En la EMR preparamos un Diccionario de Rosario inspirado y basado de alguna forma en el que Wladimir Mikielievich escribió durante casi toda su vida. Como muchas de las entradas seleccionadas requieren actualizaciones, e incluso hay que escribir nuevas entradas (sobre todos las que conciernen al siglo XXI, que Mikielievich no vio), encarmos acá la publicación de esas entradas, que seguramente se reducirán para ingresar al texto, según su redacción original.
Imagen guardada por Mikielievich que fecha la inauguración de la plaza y el emplazamiento del busto de la Libertad el 1 de diciembre de 1980. El busto ya no está en la plaza.
LIBERTAD, plaza de la, Urb, Hist. Hasta 1968 la manzana recortada por Mitre, Pasco, Sarmiento e Ituzaingó —hoy la Plaza Libertad, o “de la Libertad”, como figura en registros catastrales de la municipalidad (sección 02, manzana 057)— ofrecía al paseante un edificio central coronado por cinco picos galvanizados sobre el frontón que terminaban de dar forma a los altos techos a dos aguas del Mercado de Abasto de Rosario, que legó su nombre al barrio. El mercado, además del comercio de alimentos frescos, forjó la identidad del barrio desde 1918, cuando comenzó a funcionar, poblándose de bares, fondas, bodegones, pequeños comercios y conventillos donde se alojaban —a veces con sus familias— puesteros y changarines, que circulaban en torno al lugar que 50 años después fue trasladado al Mercado de Productores de San Nicolás y 27 de febrero y al Mercado de Concentración de Fisherton. El edificio terminó de demolerse en 1969 y quedó un terreno con tierra y escombros que fue convertido en pista de motocross hasta que en la intendencia de facto de un oficial de la Marina (1976-1981) se inauguró la plaza de la Libertad el 30 de diciembre de 1980, cuyo alrededor mantuvo durante unos 20 años el paisaje de casas más o menos bajas, establecimientos pensados para almacenes, comercios y depósitos. Avanzados los primeros años de democracia, a fines de la década de 1980, como haciéndose eco de su nombre, la plaza fue escenario de ofertas sexuales que escandalizaron a una sociedad que aún convivía con la Liga de la Decencia (ya sin la virulencia que tuvo durante la dictadura), no sólo la prostitución más frecuente, también se hicieron visibles las travestis. “Una plaza seca con algunos juegos y un poco de arena y unos árboles”, le describe un periodista en una revista independiente de 1990. Y agrega: “Unos arquitectos proyectaron allí una plaza de formas nuevas. Una fuente rectangular modelo Mundial ‘78 (como la del Centro Cultural) y, en la depresión del terreno, un cantón de arena ovoide con juegos —algunos artesanales— y unos pequeños túneles para que pasen los niños, hechos de caños de fibrocemento para cloacas. Lo demás es de hormigón. Formas simétricas. Escaleras de pocos escalones, casi simbólicas y sin dudas menos prácticas que rampas. Árboles que deberían crecer para parecerse a los árboles. Mesas de cemento con pequeñas baldosas negras y blancas formando fríos tableros de ajedrez, etc.” La descripciòn es parte de una crónica sobre un bar que funcionó entre 1987 y 1992 en la esquina de Sarmiento e Ituzaingó, frente a la plaza, Inizios, el primer bar gay de Rosario, creado sólo cuatro años después que el primer bar de ese tipo en Capìtal Federal. En noviembre de 1998 la Plaza Libertad fue la arena de un foro en el que “un grupo de travestis y el Colectivo Arco Iris —que reunía a la comunidad LGBT de la ciudad— denuncian el pago de coimas y los favores sexuales que exigían los policías de Moralidad Pública para dejarlas en paz. La respuesta brutal del jefe de policía fue incrementar razzias y hacer declaraciones paradigmáticas de la discriminación, como llamar ‘mascaritas sidóticas’ a las travestis o recomendar que se las separe de la sociedad, lo que lo obliga a renuncir y con ello termina una época de persecuciones”, según la crónica que hace un periodista rosarino en una revista en 2024, que rememora la noche de Rosario. La plaza se reinauguró con reformas y mejoras en julio de 2023, con nuevos canteros sobre el sendero en diagonal existente y más árboles, ampliación de espacios verdes sobre calles Pasco e Ituzaingó, se ejecutaron rampas de acceso en las cuatro esquinas, así como una para subir al escenario y a juegos. Se colocó una estación aeróbica, un skatepark, se sumó mobiliario urbano, bancos y mesas, cestos y equipo de riego. Además, se instaló un nuevo piso de caucho antigolpes para mayor seguridad de niñas y niños. Una imagen de San Cayetano, resguardada en una caja enrejada, casi en la esquina de Mitre y Pasco, recuerda que la plaza es el punto de partida de la procesión del santo cada 7 de agosto hacia la iglesia de calle Buenos Aires al 2100.
El Mercado del Abasto que funcionó donde hoy está la plaza hasta 1968. La imagen es de los años 30.
En la EMR preparamos un Diccionario de Rosario inspirado y basado de alguna forma en el que Wladimir Mikielievich escribió durante casi toda su vida. Como muchas de las entradas seleccionadas requieren actualizaciones, e incluso hay que escribir nuevas entradas (sobre todos las que conciernen al siglo XXI, que Mikielievich no vio), encarmos acá la publicación de esas entradas, que seguramente se reducirán para ingresar al texto, según su redacción original.
Parque de la Independencia, ca. 1930 (postal coloreada).
INDEPENDENCIA, Parque de la. Hist. Urb. La iniciativa de construir un parque en la zona sudoeste de la ciudad de la época data del año 1896 y se lo ubicaba en el sector limitado por la calle 9 de Julio, bulevar Oroño (entonces Santafecino), las avenidas Pellegrini (antes bulevar Argentino) y Ovidio Lagos (antes calle La Plata), conforme a un proyecto del jefe del Departamento de Obras Públicas, el ingeniero Héctor Thedy. Estudios realizados durante la primera intendencia de Luis Lamas (1898-1901), determinaron ubicarlo en la superficie limitada por Lagos e Ituzaingó, calle Santiago, Cochabamba y Moreno, bulevar 27 de febrero (entonces Rosario). Una ley provincial de agosto de 1900 autorizó la expropiación de los terrenos con destino al parque “de la” Independencia (tal como figura en registro catastral). El parque —que no ocupaba todavía los 1,26 kilómetros cuadrados de extensión actuales— fue inaugurado la noche del 1° de enero de 1902 y otra ley provincial de junio de ese año autorizó a la Municipalidad la expropiación de los terrenos adyacentes al parque, limitados por Pellegrini y Santiago, Ituzaingó y Lagos, inclusive, y la manzana circunvalada por Pellegrini, Alvear, Cochabamba y Santiago, todos ellos necesarios para regularizar la superficie del parque. No fue sino hasta la década de 1930 que el parque adquiriría el tamaño y la fisonomía actual, aunque los cambios continuaron hasta principios del siglo XXI. En 1912 una nueva ley provincial autorizó otras expropiaciones destinadas a regularizar el trazado. El Rosedal, frente a bulevar Oroño y rodeado por las avenidas Intendente Coronado (ex Los Brachichitos) y Dante Alighieri, fue inaugurado en diciembre de 1915. El área parquizada fue ampliada en 1932 en un 30 por ciento, construyéndose jardines frente al cementerio El Salvador y acceso a la avenida Pte. Perón (ex Godoy). En 1980 se incorporaron al parque los terrenos antes ocupados por galpones municipales que se demolieron frente a la avenida Lagos, desde calle Ituzaingó hasta el codo del circo de carreras del Hipódromo Independencia (inaugurado en 1901). En marzo de 1916 un concesionario habilitó góndolas, lanchitas, automóviles, botes ingleses a doble remo, hidropatines insumergibles, bicicletas acuáticas y otros aparatos para recorrer el lago, en cuya construcción y en la de la montaña se ocuparon vagos e infractores reclutados por la policía y castigados para realizar trabajo público. En el centro del lago se encuentra una fuente de aguas danzantes inaugurada en diciembre de 1998. La Fuente de Cerámica donada por la comunidad de residentes españoles atravesó el Atlántico, de las mayores en su tipo, se inauguró en 1936 a un costado del Rosedal. El Jardín Francés, sobre Pellegrini, se inauguró en 1942. El Calendario, donde los jardineros modifican los macizos de flores para mostrar el día del año y la fecha funciona desde 1946. Dentro del parque también está la ex Sociedad Rural (hoy un área de galpones y espacios abiertos reservada para actividades masivas). El Museo de la Ciudad de Rosario (hoy Wladimir Mikielievich) se creó en 1981 y funciona en el parque desde 1993, en el edificio inaugurado en 1902 como Escuela de Aprendices Jardineros. El Estadio Municipal Jorge Newbery (primer club público estatal de Argentina) se creó en 1925. El Museo Histórico Provincial Dr. Julio Marc se inauguró en 1939. El Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino fue abierto en 1937. El Jardín de los Niños, un área de 3,5 hectáreas con divertimentos como la Máquina de Volar y facilidades educacionales (parte del Tríptico de la Infancia), donde funcionó hasta 1997 el Zoológico Municipal, se inauguró en medio de la crisis de 2001. El International Park, en la esquina de Oroño y 27 de Febrero, donde funcionaban atracciones mecánicas, fue desmantelado en 2013, luego de un accidente en el que murieron dos adolescentes. Un parque similar, más pequeño, funciona frente al Estadio del club Newell’s Old Boys. Además de ese club, en el Independencia funcionan otros dos: el Gimnasia y Esgrima de Rosario (Moreno y Cochabamba), y el Atlético Provincial, abierto en 1915 entre 27 de Febrero, Pueyrredón, Dante Alighieri y el estadio municipal. El Parque Independencia ha sido escenario de las páginas de literatura producida en Rosario; al menos dos de sus escritores lo incluyeron el título de sus libros, Edgardo Dobry en El lago de los botes (Lumen, 2005), y Elvio Gandolfo en Real en el Rosedal (EMR, 2009).
