socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 24 de marzo de 2015

como una milonga

A mediados de los 80, quien mejor cantó la depresión económica rural de los Estados Unidos fue un joven guitarrista que recién se conocía en Argentina, John Cougar Mellencamp. En su disco Scarecrow (“Espantapájaros”) incluyó un pequeño hit titulado “Small Town” (“Pueblito”), que además de glorificar la vida y la idiosincrasia pueblerina contra la de las grandes ciudades, decía: “Al fin y al cabo, todo lo que descubrí lo conocí en este pequeño pueblo”. En esa frase pienso cuando leo Como si fuera hoy, editorial El OmbúBonsai), la crónica de Osvaldo Aguirre sobre su infancia en Colón, en el norte de la provincia de Buenos Aires (a 175 kilómetros de Rosario).

Aguirre llegó a Rosario a estudiar Letras a principios de los 80. Al contemplar hoy el trabajo del autor (una obra poética que cruza cierta tradición campera con interrogantes contemporáneos; novelas, cuentos, libros de investigación histórica y periodística, además de su carrera en el periodismo policial y cultural y su trabajo al frente del Festival Internacional de Poesía de Rosario o el encuentro La Chicago Argentina) y compararlo con las historias de la primera juventud en esa pequeña ciudad bonaerense –como puede leerse en Como si fuera hoy–, las anécdotas adquieren la dimensión de una cifra: allá hizo su primer diario, que repartía entre parientes y amigos; las primeras participaciones en radio, las colecciones de historieta, los libros, en fin, el dibujo de un poblado en el centro de un mundo.
Como si fuera hoy se presenta este miércoles a las 19.30 en la Terraza de la Cúpula de Plataforma Lavardén (Sarmiento y Mendoza). El periodista Perry Maison y el músico y cantante Ber Stinco (los dos también oriundos de pueblos a los que vuelven con frecuencia) conversarán con Aguirre. Stinco ejecutará algunas milongas que hasta ahora no tuvo oportunidad de llevar al escenario. “Junto con Franco Colautti vamos a tocar tres temas en formato de canción criolla–dice Stinco–: «El aguacero», de Cátulo Castillo y José González, «Ayer bajé al poblao», de José Larralde y una versión en milonga de «Club de campo» una canción mía, la que abre el último disco”.
Del folklore, a Stinco le gusta mucho la música surera, “la milonga de tierra adentro, de llanura, que se relaciona a la inmensidad de la pampa y la introspección de un hombre con una guitarra –dice–; Yupanqui, Larralde, Cafrune (que aunque pertenece a otra región siempre hizo música de llanura)”. Y agrega: “Me gusta cómo se relaciona con lo popular Horacio Guarany; las letras de sus canciones y su interpretación me remiten mucho a Johnny Cash. También encuentro una relación directa –tanto armónica como lírica y romántica– con el origen del blues en los algodonales, esa soledad del hombre con su guitarra y su lamento existencialista, el mismo de la milonga campera de nuestros pagos”.
La obra de Osvaldo Aguirre se multiplicó desde que publicara su primer tomo de poesía en 1992: relatos, novelas, literatura para niños y jóvenes, investigación periodística. Su poesía, una de las más particulares que produce su generación, está hecha de acontecimientos pequeños, precisos: la quema de un paraíso caído, la busca de un perro llamado General después de una tormenta en Navidad, cuando la familia estaba reunida en la casa del campo. Con los años, el autor acaso complejizó los temas; seguro, perfeccionó su forma: halló en la trama de esas historias hechas de voces oídas la carnadura de una mitología.

En Como si fuera hoy Aguirre desiste de algún modo de la autobiografía tal como se la concibe hoy. Antes, dialoga con su madre, con quien coteja recuerdos, impresiones tanto suyas como de la vida del pueblo donde vivieron, del campo de su abuelo entre Cañada Rica y J.B. Molina, de las cartas entre el padre y el abuelo, de la topografía que registra su memoria, dejando en suspenso la que fue. Prefiere, dice, no volver a esas calles que conoció su infancia: vivas están en el recuerdo. Recupera situaciones (la fascinación del abuelo por un Valiant, paisajes y nombres. El uso de los nombres en sus libros de poesía ya era magistral: el campo regado de las marcas y las cosas con que la civilización avanza sobre él, desde el Ford Fairlane hasta el matabichera Bayer. En este nuevo libro Aguirre enumera los apellidos, los nombres de clubes y calles y traza con ellos esa historia que también cuenta, desde el lenguaje, la apropiación de un lugar en la tierra, la conversión de un territorio en una tierra prometida.
John Cougar Mellencamp - small town by John Mellencamp on Grooveshark

viernes, 20 de marzo de 2015

banalidad de la tortura

En diciembre de 2014 el Senado estadounidense reveló una serie de informes sobre las torturas aplicadas por agentes de la CIA y otros organismos en el marco de la Guerra contra el Terrorismo durante la administración de George W. Bush. A partir de allí, el sitio Political Theology encargó artículos a algunos destacados académicos que quisieran debatir el asunto en términos cristianos. Aquí traduzco el de Paul W. Khan ("Speaking Power to Truth, or, The Banality of Torture").
  

