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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 10 de junio de 2011

jugar, hablar, escribir

En algún momento de la primavera de 1999, Martín Prieto, entonces editor de Grandes Líneas —suplemento cultural del desaparecido diario El Ciudadano & la región— me propuso entrevistar a Ana María Ilari: fijate, me dijo, y me pasó unos textos impresos con algunos trabajos de ella. Fui a su casa, que es también su consultorio. Hablamos largo y tendido, mucho más de lo necesario para la entrevista. Que salió luego, con el título "Hablar se ha vuelto una cosa medio tonal", el 7 de noviembre de aquel año. Aunque con mis habituales lagunas, desde esa primavera mantenemos con Ana María una amistad que recreamos con encuentros en la calle, en el CC Parque de España o en la Biblioteca Argentina, donde nos encontramos por última vez este año.
Ana María en su consultorio. Primavera de 1999. Foto de Marcelo Manera.

La escena –como le gusta paladear a Ana María Ilari, fonoaudióloga, terapeuta del lenguaje, niñóloga; esta entrevista no va sino a la caza de un hacer que la pueda clasificar– es como sigue: el fotógrafo llega con el cronista, algo sabe de esa mujer que van a entrevistar: que trabaja con niños, que participó en la elaboración de juegos, que habla medio como en solfa y tiene un tono burlón, todo eso le dijo el cronista. En el departamento de Ilari el fotógrafo dice que sí, que lo mejor es ir a donde la mujer trabaja. Ahí, en una pieza con muebles dispuestos para que los gurises los armen y desarmen, Ilari abre un placard que ocupa toda una pared e iluminados por el sol escarlata de la tarde refulgen un montón de juguetes. “Por qué no acomoda algunos juguetes sobre la mesa para hacer la foto”, pide el fotógrafo. “No, no, yo no voy a inventar la escena de un niño; ahora –dice Ilari–, si usted quiere armar su propia escena con los juguetes, no me opongo”. Entonces el fotógrafo, el ser más corpulento dentro de la habitación, se agacha contra una de las estanterías y comienza a sacar autitos, muñecos, teléfonos de plástico rojo y amarillo. La mujer se divierte, como todas esas personas habituadas a divertirse en su trabajo.  
Por lo que puede leerse en los textos que hablan de su trabajo, parece que en cierto momento usted se riñó con la fonoaudiología.
—Sí, no sé si se trata de una riña, porque en el léxico corriente la palabra reñir significa pelea, donde siempre alguien muere y otro sobrevive. Pero puede ser, en el sentido de que yo soy una cuestionadora del discurso. Cuestiono pero a partir de una práctica, no de una idea cualquiera. En mi trabajo Una boca, que es más o menos como la historia de mi hacer, queda denotado esto. Uno puede cuestionar la formación académica, que es lo que uno lleva como el espacio que lo habilita para hacer algo, a partir de una práctica y entonces ejercer una producción. Si no es muy fácil.
Sin embargo, hasta donde llegan los legos, la fonoaudiología no tiene un trabajo sobre la palabra escrita y la palabra hablada, más bien tiene que ver con cierta mecánica del hablar.
—Efectivamente. Yo hace pocos años he podido ponerle un nombre a lo que hago. Cuando digo poner un nombre quiere decir que ese nombre tiene un sustento teórico, es el nombre del acontecimiento, pero no el acontecimiento que uno lee en el diccionario, sino lo que esa palabra significa en el sentido de la filosofía del psicoanálisis. Yo creo que aquella fue la causa de mi malestar: advertir que entre mi formación académica del orden técnico mecanicista me empezaban a aparecer los niños, que es el lugar donde uno se siente siempre más interrogado, como tratando de acomodar la escena.
¿Y qué es trabajar con niños?
—Cualquiera sabe que la primera condición para trabajar con un niño es reconocerlo tal como es. Si está saludable –yo ya no uso la palabra “normal”–, bienvenido, y si el orden de la salud no está armónico, quebrado por alguna circunstancia, ese niño está con eso. Después se verá qué hay de niño y qué hay de eso; bueno, vamos a poner ese nombre, no el del síntoma.