Publicado a principios de diciembre de 2023 en Rea.
El
lunes 30 de octubre pasado, en una extensa entrevista
con el periodista Alejandro Bercovich, el gobernador reelecto de Buenos Aires,
Axel Kicillof –quien fue docente de Historia de las Ideas Económicas en la
Facultad de Economía de la UBA– contó que se había puesto a averiguar en
internet por qué Javier Milei –quien en un momento sostuvo las ideas del
neoclasicismo económico– de repente viró hacia marginales de la economía como
Murray Rothbard. Su conclusión es que debía justificar de algún modo una
defensa de los monopolios, ya que entonces trabajaba para el grupo Eurnekian,
que manejaba el monopolio de los aeropuertos argentinos. Los monopolios, según
las ideas capitalistas de la modernidad decimonónica y de entrado el siglo XX,
son una aberración del sistema, un residuo feudal que atenta contra el libre mercado.
La discusión en términos
económicos no sólo se me escapa, sino que me resultó menos relevante que lo que
la crítica cultural había expresado en la década de 1980 sobre los monstruos de
la burguesía.
En un artículo ya
clásico de Franco Moretti, “The Dialectic of Fear” (“La dialéctica del miedo”.
La versión original en inglés puede leerse entera acá)
–incluido en su colección de ensayos Signs
Taken for Wonders (1983, Verso Books) que, hasta donde pude comprobar
no tiene traducción al español–, el autor señala que hay dos monstruos que resumen
los miedos de la burguesía: Frankenstein (1817) y Drácula (1895).
Moretti, que escribe su
ensayo cuando ya daba clases en algunas de las principales universidades de la
costa Este de EEUU, es estrictamente marxista en el desarrollo del texto. Se trata
de un marxismo mucho más “cultural” que económico, más “político”, para quien
prefiera el término. Escribe: “La literatura de terror nace precisamente del
terror de una sociedad dividida y del deseo de sanarla. (Esta literatura) Debe
restaurar el equilibrio roto –dando la ilusión de poder detener la historia–
porque el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro será monstruoso. Su
antagonista –el enemigo del monstruo– siempre será, por el contrario, un
representante del presente, una destilación de la complaciente mediocridad del
siglo XIX: nacionalista, estúpido, supersticioso, filisteo, impotente,
satisfecho de sí mismo. Pero esto no se muestra. Fascinado por el horror del
monstruo, el público acepta sin murmurar los vicios de su destructor, del mismo
modo que acepta su representación literaria, la tipología hastiada y repetitiva
que recupera su fuerza y su virginidad al contacto con lo desconocido. El
monstruo, entonces, sirve para desplazar los antagonismos y horrores
evidenciados dentro de la sociedad hacia fuera de la sociedad misma.”
Claro, estamos hablando
de los monstruos que aparecen “cuando lo viejo no terminó de morir y lo nuevo
no termina de nacer”.
Entre Frankenstein
y Drácula transcurre casi todo el siglo XIX, cuya inauguración acaso es
la Revolución Francesa.
Moretti compara a
Frankenstein, que ni siquiera posee un nombre (“pertenece”, como creación, al
doctor Frankenstein), con el proletariado. Y anota: Entre Frankenstein y el
monstruo existe una relación dialéctica ambivalente, la misma que, según Marx,
conecta el capital con el trabajo asalariado. Por un lado, el científico no
puede dejar de crear el monstruo: ‘A menudo mi naturaleza humana se rebelaba
contra mi tarea, mientras que, todavía impulsado por un afán en perpetuo
incremento, llevaba mi trabajo cerca de su finalización’. Pero, por el
contrario, inmediatamente le tiene miedo y quiere matarlo, porque se da cuenta
de que ha dado vida a una criatura más fuerte que él y de la que ya no puede
liberarse. Es la misma maldición que aflige a Jekyll: ‘Para tranquilizar tu
buen corazón, te diré una cosa: en el momento que elija, puedo deshacerme del
señor Hyde’. Y, sin embargo, es Hyde quien se convertirá en dueño de la vida
del amo. En otras palabras, el miedo que suscita el monstruo es el miedo de
quien teme haber ‘creado a su propio sepulturero’”.
En cambio, al referirse
a Drácula, Moretti escribe: “Que el Conde Drácula sea un aristócrata es sólo
una forma de decir. Jonathan Harker –el agente inmobiliario londinense que
reside en su castillo y cuyo diario abre la novela de Stoker– observa con
asombro que Drácula carece precisamente de lo que hace que un hombre sea
‘noble’: sirvientes. Drácula se rebaja a conducir el carruaje, cocinar la
comida, tender las camas, limpiar el castillo. El Conde ha leído a Adam Smith:
sabe que los sirvientes son trabajadores improductivos que disminuyen los
ingresos de quien los mantiene”.
Se trata, lo decimos de
nuevo, de un texto de 1983, escrito en Nueva York, cuando lo que hoy llamamos
“crítica cultural” o teoría crítica de la cultura no había tenido razón aún de
desarrollarse, en principio porque no había caído el Muro de Berlín y el bloque
occidental, es decir “el Mercado”, no podía expandirse más allá del bloque
soviético.