Estuve escribiendo sobre la tortura durante la última década. ¿Acaso el reporte del Senado que se conoció en diciembre (sobre torturas durante la administración del ex presidente George W. Bush) revela algo que requiera la consideración de mi trabajo anterior?
Por cierto, no es una novedad que la administración de Bush, sobre todo en su primera parte, consintió en la práctica de la tortura. Como tampoco es novedad que esa práctica careció de todo éxito. Después de todo, en giro hacia la tortura fue engañoso, en parte porque hace rato sabemos que no es un método efectivo para conseguir información.
De hecho, la tortura se entiende mejor como una práctica no inquisitiva, sino comunicativa. La cuestión que interesa no es qué aprendimos, sino qué estamos transmitiendo. Ese mensaje fue entonces, y aún permanece siéndolo, controversial.
La tortura comunica la idea del poder sin las ataduras de la ley. La tortura nos interpela desde la perspectiva de la excpeción, y el significado de la excepción es siempre la de un valor supremo que hace una demanda infinita, una demanda que no puede ser limitada por la ley. La excepción, por tanto, no es necesariamente un estado real de amenaza a la existencia –aunque pueda resultar así–, antes bien es una perspectiva imaginaria que afecta a todo el orden político. De modo que desde nuestra posición imaginamos ese exterior dentro de una comunidad particular. Por lo tanto, la excepción es el acto por fuera de la ley pero por el bien de la ley. Así, la excepción es la base de la normalidad.
Esta doble perspectiva nos permite hacer una aseveración acerca del valor supremo del estado –nuestro estado, no la política en general. No podemos hacer eso mientras ocupemos un rol o apliquemos una regla dentro del orden político. De modo que la excepción no es la analogía moderna del milagro, un acto libre por fuera de la ley, que expresa un punto de vista divino, que expresa en simultáneo –interior y exteriormente– las relaciones de Dios con la creación. La excepción es un modo de imaginar la política como un producto de nuestra libertad. Después del 11 de septiembre de 2001 dotamos dotamos a la tortura de la estructura imaginaria de la excepción.

viernes, 13 de marzo de 2015

lennon in rosario

Hasta fin de marzo puede verse en el CEC (Sargento Cabral y el río) la muestra John Lennon. Sus años en Nueva York, con fotografías del ya legendario Bob Gruen –el fotógrafo que mejor captó la escena del rock y el punk. Aquí se cuenta la historia de cómo una remera comprada en la calle y una tarde en una terreza construyeron la imagen más reconocible del ex Beatle, popularizada en su entierro, en 1980.

El 29 de agosto de 1974 el fotógrafo Bob Gruen sacó una foto de John Lennon que 40 años más tarde es por lejos una de sus tomas más icónicos e, incluso, una de las imágenes más icónicas de cualquier músico de rock de esos años.
“Vos sabés que solía usar una remera como esa”, le decía Gruen al periodista Chuck Armstrong, de la New York Magazine, cuando el fotógrafo inauguró en Nueva York la muestra que puede verse en estos días en Rosario. Gruen se refiere a la remera blanca con las mangas recortadas y la inscripción “New York City”. “Debo haber tenido como media docena de esas –recuerda el fotógrafo–; las vendían en la calle, en Times Square, estaban hechas de forma casera y no se conseguían en los negocios. No se trataba de una marca, eran unos muchachos que querían hacer esas remeras y, como me gustó el diseño, les compré unas cuantas y de vez en cuando se las regalaba a algún amigo. Así que le di una a John cuando fui a verlo a Record Plant”.
No sería sino hasta un año más tarde cuando tomaría esa foto. “Estábamos en la terraza de un departamento que él tenía acá en Nueva York –continúa su relato Gruen–, tomábamos fotos de lo que teníamos a la vista en el horizonte. Entonces le pregunté a John si todavía tenía la remera. Y lo que me impresionó es que él sabía a cuál me refería. Se la puso y le quedaba fantástica. No teníamos idea de que la foto se haría tan popular”.
Pero, pregunta el periodista, ¿por qué pedirle a Lennon que se pusiera esa remera? “Había vivido el suficiente tiempo en Nueva York –responde Gruen–. La gente ya comenzaba a verlo como un muchacho de la ciudad. Todos en Nueva York viene de alguna parte y sucede que él venía de Inglaterra. Para cuando tomamos esa foto él realmente era ya un neoyorkino”.