¿Cómo es ese trabajo?
—El punto es este: no cualquiera –quien no haya estudiado, ni haya tenido una práctica lo suficientemente intensa y comprometida– puede respetar eso. Parece muy sencillo, pero lo más complejo es dejar hacer a un niño e intervenir en relación a ese hacer. Y no prepararle la escena, como si le dijeran: “Mirá lo que te trajo papá”. El pibe recibe el juguete y se va a jugar con otra cosa y la decepción del adulto es muy grande. Eso le pasa también a algunos terapeutas. Preparan una escena mental; dicen: ahora cuando venga le voy a enseñar la palabra gato, perro. Y ese día el chico viene chupando un chupetín y toda su escena es chupar ese chupetín. Entonces yo tomo esto de chupetín y digo bien, veamos qué es todo lo que se puede hacer con la boca. Ahí se empieza, si es que hay un nivel de recepción de esto. Porque a veces es quedarse solamente con el niño chupando el chupetín.
¿Y por lo general quiénes son sus pacientes?
—Bueno, eso también ha ido teniendo una marca histórica. Empecé a trabajar como fonoaudióloga sobre finales de la década del 60. Siempre cuento esta escena del primer paciente que me tocó atender, un niño que tenía problemas respiratorios. Entonces entra la mamá con el niño y dice dónde está la fonoaudióloga que me va a atender. Y ella repite: dónde está la fonoaudióloga. Así que ya desde la primera vez se me planteó un interrogante, como que yo no era vista. La primera mirada de la historia de mi hacer empieza con esa pregunta. Se ve que entonces la práctica fue denotando esto; porque ya dije que yo renunciaba a mi condición de fonoaudióloga para identificarme con la terapéutica del lenguaje. En realidad, como dice Tonucci, a esta altura del partido me considero una niñóloga. Cuando abrí mi primer consultorio en Casilda, mi ciudad natal, mi primera paciente, una niña de cinco años. En esa época nadie sabía qué hacía ni qué podía hacer una fonoaudióloga. No había un campo de trabajo, más que el problema de la voz, la audición, los problemas audiométricos, y la palabra, los tartamudos; esa era la habilitación académica que teníamos. Cuando me fui becada a México entré de veras en el mundo de la palabra. Porque ahí la especialidad mía fue la afasia, que siempre me produjo una atracción muy inquietante, sobre todo porque ahí hay un problema importante del lenguaje.
¿Cómo es ese problema?
—El problema de la afasia es la pérdida del lenguaje, que se ve en las situaciones traumáticas de los adultos, que antes eran adultos seniles, por lo menos en nuestro país. En los países de la posguerra eran los adultos con heridas de bala. Las investigaciones empezaron allí.
En uno de sus textos usted escribe que olvidar es parte de recordar. ¿Cómo se relaciona esto con la afasia?
—Es parte del ejercicio de la palabra. Porque en el afásico puede quedar predominantemente, según dicen los libros, en el campo de lo que no entiende, o en el campo en el que no puede decir aquello que quiere decir. Pero en mi práctica con afásicos adultos, que no fue mucha, hay que trabajar con el recuerdo, porque hay que reconstruir algo, qué de eso se puede traer, cómo se fue tejiendo el relato de la familia y entonces poder volver a armar todo eso.
Como aquél fragmento de Fernando Pessoa que dice “Ver es haber visto”.
—Claro, entonces podríamos hacer una perífrasis de eso y decir: hablar es haber hablado, en el adulto. Retomar esa cuestión, haber sido marcado por la palabra y haberla perdido por circunstancias especiales. En el niño es al revés. No haber hablado y la posibilidad de que hable. En términos del psicoanálisis uno se olvida de aquello que le hace una marca en la estructura de su aparato psíquico. Una persona puede no poder hablar pero puede escribir, recuerda el ámbito de la lengua pero no la puede enunciar. No se puede olvidar aquello que de alguna manera no se ha instalado en la condición de uno. Entonces describo esa cuestión paradójica, olvidar es parte de recordar.
