socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 25 de junio de 2016

the end of the world

Percibo esta canción (es de 1968) como un "fin de mundo": aquí está ese tono en el que se añora lo que ya no va a suceder. Bowie, de algún modo, canta allí.
La versión de Faith No More refuerza esa idea y la hace explotar en un mundo que pertenece, justamente, a otro mundo.


viernes, 24 de junio de 2016

brain dead

Comentamos en @HojaDeRuta (Sí 98.9BrainDead, la serie de los creadores de The Good Wife (producida por Ridley Scott), una mezcla de sátira y ciencia ficción que homenajea también a cierto cine clase B, desde Invasion of the Body Snatchers a Mars Attacks.


loops of thrones

Game of Thrones culmina su sexta temporada este domingo. Está confirmado que habrá dos temporadas más, de seis y siete episodios. También avisaron desde HBO que no hay de qué preocuparse con esto del Brexit: sólo los mercados corren el riesgo de derrumbarse, la serie no será afectada por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
Mientras tanto, exploramos el canal de Igor Gladkoborodov, entre otros, en la fabulosa plataforma rusa Coub (para hacer loops de video tomados de YouTube y otros sitios).






Gracias AVClub.


jueves, 23 de junio de 2016

el otro lado

En 1986, en el primero de los cuentos de Historias desaforadas, "Planes para una fuga al Carmelo", Adolfo Bioy Casares  vuelve a visitar el universo de su novela Diario de la guerra del cerdo a 34 años de su publicación original. En el cuento, entonces, un profesor llamado Félix Hernández, se sorprende y se dice: “Últimamente me dio por hablar solo”. La misma frase repite Isidro Vidal, protagonista de la novela, como una letanía que pretende ahuyentar con un golpe de conciencia el anuncio de la vejez. Pero, a diferencia del Diario –donde los jóvenes persiguen y asesinan a los viejos–, en "Planes para una fuga" Hernández tiene una alternativa (la Argentina, en ese universo, logró erradicar la vejez exterminando los viejos): fugarse al Uruguay, donde suprimieron la muerte y está lleno de viejos, a quienes los jóvenes argentinos ven con espanto, como una infección.

"Planes para una fuga" fue lo primero que me vino a la mente cuando leí La uruguaya, la novela de Pedro Mairal (que me recomendara mi amigo Dabove) a quien leo con fascinación desde hace ya más de una década. Es decir: el Uruguay como ese otro lugar. Lo dice el mismo autor en sus páginas: "el Uruguay como lado B del Río de la Plata", una Buenos Aires sin peronismo (de hecho, en Amalia Montevideo es la orilla sin Rosas).
Copio parte de la contratapa: «“Como en los sueños, en Montevideo las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran.”
«Lucas Pereyra viaja a Uruguay en barco por el día a buscar dólares. Son tiempos de restricciones cambiarias. Tiene ya arreglado un encuentro secreto en Montevideo, pero sus planes pueden fallar.
«Encandilado por el recuerdo de un verano anterior y agobiado por un matrimonio que se resquebraja, sueña con escaparse y no volver. ¿Con quién se va a encontrar? Montevideo, esa ciudad idealizada por la distancia, se volverá impredecible.»
Acá el comentario que hicimos esta tarde en radio de la novela, sobre la que volveremos: 


jueves, 16 de junio de 2016

té con leche

El niño toma té con leche, pero con la leche fría. El problema es cómo lo interpreta el mozo o la moza del bar.
Aunque se lo expliquemos la opción es siempre la que por defecto trae la muchacha en su rígido.
Por ejemplo, la señorita del bar de Alberdi y JJ Paso trajo la taza con leche fría y el sobre de té aparte. Le dije: no, el té no se hace en leche fría, hay que hacerlo primero en agua hirviendo y agregarle la leche fría. Se llevó la taza, calentó la leche con el pico del vapor de la cafetera y le metió el saquito.
En fin, el tostado al menos estaba muy bien.

miércoles, 15 de junio de 2016

de "game of thrones" a "westworld"