Escribe Moretti: ““El
capital es trabajo muerto que, como el vampiro, sólo vive succionando trabajo
vivo, y vive cuanto más trabajo succiona”. La analogía de Marx desentraña la
metáfora del vampiro. Como todos sabemos, el vampiro está muerto y, sin
embargo, no está muerto: es un No-Muerto, una persona “muerta” que logra vivir
gracias a la sangre que chupa de los vivos. La fuerza de aquellos se convierte
en su fuerza. Cuanto más fuerte se vuelve el vampiro, más débiles se vuelven
los vivos: ‘el capitalista se enriquece no, como el avaro, en proporción a su
trabajo personal y a su consumo restringido, sino al mismo ritmo que exprime
fuerza del trabajo de otros, y obliga al trabajador a renunciar a todos los
goces de la vida.’ Como el capital, Drácula se ve impelido hacia un crecimiento
continuo, una expansión ilimitada de su dominio: la acumulación es inherente a
su naturaleza. ‘Éste’, exclama Harker, ‘era el ser que estaba ayudando a
trasladar a Londres, donde, tal vez durante los siglos venideros, podría, entre
sus hacinados millones, saciar su sed de sangre y crear un nuevo y cada vez
más amplio. círculo de semidemonios para atacar a los indefensos.’ ‘Y así
el círculo sigue ampliándose cada vez más’, dice Van Helsing más adelante; y
Seward describe a Drácula como ‘el padre o promotor de un nuevo orden de
seres’.
“Todas las acciones de
Drácula tienen realmente como objetivo final la creación de este ‘nuevo orden
de seres’ que encuentra su suelo más fértil, lógicamente, en Inglaterra. Y
finalmente, así como el capitalista es el ‘capital personificado’ y debe
subordinar su existencia privada al movimiento abstracto e incesante de la
acumulación, así Drácula no está impulsado por el deseo de poder sino
por la maldición del poder, por una obligación de la que no puede
escapar. ‘Cuando ellos (los No-Muertos) se vuelven tales’, explica Van Helsing,
‘viene con el cambio la maldición de la inmortalidad; no pueden morir, sino que
deben seguir edad tras edad añadiendo nuevas víctimas y multiplicando los males
del mundo’. Más adelante se comenta sobre el vampiro que ‘puede hacer todas
estas cosas, pero no es libre’. Su maldición lo obliga a causar cada vez más
víctimas, del mismo modo que el capitalista se ve obligado a acumular. Su
naturaleza le obliga a luchar por ser ilimitado, por subyugar al conjunto de
la sociedad. Por esta razón no se puede ‘coexistir’ con el vampiro. Uno
debe sucumbir a él o matarlo, liberando así al mundo de su presencia y a él de
su maldición.”
Y es así como llegamos
al subtítulo “The Vampire as Monopolist” (“El vampiro como monopolista”).
El vampiro monopólico
“Si el vampiro –escribe
Moretti– es una metáfora del capital, entonces el vampiro de Stoker, que es de
1897, trata sobre el capital de 1897. El capital que, después de permanecer
‘enterrado’ durante veinte largos años de recesión, resurge para emprender el
camino irreversible de la concentración y el monopolio. Y Drácula es un
verdadero monopolista: solitario y despótico, no tolera la competencia. Al
igual que el capital monopolista, su ambición es subyugar los últimos vestigios
de la era liberal y destruir todas las formas de independencia económica. Ya no
se limita a incorporar (en sentido literal) la fuerza física y moral de sus
víctimas. Tiene la intención de hacerlos suyos para siempre. De ahí el horror
para la mente burguesa. Uno está atado a Drácula, como al diablo, de por vida;
ya no ‘por un período determinado’, como estipulaba el clásico contrato burgués
con la intención de mantener la libertad de las partes contratantes. El
vampiro, como el monopolio, destruye la esperanza de que algún día se pueda
recuperar la independencia. Amenaza la idea de libertad individual. Por esta
razón, la burguesía del siglo XIX sólo es capaz de imaginar el monopolio bajo
la apariencia del Conde Drácula, el aristócrata, la figura del pasado, la
reliquia de tierras lejanas y edades oscuras.
“Porque el burgués del
siglo XIX cree en el libre comercio y sabe que, para establecerse, la libre
competencia tenía que destruir la tiranía del monopolio feudal. Para él,
entonces, monopolio y libre competencia son conceptos irreconciliables. El
monopolio es el pasado de la competencia, la Edad Media. No puede creer que ese
pueda ser su futuro, que la competencia misma pueda generar monopolios en
nuevas formas. Y, sin embargo, ‘el monopolio moderno es (...) la verdadera
síntesis (...) la negación del monopolio feudal en la medida en que implica el
sistema de competencia, y la negación de la competencia en la medida en que es
monopolio’.
“Drácula es, pues, al
mismo tiempo el producto final del siglo burgués y su negación. En la novela de
Stoker sólo aparece este segundo aspecto –el negativo y destructivo. Hay muy
buenas razones para ello. En Gran Bretaña, a finales del siglo XIX, la
concentración monopólica estaba mucho menos desarrollada (por diversas razones
económicas y políticas) que en otras sociedades capitalistas avanzadas. Por
tanto, el monopolio podría percibirse como algo ajeno a la historia británica:
como una amenaza foránea. Esta es la razón por la que Drácula no es
británico, mientras que sus antagonistas (con una excepción, como veremos, y
con la adición de Van Helsing, nacido en esa otra patria clásica del libre
comercio, Holanda) son británicos de principio a fin. El nacionalismo –la
defensa hasta la muerte de la civilización británica– tiene un papel central en
Drácula. La idea de nación es central porque es colectiva: coordina las
energías individuales y les permite resistir la amenaza. Porque mientras
Drácula amenaza la libertad del individuo, éste es el único que carece del
poder para resistirlo o derrotarlo.
“De hecho, los
seguidores del individualismo económico puro, aquellos que sólo persiguen su
propio beneficio, son, sin saberlo, los mejores aliados del vampiro.
“El individualismo no es
el arma con la que se pueda derrotar a Drácula. Se necesitan otras cosas; en
realidad, dos: dinero y religión. Estos son considerados como un todo único,
que no debe separarse: es decir, el dinero al servicio de la religión y
viceversa. El dinero de los enemigos de Drácula es dinero que se niega a convertirse
en capital, que no quiere obedecer las leyes económicas profanas del
capitalismo sino ser utilizado para hacer el bien.
“Hacia el final de la
novela, Mina Harker piensa en el compromiso financiero de sus amigas: ‘¡Me hizo
pensar en el maravilloso poder del dinero!. ¿Qué no puede hacer cuando se
aplica correctamente? ¡Y qué podría hacer si se usara vilmente!’ Este es el
punto: el dinero debe usarse de acuerdo con la justicia. El dinero no debe
tener su fin en sí mismo, en su continua acumulación. Debe tener, más bien, un
fin moral y antieconómico, hasta el punto de que se puedan aceptar con calma
gastos y pérdidas colosales. Esta idea de que el dinero es, para el
capitalista, algo inadmisible. Pero es también la gran mentira ideológica del
capitalismo victoriano, un capitalismo que se avergüenza de sí mismo y que
esconde fábricas y estaciones bajo engorrosas superestructuras góticas; que
prolonga y ensalza los modelos de vida aristocráticos; que exalta la santidad
de la familia cuando ésta comienza a desintegrarse en secreto.
“Los enemigos de Drácula
son precisamente los exponentes de este capitalismo. Son la versión
militante de los benefactores de Dickens. Encuentran su realización en la
superstición religiosa, mientras que el vampiro queda paralizado por ella. Y,
sin embargo, los crucifijos, las hostias sagradas, los ajos, las flores
mágicas, etc., no son importantes por su significado religioso intrínseco sino
por una razón más sutil.
“Su verdadera función
consiste en poner límites infranqueables a la actividad del vampiro. Le impiden
entrar en tal o cual casa, conquistar a tal o cual persona, realizar tal o cual
metamorfosis. Pero poner límites al capital vampírico significa atacar su
propia razón de ser: por su naturaleza debe ser capaz de expandirse sin límite,
de destruir toda restricción a su acción. La superstición religiosa impone a
Drácula los mismos límites que el capitalismo victoriano declara aceptar
espontáneamente.
