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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 1 de mayo de 2012

memoria implantada



Paseamos por Refinería el lunes, las mismas calles y parques que recorro a la mañana. Lugares que no me desagradan, pero en los que no puedo dejar de observar –sobre todo ahora, con la lectura de Retromanía– ese proceso por el cual las marcas del trabajo –edificios que fueron factorías, barrios crecidos a un costado de la cuadrícula porque allí se acumularon los conventillos de los obreros anarquistas y socialistas de principios del siglo XX– son extirpadas casi quirúrgicamente para implantar allí los fastos de la ciudad nueva y próspera, con vista al río y con su misma historia proletaria museificada en los condominios de los nuevos ricos. La ciudad descubre su historia, pienso, al mismo tiempo que la destruye. O, mejor, como señala Reynolds en Retromanía, en ese cruce entre historia, cultura de masas y vida privada (en este caso: la percepción de un pasado, el de la clase trabajadora en la ciudad) se genera la retromanía que, grosso modo, podría considerarse en principio el apego por el pasado inmediato pero, sobre todo, el desapego por el futuro; desapego por percibir o imaginar un futuro (porque ya sabemos, "es más fácil imaginar el fin...")*.  
Pero vuelvo entonces a esta extirpación de las huellas del trabajo que viene operando sobre toda la costa de Rosario: lo que las monumentales figuras de los rascacielos de lujo me ofrecen es, a fin de cuentas, la hipérbole de lo que el trabajo representa en el capitalismo tardío: un tumor, de allí la necesidad de que su marca sea extirpada. Incluso la familia –como institución, más allá de sus lazos personales– encuentra cada vez con más frecuencia escollos para tramitar con eso que el trabajo representa: la jornada agobiante, el salario, el tenerse unos a otros porque allá afuera es la intemperie de la pobreza, etcétera: la familia quiere la prosperidad y la prosperidad sólo vendrá sin el tumor del trabajo, con la acumulación de capital, con las visitas a las factorías virtuales y ascéticas del mundo financiero.** 
La historia de la ciudad, también, se escribe en su tránsito, en su desplazamiento hacia zonas que nos incluyen como residuo, en las que nuestra memoria personal cruza varios umbrales.
En lo personal, pese a mi escasa formación en la materia, no puedo dejar de ver la Historia como "filosofía": su percepción es a la vez un modo de intervenir en ella, la historia provee un modo de pensar o indagar en el futuro. Pero cuando el pasado es un juguete de la historia o, mejor, cuando el pasado "juega" con la Historia, se disfraza de antigüedad, se vuelve "retro", cuando la Refinería (en un barrio que dejó hasta su nombre para convertirse en "el Alto" –por el shopping–, en Puerto Norte –por las cerealeras demolidas que dieron lugar a los rascacielos– o en Las Malvinas –como paradójicamente me señala el localizador de Android: el nombre de las islas donde ocurrió la única y terrible guerra de las últimas generaciones de argentinos–) se transforma en un condominio de lujo y se borra de modo definitivo la huella del gueto en el que se generaron las principales revueltas obreras de la primera década del 900, presiento que estamos muy cerca de aquellos relatos de Philip K. Dick en los que el héroe se implantaba recuerdos ajenos.






* Dicho sea de paso, pienso también qué distinta –aunque también reducida– resulta en ese sentido la experiencia del Museo del Puerto (Ingeniero White, Bahía Blanca), donde lo que está en juego es el pasado mismo de la historia proletaria en tanto legado de los trabajadores.
** Vuelvo a citar las líneas de Charles Péguy: "Llegamos a conocer, a tocar, un mundo (siendo niños participamos en él), en el que si alguien caía en la pobreza se encontraba al menos asegurado en ella. Se trataba de una especie de contrato sordo entre el hombre y la suerte, un contrato del que la suerte nunca se ausentó antes de la inauguración de los tiempos modernos. Parecía evidente que aquel que se dejase acompañar por la fantasía y lo arbitrario, aquel que introdujese el juego, aquel que quisiese evadirse de la pobreza lo arriesgaba todo. Introduciendo el juego podía perder. Pero quien no jugaba no perdía. No podíamos sospechar que se aproximaba un tiempo, un tiempo que ya está aquí y que es precisamente el tiempo moderno, en el que quien no jugase perdería todo el tiempo y posiblemente más que quien jugase".