martes, 10 de marzo de 2015

bautismo

Es cierto, la religión es siempre un trasfondo, un detalle verosímil o un dato ambiental en la gran mayoría de las ficciones populares. Con salvedades, desde luego: Terminator es la tesis casi definitiva sobre la Santísima Trinidad (John Connor, que se engendra a sí mismo enviando un soldado suyo al pasado que “no nació aún” en el momento que embaraza a Sarah: John Connor, decíamos, es el Padre y el Hijo). Y además de las muchas interpretaciones que puedan hacerse sobre otros films, ser cristiano, protestante, católico o mormón (como en Big Love) es un detalle que hace a la trama pero no al gran tema de estas narraciones televisivas o cinematográficas.
Porque eso que la religión trae –ese gran Otro en nombre del cual se obra hasta hallar, en esa confrontación, el camino propio– no es lo que suele interesar en la trama y porque muchas veces, incluso, lo que aparece relacionado con el universo religioso es un cliché, como sucede de forma absurda y grotesca en la segunda temporada de American Horror Story o como más acertadamente nos lo enseña The Leftovers o la primera  temporada de True Blood, todas series en las que los protagonistas asistieron, de algún modo, a una suerte de fin de mundo, de apocalipsis, aunque sin una gran revelación.
Sin embargo, desde mitad de la segunda temporada y en lo que va de la tercera, la serie The Americans –año 1981: un matrimonio de espías de la KGB soviética que llevan una vida de familia americana, con dos hijos que ignoran quiénes son en realidad sus padres, en el corazón de Estados Unidos– parece haber hallado el contexto y la medida de un contendiente para que los conceptos universales del cristianismo suenen radicales: cierto comunismo dogmático que encarnan nuestros agentes de la KGB, quienes, además, son los protagonistas, es decir, los personajes con los que el espectador establece su “simpatía” (acaso en el sentido original de la palabra: ponerse en el lugar del otro).
Los inmejorables actores Matthew Rhys y Keri Russell son Philip y Elizabeth Jennings, tienen un matrimonio que ni siquiera ellos acordaron –sino sus jefes en la KGB– y en el primer episodio de la serie, emitido en febrero de 2013, con su hija de 13 años y su niño de 9 dormidos en la pieza de al lado, ella le dice a su esposo cuál es su verdadero nombre ruso. Es decir, recién se conocen y deben decidor entonces que quieren hacer de sus vidas.
Joe Weisberg, ex agente de la CIA –aunque aseguró que haberse unido a la agencia fue un error–, declaró que su serie es “en esencia, una historia sobre el matrimonio”. “Las relaciones internacionales –dijo–son sólo una alegoría para las relaciones humanas. A veces, cuando uno se pelea en el matrimonio o con los hijos, parece asunto de vida o muerte. Y para Elizabeth y Philip, por cierto lo es”.
Esta idea, a propósito, no es ajena a uno de los mayores “difusores” del catolicismo de principios del siglo XX, Gilbert K. Chesterton, quien aseguró en sus ensayos que el verdadero campo de batalla de la humanidad es el matrimonio.
El trasfondo político teológico aparece también, de cierta forma bastarda, con la figura de Ronald Reagan, aquel actor devenido presidente con el apoyo de George Bush padre y sus cowboys amigos en el gran aparato financiero, político y militar de los EEUU, quien por esos años lideraba la carrera por la colocación de misiles en el espacio en lo que se llamó (en ese modo tan espectacular y simulado con el que suele dibujarse la política exterior estadounidense) la “Guerra de las Galaxias”. Además de insistir con el latiguillo de que la Unión Soviética era “el imperio del mal” (“evil empire”). La carrera de Reagan era una carrera por la “salvación”, porque un imperio del mal sólo puede devorarse las almas, para todo lo demás, en especial la riqueza material del mundo, estaban los amigos petroleros de Reagan y Bush.
Pero The Americans, como las novelas de Graham Greene o como las ficciones sureñas estadounidenses (en las que el productor Graham Yost demostró cierta sabiduría en series como Justified) no sólo introduce el tema del cristianismo de manera directa: Paige (Holly Taylor), la hija adolescente de los Jennings comienza a frecuentar en un grupo cristiano que desarrolla una intensa militancia en el movimiento antinuclear de entonces. También los personajes principales, los agentes de la KGB, están fuertemente atados a ese gran Otro ausente que es la Madre Patria, el deber, los ideales del comunismo. Es decir, siempre nuestros personajes actuaron en relación a un tercero invisible pero dominante, capaz de torcer los destinos individuales y matrimoniales (Elizabeth rechaza a Philip, luego lo acepta, luego el pasado aparece en él, y así), capaz de ejercer una norma y una meta, una misión (ya que hablamos de espías y creyentes), en esas vidas.
The Americans es, en gran parte de sus dos primeras temporadas, una metáfora de la secularización de los misterios cristianos: el matrimonio regido no por el sacramento, sino por el estado comunista; la fe vuelta una ideología, el amor vuelto un medio de intercambio de información, etcétera.
El bautismo de Paige.
En esta tercera temporada, nuestros espías rusos despiertan a un campo doblemente siniestro: su hija quiere bautizarse y la KGB les reclama que la conviertan en una segunda generación de espías en suelo americano. Entonces esa misión, que siempre ocurría fuera de la casa, fuera del ámbito familiar reservado a la intimidad de esa ficción que es el matrimonio Jennings pero nutrido de sus verdaderos afectos, toma una carnadura que se hace más real con el bautismo de la adolescente, en el que nuestros espías ven a su hija alejarse y emerger de las aguas bautismales convertida en una extraña.
Mientras tanto, en Rusia, la deportada Nina (doble agente, no sabemos si enamorada o no del agente del FBI Stan Beeman, interpretado por el brillante Noah Emmerich, le extrae a su compañera de celda una confesión que la hundirá pero le permitirá a Nina (Annet Mahendru) salvarse. La puesta en escena no es ni por asomo inocente.

