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jueves, 29 de marzo de 2012

furia de reyes




Game of Thrones (Juego de tronos), la exitosísima serie de HBO que el domingo próximo (1 de abril) estrena su segunda temporada en Estados Unidos y Argentina viene, si se quiere, a agregar un detalle a los relatos de fantasía: el realismo de las relaciones de poder contrasta con el universo fantástico que tenuemente fue desplegando la primera temporada y, por eso mismo, vuelve más imponente ese oscuro mundo que va cobrando forma a medida que se desenlazan batallas, matanzas y conspiraciones.
Es sabido que el realismo es el recurso necesario de toda narración fantástica o terrorífica moderna: sólo a través del detalle familiar, del orden corriente de un mundo que reconocemos como propio, se produce el efecto de irrupción de eso otro que resulta aterrador. Juego de tronos (serie basada en la saga de novelas de George R.R. Martin Canción de hielo y fuego) es efectiva en la pantalla por mostrar no sólo la puja por el poder, sino lo que esa pelea ha desencadenado entre sus protagonistas, una suerte de señores feudales de unos reinos muy lejanos que, en busca de la paz, van indefectiblemente a la guerra”. Como bien dice uno de los personajes en la primera temporada: “Es sólo con nuestros enemigos que buscamos la paz”.
En Juego de tronos no hay justicia, sino venganza; no hay amor, sino lujuria e incesto, y todo lo que se dice tiene su correlato violento. Claro que esto le valió algunas críticas, la más importante entre ellas, la de Gina Bellafante en The New York Times: “Game of Thrones es una ficción para varones que se vuelve condescendiente para atrapar a la otra mitad de la audiencia”.
La segunda temporada comienza con el reinado del adolescente Joffrey Baratheon y tras la decapitación de Eddard Stark, señor del norte (su territorio es Winterfell –que en el doblaje pasa a ser Invernalia–) cuyo protagonismo nos guió durante los diez episodios de la primera temporada. Esta segunda etapa de la serie vendría a ajustarse al segundo libro de la saga, Choque de reyes (los libros son hasta ahora cinco entre 1996 y 2011 y ya hay anunciados dos más) y todos los elementos fantásticos que tímida y amenazantemente se desplegaron en los diez capítulos pasados, parecen emerger ahora como si reclamasen, al modo de apariciones de antiguas leyendas, una justicia que los señores de los Siete Reinos no han sabido ejecutar.
El mismo David Benioff, escritor de la serie y productor, quien se interesara por filmar los libros de Martins cuando comenzó a leerlos hace siete años, dijo que se trataba de “Los Soprano en la edad media”.
Pretender que Juego de tronos es un drama shakespereano es acaso demasiado. Como bien nos enseñó George Steiner en un ensayo de 1965 y publicado en Lenguaje y silencio: Shakespeare no sólo escribió las grandes tragedias de su época, sino que lo hizo en un momento en que el lenguaje aún le permitía nombrar la totalidad de las cosas conocidas. Juego de tronos, su versión televisiva, al menos (y no hay por qué creer que también la original de las novelas), en cambio, sólo puede ser alusiva. Pero esto podría decirse de cualquier melodrama en torno al poder. Acaso convenga señalar que de shakespereana la corona de Game of Thrones tiene "la clase especial de magia" que Orson Welles destacaba en la obra del autor de Sratford y, a su vez, esa magia no es sino el espectro de los días pasados, de la Arcadia perdida o la Merrie England que refulge en las tragedias de reyes de Shakespeare. Otro asunto que algún especialista en el bardo inglés debería indagar es la relación de las mujeres con el poder: ¿es Cersei Lannister (Lena Headey) una desviación de la madre de Hamlet? Y en todo caso, ¿qué papel viene a jugar Daenerys Targaryen al renacer de las cenizas acompañada por tres dragones tras poner la vida de su rey en manos de una curandera que la traiciona?
Y a propósito de estas cuestiones, aquí hay otro detalle a favor de la ficción en la pantalla: la escritura que en la novela cumple el papel de ubicar al lector, representar un mundo, manipular con figuras retóricas nuestra capacidad de asombro y nuestra credibilidad, el relato fílmico no necesita más que mostrarlo, ahorrándonos de otra cosa que no fuesen la confrontación moral que se vuelve aventura física.