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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 8 de enero de 2010

palabras del edén que abrieron las puertas del infierno


Maurice Olender

tras mi encuentro con edgardo, me puse a buscar cosas de reinhart koselleck en la red y, al leer sobre las relaciones que estableció el autor entre la lengua y la historia, recordé aquél librito de maurice olender, las lenguas del paraíso, que leí y reseñé en 2005.


Según una de las prolíficas observaciones de Michel Foucault, el nacimiento de la Filología atrajo menos atención en el pensamiento occidental que el de la Biología o la Economía Política. Sin embargo, las indagaciones filológicas en los albores del siglo XIX legaron a la historia contemporánea pesadillas interminables: el nazismo, el colonialismo, la globalización tuvieron su nacimiento en las teorías de los orígenes lingüísticos y mitológicos que formularan alrededor del 1800 figuras como Ernest Renan, F. Max Müller y J. G. Herder, a las que habría que oponer la de Ferdinand de Saussure, ampliamente conocida en los claustros iniciales de la academia. En los tres primeros casos citados la profundización de los estudios del sánscrito, a principios del XIX, inspiró un viejo anhelo occidental y cristiano: despegar el hebreo, la mácula judía, del idioma que Adán y Eva hablaron en el Paraíso.
Con suspicacia, humor y mucha erudición, Maurice Olender aborda en Las lenguas del Paraíso cuestiones que no carecen de misterio, de maravilla y, según una retrospectiva histórica del siglo veinte, de espanto. Porque entre las muchas fábulas creadas en torno al origen de la lengua aparecen los “aryos”, portadores de esta lengua originaria pero “felizmente” ajenos al hebreo por su vínculo con el sánscrito y el indoeuropeo. En lo tales “aryos” –arrien, tal como en el francés se señala a los herejes arrianos– es fácil reconocer a los arios de la fábula nazi.
En un trabajo posterior, Olender, un filólogo exquisito y reconocido en la academia francesa, cita con ironía las posturas de Louis de Laboreur, un escolástico que en 1667 sostuvo que el español, el italiano y el francés habían estado presentes en la Creación. La impronta metafórica que parece inferir la observación se desvanece cuando monsieur Laboureur acota que Dios prohibió a Adam tocar los frutos fatales en la lengua de Cervantes, que el demonio usó la lengua de Dante para persuadir a la primera dama de la Creación y que ella y Adán se disculparon ante Dios padre en la lengua de Molière, acaso más propensa a la jerga leguleya. Como nota el mismo autor en “From the language of Adam to the pluralism of Babel”, el interés por los orígenes lingüísiticos anunciados en el Génesis y por la lengua del primer hombre no aparece entre los estudios hebreos, sino mucho más tarde, entre los Padres de la Iglesia.
De acuerdo al paradigma mitológico popularizado por Mircea Eliade, el mito de Babel, el de Adán dándole nombre a todas las cosas del Paraíso, explica menos un origen oscuro que una condición presente: la de un “lenguaje caído” (como le gustaba decir a H.A. Murena), en falta; un eco nostálgico y débil de unas palabras poderosas cuyo sonido arrasaría la tierra.
Olender, si bien no esquiva el bulto a la documentación, procede también como un novelista clásico y encuentra ese filoso equilibrio entre la interpretación y la simetría estética. Así, en su capítulo “Las lenguas de la Providencia” se remonta a una noticia del año 1707: unos jesuitas hallan en la provincia china de Honan un templo judío fundado antes del nacimiento de Jesús y de la destrucción de Jerusalén. Allí esperan encontrar “el Texto fundador del monoteísmo cristiano”. Esta Biblia, no corrompida por las sectas que protegían su secreto, contendría entonces un texto íntegro que incluiría las vocales que el hebreo no tiene. La novedad y la expectativa tardó veinte años en caerse: la versión de Honan era la misma que la de Amsterdam. Pero estos desaires de la providencia le permiten al autor indagar en Spinoza y cita: “”En hebreo las vocales no son letras. Por eso los hebreos dicen que «las vocales son el alma de las letras» y que sin ellas las letras son «cuerpos sin alma» (dos imágenes extrahídas del Zohar). En rigor de verdad, para que esta diferencia entre letras y vocales se comprenda más claramente, podemos explicarla muy bien con el ejemplo de la flauta que los dedos manipulan para tocarla; las vocales son el sonido de la música; las letras, los agujeros tocados por los dedos”. La pista, de larga tradición en la cultura cristiana y paulina, sobre la letra, el cuerpo y el alma de las palabras, lleva a Olender, en uno de los últimos capítulos, a Adolphe Pictet, quien publicó Lor orígenes indoeuropeos de los arios primitivos –el libro que estableció de modo definitivo la gran fábula aria– en 1859, el mismo año en que Charles Darwin publicara El origen de las especies. La “belleza de la sangre”, dice Pictet de sus arios, “los dones de la inteligencia” y su legado lingüístico predestinaron a esta raza a la conquista del mundo. Casi al final, Olender no olvida que los efectos de esta teoría tuvieron su consecuencia directa en los cuerpos de millones de personas y reflexiona como el aventurero de Leonardo Sciascia en Los archivos de Egipto: “La patria aria podía representar el papel de nuevo ancestro para una humanidad occidental en procura de legitimidad. Entre muchas otras funciones (...) las investigaciones indoeuropeas pudieron brindar respuestas inéditas a interrogantes que cobraron urgencia en el siglo XIX y tocan a la filiación y la vocación de un Occidente en crisis de identidad nacional, política y religiosa”. Así, la fábula racial y lingüística se hace contemporánea en tiempo y espíritu, de la de Fausto, la de Frankenstein, la de Drácula y enseña con ellos sus entrañas monstruosas.
Las lenguas del Paraíso, entre otras cosas, cuenta lo que sucedió una vez que “el fruto del conocimiento” –según el Génesis– se esparció entre hombres que no se contentaron en conducir la nostalgia de sus palabras a la poesía, como recomendaba un poeta alemán, sino que las nutrieron de un ejército, las hicieron menos palabras y más objetos: de una presunta ciencia, de una ideología, de una contienda.