Por primera vez, luego de dos años de la serie en la que el espectador simpatizó (y hay que pensar en el espectador estadounidense, porque el argentino de alguna manera sabe lidiar con estas visiones seculares, de izquierda, que son el padre nuestro de cualquier familia vernácula) con Elizabeth y Philip, la perspectiva cambia: ellos están desorientados, recién caen la cuenta de que están en territorio ajeno, enemigo, pero sobre todo ajeno; algo viene a revolucionar la sólida ficción qe construyeron a lo largo de los años y no concierne ni a la madre patria ni a la KGB, sino a su pequeña hija. Si alguien quisiera representar de algún modo lo que sintieron los súbditos del imperio romano cuando sus hijos abandonaban la  familia y se unían a los catecúmenos cristianos acaso no hubiese hallado tanta exactitud como en la escena en que Paige mira a sus padres bajo una túnica empapada tras el bautismo en un vulgar salón religios de algún barrio neoyorkino.

Anoto al pasar (o para luego pasar en limpio): La temporada se inicia casi con el recuerdo de Elizabeth de cómo enseñó a Paige a nadar: la arrojó a una piscina pese al miedo de su hija. Pero Elizabeth recuerda la escena sumergiéndose en la bañera y conteniendo la respiración. La misma imagen vemos de su hija durante el bautismo: se hunde conteniendo el aliento y abre los ojos.
También, con respecto a esto de la inocencia y la pureza (el bautismo es eso: renacer purificado), están las relaciones de Philip con la hija de 15 años de una agente de la CIA al que intentan llegar a través de la adolescente. Uf, sólo haber llegado hasta acá con ese nivel de guión y puesta en escena justifica la existencia de las series. 

sábado, 7 de marzo de 2015

sorpasso


Las Sorpasso con suela de goma, único calzado capaz de reemplazar a las alpargatas en el verano. Sin embargo, según me comunicaron en Zapatillería Uno –donde compro las Rueda cada año, en Mendoza casi Lavalle–, no se fabrican más.
La clientela que consume Sorpasso considera muy elevado el precio de un calzado con suela de goma (único material que se amolda al pie y no absorbe el calor del piso), de modo que los fabricantes cancelaron la producción y el modelo, reemplazándolo definitivamente por una suerte de zapatilla-mocasín con suela plástica y reborde alto, de modo que el pie sufra de manera doble: por no poder expandirse debido al reborde y por no poder amoldarse debido al plástico.

domingo, 1 de marzo de 2015

leer series

En la segunda quincena de diciembre pasado, revista Acción publicó en tapa una nota mía sobre series cuyo texto original reproduzco aquí. El material de la revista fue editado con una delicadeza y dedicación como ya no recordaba por Marina Garber, a quien le agradezco su trabajo.
Si bien muchas de las cosas en la nota están desparramadas en esta bitácora, fue también una oportunidad para reunir algunos conceptos y ordenarlos.
Esa es la idea de reproducirla acá, aunque esta vez prescindo de poner los enlaces.

La era de las series

Las series de televisión actuales –que la mayoría vemos por internet, haya streaming legal o no– son la máxima realización del arte pop: nos ofrecen no sólo un modelo para observar y llevar al discurso cotidiano las complejas tramas del mundo –conspiraciones de poder, universos paralelos, interpretaciones de hitos históricos–, también son su caricatura y en ellas vemos los artificios de la realidad: el profesor de secundario que fabrica droga con las inobjetables intenciones de legarle una casa y una educación a sus hijos (Breaking Bad), el puntero político que se fabrica una pertenencia allí donde no llega su familia (El puntero), la consolidación de la mafia como artefacto político del imperio mientras se encamina hacia el crack del 29 y a la Segunda Guerra (Boardwalk Empire), la imposibilidad de construir un futuro alternativo porque, como lo sintetizó Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo (The Walking Dead, The Leftovers, The 100, etcétera).
Los realizadores y críticos llaman, desde los 90, “drama de personajes” a muchas de estas series. Porque la intriga de la línea argumental en general se tuerce con los misterios que cada personaje arrastra en su historia personal: como espectadores estamos siempre atrapados entre eso que el personaje no sabe y eso que no sabemos del personaje. Así, el drama de personajes viene a ponerle un nombre al gigantesco cruce de géneros que se cuece en la ficción televisiva actual: ¿Lost fue una serie de aventuras, de ciencia ficción?, ¿Six Feet Under fue una comedia? ¿Fringe fue un drama romántico con consecuencias apocalípticas? ¿Qué clase de drama es The Leftovers, pagano?

viernes, 27 de febrero de 2015

rosario: "lo que no queremos ser"

Rosario, por supuesto, es desde hace rato escenario de novelas y relatos. Y no sólo de la literatura que se produce en la ciudad. César Aira y Martín Caparrós, por mencionar a dos escritores contemporáneos y por completo distintos entre sí, Juan José Saer y Hebe Uhart desplegaron ficciones en las calles rosarinas.