“Pero Drácula –que es
capital que no se avergüenza de sí mismo, fiel a su propia naturaleza, un fin
en sí mismo– no puede sobrevivir en estas condiciones.
“Y así, este símbolo de
un desarrollo histórico cruel cae víctima de un puñado de sepulcros
blanqueados, de un grupo de fanáticos que quieren detener el curso de la
historia. Son ellos quienes son las reliquias de la edad oscura.”
Monstruos
El texto de Moretti es
mucho más extenso y su lectura completa condena este breve y apurado vínculo a
una reducción ocasional y oportunista con este hallazgo que hiciera el
gobernador bonaerense con respecto a la decisión que hiciera el candidato
libertariano de volverse un apologista del monopolio y el anarcocapitalista.
Si algo queda por
agregar, en esta sencilla y breve conclusión sobre comparaciones en torno a un
texto ya clásico es que esos monstruos que surgen entre la muerte de lo viejo y
el demorado nacimiento de lo nuevo –según la fórmula de Antonio Gramsci* en sus
Cuadernos
de la cárcel– es que ese monstruo que encarna en la figura de Milei ya
tiene un nombre y una representación que fue interpretada en la misma época en
que Margaret Thatcher –la admirada primera
ministra británica de Javie Milei que logró instalar el neoliberalismo en
Gran Bretaña tras derrocar a los mineros ingleses y luego de ganar la guerra de
Malvinas– y Ronald Reagan daban comienzo a una etapa del capitalismo cuya
versión más extrema ya conocíamos en América latina durante las dictaduras de
Pinochet y Videla, un capitalismo que lograba al fin desvincular
poder y política para que sólo la instrumentalidad económica fuese capaz de
gobernar la deriva democrática. La coronación de este capitalismo 4.0
se daría con la caída de la Unión Soviética y la deslocalización de un capital
desenfrenado.
La representación de ese
capitalismo vampírico que la novela Drácula no llega a terminar de
mostrarnos es la serie The Strain
(“La cepa”, 2014), creada por Guillermo del Toro y basada en la trilogía de
novelas del mismo Del Toro y Chuck
Hogan), que nos muestra una Nueva York colonizada por un vampiro feudal en
la contemporaneidad.
Si de algo no
puede jactarse Argentina es de repeler los monopolios. Desde la exportación de
su cereal a la producción de sus alimentos o la comunicación y la energía, un
puñado de empresas monopolizan las principales actividades económicas y la
exportación en el país.
El parlamentarismo democrático sólo ha disimulado en 40 años de
democracia ese vampirismo monopólico, según lo describió Franco Moretti. El
monstruo monopólico ha tenido en estas décadas el decoro de esconder sus
colmillos. El nuevo síntoma social es la aceptación de ese amo, así como Milei
parece haber encontrado al fin el amo ante el cual arrodillarse, un ex
mandatario al que aún llama –contraria a la prédica macrista que lo postulaba
como “Mauricio”–: “presidente”.
Last, but not
least. Acaso hay una trampa en el apresurado planteo de este texto. La trampa
consistiría en “demonizar” a Milei. En otras palabras,
convertirlo en un protagonista. Lo que hace Moretti en “Dialectic of Fear” no
es juzgar o señalar algo en particular en las figuras de los monstruos que
analiza, sino que en ellos explora los miedos de la burguesía moderna cuando
ésta termina de constituirse durante el siglo XIX.
En ese mismo
sentido, Milei no es más que un síntoma, un emergente de la política de una
sociedad que vive la democracia como una derrota: nadie votó con grandes
expectativas las elecciones de 2015, muchos fueron defraudados por lo que
votaron en 2019 y las elecciones del 19 de noviembre próximo son una nueva
manifestación de esa degradación del ejercicio de la política: 40 años de
democracia y 40 por ciento de una pobreza cuya escalada comenzó y se
sistematizó a partir de la última dictadura. Eso que Milei viene a encarnar
–más allá de su pobre pensamiento y su miserable biografía– de algún modo ya
“ganó”, no importa cuáles sean los resultados del balotaje.
* La traducción
frecuente de ese párrafo de los Cuadernos de la cárcel,
de Antonio Gramsci reza: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Literalmente, ese fragmento, escrito
en 1930, reza: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo
muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos
morbosos más variados”. Se refería a la crisis producida por el crack de
la Bolsa neoyorkina de 1929 y, sobre todo, a la feroz crisis del capitalismo en
esa época, que en Italia daría lugar al surgimiento del fascismo.
Dos días me llevó unir las 2 horas y 28 minutos de Furiosa, que conseguí en TorrentGalaxy vìa @utorrent. No digo que esté mal, al contrario. Sólo agrego algo ajeno, incluso, a su valor fílmico: se construye sobre una expectativa de venganza que coincide con mi expectativa política. Más avanza este cambalache democrático suicida y más se consume mi imaginación en elucubrar un castigo proporcional al daño que producen el Duende, la Zarina y sus colaboradores. Como en Furiosa, no pido futuro, sino venganza.
En la película resultó difícil separar la simpatía por los personajes de aquella que naturalmente se deslizó hacia ciertos objetos, como el Valiant IV que conducen cerca del final. Un mundo que sobrevive a su desintegración por el amor hacia las herramientas. Una instrumentalidad vaciada de humanidad y modos de organización social que sólo remedan en su estructura de poder al de las sociedades que conocimos. Del mismo modo que la política simula hoy en día su relación con el poder.
Lo que más me gustó de haber ido a Tercera Oposición es haber dicho tantas veces “no sé”. Mi hija y sus amigos me invitaron a un programa de streaming que sigo desde su nacimiento, en el que he participado a través de comentarios, e el que me sentí interpelado e interpretado, y de pronto estaba allí, en un estudio clavado en el segundo piso de un edificio semiabandonado en la zona central de la ciudad, conversando con una generación a la que le llevo más de la mitad de mi vida pero, sobre todo, a una generación que me interesa y me fascina más que la mía. Dos cosas me aterrorizaban: que creyeran que tenía algo que decirles y que creyeran que mi compromiso emocional no era total y absoluto.
Como hijo de una familia atea y de izquierda, mi experiencia con la religiosidad comenzó en Argentina, poco después de mis 11, cuando mi madre me hizo notar la procesión de un Domingo de Ramos en San Nicolás, circa 1975: en la calle éramos uno llevando esas ramas de algo que se parecía a un trozo de olivo en una marcha por el empedrado de calle Mitre. Hasta que llegaba el momento de ingresar a la capilla, donde esa unidad adquiría, con las palabras del párroco allá en la cabecera, las características del rebaño, una idea por completo ajena al ideal izquierdista al que me sentía unido por las ideas, la soledad y la derrota de mis padres.
La religiosidad católica, oficial, era tan potente en esos años, que incluso el niño que era podía absorber en ella el elixir de esa sociedad que estaba conociendo, a la que me sumaba como rebaño. Me llevó unos 20 años, desde ese Domingo de Ramos que rememoro, bautizarme en la fe católica en esa misma ciudad, cuando era docente en una de sus iglesias más emblemáticas.
Este domingo de resurrección asistí a misa en la iglesia San Francisco Solano. Quería agradecer por cosas que me han sido dadas, quería pedir por cosas que me exceden y son parte de mi universo más querido, y quería estar allí, celebrando la Resurreccíón de Nuestro Señor. La iglesia, a la que concurrí en otros días de Pascua en los que tuve que permanecer parado, estaba semivacía. Una lluvia discreta, de gotas medianas, me acompañó en el camino hasta el templo. La lluvia arreció durante la misa y, al salir, observé ese torrente bautismal en el suelo mojado, en el aroma que desprendía la atmósfera violentada por el agua. Jesús había vuelto de la muerte mientras el rito trascurría con la bendición del aguacero.