El lenguaje también está hecho de paradojas; uno se incluye en el lenguaje.
—No hay otra manera. Si no uno no sería un ser hablante, sería un repetidor, que es esta cuestión en la que yo insisto tanto en el campo, no hay posibilidad de hacer repetir para poder hacer decir, hasta tanto esa repetición no tome un sentido para quien la dice. Mucha gente dice: “Mi hijo fue a una fonoaudióloga, pero dejó porque se aburría”. ¿De qué se aburría? De ser desconocido como sujeto hablante y ser puesto a decir cómo se tiene que decir.
¿Cómo aparece esto en el consultorio?
—Tengo un caso que marcó una historia en mis reflexiones. Un niño de cinco años que había aprendido a decir las cosas que no podía decir, entonces no las usaba. A mí medio me sorprendía. Había aprendido a decir los fonemas que no podía articular, la erre, la de, las sílabas compuestas. Entonces un día le hago la pregunta, ¿y, por qué no podés decir estas cosas que ya sabés decir? “Porque yo me pongo triste”, dijo. Triste era dejar esa infancia lingüística, esa lengua de la infancia, entonces hubo que respetar todo ese tránsito de cómo se va haciendo todo ese pasaje.
Usted también se encarga de la palabra escrita, que en apariencia es ajena a la fonoaudiología.
—Ah, mire qué interesante lo que dice, eso me gustaría que figurara en la entrevista.
¿Por qué?
—Porque yo digo que cualquier persona que realice una práctica en relación a la lengua no puede estar ajena a la escritura. La escritura es el punto de caída máximo de cualquier persona que trabaje con la lengua y es, por cierto, un espacio altamente doloroso de transitar, con esa cuestión de que el texto escrito se transforma en público en un punto y ya no le pertenece. El seminario que hice el año pasado tenía que ver con esto. Se llamaba La lectura. La práctica clínica, en las patologías en el lenguaje.
¿Cómo era?
—En ese seminario trabajé  partir de un pedido que me hizo por teléfono un traumatólogo de la ciudad, me dijo que quería que hiciera una lectura de lo que le pasaba a su hija. Y me sorprendió esta palabra que hacía mucho tiempo que no escuchaba en boca de un médico: lectura. Yo creo que todo lector en un punto necesariamente cae en la escritura.
Leer ya es una manera de escribir.
—Claro, por lo menos en la interpretación del texto. Además, cualquier lector siempre marca, o hace una reflexión al costado del texto, entonces ya está implicada de alguna manera allí la escritura.
Me decía que en fonoaudiología no se aborda la escritura.
—Sí, son pocos los fonoaudiólogos que producen textos. Es histórico esto, tal vez porque han quedado en esa cuestión de la voz, esa cosa técnica.
¿Y qué hay en la escritura para usted?
—Para mí en la escritura está lo más fantasmático de la condición humana. La producción más íntima que cae como consecuencia de todo un trabajo, ya sea porque la palabra lo toma a uno y porque el significante lo va llevando. La palabra escrita tiene ese poder, que en la poesía se transforma en la regeneración permanente del lenguaje.
Emerson decía que en su origen cada palabra fue un poema, una metáfora.
—Tal como usted lo dice, creo que es esa dimensión la que estuvo cercenada, y lo voy a decir en pasado, como un deseo, estuvo cercenada por el trabajo fonoaudiológico; ese pequeño olvido, que cada palabra es una metáfora y que aunque usted le quiera hacer decir gato a un niño, si el niño sigue nombrando al gato como miau, por qué no, si lo mismo significa gato, ningún otro animal hace miau. No es necesaria la enunciación del sustantivo. Aquello que lo define y lo representa también lo nombra.
Su último seminario se llama Jugar, diagnosticar. ¿Cómo es su trabajo con el juego?