Lo que introducen de alguna manera las dos novelas más recientes que transcurren en Rosario es, por decirlo de algún modo, la indiferencia por la ciudad misma, que es lo que la vuelve más presente y le da una entidad que pertenece acaso a la generación de sus autores.
Destrucción total (Blatt & Ríos, Buenos Aires, diciembre de 2014), de Lila Siegrist, y La solución (Yo Soy Gilda Editora, Rosario, febrero de 2015), de Agustín Alzari, ofrecen un recorrido “introspectivo”, privado por la ciudad. Vemos Rosario en la introspección de sus personajes, como si la ciudad no importara, como si su decorado fuese –como en el truco de la máxima de Werner Herzog sobre los actores– “un mal necesario”. Y sin embargo, los personajes son, a su modo, a la novela lo que el urbanista es a la urbe: arquitectos de ese diseño en el que un drama dibuja una topografía, un pensamiento; nos descubren matices y tramas en el hormigón y el cemento que lo cargan de historia e ideología.
A ver si queda claro: no se trata de los pasajes de Walter Benjamin aplicados a Rosario, ni de los paisajes neoyorkinos de Philip Roth, ni mucho menos de ese auge postal por ciertas ciudades cuya expresión más vulgar y humillante es El interior, de Caparrós. Sino de algo que acontece acá –en el libro y, por lo tanto, en la ciudad– y piensa a Rosario como el objeto indeseado de un vagabundeo hecho de literatura. Mejor lo ilustra esta cita de Ezequiel Martínez Estrada –nuestro más grande exégeta y quien escrutó con mayor desprecio la bulla porteña: “Lo interior, que es lo que no queremos ser (las negritas son nuestras), prosigue su vida torácica, pausada, imperceptible. Y sin duda, la libertad verdadera, si ha de venir, llegará desde el fondo de los campos, bárbara y ciega, como la vez anterior, para barrer con la esclavitud, la servidumbre intelectual y la mentira opulenta de las ciudades vendidas”. Siegrist transcribe la cita en Destrucción total justo después de referirse a su roommate catalán, un ser con un alto grado de “estreñimiento amoroso”. La convivencia con el catalán no se da en Barcelona, sino en Rosario, donde la narradora fantasea con envenenar a su compañero de pieza y toma nota de cierto matrimonio por conveniencia entre Rosario y Barcelona a través de las campañas de márketing urbano que sembró Toni Puig (la “marca ciudad” y otras grageas). La narradora elige así el recuerdo leído, contemplado (Siegrist, además de artista plástica y fotógrafa, proviene de una familia de coleccionistas de arte), de la Barcelona en llamas por la Guerra Civil, la de las “iglesias ardiendo” antes que la de los Juegos Olímpicos, con “una clase media mirando eternamente a la oligarquía”, y de inmediato declara: “Me gusta y me alegra esta generalización, me alegran y me alertan mis prejuicios”.


good bye mr. spock

Un alerta de la NPR me informa que hoy murió Leonard Nimoy en Los Ángeles. Tenía 83 años. Era mi personaje favorito en Star Trek y acaso en Fringe.
Me entero de que escribía poesía, era músico, hijo de un barbero judío ucraniano en Boston que huyó de la persecución nazi-ucraniana. Traduzco su última entrada en LeonardNimoyPoetry:
Imagen tomada de la NPR.

Fotografías tuyas


Estás rodeado de fotografías tuyas.
Aquí estás tan joven y hermoso
Aquí estás con una o dos esposas
Aquí estás, tan feliz y entonces tan
Rodeado de fotografías tuyas

Tus paredes está cubiertas
Ya no hay espacio
Qué mal, sos tan carabonita
Y tan adorado
¿Alguna vez te aburriste
Mirando esas fotografías tuyas?

La luz de un reflector te cae encima
Tus seguidores exclaman palabras de amor
Siempre estás tan ocupado
¿No te has mareado
Mirando fotografías tuyas? 

Good bye, Leonard, we'll meet again.

miércoles, 25 de febrero de 2015

suena familiar

Quien no siga la serie The Americans hasta esta tercera temporada acaso se está perdiendo la única serie que vuelve al pasado cercano cuyos principios son, pera decirlo de algún modo, político-teologales.
Imagen tomada de AVClub.

Sí, todo trata acerca de la familia, pero a una escala casi trascendente: no sólo la familia de los espías rusos encubiertos en suelo americano –que en esta, la tercera temporada, deben enfrentar el dilema de preparar a su hija adolescente para que siga su vida, es decir, la de espías, la de matar o morir, ser quien mete un cuerpo en una maleta o ser el cuerpo que entra a la maleta–, sino la familia extendida que quedó allá en Rusia, la familia del agente del FBI Beeman, que se deshace y él intenta recuperar yendo a un estúpido grupo de autoayuda al que va su esposa; la familia que distraída tiene en la pantalla del televisor a sus espaldas la ascendente cadena de violencia de la última década de la Guerra Fría, con la invasión soviética a Afganistán y la CIA operando entre los talibanes; la familia como objetivo principal y teatro de operaciones de una vasta guerra que se desarrolla de forma fragmentaria en los comedores iluminados del mundo familiar.
Erik Adams desarrolló en AVClub toda una ingeniería analítica de la serie, centrada, cierto, en los personajes y los actores, pero las analogías y simetrías que encuentra no son menores.
Sin aspirar a tanto, junté en una playlist de Grooveshark las canciones que escuchamos en estas tres temporadas que son, claro está, las de nuestra adolescencia.
The Americans (TV Series) by Napoleón Zoilo on Grooveshark

martes, 17 de febrero de 2015

justicia y capital

Si Breaking Bad (BB) fue la serie en la que la droga se nos enseñaba como la máxima realización del capital (cosa que en nuestra provincia debe quedar bastante claro), su precuela Better Call Saul (basada en el personaje del abogado interpretado por Bob Odenkirk, pero mucho antes de que a Walter White le diagnosticaran el cáncer) parece venir a sostener aquella tesis pero desde el sistema de Justicia americano que, digámoslo de una vez, es el sistema de Justicia que más o menos conocemos todos: el capital manda, la ley obedece.
Imagen tomada de mentalfloss.com.

