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viernes, 18 de julio de 2014

parásitos



Otra serie con vampiros que, como los zombies, también son muertos vivos o, como lo permite el inglés no-muertos (undead). The Strain, que el canal FX estrenó el domingo 13 de julio pasado, está dirigida por Guillermo del Toro y es una adaptación de su propia trilogía de novelas –escrita junto con Chuck Hogan– que lanzaron en 2009 ya con vistas a una serie de televisión que entonces nadie estaba dispuesto a financiar.

Se repite la figura de la nave que arriba con un misterio que es la salvación o el hundimiento (ya lo vimos en otras series recientes: en Extant Halle Berry vuelve del espacio, donde cumplió una misión solitaria de 13 meses, embarazada; en The Last Ship un barco lleva la cura para una peste que arrasa a la humanidad, y así).

Acá, un avión aterriza en el aeropuerto John F. Kennedy, de Nueva York, con las puertas selladas, las luces apagadas y los pasajeros “plácidamente” muertos, salvo cuatro sobrevivientes. Son convocadas todas las agencias de seguridad pero los primeros en entrar en acción son los epidemiólogos del CDC (siglas en inglés para Centro de Control de Enfermedades).

Lo que nos encontraremos de aquí en más no son los vampiros como los de True Blood ni otros que vimos en los últimos años, sino la fisiología de unos parásitos, impedidos de hablar, con el organismo invadido por unos gusanos “capilares” que se alimentan de sangre.

Si bien, tal como informa la saga de novelas, algunos elementos del folklore vampírico funcionan (la luz del sol los mata, la plata, la decapitación, etcétera), ninguno de los condimentos religiosos están activos.

A diferencia de True Blood (logran sintetizar un símil de la sangre humana que impide que los vampiros deban atacar a los humanos para alimentarse), que transita su última temporada y donde los vampiros, al hablar y recordar su paso por la Historia, encarnan algún tipo de trascendencia. Los de The Strain, en cambio, son sólo un artefacto biológico y las escenas finales del episodio piloto, en la que se nos muestra a uno de los Antiguos (Ancients: los siete vampiros originales, según la entrada sobre la saga en Wikipedia): sugiere que la única trascendencia es financiera.

La presencia de David Bradley (el Walder Frey de Game of Thrones) como el profesor Abraham Setrakian, un judío armenio sobreviviente de Treblinka que regentea una casa de empeños en el centro neoyorkino, donde esconde su verdadero trabajo, el de un matavampiros, es también un guiño al cine del que Bradley participó en su carrera: películas que rozan la clase B, apelan al cliché y ostentan cinefilia.

A su vez, las indagaciones sobre el Mal –un vampiro es un parásito que toma posesión de una persona– que reclaman la intervención de la medicina no son patrimonio de esta serie: ya el Exorcista III o El príncipe de las Tinieblas desplegaron este cruce entre los sobrenatural y la ciencia.
Los personajes mexicanos o latinos, comprometidos con el mundo del hampa, que de repente son confrontados con algo que define su humanidad, como el del muchacho que es contratado para cruzar el río con un vampiro (según informa la novela, los vampiros no pueden vadear cursos de agua), son hasta ahora como una declaración de principios de Del Toro que, por lo que se ve en este estreno, trabajó sobre algo mucho más atractivo y misterioso que su amigo Alfonso Cuarón cuando nos trajo su aburridísima Believe, estrenada y olvidada este año.

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