La serie Game of Thrones cobró un nuevo ímpetu en la sexta temporada en curso, celebrado por los críticos de Deadline, por ejemplo, pero no tan aplaudido desde un sitio más exigente, como AVClub. Es que el creador de las novelas Canción de hielo y fuego, en que se basa la tira televisiva de HBO, George R.R. Martin se tomó mucho más del tiempo estipulado para terminar su sexto libro de la saga y dejó las manos libres de los guionistas de la serie. Así, según coinciden muchos, los arcos narrativos de los personajes tienden a resolverse con una celeridad mayor a la mostrada en las dos temporadas anteriores, de una llanura pampeana en el desarrollo argumental. El último episodio (octavo en esta temporada) “No one” –nadie– es un juego en espejo de varios de los personajes centrales: Ayra Stark, que debe escapar de la secta de asesinos a la que se unió jurando ser “Nadie”; Cersei Lannister, la reina regente o madre que es relegada al lugar de nadie en la corte, y su hermano y amante, Jamie, quien debe decidir quién es el juego de la guerra y el poder.
Game of Thrones es también fuente de inspiración para los creadores de Westworld, también de HBO y una de las series más esperadas del año, basada en la película de ciencia ficción de 1973 protagonizada por Yul Brynner y escrita y dirigida por el finado Michael Crichton.

viernes, 10 de junio de 2016

devórame otra vez

Con la televisión on-demmand (suscripción vía internet) y la posibilidad de acceder a series completas, aparecieron los televidentes que se dan atracones de cinco temporadas o más en pocos días. Pero ¿cuán pocos? ¿Cuánto lelleva a un “devoto” devorarse las cinco temporadas de Breaking Bad? La respuesta –o parte de ella– puede leerse en una nota publicada el miércoles pasado en The New York Times, en la que John Koblin entrevista a Cindy Holland, vicedirectora de Netflix, donde estudiaron el comportamiento de sus usuarios. 
De acuerdo al estudio que se desarrolló en Netflix, los usuarios suelen terminar la primera temporada de una serie en una semana. Es una audiencia que dedica una importante cantidad de tiempo: están frente a la pantalla alrededor de dos horas al día.
Desde Netflix difundieron el informe el último miércoles luego de rastrear en su base global de usuarios cómo miraban las primeras temporadas de más de cien de las series televisivas que ofrece el servicio en el lapso de los siete meses pasados.
“Finalmente, luego de estudiar tres años los lanzamientos de series originales –señaló Holland, tal como publica el New York Times– y tras nueve años de trasmitirlas por streaming, podemos identificar algunos patrones”.
En Netflix ya habían estudiado los atracones de series (“The binge watch, it happens!”), con el nuevo análisis intentan distinguir patrones diferentes según la serie, de acuerdo a las declaraciones de Holland.
Al rastrear promedios, la búsqueda reveló que algunos shows se consumen con mucha velocidad, mientras que otros son vistos con una urgencia algo menor. Los que vuelven al televidente más sediento son las sagas de horror y los thrillers. Los que les llevan más tiempo son los dramas políticos y las comedias sofisticadas.
A continuación, el artículo hace una lista de las tendencias identificadas por el estudio de Netflix entre quienes encaran primeras temporadas:

Los atracones más vertiginosos

La cantidad de tiempo promedio de un usuario para terminar una temporada es de cuatro días. La cantidad de tiempo dedicado cada día es de alrededor de dos horas y media. Los géneros: horror, thrillers, ciencia ficción.

Los ejemplos: Breaking Bad, Sons of Anarchy, The Fall, The Walking Dead, American Horror Story, Orphan Black.