El cura le hablaba a un micrófono débil, que apenas transmitía sus palabras a los pocos y pobres fieles reunidos en la nave. Me acerqué incluso al altar donde ofrendaba misa para escucharlo, pero el volumen era esperpéntico. El hombre hablaba a sabiendas de lo que decía importaba poco. Dio un sermón delicado, en el que recordó el legado de su madre y su padre durante las celebraciones pascuales y el hábito cotidiano de la bendición de cada comida. No está mal, pensé, es ésa nuestra comunión diaria: celebramos la unidad, el poder alimentarnos, el ser uno en la dura división mundana. Pero apenas si entendía qué decía.
Tenía enrollado en mi mano la doble hojita de ruta de la misa. La lectura evangélica, un par de cantos. Allá adelante. un hombre en remera con una guitarra colgada, cantaba y ponía música a los momentos más emocionantes de la celebración. Su canto era hermoso y la ejecución musical era pobre, efectiva, aunque débil, como todo lo que se convertía en sonido en esa iglesia.
En mi rezo, durante la comunión, pedí –además de las cosas por las que fui a agradecer y pedir– por ese hombre de la guitarra. por ese audio débil y desoído que volvía el ritual un acto mecánico y sin voz, por esa potencia capaz no ya de llenar la iglesia, sino de llenar las almas de los presentes de una voz capaz de hacer de ese mecanismo del rito una experiencia única y trascendente, no el mero cumplido del fin de Semana Santa.
Al final, al salir de la iglesia, sólo pude darle unos cigarrillos a un lumpen que esperaba en la puerta y al que traté de explicarle que la única forma de donarle algo de dinero hubiese sido vía transferencia de MercadoPago. La experiencia de asistir a una misa inaudible que, aún así, es capaz de sostener su rito entre los escasos sectores de los más desfavorecidos y los más devotos, se cumplía con la bendición de la lluvia y la serenidad de un domingo previo a un feriado.
Acaso en ése breve orden que la misericordia ejerce humildemente sobre el predominio de la ley, que Jesús vino a enseñarnos, se cumple el objeto de nuestro agradecimiento y nuestra plegaria.
Llega otra temporada navideña plagada de altas
tasas de Covid-19 y el temor de infectar a los más cercanos, esta vez en medio
de una escasez de suministros y otros problemas económicos. Mientras un
capitalismo estadounidense desbocado intenta vendernos el consumismo como la
respuesta a nuestras crisis actuales, incluso ahora, el periodista y ministro
presbiterano ganador del premio Pulitzer Chris Hedges nos recuerda que el
verdadero significado de la Navidad no tiene nada que ver con los obsequios que
se pueden comprar. Hedges se une a Robert Scheer en el “Scheer
Intelligence“ de esta semana para discutir qué experiencias personales le
revelaron de qué se trata la festividad cristiana, así como qué piensa del
cristianismo estadounidense en su versión actual y más frecuente.
“La Biblia fue utilizada por sistemas de poder para
perpetuar todo tipo de injusticias y persecuciones desde que la Iglesia
cristiana fue institucionalizada en el siglo III por Constantino, quien era un
dictador brutal”, dice Hedges. “[Una vez que el poder] cautivó esencialmente
esta ideología, fue [y] ha sido utilizado a lo largo de la historia para llevar
a cabo todo tipo de lo que yo llamaría [actos] heréticos. [Y] yo llamaría
herejes de la derecha cristiana; han aculturado los peores aspectos del
capitalismo e imperialismo estadounidense y la supremacía blanca con la
religión cristiana.
“Jesús, si viviera en la sociedad contemporánea,
sería indocumentado, porque no era ciudadano romano; vivía sin derechos, bajo
la ocupación romana”, añade el columnista de ScheerPost. “Jesús era una persona
de color; los romanos eran blancos. Los romanos clavaron a Jesús y a otras
personas de color en cruces de la misma manera en que los rematamos en el
corredor de la muerte, o los fusilamos en las calles por la policía
militarizada. Y a los romanos los tenía sin cuidado la importancia religiosa de
Jesús; lo mataron como insurrecto, como revolucionario, porque temían el
radicalismo del evangelio cristiano, que tanto desafiaba la cultura romana.
“El estado romano miró a Jesús de la misma manera
que el estado estadounidense miró a Malcolm X o Martin Luther King”, concluye. “Y,
como se demuestra a lo largo de la historia, los profetas a menudo son
asesinados”.
Esta es la conversación completa entre Scheer y Hedges
mientras el anfitrión le pregunta al reverendo cómo reconocer el uso indebido
del cristianismo, así como cómo desafiar directamente la inmoralidad con las
propias acciones, culminando en una parábola navideña personal pero
profundamente universal del propio Hedges.
—Hola, soy
Robert Scheer con otra edición de Scheer Intelligence, esta vez obviamente
vinculada con la Navidad. Y tengo a mi reverendo favorito, el reverendo Chris
Hedges quien, en primer lugar, tuvo un padre que fue un ministro presbiteriano;
fue a la Harvard Divinity School, fue ordenado años más tarde después de una
carrera en periodismo. Es una persona a quien recurrir sobre lo que dice la
religión y, en particular, sobre el cristianismo. Ha escrito sobre el fascismo
cristiano; comprende toda su complejidad. Así que voy a tirarle ésto. Recuerdo
un lema de mi juventud: había algunas personas en el lado religioso de las
cosas que decían que querían devolver a Cristo en Navidad, que esta festividad
se había comercializado totalmente y que Cristo quedaba fuera de ella. Así que
comencemos con eso. ¿Cuál es la relevancia de la Navidad para esta religión
nacional nuestra, qué es?
—Ah, bueno, esa es probablemente una crítica justa;
se ha comercializado por completo, y como cada vez menos personas tienen alguna
relación con la Iglesia institucional, probablemente se trata sólo de eso. Pero
la historia real de la Navidad me recuerda cuando estaba en un campo de
refugiados en Honduras para guatemaltecos que habían huido de los combates a
principios de la década de 1980. Eran todos campesinos, muy pobres, que vivían
en el barro, en tiendas de campaña proporcionadas por la ONU. Y estaban todos
colgando tiras de papel de colores, porque decían que por la noche iban a
celebrar lo que se conoce como el Día de los Santos Inocentes. Ese es el
momento en que Herodes, para evitar el nacimiento del Mesías –según la Biblia–,
mata a los hijos de Belén; pero María, José y el niño Jesús son advertidos y
huyen.
Ahora, esa es una historia –es de Mateo– que yo
podría recitar de memoria. Escuché a mi padre leerla en los servicios de
Navidad todas las noches; vivíamos en una pequeña ciudad agrícola en el norte
del estado de Nueva York. Pero les pregunté, bueno, ¿por qué es un día tan
importante? Y dijeron, bueno, porque ese es el día en que Cristo se convirtió
en refugiado. Y me di cuenta del poder de esa historia para alguien que tuvo
que huir con sus hijos de los ataques asesinos del ejército guatemalteco y los
escuadrones de la muerte. Tenía un significado completamente diferente al que
tenía para alguien que vivía con relativa comodidad en una comunidad agrícola
en el norte del estado de Nueva York.
Y entonces creo, y creo que James Cone,
el gran teólogo, ha dado en la tecla en este punto: que el evangelio fue
escrito, en sus palabras, para los crucificados de la tierra, y que ellos ven
en estas historias de persecución y finalmente crucifixión, un mensaje que se
pierde entre las personas que no sufren ese tipo de opresión.
Chris Hedges
—Entonces,
esta es la visión positiva del evangelio y del cristianismo. Y sé que fuiste
ordenado oficialmente para que pudieras ser más eficaz en tu trabajo en las
cárceles, con los presos, etc. Y, obviamente, la historia que acabás de contar
es la de brindar fuerza y comprensión a los más desposeídos. Y el Papa
católico actual se entrega a ese mensaje. Asimismo, hay otro lado del impacto
del cristianismo, vos escribiste sobre el fascismo cristiano, y sabemos que el
antisemitismo también fue alimentado por algunas percepciones del evangelio.