Pero, antes, veamos la puesta en escena y el reencuentro con los personajes de BB. De nuevo Albuquerque, Nuevo México, es decir, el culo del mundo, el límite entre el desierto de los tártaros, la tierra salvaje y el extranjero. Sí, de nuevo tenemos a los mexicanos y latinos como potenciales enemigos o personajes peligrosos (nos reencontramos con Tuco Salamanca y su relación enfermiza, venenosa con su familia: la abuelita que le lleva un problema y se va a ver la novela para no ver cómo su nieto resuelve su problema de un modo bestial). Pero también son los mexicanos los que le señalan a Saul (que aquí es Jimmy McGill y acaba de ser expulsado, como su hermano, de un gran estudio de abogados) que, como decía con vehemencia un mediocre film argentino, “todo el dinero es robado”.
Better Call Saul no sólo nos muestra el derrotero en el que deambulan los que de alguna manera depositaron su fe en un sistema de justicia público y democrático, como Chuck, el hermano de Jimmy-Saul, sino que nos enseña toda la lacra de tahúres que viven del erario público, aún cuando lo saquean, como el tesorero de un condado y su esposa, a los que Jimmy-Saul busca conquistar como clientes.
Ante toda esa parafernalia de poder y capital Jimmy-Saul sólo cuenta con una pequeña herramienta, su palabra, del mismo modo que Walter White, en los capítulos iniciales de BB desplegaba su ingenio y su discurso, es decir, su  conocimiento (porque el conocimiento, como el capital, no tiene moral).
Recapitulemos, Better Call Saul comienza con nuestro conocido abogado escondido en un local de comidas rápidas, en un shopping anónimo de un estado no menos anónimo, con una visera que deja ver su calva entre unos mechones de pelo. Allí trabaja, de incógnito, en blanco y negro –según nos lo muestra la puesta en escena de Vince Gilligan y Peter Gould, quienes llevan adelante la serie–, el Saul Goodman (“La gente confía más en un abogado con apellido judío”, le había dicho nuestro nuevo héroe a Walter White hace ya como tres años) que debió dejar el mundo para preservar su vida, es decir, una vida de claustro del capital, porque sabemos que Goodman es-fue el abogado “criminal” (“Acento en ‘criminal’”, diría) que tuvo como clientes a declarados enemigos público en BB.
Entonces, Better Call Saul, que incluye en su libreto un discreto tono de comedia, caricaturiza de algún modo las aspiraciones del sistema judicial, no tanto porque nuestro abogado –devenido defensor público a razón de unos 700 dólares por defendido– eche manos a las trampas y las estafas para conseguir clientes, sino porque en el sistema del capital (debe pagar la atención médica de dos patanes que pretenden ayudarlo con una estafa y terminan magullados por un criminal), que precede al de la justicia, cualquier acto de justicia no es sino un mero gag televisivo.
Y aquí es donde entran a tallar las tradiciones, las fílmicas –en el segundo episodio vuelven las citas habituales de Gilligan, como en BB, y Jimmy-Saul ejercita frente al espejo del baño de tribunales la frase de All That Jazz: “It’s show time, folks” (“Hora del espectáculo, amigos”)–, las narrativas. Para hacer ficciones es necesario montarse en los hombros de los grandes que nos precedieron, porque alivian la tarea, la vuelven un dato más en el relato, sin complejizarlo inútilmente. Salvo Carancho, film sobre el que es preferible no debatir ahora, el nuevo cine argentino (íbamos a agregar “y la televisión”, pero ese concepto, por fuera de las expresiones más execrables del muestrario de atrocidades cotidianas, no existe) sólo se manifestó en torno a ciertos ideales, marchitos  como en el caso de El secreto de sus ojos, pero ideales al fin, que no hacen sino confirmar el monstruoso abismo entre la representación y lo representado, es decir, la imposibilidad de crear un discurso sobre el discurso trillado que impera en el sentido común del que suele abusar la televisión argentina en estos tristes días.
Imagen tomada de revistaroulette.com.