jueves, 9 de junio de 2016

adolfo prieto

El 11 de junio de 2005 Juan José Saer moría en París y acá en Rosario, como estaba al frente de un suplemento de cultura (sí, la cultura siempre es suplementaria, como decía Florencio Escardó), me vi en la obligación de escribir algo al respecto. Como había leído poco a Saer y saltando de una obra a otra: encantado con El río sin orillas o Cicatrices, fastidiado con sus ensayos de El concepto de ficción o los relatos experimentales, pensé que podía salvar mi ignorancia recurriendo a alguien que no sólo conociera su obra sino que lo conociera personalmente, al punto de que una de sus obras, El limonero real, le había sido dedicada.
Gracias a la mediación de su hijo Martín, me entrevisté una tarde de junio de 2005 con Adolfo Prieto. Debo decir antes que había conocido a Adolfo una noche de principios del verano de 2000, cuando una lectura de poesías me dejó en el incómodo lugar frente al micrófono y, a él, entre el público.
Había leído, entre sus libros, Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina, que el Fondo de Cultura Económica había publicado a mediados de los 90.
Prieto había pertenecido –para mí, y hasta que lo conocí– a esa exquisita entelequia de los críticos argentinos formados en una etapa en la que se refundaba lo que hoy conocemos como literatura argentina (que excede, desde luego, los intereses literarios: sus Viajeros ingleses es a tal punto un  clásico que cualquier lector más o menos informado puede leerlo como un repaso de conceptos que, sin embargo, se formulan allí por primera vez), es decir, la configuración de un mapa de lo argentino que recorre no sólo zonas y fronteras, sino también filiaciones. Un país es un territorio simbólico cuyos padres y su descendencia se vuelven muchas veces objeto de discusión.

Imagen tomada de Diario La Provincia.

viernes, 3 de junio de 2016

la historia del fin

En 2013, cuatro años después de publicar su libro Realismo capitalista, Mark Fischer escribía en un artículo para la revista Strike: “El realismo capitalista podría verse como una creencia, la de que no hay alternativa al capitalismo, de que, como lo señaló Fredric Jameson: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Hay otros sistemas que pueden preferirse al capitalismo, pero éste es el único que resulta realista. O puede verse como una actitud resignada y fatalista de cara a la sensación de que todo lo que podemos hacer es hacernos a la idea de que el capitalismo lo domina todo y limitar nuestras esperanzas a la contención de sus peores excesos. Sería, antes que nada, una patología de la izquierda, nunca mejor ejemplificado que en el caso de los nuevos laboristas. Al fin y al cabo, lo que nos aporta el realismo capitalista es la eliminación de la política de izquierda y la naturalización del neoliberalismo.” (La traducción al español puede leerse acá.)
Celebrado por Slavok Zizek y otros intelectuales, el libro de Fisher es acaso el más inteligible y el más cruel de los diagnósticos sobre eso que llamamos neoliberalismo, no sólo como sistema económico, sino como representación del mundo o, mejor, representación de un mundo que ya no nos pertenece. Del mismo modo que se repite a coro –la imagen es de Hernán Ronsino– que era inevitable la actual fabricación de una crisis argentina que sólo pagarán los trabajadores y sectores medios, que no hay alternativa, lo que da al millonario Mauricio Macri y su gavilla vía libre para seguir acumulando capitales en paraísos fiscales.

El realismo capitalista, a diferencia del socialista (al que alude el título), no necesita ser propaganda. Se trata, como advierte temprano Fisher, de “un giro de la Fe a la estética y del compromiso al espectáculo”. El autor recorre varias escenas de la contemporaneidad para señalar esta fantasía organizada según la cual no hay alternativa al modelo de exclusión y páramo que trae el neoliberalismo: desde los jóvenes de los terciarios y secundarios ingleses –de los que Fisher fue docente–, donde observa una “hedonía depresiva” (incapacidad de sentir placer y a la vez, incapacidad de hacer otra cosa que buscar placer) hasta los tratamientos de enfermedades mentales, reducidos a la química de las farmacéuticas, que aíslan al paciente.

sábado, 28 de mayo de 2016

las series de la cia

El currículum de John McLaughlin (Pennsylvania, 1942) podría leerse como el de un alto ejecutivo aplicado, cuyo desempeño incluyó numerosas capacitaciones y estudios, así como el trabajo en equipo con personas calificadas. Es más, nuestro amigo McLaughlin comenzó su carrera en el terreno de las artes, lo que señala también su buena base cultural. Es cuando nos enteramos de que el buen John fue varias veces director (interino y adjunto) de la Central Intelligence Agency (CIA) cuando percibimos una ligera interferencia. Porque, sin dejarnos llevar por la ideología y, menos, por las fantasiosas proezas de ciertas películas, convengamos que lo que todas las ficciones dan por hecho (pongamos el último James Bond o Jason Bourne) es que el manejo de la inteligencia significa el manejo de vidas, es decir, de las personas y sus cuerpos. No tenemos por qué no creerlo.
Bien, sin embargo nuestro colega Neil Parmar, de Ozy.com, dejó de lado estos reparos y consultó a McLaughling sobre tres series que están en carrera y ponen en escena con cierto realismo dramático el trabajo de los oficiales de inteligencia de la principal potencia mundial, los Estados Unidos.

