domingo, 1 de marzo de 2015

leer series

En la segunda quincena de diciembre pasado, revista Acción publicó en tapa una nota mía sobre series cuyo texto original reproduzco aquí. El material de la revista fue editado con una delicadeza y dedicación como ya no recordaba por Marina Garber, a quien le agradezco su trabajo.
Si bien muchas de las cosas en la nota están desparramadas en esta bitácora, fue también una oportunidad para reunir algunos conceptos y ordenarlos.
Esa es la idea de reproducirla acá, aunque esta vez prescindo de poner los enlaces.

La era de las series

Las series de televisión actuales –que la mayoría vemos por internet, haya streaming legal o no– son la máxima realización del arte pop: nos ofrecen no sólo un modelo para observar y llevar al discurso cotidiano las complejas tramas del mundo –conspiraciones de poder, universos paralelos, interpretaciones de hitos históricos–, también son su caricatura y en ellas vemos los artificios de la realidad: el profesor de secundario que fabrica droga con las inobjetables intenciones de legarle una casa y una educación a sus hijos (Breaking Bad), el puntero político que se fabrica una pertenencia allí donde no llega su familia (El puntero), la consolidación de la mafia como artefacto político del imperio mientras se encamina hacia el crack del 29 y a la Segunda Guerra (Boardwalk Empire), la imposibilidad de construir un futuro alternativo porque, como lo sintetizó Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo (The Walking Dead, The Leftovers, The 100, etcétera).
Los realizadores y críticos llaman, desde los 90, “drama de personajes” a muchas de estas series. Porque la intriga de la línea argumental en general se tuerce con los misterios que cada personaje arrastra en su historia personal: como espectadores estamos siempre atrapados entre eso que el personaje no sabe y eso que no sabemos del personaje. Así, el drama de personajes viene a ponerle un nombre al gigantesco cruce de géneros que se cuece en la ficción televisiva actual: ¿Lost fue una serie de aventuras, de ciencia ficción?, ¿Six Feet Under fue una comedia? ¿Fringe fue un drama romántico con consecuencias apocalípticas? ¿Qué clase de drama es The Leftovers, pagano?

viernes, 27 de febrero de 2015

rosario: "lo que no queremos ser"

Rosario, por supuesto, es desde hace rato escenario de novelas y relatos. Y no sólo de la literatura que se produce en la ciudad. César Aira y Martín Caparrós, por mencionar a dos escritores contemporáneos y por completo distintos entre sí, Juan José Saer y Hebe Uhart desplegaron ficciones en las calles rosarinas.

Lo que introducen de alguna manera las dos novelas más recientes que transcurren en Rosario es, por decirlo de algún modo, la indiferencia por la ciudad misma, que es lo que la vuelve más presente y le da una entidad que pertenece acaso a la generación de sus autores.
Destrucción total (Blatt & Ríos, Buenos Aires, diciembre de 2014), de Lila Siegrist, y La solución (Yo Soy Gilda Editora, Rosario, febrero de 2015), de Agustín Alzari, ofrecen un recorrido “introspectivo”, privado por la ciudad. Vemos Rosario en la introspección de sus personajes, como si la ciudad no importara, como si su decorado fuese –como en el truco de la máxima de Werner Herzog sobre los actores– “un mal necesario”. Y sin embargo, los personajes son, a su modo, a la novela lo que el urbanista es a la urbe: arquitectos de ese diseño en el que un drama dibuja una topografía, un pensamiento; nos descubren matices y tramas en el hormigón y el cemento que lo cargan de historia e ideología.
A ver si queda claro: no se trata de los pasajes de Walter Benjamin aplicados a Rosario, ni de los paisajes neoyorkinos de Philip Roth, ni mucho menos de ese auge postal por ciertas ciudades cuya expresión más vulgar y humillante es El interior, de Caparrós. Sino de algo que acontece acá –en el libro y, por lo tanto, en la ciudad– y piensa a Rosario como el objeto indeseado de un vagabundeo hecho de literatura. Mejor lo ilustra esta cita de Ezequiel Martínez Estrada –nuestro más grande exégeta y quien escrutó con mayor desprecio la bulla porteña: “Lo interior, que es lo que no queremos ser (las negritas son nuestras), prosigue su vida torácica, pausada, imperceptible. Y sin duda, la libertad verdadera, si ha de venir, llegará desde el fondo de los campos, bárbara y ciega, como la vez anterior, para barrer con la esclavitud, la servidumbre intelectual y la mentira opulenta de las ciudades vendidas”. Siegrist transcribe la cita en Destrucción total justo después de referirse a su roommate catalán, un ser con un alto grado de “estreñimiento amoroso”. La convivencia con el catalán no se da en Barcelona, sino en Rosario, donde la narradora fantasea con envenenar a su compañero de pieza y toma nota de cierto matrimonio por conveniencia entre Rosario y Barcelona a través de las campañas de márketing urbano que sembró Toni Puig (la “marca ciudad” y otras grageas). La narradora elige así el recuerdo leído, contemplado (Siegrist, además de artista plástica y fotógrafa, proviene de una familia de coleccionistas de arte), de la Barcelona en llamas por la Guerra Civil, la de las “iglesias ardiendo” antes que la de los Juegos Olímpicos, con “una clase media mirando eternamente a la oligarquía”, y de inmediato declara: “Me gusta y me alegra esta generalización, me alegran y me alertan mis prejuicios”.


