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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 28 de abril de 2014

vino turbio

La última vez que estuvimos en San Nicolás, Mingo me dijo que me había reservado "uno de esos vinos con borra que te gustan", de los que producen con Fernando Demarco en la viña (ver El vino nicoleño). Traje la botella hace como dos semanas o más. Ignoro la cepa, pero estimo que puede ser un merlot. Aunque no importa demasiado.
Desde que Mingo y Fernando me instruyeron en esto de los vinos, siempre encontré en los vinos que mis amigos elaboran en San Nicolás un gusto "herbáceo" (el término me lo proveyó Mingo) que, a la postre, sólo sirvió para que mi pobre saber sobre la materia enmascarara todo lo que puedo decir sobre el asunto.

Herbáceo: me hice del término porque en ese resabio de cosa silvestre que trae la palabra, está presente para mí el pasto de la llanura bonaerense y es, a la vez, algo que no está en los vinos mendocinos, salteños o del sur, en los que la uva no sabe a laboratorio, por supuesto, pero (salvo para los súper entendidos, entidad en la que prefiero no creer demasiado) sí es ajena al suelo o, mejor, el suelo está presente en la uva, en su sabor, a costa de desvanecerse. Uno percibe un clima, una atmósfera que propicia la exquisitez del vino.
Pues el vino nicoleño no. Está en ese sentido más contaminado por algo que llamaré "tiempo", en lugar de clima: tiempo, porque acá hablamos del tiempo y ese hablar es el tiempo mismo, con su ciclotimia y su cosa de cosa que acontece mediada por la palabra. El vino de mis amigos es un vino hablado: uno transita por él como lo haría por las grandes superficies de pasto por las que transcurrió la juventud. El pasto que crece frondoso tras las lluvias frecuentes, en la humedad del terreno y en el fondo de las casas. Y, claro, hablado y herbáceo porque Mingo escribió la historia de ese vino, que es una de las grandes historias de San Nicolás y nos reunió a saber de nosotros a través de esa historia.
Entonces, claro, uno puede preferir el vino mendocino, neuquino o salteño; pero lo que ofrece el nicoleño es algo que nunca podría encontrar en esos otros: alguien trajo de lejos (de Italia, del Ligure) su hábito del vino y quiso hacerlo en esta tierra, donde sería enterrado, junto con sus hijos. Y esa historia, que es ajena y tiene tantos matices (incluso aquellos que pueden no importar o no agradar) se esparce entre nosotros, cala en nuestras reuniones, en nuestras comidas y en nuestra percepción del lugar del que provenimos. Y esos frutos de la tierra prosperan en nosotros, los hacemos nuestros en la cena, "comulgamos" con ellos. Amén de que no se trata de nuestro pasado, hallamos en esa historia una forma de transitar un pasado en el que algunos de nosotros somos apenas unos convidados.Un pasado de extranjería y de llanura, donde las cosas inevitablemente se mezclan y en esa mezcla se esconden. La hierba (del "herbáceo") trae la llanura al vino, empuja a la uva a esconderse y a aparecer en el sabor cuando el líquido se traga y en lo último del paladar distinguimos, casi en el momento de fuga del vino, el gusto de la vid, como una revelación. El vino nicoleño, el que cosechan y elaboran mis amigos, es así un aura (es que la tengo con ese concepto irreemplazable): muestra su secreto en el momento mismo en el que desaparece, se aleja al acercarse, se ausenta para mostrarse.

Ahora bien, el vino "con borra" que me regaló Mingo hace unos días es también otra cosa. 
La botella sólo señala (la letra, creo, es de Fernando) que no fue filtrado. La sabor de la uva es de una franqueza tal que se impone a cualquier huella del pasto, y el alcohol (el cuerpo, o como se llame) viene a instalarse en la boca con una suavidad (acaso porque lo dejé unas horas abierto antes de terminar de tomarlo) y un impacto que parece sólido. Colabora, creo, la presencia de la borra, de los restos sólidos de la vinificación, el mosto, el hollejo. 

Cuando le comento a Mingo lo exquisito que me resultó el vino, me escribe un correo que dice: "Es vino de pura uva. Sin nada. Es la mejor cosecha que tuvimos hasta ahora. A mi también me gusta mucho. Pero cuando probés el Cabernet te caés de culo". Y agrega luego, a propósito de un libro: "Pensé en lo privilegiados que somos al poder narrar lo vivido".
La presencia de la llanura es mucho más sutil en este vino: como si la uva hubiese impuesto su realeza, se hubiera hecho más densa la realidad de la viña, llenando el cáliz y ofreciéndose por entero en la cena universal de las cofradías; me transfiere así una ciudadanía que no sabía que buscaba, la de la hermandad y el terruño.
Mingo y Fernando frente al boliche donde paraba Hormiga Negra, en San Nicolás. Fotografía tomada el 11 de diciembre de 2011.
Fernando en octubre de 2011, al promocionar el vino Los  Arroyos, con vides cosechadas y vinificadas en San Nicolás.
Elena y Martín pisan uvas merlot en la viña; los asiste Fernando en febrero de 2007.
Mingo, Fernando, Martín y Elena en la viña.
En diciembre de 2009 descorchamos el Merlot 2007 en la casa de Mingo en San Nicolás.