House of Cards

La primera serie que nuestro hombre de la CIA analiza con Parmar es House of Cards (cuatro temporadas de trece episodios disponibles en Netflix) ¿Cuán fieles a la realidad son esas sesiones de informes con el presidente Frank Underwood?, pregunta el periodista. “Son bastante realistas”, dice McLaughlin, quien, como ex director adjunto y director interino de la CIA, informó al menos a cuatro presidentes –de Ronald Reagan a George W. Bush. “Una reunión informativa real tiene lugar en el sótano de la Casa Blanca, pero en este caso lo que se ve es sólo un fragmento de tensión dramática de la reunión, ya que si se presencia todo el asunto sería como ver secarse la pintura.”

lunes, 23 de mayo de 2016

tv or not tv

A mediados de los 80 hubo varias películas de ciencia ficción de flaca factura que se fundaban en el largo alcance de las ondas de emisiones radiales y televisivas que llegaban hasta los confines del universo y atraían más de una amenaza a la Tierra. Eber Ludueña, el personaje creado por Luis Rubio hace casi 15 años, parece haber hecho esa travesía temporal y etérea: anclado en un momento del tiempo en el que las promesas del futuro se sostenían en ideales antiguos y dispares, el éxito del retrospectivo Eber Ludueña en la pantalla de televisión podría verse como la respuesta afectiva del público por los restos de un mundo que no termina de disolverse.
Si bien Ludueña pudo por momentos devorarse a su creador, Rubio supo también aprender de Ludueña esas cosas que nunca son del todo pasado, que son anacrónicas porque surfean el tiempo.
Luis Rubio prepara ahora el lanzamiento de TV or not TV –también se lo puede escuchar por radio, después de las 18, en la FM rosarina Sí 98.9–, un programa televisivo hecho con archivo e intervenciones suyas que tienen esa impronta anacrónica y lúcida. La presentación es casi una declaración de principios: se ve un televisor que emite un griterío de peleas y discusiones y un técnico que acude a repararlo. Tras unos golpes y unos ajustes en el sintonizador, escuchamos a Pepe Biondi sobre un sereno mar de risas. El técnico repara el contenido, no el cablerío. El signo de los tiempos –según preferimos leer esta pieza de Rubio– está también en el tiempo que dedicamos a leer y escuchar sus signos.
Desde Barcelona, antes de asistir a un homenaje al humorista español Pepe Rubianes –otra señal de Rubio–, Luis dialoga por WhatsApp mientras cae la tarde del domingo catalán.
—Varias veces dijiste que, salvo excepciones, ya no hay humor en la televisión, ni ideas: casi todos los programas repiten un formato en el que aparecen quienes hacen un chiste, pero no se trata de los espacios de humor que había hace unos años. ¿A qué podrías atribuirlo, qué es lo que cambió?
—Lo que digo es que no hay programas de humor, como la tele ya no tiene programas de investigación periodística, ni de análisis político ni de nada. Los programas hoy son de lo que pasa, de lo que la gente quiere ver en ese momento, entonces son un envase lo suficientemente flexible como para albergar cualquier cosa, y entonces todos los programas terminan hablando de lo mismo, de lo que sucede de la tarde a la noche: violencia de género, fondos buitre, Maradona le pegó a la esposa –hablan de eso–, aborto, bioética, cualquier cosa. Porque de esa manera no se encorsetan y pueden ir a pelear esas décimas de ráiting que les permite sobrevivir. Así de triste es la tele de hoy.

lunes, 16 de mayo de 2016

un robo sistemático

Según este artículo que firma Colin Holtz en el diario británico The Guardian, si los súper ricos pagaran lo que deben en impuestos, los Estados Unidos dispondrían de una sobrecarga de dinero que podría disponerse para los servicios sociales. La propuesta coincide con la de la “renta básica universal” que ya en España proponen académicos y activistas.