Y
recuerdo que cuando era niño, y es una de las razones por las que acudo a vos
en estas ocasiones, tuve una relación muy ambigua –al igual que muchas
personas, y ciertamente muchas que no eran cristianas– en esta festividad. Y
recuerdo que cuando era niño, la canción que cantábamos y que nos gustaba mucho
era “Sueño con una blanca Navidad” (“I’m
Dreaming of a White Christmas“). Y fue un sueño de familia e inclusión y
amor y apoyo, y todos lo cantaron; era muy popular y lo había escrito un judío,
Irving Berlin, que tenía un nombre diferente cuando empezó; Israel fue su
primer nombre. Y sin embargo, al investigarlo solo para esto, pensé bien, ¿qué
pasa con esta canción? Y solíamos pensar que era un poco extraño, porque en ese
momento muchos de nuestros vecinos católicos pensaron –bueno, algunos de
ellos–, pensaron que los judíos habíamos matado a Cristo. Y yo era de una familia
mixta; mi padre había nacido luterano y mi madre era judía. Sin embargo, de vez
en cuando me responsabilizaron por este deicidio, y ya se sabe: “vos mataste a
nuestro Señor”.
Y
parecería haber una ironía ahí. Fue una época positiva, fue una época en que,
de alguna manera, los judíos no fueron incluidos. Sin embargo, Irving Berlin,
quien escribió esa canción, estaba casado con una mujer católica que iba a la
iglesia todo el tiempo. Pero no fue hasta 1965 cuando el Papa Juan dijo
oficialmente que los judíos no eran responsables, y fue en 2011 cuando el Papa
Benedicto XVI lo dijo oficialmente. Así que esta acusación de antisemitismo
alimentado por deicidio fue utilizada por los nazis de manera muy eficaz
durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces, ¿por qué no comentás un poco sobre
esa contradicción?
—Bueno, la Biblia ha sido utilizada por los
sistemas de poder para perpetuar todo tipo de injusticias y persecuciones desde
que la Iglesia cristiana fue institucionalizada en el siglo III por
Constantino, quien fue un dictador brutal, un dictador salvaje. E intentaron
codificarla, es decir, la Biblia proviene del término griego “ta biblia”, que
significa “libritos”. Así que había todo tipo de libros, libros gnósticos,
historias matriarcales e historias que fusionaban las costumbres paganas
romanas con la religión cristiana, y uno entraba y sacaba lo que quería. Bueno,
eso no se reunió en una doctrina formal hasta el siglo III. Ninguno de los
evangelios, por supuesto, fue contemporáneo de la vida de Jesús.
Y así, una vez que el poder cautivó esencialmente a
esta ideología, fue y ha sido usada a lo largo de la historia para llevar a
cabo todo tipo de lo que yo llamaría herejías, los llamaría herejías de derecha
cristiana. Que han aculturado los peores aspectos del capitalismo e
imperialismo estadounidense y la supremacía blanca con la religión cristiana.
Los nazis, por cierto, hicieron lo mismo con la llamada Iglesia cristiana
alemana. Pero solo una lectura atenta de la Biblia desafía mucho de eso. Y
Jesús, si viviera en la sociedad contemporánea, sería indocumentado, porque no
era ciudadano romano; vivía sin derechos, bajo la ocupación romana. Jesús era
una persona de color; los romanos eran blancos. Los romanos, ya sabés, clavaron
a Jesús y a otras personas de color en cruces de la misma manera en que hoy los
rematamos en el corredor de la muerte, o los fusilamos en las calles por la
policía militarizada.
Y a los romanos les tenía sin cuidado la
importancia religiosa de Jesús; lo mataron como insurrecto, como revolucionario.
Porque temían el radicalismo del evangelio cristiano, que desafiaba tanto a la
cultura romana. Entonces, el estado romano miró a Jesús de la misma manera que
el estado estadounidense miró a Malcolm X o Martin Luther King. Y como se
demuestra a lo largo de la historia, a menudo se mata a los profetas. Entonces,
sí, tenés razón. Se ha pervertido y se ha utilizado. Quiero decir, desde la
Inquisición hasta las Cruzadas y el antisemitismo llevado a cabo contra los
judíos en Europa, se ha utilizado con bastante eficacia para dar una especie de
santificación al genocidio, el asesinato y la opresión. Pero no creo que eso
esté de ninguna manera de acuerdo con las enseñanzas de Jesús o con la vida que
llevó Jesús.
—Bueno,
está esta competencia sobre lo que básicamente es el legado de Jesús –y sé que
hay un proyecto para descubrir realmente qué se le puede atribuir. Dejame ir al
grano aquí. ¿Existió Jesús? ¿Cuál es la documentación, si lo hizo, de lo que
dijo? ¿Qué terreno, o qué diferentes terrenos, son los correctos? De mis
favoritas, una de las ideas más importantes atribuidas a Jesús está en la
parábola del buen samaritano, pero me han dicho que solo está en Lucas. No
tiene el mismo significado si hubiera estado en todos los evangelios, etcétera,
etcétera. Así que entrás ahí y, ya sabés, tenés a la gente de la iglesia de la
prosperidad diciéndote, no, ése es el verdadero Jesús, él quiere que te hagas
rico y seas feliz.
Entonces,
¿qué es lo que nos pone en pugna aquí? Y la razón por la que te planteo esto
–sé que podés irritarte cuando lo planteo–, es que me preocupa que, en primer
lugar, estas ideas sean mal utilizadas por diferentes personas. Pero también,
¿de dónde sacamos la ética y la moral sin religión? Esa es una pregunta que muy
a menudo no se plantea, básicamente, en una cultura secular. Pero al menos en
nuestras religiones tradicionales existe una noción de responsabilidad; hay una
noción de juicio, hay una noción de que tu vida tiene que sumar en algún
tribunal sumario de significado, valor y ética. Y la sociedad secular se
enfrenta a la realidad de que tal vez no haya un núcleo ético, moral.
—Bueno, se puede tener ética sin religión. Quiero
decir, no sé que Kant sea considerado un religioso; Aristóteles, Sócrates,
quiero decir, todo tipo de figuras buscaban perpetuar o propagar la vida ética,
que no necesariamente provenían de una tradición religiosa. Creo que donde la
religión es probablemente más poderosa es cuando se trata del misterio, lo
sagrado y lo trascendente, y todas estas fuerzas que existen para todos
nosotros. La búsqueda de una vida con sentido, la lucha con nuestra propia
mortalidad. Y eso casi siempre, creo, te empuja a usar algún tipo de lenguaje
religioso. Pero ya sabés, las élites del poder en todas las sociedades –no solo
en la sociedad cristiana– siempre han buscado –y esto era cierto con el Islam,
con el Budismo, con todo lo demás– han buscado cooptar líderes religiosos para
servir a sus intereses, y esos líderes religiosos están bien compensados, a
menudo, y esencialmente integrados en la estructura de poder. Billy Graham sería un
ejemplo de eso.
Pero creo que siempre han existido estos elementos
radicales en cualquier sociedad, estos elementos religiosos radicales –por
supuesto, éramos amigos con Daniel Berrigan,
el gran sacerdote católico radical– que creo que se ha aferrado a los problemas
centrales planteados por todas las grandes religiones del mundo, y trató de
llevar una vida religiosa. Pero a menudo no solo desafiaron a los principales
centros de poder, [sino que] crearon antagonismos entre ellos y las estructuras
religiosas institucionales. Mi propio padre enfrentó eso al defender los
derechos LGBTQL en los años setenta cuando la Iglesia no reconocía la igualdad
de las personas LGBTQL en términos de ordenación, matrimonio o cualquier otra
cosa. Y fue atacado despiadadamente por eso, aunque había pasado casi 40 años
como ministro parroquial.