good bye mr. spock

Un alerta de la NPR me informa que hoy murió Leonard Nimoy en Los Ángeles. Tenía 83 años. Era mi personaje favorito en Star Trek y acaso en Fringe.
Me entero de que escribía poesía, era músico, hijo de un barbero judío ucraniano en Boston que huyó de la persecución nazi-ucraniana. Traduzco su última entrada en LeonardNimoyPoetry:
Imagen tomada de la NPR.

Fotografías tuyas


Estás rodeado de fotografías tuyas.
Aquí estás tan joven y hermoso
Aquí estás con una o dos esposas
Aquí estás, tan feliz y entonces tan
Rodeado de fotografías tuyas

Tus paredes está cubiertas
Ya no hay espacio
Qué mal, sos tan carabonita
Y tan adorado
¿Alguna vez te aburriste
Mirando esas fotografías tuyas?

La luz de un reflector te cae encima
Tus seguidores exclaman palabras de amor
Siempre estás tan ocupado
¿No te has mareado
Mirando fotografías tuyas? 

Good bye, Leonard, we'll meet again.

miércoles, 25 de febrero de 2015

suena familiar

Quien no siga la serie The Americans hasta esta tercera temporada acaso se está perdiendo la única serie que vuelve al pasado cercano cuyos principios son, pera decirlo de algún modo, político-teologales.
Imagen tomada de AVClub.

Sí, todo trata acerca de la familia, pero a una escala casi trascendente: no sólo la familia de los espías rusos encubiertos en suelo americano –que en esta, la tercera temporada, deben enfrentar el dilema de preparar a su hija adolescente para que siga su vida, es decir, la de espías, la de matar o morir, ser quien mete un cuerpo en una maleta o ser el cuerpo que entra a la maleta–, sino la familia extendida que quedó allá en Rusia, la familia del agente del FBI Beeman, que se deshace y él intenta recuperar yendo a un estúpido grupo de autoayuda al que va su esposa; la familia que distraída tiene en la pantalla del televisor a sus espaldas la ascendente cadena de violencia de la última década de la Guerra Fría, con la invasión soviética a Afganistán y la CIA operando entre los talibanes; la familia como objetivo principal y teatro de operaciones de una vasta guerra que se desarrolla de forma fragmentaria en los comedores iluminados del mundo familiar.
Erik Adams desarrolló en AVClub toda una ingeniería analítica de la serie, centrada, cierto, en los personajes y los actores, pero las analogías y simetrías que encuentra no son menores.
Sin aspirar a tanto, junté en una playlist de Grooveshark las canciones que escuchamos en estas tres temporadas que son, claro está, las de nuestra adolescencia.
The Americans (TV Series) by Napoleón Zoilo on Grooveshark

martes, 17 de febrero de 2015

justicia y capital

Si Breaking Bad (BB) fue la serie en la que la droga se nos enseñaba como la máxima realización del capital (cosa que en nuestra provincia debe quedar bastante claro), su precuela Better Call Saul (basada en el personaje del abogado interpretado por Bob Odenkirk, pero mucho antes de que a Walter White le diagnosticaran el cáncer) parece venir a sostener aquella tesis pero desde el sistema de Justicia americano que, digámoslo de una vez, es el sistema de Justicia que más o menos conocemos todos: el capital manda, la ley obedece.
Imagen tomada de mentalfloss.com.