Acaso somos capaces de acordar que nadie debería ser pobre en una nación tan rica como los Estados Unidos. Sin embargo, cerca de un 15 por ciento de los estadounidenses viven debajo de la línea de pobreza. Tal vez una de las mejores soluciones es también la más vieja y simple de las ideas: a todos deberían garantizarles un pequeño ingreso, libre de condiciones.


Imagen tomada de EnOrsai.

Llamada renta básica universal por sus partidarios, la idea atrajo no pocos apoyos a lo largo de la historia de Estados Unidos, de Thomas Paine a Martin Luther King Jr. Pero también se enfrentó a críticas interminables porque los defensores de la "austeridad" arguyen: “Simplemente no podemos permitírnoslo” –lo mismo que cualquier otro gasto considerado dramático para la seguridad social.

Ese argumento se disolvió cuando hace más de un mes se hicieron públicos los Panamá Papers, que revelan en primer término los sofisticados métodos utilizados por los ricos para esquivar devolverle impuestos a las sociedades que los ayudaron a ganar su riqueza.

domingo, 15 de mayo de 2016

sueño de una tienda de manhattan

Como a muchos otros, siempre me intrigó cierto aspecto de lo que podríamos llamar “vida onírica” que, no necesariamente, es el sueño en sí. Más bien se trata de cosas que percibimos y vivimos en los sueños. Mi esposa, por ejemplo, soñó una vez que veía a un amigo enojado, alguien a quien nunca había visto iracundo. Sin embargo, decía, conocí su furia. Lo que había percibido era ese hiato entre la persona que conocía y algo que conocía sin saber de la persona.
El 22 de abril pasado mi amigo Gustavo estaba en Nueva York, en otro de sus viajes, esta vez de visita en el Barrio Chino de Manhattan, en el negocio de su padre.
Gustavo vivió en Estados Unidos entre 1972 y 1973 y, a partir de entonces, con su padre Ping-Yip Ng radicado allá, pasó los veranos hasta el año 1979.
El negocio de su padre y la vida china en Nueva York fue un tema frecuente en conversaciones que se extendieron durante décadas. Sin embargo, al ver fotos enviadas por WhatsApp, caí en la cuenta de que nunca supe qué clase de negocio era. Así que le pedí precisiones.
“De nuestro padre –decía en un chat compartido en un grupo que incluía a su hermana– te puedo decir esto: he descubierto que su negocio de quiniela es una mezcla de club con estación de tren. Algunos sujetos van allí a dormir para no estar solos en su casa. Otros van porque la mujer los echa. Casi todos van porque no saben qué hacer. Nuestro padre tampoco sabría qué hacer si le cerraran el negocio.”
Entonces hizo ese dibujo del tipo dormido con la bolsa de los mandados que me recordó la escena del católico que se detiene a rezar con el paquete de verduras envuelto en un diario viejo, en The End of the Affair: un hombre que duerme en ese negocio “mezcla de club con estación de tren” y sueña el sueño de la intimidad.


jueves, 12 de mayo de 2016

la distopía meritocrática

para RosarioPlus

El término “meritocracia“ fue acuñado por el sociólogo británico Michael Young, también activista del Partido Laborista, quien publicó en 1958 la sátira política The Rise of the Meritocracy (El ascenso de la meritocracia), donde ironizaba sobre el sistema educativo del Reino Unido y fabulaba, al estilo de Un mundo feliz o la clásica Utopía, una Inglaterra asolada por el régimen meritócrata que duraba desde fines del siglo XIX hasta el año 2033, cuando una revolución lo derrocaba. 
Que el término haya nacido como sátira, como burla, lo convierte en peyorativo. Sin embargo, a diferencia de “liliputiense”, que Jonathan Swift ideó con el mismo cuño burlón y guarda hasta hoy el sentido original (alguien con poca estatura, pero, sobre todo, estatura política y moral), “meritócrata” ganó un signo diferente gracias a los meritócratas quienes, como cabe esperar, poseen escasa formación letrada y débiles vínculos con la historia y lo social.
Imagen tomada de BlissBlog.