Así que llega a esta idea sobre la que escribe el
teólogo Paul
Tillich, todas las instituciones, incluida la Iglesia –escribe Tillich–,
son inherentemente demoníacas. Entonces, de muchas maneras, creo que para
acercarnos más al radicalismo de —y al tema central de la empatía y el
ministerio, como mencionaste, el Buen Samaritano, el ministerio para los que
sufren— volvamos a Cone, al crucificado de la tierra; y eso a menudo tiene que
hacerse desafiando las mismas instituciones religiosas a las que uno puede
pertenecer, que muy bien pueden expulsarlo. Quiero decir, Spinoza, que era
judío, fue excomulgado. Ya sabés, a menudo se ve a estas figuras –especialmente
a los reformadores radicales– como herejes, son condenados como herejes.
—Entonces,
decidiste ordenarte y fuiste a la Escuela de Teología de Harvard, que es,
supongo, el centro de la conciencia protestante sobre la ética histórica. Y lo
hiciste al ingresar a las prisiones –la gente conoce tu escritura, saben que
escribiste bastante sobre cárceles, pero también que te has dedicado los
últimos, ¿cuántos, 15 años?, a la enseñanza en las prisiones. Y la religión
surge todo el tiempo.
Y una
cosa que diferencia ciertamente al cristianismo –y estamos aquí para hablar
sobre la Navidad–, digamos, de Aristóteles u otros, es la noción de rendir
cuentas (accountability). Y rebelión. Porque lo que se tiene en, al menos la
imagen percibida de Jesús, la forma en que Martin Luther King o el padre
Berrigan se refirieron a él, fue como un rebelde. Desafiando a la autoridad. Si
vas a Aristóteles, tenés una autoridad defensiva, ciertamente una autoridad
griega. Y ya sabés, e incluso a Confucio, del Buen Emperador. Y al menos lo que
fue convincente, digamos, para King, como un muy buen ejemplo –por cierto acá
está la Iglesia Bautista Negra en oposición a la Iglesia Bautista blanca–, fue
la noción de Jesús como un instrumento de justicia. De aceptación, de
preocupación por los menos entre nosotros. Y es un mensaje muy poderoso en el
que queda afuera de mucho de lo que considera filosofía de la conveniencia: ya
sabés, haz a los demás lo que te harías a ti mismo. Aquí hay una noción, no:
eres responsable de preocuparte por los menos entre nosotros. Y todos tenemos
un alma, y así sucesivamente. Y eso me parece que es lo que se ha perdido en
el cristianismo moderno.
—Bueno, ese es el corazón de la historia de
Navidad, es realmente, creo, una especie de lección sobre cómo ser humano.
Acerca de arrodillarse ante un recién nacido indefenso, vulnerable, despreciado
y pobre. Así es, y es por eso que los romanos estaban tan aterrorizados. Porque
invirtió los valores tradicionales romanos. Que nos llama a proteger, ya sabés,
usemos el término bíblico, los más pequeños entre nosotros. Y no solo a los más
pequeños entre nosotros, sino que son demonizados y rechazados. Entonces, ese
es el poder, para mí, de todos modos, de la historia de Navidad.
—A
ver, no espero que tengas todas las grandes respuestas, y que te burles de vez
en cuando, decís que parece que yo menciono esto más que vos. Pero tus escritos
sobre el fascismo cristiano, el mal uso o el uso del cristianismo para apoyar
básicamente el racismo y la xenofobia, etc., sugieren que ese es un elemento
muy poderoso en los Estados Unidos contemporáneos en este momento.
—Bueno, es predominante. Quiero decir, la Iglesia
principal de la que salgo está muriendo; cada año los números disminuyen, las
iglesias cierran. Y así es esta fusión de la iconografía y el lenguaje del
estado con la iconografía y el lenguaje de la Iglesia cristiana. Entonces es la
sacralización del poder estatal, pero las peores formas de poder estatal, del
capitalismo. Por ejemplo, toda la idea de que Dios recompensa o Jesús
recompensa a los justos significa que si vivís en la pobreza, las privaciones y
el sufrimiento, merecés lo que recibís. No necesitás sindicatos, no necesitás
atención médica, no necesitás vacunas; es un Jesús mágico. Y eso es muy
atractivo para las personas que se sienten apartadas del resto de la sociedad.
Porque lo que viene con eso es un llamado a la santa venganza contra estas
fuerzas satánicas que han creado este mundo disfuncional a su alrededor. Esa es
una parte muy grande del mensaje de la derecha cristiana, y por qué ese tipo de
violencia santa es una parte integral –o creo que una parte muy atractiva–,
para las personas que sienten, quiero decir, no incorrectamente, que han sido
desposeídos por una sociedad que ya no los necesita ni se preocupa por ellos.
—Bueno,
esta combinación de oportunismo por parte de fuerzas muy poderosas
—corporaciones, el estado— y un mensaje para la gente que está desesperada por
su condición tiene precedentes en otras sociedades. Y en particular, y quiero
terminar con esto, pero cuando hablamos del fascismo cristiano, me refiero al
eco que hay de la Alemania nazi. Y cuando lo mencionás, la gente dice, vamos,
eso es una exageración; bueno, creo que cada vez más personas en los Estados Unidos
reconocen, ya sabés, incluso una sociedad muy próspera –es que Alemania había
sido en diferentes momentos de su historia contemporánea, bien educada, etc.–,
puede volverse loca. Y puede alojar lo que parecerían ser ideas
contradictorias. Puede tener, como hizo Alemania, ciencia sólida y claridad y
lógica y demás, y sin embargo participar en una guerra religiosa contra los
judíos, principalmente, y luego contra otros, o “el otro”. Y lo vemos ahora en
los Estados Unidos. Quiero decir, eso es básicamente sobre lo que estuviste
escribiendo; es la combinación del Estado capitalista, racional y calculador,
que era Alemania, con este atractivo religioso primitivo y verdaderamente
irracional.
—Correcto. Y hay similitudes muy aterradoras. Como
que Hitler, a los ojos de esta Iglesia cristiana alemana, era el Volk Messiah
(el mesías del pueblo): era un instrumento de Dios. La misma opinión que los
evangélicos de derecha tenían sobre Trump. Y luego buscó a aquellos que fueron
demonizados por el colapso económico de Alemania, especialmente judíos y
comunistas, y en términos religiosos se convirtieron en agentes de Satanás.
Nuevamente, eso se repite en los Estados Unidos.
Quiero decir, estudié con el gran erudito James Luther Adams, que tenía 80 años
cuando yo estaba en la Harvard Divinity School, y había estado en Alemania –era
bilingüe– en 1935 y 1936, y de hecho abandonó la Universidad. de Heidelberg y
trabajó durante un año con la Iglesia Confesional, en la clandestinidad, con
Bonhoeffer, Niemöller, Schweitzer, todas estas figuras, hasta que fue detenido
por la Gestapo y expulsado. Y nos trazó estos paralelos con la derecha
cristiana; de hecho, fue la primera persona a la que escuché usar el término “fascista
cristiano”. Solía decirnos, cuando tengan mi edad, todos estarán luchando
contra los fascistas cristianos; todos teníamos veintitantos años, y aunque
ciertamente fue uno de los eruditos más brillantes con los que he trabajado,
Pensé que incluso entonces estaba siendo hiperbólico. Bueno, por supuesto, resulta
que vio lo que estaba sucediendo mucho antes que nosotros.
Así que por supuesto que Trump no tenía ideología;
fueron los fascistas cristianos quienes llenaron ese vacío ideológico. Y lo que
viene a continuación en 2024 puede que no sea Trump, pero probablemente será
una figura parecida a Trump, como Pompeo o DeSantis u otra persona; Tom Cotton,
no lo sé. Pero sospecho que estarán mucho más arraigados dentro de este
movimiento —Trump no estaba incorporado en absoluto— y, no sin espanto,
probablemente más competentes. Y creo que con el regreso de estos fascistas
cristianos al poder, el tema primordial, dado el intento de censura y el 6 de
enero y la creencia de que las elecciones fueron robadas, será un reinado de
venganza, una venganza realmente aterradora.
