socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 8 de enero de 2010

monstruos

Versión de Francis Bacon del retrato de Inocencio X de Velázquez.

De los monstruos puede afirmarse lo mismo que de las brujas: “No existen, pero que las hay, las hay”. Ya la gramática redundante de la frase anticipa eso que refiere: nombra sin nombrar y reitera la existencia desde otro lugar: el haber. El monstruo espanta primero porque existe, pero esto no es nada comparado con la segunda revelación: ¿qué es lo que permitió engendrar eso? Esto pone al horror en el lugar del haber. Algo hay que genera monstruos.

Exceso. El monstruo también puede definirse por el exceso y el desborde. El monstruo es, en realidad, un exceso que desborda a la mirada, algo que, una vez que acontece, exhibe con exageración los anuncios que ya estaban presentes de antes y la misma mirada, que ahora contempla horrorizada la criatura, había preferido ignorar.

Los romanos crearon la palabra monstruo: monstrum, o monstri en la forma clásica. Monstruum, en el latín vulgar. Su verbo correspondiente: monstro, monstrare, monstravi, monstratum, que significa mostrar, como sus palabras parientes: móneo, mónitum (de donde proviene monitor), que significan aconsejar, advertir, dar a entender. Con el término los romanos designaban un hecho prodigioso, una maravilla en la que intervenía la voluntad de los dioses. Pero esos hechos eran usados por los dioses como advertencia. La exégesis cristiana rescataría luego estas tradiciones y, como Juana de Arco, reconocería en las apariciones angélicas datos sobre un futuro terrible. Sí, también lo angélico y lo profético está emparentado con lo monstruoso.

Miradas. En el monstruo confluyen, al fin y al cabo, la mirada histórica y la mirada mítica y esa confluencia las desborda. La histórica nota que algo de esa horrenda criatura que ahora pavonea su fealdad en la escena ya había sido advertida, monitoreada. Y la mítica sintetiza las contradicciones. Allí se abisma el mismo hecho de mirar, la mirada al vacío, tan propensa a extasiarse en el foso que la devora y la ciega. También, mirada siniestra, donde algo de eso que aterroriza e hipnotiza se cumple, se materializa sin que pueda hacerse otra cosa que mirar y, en todo caso, caer en el abismo. El ataque a las Torres Gemelas del último 11 de septiembre es un ejemplo de esta monstruosidad. Y, más próximo, también lo es el estallido social de la última semana.

La verdadera monstruosidad no es el monstruo, sino su manifestación en este mundo. Su aparición como ser “único en su especie” (tal como rezaba la definición ofrecida en este mismo espacio hace una semana), en resumen, como la especie de un solo individuo que no halla un lugar en la trama simbólica y biológica, algo sin nombre (hay que recordar que el engendro del doctor Frankenstein nunca recibió un nombre, pese al habitual desplazamiento entre del nombre de su creador al del monstruo). Así, el monstruo revela sus atributos cuando es arrancado de su ambiente de origen, que suele ser un lugar privado, oculto y oscuro (el nacimiento de Asterión –el minotauro– se mantiene en secreto, el de “Frankenstein” quiere destruirse luego de su despertar en una suerte de catacumba científica) y aparece de modo abrupto en medio de la ciudad, en el día.

Órdenes. Siempre hubo algún tipo de monstruo. Pero lo monstruoso se revela en ciertos momentos en los que el escenario cotidiano transparenta la materia prima de la que está hecho, deja entrever los hilos y la armadura que sostienen su simulacro. Es, tal como el filósofo Slavoj Zizek definió con la frase del film Matrix, la percepción del “desierto de lo real”. Un desierto en el que toda la pantomima que normalmente se acepta por realidad ya no puede sostener las palabras, los discursos, los nombres que la definen. Ya no existe nada que separe esos dos órdenes que antes habían quedado separados y vigilados por el discurso político, por los pactos entre los gobernantes, por todo eso que hace a las identidades comunales y nacionales. Los saqueos, el estallido, en fin, el desborde, son esa monstruosidad en la que se percibe “el desierto de lo real”.

El desborde se traslada también a los géneros discursivos y, sobre todo, a aquellos que deben abordarlo desde clasificaciones que desbordaron sus mismos parámetros: en la redacción del diario la noticia policial se transforma en política y la política trafica con datos policiales. La profesionalización de la prensa, que pretende el trato cada vez más depurado con lo informativo, se contamina nuevamente con la matriz más antigua del periodismo: la de ser la voz de ciertas consignas, los datos se reducen cada vez más y esa única noticia que permanece sobrevolando el aire turbio de las mesas de trabajo, retorna con un goce extraño en el que también se percibe la atracción del abismo: la gente colma la plaza, algo que no es exactamente un recuerdo se percibe con ánimos reiterados y cristaliza al fin como una esperanza.