A fines de junio de 2001, un año antes de su muerte, el mismo Young escribió una columna en The Guardian en la que se lamentaba del uso que había adquirido su término y, en particular, del uso que le daba el entonces primer ministro británico, Tony Blair.
El artículo es también una descripción exacta de la degeneración del término meritocracia. “He estado tristemente decepcionado por mi libro de 1958, El ascenso de la meritocracia –escribe Young–. Acuñé una palabra que entró en una circulación generalizada, en especial en los Estados Unidos, y hace poco halló un lugar destacado en los discursos de Blair. El libro era una sátira que pretendía ser una advertencia (a la que no hace falta decir que no se le prestó atención) en contra de lo que podría suceder a Gran Bretaña entre 1958 y el final de una revuelta imaginaria en contra de la meritocracia en 2033.
“Mucho de lo que se predijo ya se ha producido –continúa Young–. Es muy poco probable que el primer ministro haya leído el libro, pero se apoderó de la palabra sin darse cuenta de los peligros de lo que está defendiendo.”
A todo esto, Young ya había declarado, a propósito de su propio libro, que las obras más influyentes eran a menudo las menos leídas (el argumento pertenece en realidad a Italo Calvino, quien se refirió a los clásicos como aquellos libros cuya lectura circula incluso sin lectores). A mediados de los 90, cuando Blair aún no había llegado a primer ministro británico y Lady Di todavía estaba viva, comenzó a usar el término meritocracia según la reseña de Francis Wheen en The Guardian: “Estamos a años luz de una verdadera meritocracia” (julio de 1995); “Quiero una sociedad basada en la meritocracia” (abril de 1997); “Terminó la Gran Bretaña le élite. La nueva Gran Bretaña es una meritocracia” (octubre de 1997); “El viejo establishment está siendo reemplazado por una nueva y más grande clase media meritocrática” (enero de 1999); “La meritocracia se construye sobre el potencial de la mayoría, no de unos pocos” (octubre de 1999); “La sociedad meritocrática es la única que puede explotar su potencial económico para el total de su pueblo” (junio de 2000).
La disputa con Blair, dentro de su propio partido, el Laborista, surgió a partir de las declaraciones del líder en torno a la educación, que es el tema del que trata la novela de Young (en la meritocracia las personas son divididas según su inteligencia, lo que conforma nuevos estratos sociales). En ese sentido el laborismo, que tuvo hasta los 80 importantes dirigentes que venían no sólo de las escuelas públicas, sino de familias proletarias, le criticaba a Blair su consentimiento con el neoliberalismo que había expandido en Inglaterra Margaret Thatcher, llenando las calles de ciudades como Londres y Liverpool de feroces conflictos sociales.
“Con la llegada de la meritocracia –escribe Michael Young en su columna de 2001–, las masas ya sin líderes fueron parcialmente privadas de derechos; y a medida que pasa el tiempo, cada vez más trabajadores fueron perdiendo su compromiso, al punto de perder todo afecto político y ni siquiera molestarse en ir a votar, porque ya no tienen su propia gente que los represente”.
Para el final del primer período de Blair como primer ministro británico, Young escribió: “Como resultado, la inequidad general se ha vuelto más grave cada año que pasa, y esto sin siquiera un llamado de atención de los líderes del partido que una vez alzó la voz con vehemencia y precisión por una mayor igualdad (…) ¿Qué puede hacerse por esta sociedad meritócrata y polarizada? Ayudaría que el señor Blair quitara el término de su vocabulario, o al menos admitiera su bajeza. Ayudaría más aún que marcara distancia de la nueva meritocracia aumentándole los impuestos por ingresos a los ricos, y también reviviendo los gobiernos locales con más poder para involucrar a su gente y entrenarla en la política nacional”.
En junio de 2001, cuando Young escribía esas palabras, la Argentina se encaminaba a una de sus crisis más devastadoras, con un gobierno que había preferido encerrarse a hacer la tarea neoliberal y tenía en su gabinete y sus equipos a muchos de los meritócratas que hoy volvieron a ocupar puestos alrededor de la Casa Rosada, desde Patricia Bullrich a Federico Sturzenegger.

sábado, 7 de mayo de 2016

is the lady a trump?