Una de las temporadas finales de Breaking Bad desplegó un juego histórico-político significativo entre el nombre del héroe (Walter White) y el poeta norteamericano que mejor legó en el imaginario moderno la idea de democracia, Walt Whitman (White lee Hojas de hierba e, incluso, es descubierto por ese libro que le regalara su víctima y su cuñado, HankSchrader, descubre en el baño). Sin Whitman hasta ahora, pero con frases “de película”, como el mismo Saul-Jimmy le espeta a un espectador eventual en el baño de la corte, Better Call Saul se aproxima con estrépito, haciéndonos reír cuando faltan palabras para nombrar ese enorme abismo de la justicia, a uno de los problemas mas acuciantes del mundo actual: hallar el camino hacia el justo castigo para preservar la vida, como textualmente declara nuestro héroe ante un desquiciado Tuco en el segundo episodio.

sábado, 14 de febrero de 2015

punilla y calamuchita

Me dicen que la resistencia de los comercios de Córdoba a cobrar con tarjeta de débito se debe a la facturación en negro.
Villa Carlos Paz, vista desde la ruta que lleva a Tanti (la única forma en que elegí verla este viaje) es una colección de carteles de anuncios de obras teatrales y recitales hechos con los restos más execrables del espectáculo mediático (ie, Bañeros, cosas así). Pero al subir una pendiente y cruzar una de las vertientes del lago, la ciudad se extiende en un valle colorido por las figuras de la intervención humana o, mejor, por esa intervención casi pedestre con la que se construyó este lugar: la creación de un segundo paraíso (si consideramos primero al natural), hecho de las aspiraciones de una clase laburante que eligió la utopía peronista antes que la proletaria. Así, cada construcción, cada emprendimiento, declara esa aspiración y, a la vez, cierta horfandad: algo faltó en el clan, en la comunidad, que se ha preferido ese trato artificioso con extraños antes que el recogimiento familiar, la suave, sencilla y hasta monótona vida serrana que la gente de acá debe inventarse ahora en Tanti o en San Marcos Sierra.
Mientras tanto, leo Cielos de Córdoba, de Federico Falco. Su protagonista acompaña el pequeño emprendimiento de su padre quien, convertido casi en un alien para los suyos, espera sin esperanza el avistamiento de ovnis en el firmamento cordobés. Sí, el alien es un invento de estos días (que ya deben tener 50 años, los días, digo): el ser hecho de las fantasías del capital que llega no para arrasarlo (al capital), sino para confirmar nuestra extrañeza en el mundo (que hoy sólo es capital y trabajo).

En Los Reartes, sin internet, mi esposa y mi hija miran la primera temporada de The Leftovers. Mi esposa, tras ver el último episodio, me sorprende con esta observación: todos los que desaparecen (al menos los casos que nos deja ver ese y los episodios anteriores) lo hacen en un momento en que alguien desea que no estén. La observación confirma la idea de que la serie trata sobre el horror de habitar un mundo que no está preparado para que nada falte y, si los que desaparecen lo hacen porque alguien, incluso alguien que los ama, por un momento desea que desaparezcan, la cosa es mucho más intensa: esos remanentes son remanentes de un deseo cumplido.
En Villa General Belgrano, entre tantas banderas alemanas, águilas bicéfalas e ilustraciones de parejas alpinas empinando el codo bajo un jarro de cerveza, encontré un apellido judío: Nisman. Estaba escrito a mano y pegado en el vidrio de la puerta de un local que liquidaba prendas de mujer en una esquina de calle San Martín. Decía: "Yo soy Nisman". Como no queríamos ser atendidos por il morto che parla, preferimos no entrar.







sábado, 24 de enero de 2015

resurrección

Hasta el sábado pasado, cuando dos mujeres con el uniforme de los Testigos de Jehová tocaron a mi puerta con este folleto, había pensado que el asunto zombie era un asunto de la biopolítica, la represión privada de los cuerpos. Pero también es un asunto de lenguaje.
Es decir, la lengua privada, secreta, de la promesa religiosa llevada a la propaganda, a lo inminente de una promoción que en la tradición opera de manera simbólica.
También allí hay un acto de terrorismo.
Además, como para ganar mi atención, las mujeres se presentaron preguntándome si en la familia había alguien que supiese francés, a pocos días del atentado a Charlie Hebdo.
Si hay algo que el zombie pierde, sobre todas las cosas, es el lenguaje.



sábado, 17 de enero de 2015

arnaldo calveyra, 1929-2015


Y un día, al leer los titulares, nos enteramos de que también Arnaldo Calveyra se murió. Si aún tenía cosas que decirnos, si aún recién y entonces lo conocíamos y lo leíamos como un contemporáneo. Lo recordamos en esta entrevista de Juan Manuel Alonso en la que leemos: «Los míos no son textos abstractos. Por alusión mis poemas llegan a cosas concretas: éste plato, ésta cuchara... cosas concretas. Que se hable de una cosa vez, eso me colma. Es lo que más espero de un poema, una cosa por vez, y sobretodo, nada de abstracciones”.
«La lavadora Brutti. La imagen de un curioso artefacto sobrevivía en la mente de Calveyra, se trataba de una especie de “proto-lavarropas”, anterior a la electricidad, que funcionaba por medio de émbolos que al introducirse en un barril de madera, con movimientos alternados, limpiaban las prendas. Ya en su recuerdo aparecía como un trasto olvidado al que alargaban la vida “llevándolo al tajamar para hundirlo en el agua porque la humedad evitaba que la madera terminara de resquebrajarse”. Lo que se preguntaba era de dónde había salido, quién la había traído, dónde fue construida. La respuesta llegó desde su pueblo natal. Sabiendo cómo le interesaban a Calveyra las historias perdidas, el hijo de un viejo conocido le envió el libro de una señora de Mansilla donde consignaba memorias de la zona, y allí estaba, con foto y todo, la revelación del enigma. No venía de Norteamérica como Calveyra imaginó durante muchos años, era un producto mansillense. En la fotografía, de pie junto a la máquina, aparecía su inventor, un antiguo vecino del pueblo “con la pinta inconfundible de los Brutti”.
«—También, como la lavadora —cuenta Calveyra—, había en mi casa tirado en los galpones un mortero. Haciendo limpieza un día mi hermano lo había puesto a quemar junto a otras cosas en desuso y yo se lo saqué, así es que tiene una mancha negra todavía, pero nadie la ve, sino yo. Después de no sé cuántos años, en mi último viaje me lo llevé. Ahora yo quiero saber qué madera es, porque... ¡cómo ha resistido! Está hecho de una sola pieza, grande, se ve que tomaron un árbol generoso. Debe ser ñandubay nomás, que es una madera dura.»
Nos vimos hace años, en el CCPE, en aquél homenaje al Diario de Poesía, Hasta la vista, Arnaldo.