—Vamos
a concluir sobre esto, pero en mi opinión, este es el dilema esencial, en
realidad, de la condición humana. En realidad, no tenemos una historia de
quiénes somos, qué somos, por qué estamos aquí, de qué se trata la vida, qué es
la mortalidad. Tenemos, ya sabés, intentos; lo científico va lejos, pero al
final no logra decirte de qué se trata, la mortalidad, etc., y el significado.
Y luego tenés esta variedad de religiones en competencia que pueden retorcerse
y cambiarse. Y entonces tenés gente citando, ya sea el Antiguo o el Nuevo
Testamento o lo que sea, o un budismo que puede ser opresivo, puede ser
liberador, cualquiera de estas religiones. Y realmente, cuando se trata de
moralidad, estamos en una tierra de nunca jamás. Y sos un tipo que está tratando
de hacer valer un imperativo moral. Y a veces me decís, básicamente, que ya no
estás en la religión como guía. Entonces, ¿por qué no sacamos una conclusión de
eso? ¿Qué debe pensar la gente de la condición humana?
—Bueno, el imperativo moral, en realidad, el
imperativo categórico, éso en realidad viene de Kant. Creo que realmente el
problema es que, si querés hablar en términos religiosos, es la ley de Dios
versus la ley humana. Y luego Martin Luther King, creo, habló sobre esto con
bastante elocuencia: que tenemos el deber de desafiar la ley humana cuando está
en conflicto con la ley de Dios. Y eso puede ser muy empoderador. Solzhenitsyn
escribe en Archipiélago Gulag sobre
los más capaces psicológicamente de soportar los gulags, y dijo que eran los
chechenos, que eran musulmanes practicantes, y los cristianos, los que no
preguntaban si era práctico; solo preguntaban si estaba bien. Y a menudo morían
en mayor número. Pero tenían una especie de sentido o vínculo que les permitía
o les daba una especie de protección contra muchas de las fuerzas opresivas que
los rodeaban.
Y H. Richard Niebuhr tenía una gran cita, decía: “La
religión es algo bueno para las personas buenas y algo malo para las personas
malas”. Hay todo tipo de charlatanes, y las ondas de radio están llenas de
ellos, que abusan de la religión para manipular la desesperación de la gente
como, creo, está sucediendo con la derecha cristiana. Y luego están esas
magníficas figuras; no olvidemos que tanto Martin Luther King como Malcolm X
salieron de una religiosidad fuerte, tenían una fuerte orientación religiosa.
King escribe sobre ello al final de Strength
to Love. Y creo que, especialmente en los momentos extremos, diría que ese
tipo de orientación hacia el mundo, que he tenido desde que nací, es muy
liberador y te da una especie de sentido del bien y del mal, y un sentido de
dirección que te permite al menos aferrarte a vos mismo.
—Entonces,
finalmente, cuando entendemos, digamos, que el Papa lava los pies de los
prisioneros y demás, quiero ponerte en esta imagen, Chris Hedges. No es fácil
entrar en estas cárceles. No es fácil soportar esas condicionesen las que
trabajás, y mucho menos ser un prisionero. ¿Y esta es tu conexión con tu padre?
¿Es allí donde vas a meditar y pensar en esto?
—En toda mi carrera como periodista, me coloqué en
situaciones de extrema opresión: El Salvador durante la guerra, Gaza, Sarajevo.
Y la prisión, ir a las cárceles cuando regresé del extranjero, mantiene ese
tipo de continuidad. Creo que eso es lo que siempre he hecho, y creo que eso
surge de mi trasfondo religioso y de mi entendimiento de que uno debe estar con
los crucificados de la tierra. Y que a menudo, si uno realmente apoya a los
oprimidos, serán tratados como los oprimidos.
Y eso en realidad es un gran consuelo, porque, ya
sabés, solía trabajar para el New York Times cubriendo las historias más
importantes del mundo. Y si escribía una historia en la portada del Times y al
día siguiente el Departamento de Estado tendría que realizar una rueda de prensa
al respecto. Bueno, eso ya no pasa. Me han expulsado. Y, sin embargo, creo que
esa comprensión muy clara de lo que significa la vida me da mucho consuelo, y
no una sensación de pérdida, sino una sensación de... ya sabés, no quiero usar
la palabra “logro”, pero con la sensación de que soy capaz de ser quien debo
ser.
—Entonces,
finalmente, sos el hijo de tu padre. Tu padre, el ministro, estaría orgulloso
de vos; estás orgulloso de tu padre. Y no es exclusivo de la tradición
cristiana, pero hay algo en las religiones que puede producir responsabilidad
(en el sentido de “accountability”: rendir cuentas). ¿Y no es esa la lucha
principal, que no dejemos que dominen el arribismo, el oportunismo y el
individualismo de cierto tipo? ¿Que hay responsabilidad, un rendimiento de
cuentas moral?
—Sí, pero aún más, no se puede enseñar moralidad.
Tenés que demostrarlo. Entonces, quiero decir, vi a la gente abandonar los
sermones de mi padre cuando hablaba en medio del Movimiento de Derechos Civiles
o en contra de la Guerra de Vietnam. Y luego, por supuesto, la Iglesia lo
expulsó por defender los derechos de LGBTQL; fue expulsado.
Y recuerdo que estaba en Colgate, y él tenía una
gran iglesia en Syracuse; le dijeron que dejara de hablar sobre la igualdad
para las personas de LGBTQL, y en su lugar celebró un servicio de Pascua para
la comunidad de LGBTQL en la ciudad de Syracuse, y vino a buscarme. Dijo que
probablemente esta sea la última vez que me escuchen predicar. Y se levantó y
dijo: el matrimonio es un sacramento; no es una recompensa por ser
heterosexual, y cualquier iglesia que no honre el sacramento del matrimonio no
merece llamarse cristiana. Y lo crucificaron por eso, la iglesia a la que
dedicó su vida. Y así es como se transmite la moralidad.
Entonces, sí, porque lo vi; y vi que implica
sacrificio, y si no hay sacrificio, probablemente no sea muy moral. Y así es:
ya sabes, es mi voz, pero son las palabras de mi padre. Y en la religión
cristiana, eso se llama resurrección.
—De
acuerdo. Concluyamos esto. ¿Es correcto decir que esta es una parábola de
Navidad? ¿Es ese el uso correcto de la palabra? ¿Pueden las personas compartir
esto con sus hijos o nietos, reverendo?
—Sí, sí. Tenés que actuar moralmente; no podés
enseñarlo. Tenés que hacerlo, si vivís la vida moral, eso es lo que perpetúa la
vida moral de quienes te rodean. Como dijo Daniel Berrigan, lo bueno atrae lo
bueno.
Robert Sheer: Bien, ésto
es todo para esta edición de Scheer Intelligence. Agradezco a Christopher Ho de
KCRW por poner esto al aire, y a Natasha Hakimi por escribir las introducciones,
Joshua Scheer por encargarse de la producción, Lucy Berbeo por hacer la transcripción.
Y la JWK Foundation en memoria de Jean Stein, una periodista muy independent y
moralmente comprometida, por ayudar a financiar estos programas. Nos vemos la
semana que viene con otra edición de Scheer Intelligence.
Debajo todas los vínculos a etiquetas y categorías del
original
Nota bene: El original de esta traducción puede leerse acá. Se respetaron todos los hipervínculos incluidos en el texto (que es la transcripción de una conversación que puede escucharse acá) y se agregaron otros para mejor comprensión del contexto, sobre todo las referencias a nombres de teólogos y religiosos conocidos en EEUU.