—Bueno, el niño juega. Y si juega, listo, ya está saludable. Si no juega vale la preguntase: ¿hay un niño? Porque si el niño está jugando demuestra aquél enunciado de Freud que todos conocemos: el niño pone en escena aquello que sufre, que padece. Entonces, un niño también muestra en un juego aquello que no puede enunciar porque todavía su campo metafórico, su campo de decires, no le permite decir lo que lo hace padecer. Hace poco dos nenitas de padres que acaban de separarse vinieron al consultorio y les pregunté si no querían armar la casita –una casita que yo tengo junto con personajes para introducir en la casa–; cuando termina la escena le digo al padre: acá está el papá bañando a la nena, acá la mamá durmiendo con las dos nenas en la cama grande, toda la escena de lo que está aconteciendo en la separación estaba puesto en ese juego. Las nenas se hablaban entre ellas y no se nombraban, sino que se llamaban hermana y hermana. Usaban un lenguaje de filiación, que es lo que se resiente cuando una familia se desarma. Todos estos aconteceres vinculares que los nuevos amores producen necesitan palabras que los signifiquen. Uno de mis primeros pacientes, allá por el 70, cuando las primeras separaciones se sustanciaban socialmente. El papá le había dicho al niño que formaría una pareja con otra mujer que a su vez tenía otros hijos. Al poco tiempo la mamá le dice algo parecido. Entonces el papá y la mamá trataban de explicarle lo que iban a ser esos niños en relación a él. Él escuchaba y los papás no sabían cómo iban a decirle, hermanastros no eran, entonces el pibe hace una solución magnífica, dice: miren por ahora seamos todos primos, hasta que encontremos otra palabra.
¿Qué cambios ve en los niños en relación al lenguaje; no están las nuevas generaciones más imposibilitadas para contar?
—Efectivamente. Hace poco me crucé con una de las profesionales que más abordó el tema en Santa Fe y me habló de una “involución lingüística” y aunque no soy evolucionista me pareció muy buena esa palabra. Estamos en la época re. Con ese prefijo que se le pone a la palabra, es re-lindo, re-grande, re-macho, re-bueno, se acabó. La marca del lenguaje es la predicación, es lo que significa, no la sustantivación. Entonces ahora todos los predicados se agotan en el re, y no hay adjetivaciones que tengan esta cosa sublimante de la lengua, este uso de un lenguaje calificador y que califique, se encontró un prefijo que anula esa posibilidad. Y después los tonos, por ejemplo, el boludo tiene una cantidad de entonaciones, hablar se ha vuelto una cosa medio tonal.
¿Por qué pasa esto?
—Creo que hay en esto hay un quiebre. Lo que define para mí el tiempo joven es la palabra fragmentación. Allí hay un quiebre, un corte, no hay posibilidad de entrelazar, de generar lazos, entonces sobrevienen todas estas desautorizaciones a las históricas leyes, lo que dice el padre, la madre, el maestro. Para significarse, para hacer esa articulación necesaria de la adolescencia que significa matar un adulto en un sentido simbólico, como que tiene cierta resonancia de certeza ahora, como que la lengua lo mata y los pibes quedan desarticulados, no hay ley para esa lengua, sino que es una situación de cambio.

No le doy tanta bolilla a la gramática, la gramática salta en la escucha, no es necesario estar allí examinándola. Pongo el ejemplo del Padre Ignacio. Un agramático más grande que el Padre Ignacio y, sin embargo, qué de su decir convoca de esa manera. Creo que justamente hay en esta cuestión de la entonación, en su manera de discursivizar los mensajes, aparte de que está la cuestión de la creencia, y lo que he escuchado –porque yo soy una lectora de la Biblia, como texto–, el rigor que él tiene en relación al mensaje bíblico, que lo podrá decir de una manera u otra, y lo va articulando con esta realidad a la que se ve conminada la gente por la falta de trabajo, la salud; pero él es riguroso en eso, es bíblico realmente. Y en este momento, en que las leyes se han cambiado y da la sensación de que nada está en el lugar en el que tiene que estar, o que se han cambiado los lugares donde se estaba parado, la gente se sostiene en estos discursos con los que se pueden relacionar mejor.
 Foto de Marcelo Manera.