martes, 6 de enero de 2015

botija inventor

Fueron mis amigos de MTQN los que me avisaron. No cabía en mis alpargatas cuando vi a mi botija entre los videos seleccionados en el programa aniversario de Tiranos Temblad, único programa uruguayo del que no me perdí un solo episodio en todo este año.


TT en apóstrofe.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

ya estuve aquí

Todavía intrigado con las sugerencias de Adam Kotsko en su entrada sobre el viaje en el tiempo en la cosmogonía griega y la hebrea, recurrí una vez más a mi tomo de Gerardus Van Der Leeuw para indagar en torno a griegos y judíos. En su Fenomenología de la religión (1933) leo: "Ni el judío del Antiguo Testamento ni el griego homérico reconocen la magia. Desde luego, ésta ha aparecido tanto aquí como allá. Pero está fundamentalmente superada. En Grecia, la causa fue que no se quería nada de dios y dios no quería nada del hombre; en Israel, el motivo fue que se quería todo de dios y dios quería todo del hombre. 'Frente a un dios tan inmenso, que reunía todo el poder divino y demoníaco, desapareció la magia; frente a tal dios, no sirve el encantamiento'. Israel vive con su dios, en lucha y controversias, en cólera y contrición, en el arrepentimiento y la testarudez, en el amor y la fe."

Es decir, el viaje en el tiempo no puede ser una ilusión, no puede ser mágico para ninguna de las dos cosmovisiones, sino una verdad --la palabra divina-- revelada: profetizar es hacerse eco de la voz divina, no hay otro futuro que el destino y el destino --como en 12 monos-- es siempre un modo de recordar el pasado, de asumirlo y convertirlo en un signo (la expresión es del todo agustiniana) del futuro.
Cito el diálogo del film 12 monos (en la escena en la que ella lo cura a él en una sala de cine donde proyectan Vértigo, de Hitchcock): "Y avi esta película, pero no me acuerdo de esta parte. Es curioso, es como lo que nos está pasando, como el pasado. La película nunca cambia --nunca podría cambiar--, pero cada vez que uno la mira parece distinta porque uno cambió y nota cosas distintas."

martes, 30 de diciembre de 2014

subir y quedarse



El año termina con Ascension, una miniserie de seis episodios emitidos entre el 15 y el 17 de diciembre en el canal de ciencia ficción SyFy –bastante diferente de la mayoría de los programas de la productora, donde suelen juntarse cacharros estelares y máscaras de monstruos en desuso. Sin ser descollante, una mezcla de El show de Truman y las fantasías paranoicas sobre el primer alunizaje (aquellas que aseguraban que las imágenes de la primera misión a la luna habían sido fraguadas, según pedido del gobierno, por Stanley Kubrick en el Cañón de Colorado), Ascension trae un tema caro a las series actuales, la del “presente alternativo”. 

Ascension narra el derrotero de una misión ultrasecreta enviada al espacio durante el gobierno de John F. Kennedy, en 1963: unas 600 personas fueron embarcadas en una nava más alta que el Empire State para garantizar la supervivencia de la humanidad si algún incidente de la Guerra Fría terminaba con la vida en la Tierra. Una misión sin retorno, en la que los nietos de los primeros viajeros serían los encargados de establecer una colonia humana en una galaxia muy, muy lejana.
Al final del primer episodio vemos que esto no es del todo así y que nuestros viajeros estelares son “un salvavidas para la humanidad” en un sentido muy distinto al que ellos mismos imaginan.
Sin embargo, esta idea o, más bien, esta figura que ya tiene la dimensión de un mito sobre una realidad o presente paralelo, nos resulta familiar de series como Fringe, Lost y, este mismo año, The Leftovers. Series en las que el carácter inabordable del presente es pensado desde los caminos no tomados. Lo que nos devuelve una vez más a la célebre frase de Mark Fisher: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Más allá de su calidad, Ascension confirma que el mundo de las series es aún el de la obsesión por reflexionar el tiempo que nos toca vivir.

epecuén

Desde que lo viera en su inspirada bicicleta, Danny MacAskill se convirtió en el héroe de la acrobacia ciclística. Y desde que conocí la obra del fotógrafo Esteban Pastorino en un centro cultural barrial cuyos gestores terminarían creando luego el Club Editorial Río Paraná, quedé fascinado con la arquitectura de Francisco Salamone.
MacAskill y Salamone se encuentran ahora en Epecuén.