Para RosarioPlus.

Cuando el candidato republicano Donald Trump dijo este jueves a la cadena CNBC que si perdía su carrera a la Casa Blanca “la Corte Suprema se llenaría de liberales que convertirían a los Estados Unidos en un país por completo diferente, como Argentina o Venezuela”, acaso hablaba sin saber demasiado y apelando un conocimiento de Argentina que suele ser bastante vago visto desde el gran país del norte.

Argentina, para los estadounidenses alimentados por corresponsales que reportan desde Clarín o La Nación, suele aún significar dos cosas Diciembre de 2001 y populismo.
Sin embargo, no todos los medios reportaron el contexto de esa entrevista, en la que Trump –visto por los progresistas estadounidenses como una suerte de pichón de Hitler por su tono despectivo al hablar de inmigrantes, negros y latinos– comienza defendiendo las bajas tasas de interés que deben mantenerse desde la Reserva Federal –que regula el funcionamiento de la banca en Estados Unidos, junto con Wall Street.

lunes, 2 de mayo de 2016

almuerzo en el cielo

El texto surgió luego de escuchar a Silvio Moriconi en "Hoja de Ruta" referirse al trabajo de Hine con motivo del Día del Trabajador. 

Una de las fotos icónicas y más vistas en cada celebración del Día del Trabajador es la de un grupo de once obreros que descansan sentados en una viga de hierro, a trescientos metros del piso sobre la isla de Manhattan, en el año 1932 mientras construían el Edificio de la RCA en el Rockefeller Center –en ese momento y durante los 40 años siguientes, superado en altura por el Empire State, que se inauguró en 1931. En esa década se levantaron los rascacielos más imponentes de Nueva York e, incluso, el puente que conduce a Brooklyn.
Por cada millón de dólares que se invertía en la construcción de un rascacielos moría un obrero. Era la época en que los barones de la industria estadounidense competían por quién hacía la torre más alta y con mayor celeridad.
Imagen tomada de Wikipedia.

Como se puede ver en la foto –tan célebre que tiene una entrada exclusiva en Wikipedia–, los trabajadores no tienen arneses, ni sogas, ni cascos. De hecho, no sólo los obreros subían a las cimas de esos esqueletos de hierro, también equilibristas y deportistas probaban sus agallas y vencían el vértigo haciendo piruetas sobre el vacío a doscientos metros del suelo. Hasta los mozos del Waldorf Astoria subieron a la cima del nuevo edificio del hotel, aún en construcción en 1930, para servir un suntuoso almuerzo a dos trabajadores sobre una viga que sostenían dos ganchos de una grúa.

sábado, 30 de abril de 2016

una belleza rural

Una belleza rural. Eso pienso cuando veo la foto. La muchacha posa para la cámara con una tolerita a lunares y unas calzas. Tiene los hombros caídos y los brazos le cuelgan a los costados. Los ojos oscuros nos señalan algo que no dejamos de buscar. Algo acaso melancólico, porque toda belleza agita el fantasma de una pérdida que nos vuelve melancólicos. Y esta es una belleza rural. Una cinta que no terminamos de leer ("Pueblo de Car...") le cruza el cuerpo, más bien le cuelga del cuerpo que adivinamos esbelto, pero también suspendido en esa observación que capta la cámara mientras nuestra belleza rural nos mira desde la oscuridad de sus ojos y yace en la pose como recostada en la cinta que no llegamos a leer.
La foto está en la página 23 de “Llanura”, uno de los hermosos libritos de fotografías de Matías Sarlo, que él mismo publica en Lucio V. Ediciones.

