos encontramos, cuando Jess ya está de regreso en el avión, junto a su esposo, es el rostro de un niño. La película, para usar el concepto de "tema" de Truffaut (nada desacertado para un film que cita la frase del libro Truffaut-Hitchcock), trata sobre la maternidad y los niños. Y el film incluso lo recuerda en cómo cada personaje recuerda su trato con la prole: Grinko y su hijo muerto de cáncer, los rusos como huérfanos de patria, etcétera. Bueno, lo que quiero decir, Matías, es que la puesta del film es tan o más interesante quie su trama pero, que incluso su puesta es mucho más fértil y narra, desde luego, otra historia.