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miércoles, 1 de mayo de 2013

A casi 40 años de su muerte, los poetas jóvenes cuestionan a Alejandra Pizarnik

por Ezequiel Alemián, en Clarín, Buenos Aires

Cuatro aperturas tuvo ya el 18° Festival Internacional de Poesía de Rosario , pero seguramente tendrá un solo cierre. El martes abrió Paco Ibáñez con sus canciones sobre textos de Jorge Manrique y el Arcipreste de Hita; el miércoles primero fue Rafael Ielpi, director de una de las sedes, y después Miguel Lifschitz, intendente de la ciudad. El jueves fue el turno de Martín Prieto, director de otra de las sedes. Prieto dejó inaugurada además una maravillosa muestra de collages de Eduardo Stupía, especialmente preparada para este encuentro, que el domingo a la noche se despedirá de Rosario con la puesta en escena de Mujeres terribles , obra de Marisé Monteiro y Viviana Uriarte que indaga en la extraña amistad que mantuvieron Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik.

Hoy sábado se cumplen 38 años de la muerte, por suicidio, de Pizarnik. En Rosario, sin embargo, no se habla demasiado de ella. Incluso para los poetas más jóvenes, los que están editando sus primeros libros, Pizarnik carga con el peso de ser considerada una “poeta de iniciación”.
Luciana Caamaño es una poeta marplatense que lleva tatuada en su antebrazo derecho una frase de Pizarnik (“como cuando se abre una flor y refleja el corazón que no tiene”). Dice Caamaño que empezó a leer poesía leyendo a Pizarnik, y que en su momento leyó varias veces su obra completa. “Me gustaban su cinismo, sunon sense . Pero después me cansé del tono que tiene, me agotó esa cosa de estar todo el tiempo preguntándose por lo que hay detrás de la palabra, hasta dónde se puede decir”.
Para Caamaño, los jóvenes leen a Pizarnik como si fuese una especie de versión cool de Alfonsina Storni (depresiva, suicida), y dice que su figura no deja de representar una suerte de Otro absoluto, por poeta y por mujer.
Pizarnik, que había nacido en 1936, publicó cuatro libros en vida: Arbol de Diana(1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura(1968) y El infierno musical (1971). Es una poesía de soledad y de tristeza, construida con un lenguaje de imágenes muy emotivas y casi metafísicas, lejanamente vinculadas con el surrealismo y con la escritura que practicaba Alejandro Porchia. Después de su muerte empezó a circular su prosa, mucho más lúdica y audaz, desafiante, en el juego de sonidos y transformaciones de las palabras y las frases. En el interés que hoy despiertan la edición de textos sobre su vida y su correspondencia, se evidencia un interés que excede a su producción escrita.
“La lectura de su obra está muy marcada por el imaginario que rodea a la persona. Eso a veces dificulta el acercamiento a sus poemas”, señala Julián Bejarano, poeta porteño que vive en Paraná.
Escritores y críticos se han ocupado de la obra de Pizarnik: Tamara Kamenszain, Cristina Piña, Ivonne Bordelois, María Negroni. El novelista César Aira le dedicó un libro.
La poesía de Pizarnik, dice Aira, no abre un camino estético, sino que lo cierra. De ahí, podría pensarse, la dificultad para encontrarle continuadores. Pizarnik admite imitadores, pero no continuadores. En su estilo, es imposible hacer algo que no se le parezca.
“Cuando empecé a escribir”, recuerda la poeta santafesina Cecilia Moscovich, ”sentí que sus poemas ponían palabras a lo que a mí me pasaba. Era como mirarme al espejo. Ahora su figura me da un poco de lástima, por esa pulsión que parecía tener de mejorar su arte a costa de su estabilidad anímica . Porque para escribir como ella, tenés que vivir en ese riesgo”.
En la reedición de su primer libro ( Escrito en un nictógrafo ), Arturo Carrera incluyó un CD con la grabación de una conmovedora lectura del texto, que hizo Pizarnik. Bueno: una lectura de Carrera iba a ser la quinta apertura del festival. Pero Carrera no vino. Al parecer, arreglando unas flores se lastimó un ojo, y le pusieron un parche temporal, que no le permite focalizar bien la mirada sobre los versos de sus poemas.