Llanura es un conjunto de fotografías rurales, tomadas a menos de cien kilómetros de Rosario, donde Sarlo se formó y trabajó como reportero gráfico hasta hace un par de años en algunos de los medios más notorios de la ciudad. Hasta que, como en una declaración de los años 70, se fue a vivir al campo.

miércoles, 27 de abril de 2016

medioevo y modernidad en teología política

En su última entrada, Adam Kotsko lo pone de este modo:
Una de las preocupaciones de la teología política es la relación entre el cristianismo medieval y la modernidad secular.
La primera pregunta a hacerse es si una continúa a la otra. Para algunos teóricos, no hay continuidad: el ingreso a la modernidad es una ruptura cualitativa. La modernidad tiene su cosa propia y no debería juzgarse en los términos de la herencia cristiana que la precedió. Según lo entiendo, Blumenberg es acaso el defensor más destacado de este punto de vista.
Si asumimos seriamente que el cristianismo medieval y la modernidad secular tienen continuidad, entonces la pregunta sería si la modernidad es algo bueno. Si la respuesta es sí, surgen dos opciones acerca de cómo ver el cristianismo. La primera es decir que el cristianismo era malo y nos alegra que la modernidad lo haya superado. En la medida en que la modernidad conserve elementos cristianos, éstos deben purgarse tanto como sea posible. Esta es la tendencia sin duda hegemónica hoy en día. La segunda es argüir que ya que la modernidad es buena, el cristianismo, que en cierto sentido llevó a ella, debe haber sido bueno también. Aquí podemos pensar en Hegel o en la "era heroica" del protestantismo liberal (Harnack, Ritschl, etc.).
Si respondemos que no, que la modernidad no es algo bueno, entonces también tenemos dos opciones. La primera es afirmar que el cristianismo era bueno y resultó una mala idea desviarse de él. Podríamos asociar a este punto de vista a la ortodoxia radical y, no sin discusión, con Schmitt. La segunda es apuntar que el cristianismo también era malo, y por lo tanto era natural que condujera a algo tan malo como la modernidad. Esta es la posición de Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, así como de Nietzsche, Foucault y, probablemente Heidegger y Agamben.
¿Alguna conjetura acerca de qué tendencia describe mejor mi trabajo?

lunes, 25 de abril de 2016

la serie de la crueldad

Por Anna Nordberg | Ozy.com

“Game of Thrones” hace arte del sufrimiento de su público. Para cada escena de simple prodigio –por ejemplo, la princesa Daenerys Targaryen elevándose sobre las arenas de combate en el espinazo de su dragón– la teleaudiencia sabe que la serie hará valer su propia versión del precio del hierro: una secuencia desgarradora, indescriptiblemente horrible que te deja balanceándose en el sofá diciéndote: “Tal vez sea sólo un sueño.” Pero “Game of Thrones” no se detiene en apariencias.
Gran parte del crédito, por supuesto, va para George R. R. Martin, quien creó este mundo implacable en su saga de novelas “Canción de Hielo y Fuego”. Pero los showrunners (encargados de desarrollar el guión en la serie de HBO) David Benioff y D. B. Weiss tienen un don para crear escenas que no podrían ser más devastadoras y, a continuación, las vuelven más devastadoras aún. Tomemos la decapitación del héroe Ned Stark. El libro de Martin nos la muestra a través de los ojos de otro personaje, pero en el episodio de HBO, la cámara se queda con Ned, y lo vemos buscar a sus hijas con la mirada en la multitud durante sus últimos segundos. En el episodio La Boda Roja, que nos lleva el alma, nadie cree que el número de muertos en el libro podía ser superior; pero la serie de televisión añade a la esposa embarazada del hijo de Ned en la matanza. Los showrunners incluso inventan escenas horriblemente delirantes que no están en los libros, al igual que, en la temporada pasada, la quema viva de la adolescente princesa Shereen, que miré sollozando a través de una grieta en mis dedos.

domingo, 24 de abril de 2016

vértigo

Nuevamente el niño halla una video que rodó en Gran Canaria Danny MacAskill, que a esta altura es casi un héroe familiar. Me lo comparte y lo miro lleno de vértigo.

viernes, 15 de abril de 2016

wiwi

Wiwi, mi hijo (9 años), me en vía por correo electrónico algunos  canales de YouTube que estuvo viendo, entre ellos Mr. TVCow, "que hace videos con gatitos", y que yo debería ver.

O este, Boom Riders, sobre el que me aclara en su mensaje: "No es BMX pero hace trucos", con lo que debo abocarme ahora a buscar la diferencia entre BMX y los que "hacen trucos":

En fin, tengo tarea por delante.