Pero, antes, veamos la puesta en escena y el reencuentro con los personajes de BB. De nuevo Albuquerque, Nuevo México, es decir, el culo del mundo, el límite entre el desierto de los tártaros, la tierra salvaje y el extranjero. Sí, de nuevo tenemos a los mexicanos y latinos como potenciales enemigos o personajes peligrosos (nos reencontramos con Tuco Salamanca y su relación enfermiza, venenosa con su familia: la abuelita que le lleva un problema y se va a ver la novela para no ver cómo su nieto resuelve su problema de un modo bestial). Pero también son los mexicanos los que le señalan a Saul (que aquí es Jimmy McGill y acaba de ser expulsado, como su hermano, de un gran estudio de abogados) que, como decía con vehemencia un mediocre film argentino, “todo el dinero es robado”.
Better Call Saul no sólo nos muestra el derrotero en el que deambulan los que de alguna manera depositaron su fe en un sistema de justicia público y democrático, como Chuck, el hermano de Jimmy-Saul, sino que nos enseña toda la lacra de tahúres que viven del erario público, aún cuando lo saquean, como el tesorero de un condado y su esposa, a los que Jimmy-Saul busca conquistar como clientes.
Ante toda esa parafernalia de poder y capital Jimmy-Saul sólo cuenta con una pequeña herramienta, su palabra, del mismo modo que Walter White, en los capítulos iniciales de BB desplegaba su ingenio y su discurso, es decir, su  conocimiento (porque el conocimiento, como el capital, no tiene moral).
Recapitulemos, Better Call Saul comienza con nuestro conocido abogado escondido en un local de comidas rápidas, en un shopping anónimo de un estado no menos anónimo, con una visera que deja ver su calva entre unos mechones de pelo. Allí trabaja, de incógnito, en blanco y negro –según nos lo muestra la puesta en escena de Vince Gilligan y Peter Gould, quienes llevan adelante la serie–, el Saul Goodman (“La gente confía más en un abogado con apellido judío”, le había dicho nuestro nuevo héroe a Walter White hace ya como tres años) que debió dejar el mundo para preservar su vida, es decir, una vida de claustro del capital, porque sabemos que Goodman es-fue el abogado “criminal” (“Acento en ‘criminal’”, diría) que tuvo como clientes a declarados enemigos público en BB.
Entonces, Better Call Saul, que incluye en su libreto un discreto tono de comedia, caricaturiza de algún modo las aspiraciones del sistema judicial, no tanto porque nuestro abogado –devenido defensor público a razón de unos 700 dólares por defendido– eche manos a las trampas y las estafas para conseguir clientes, sino porque en el sistema del capital (debe pagar la atención médica de dos patanes que pretenden ayudarlo con una estafa y terminan magullados por un criminal), que precede al de la justicia, cualquier acto de justicia no es sino un mero gag televisivo.
Y aquí es donde entran a tallar las tradiciones, las fílmicas –en el segundo episodio vuelven las citas habituales de Gilligan, como en BB, y Jimmy-Saul ejercita frente al espejo del baño de tribunales la frase de All That Jazz: “It’s show time, folks” (“Hora del espectáculo, amigos”)–, las narrativas. Para hacer ficciones es necesario montarse en los hombros de los grandes que nos precedieron, porque alivian la tarea, la vuelven un dato más en el relato, sin complejizarlo inútilmente. Salvo Carancho, film sobre el que es preferible no debatir ahora, el nuevo cine argentino (íbamos a agregar “y la televisión”, pero ese concepto, por fuera de las expresiones más execrables del muestrario de atrocidades cotidianas, no existe) sólo se manifestó en torno a ciertos ideales, marchitos  como en el caso de El secreto de sus ojos, pero ideales al fin, que no hacen sino confirmar el monstruoso abismo entre la representación y lo representado, es decir, la imposibilidad de crear un discurso sobre el discurso trillado que impera en el sentido común del que suele abusar la televisión argentina en estos tristes días.
Imagen tomada de revistaroulette.com.

Una de las temporadas finales de Breaking Bad desplegó un juego histórico-político significativo entre el nombre del héroe (Walter White) y el poeta norteamericano que mejor legó en el imaginario moderno la idea de democracia, Walt Whitman (White lee Hojas de hierba e, incluso, es descubierto por ese libro que le regalara su víctima y su cuñado, HankSchrader, descubre en el baño). Sin Whitman hasta ahora, pero con frases “de película”, como el mismo Saul-Jimmy le espeta a un espectador eventual en el baño de la corte, Better Call Saul se aproxima con estrépito, haciéndonos reír cuando faltan palabras para nombrar ese enorme abismo de la justicia, a uno de los problemas mas acuciantes del mundo actual: hallar el camino hacia el justo castigo para preservar la vida, como textualmente declara nuestro héroe ante un desquiciado Tuco en el segundo episodio.

sábado, 14 de febrero de 2015

punilla y calamuchita

Me dicen que la resistencia de los comercios de Córdoba a cobrar con tarjeta de débito se debe a la facturación en negro.
Villa Carlos Paz, vista desde la ruta que lleva a Tanti (la única forma en que elegí verla este viaje) es una colección de carteles de anuncios de obras teatrales y recitales hechos con los restos más execrables del espectáculo mediático (ie, Bañeros, cosas así). Pero al subir una pendiente y cruzar una de las vertientes del lago, la ciudad se extiende en un valle colorido por las figuras de la intervención humana o, mejor, por esa intervención casi pedestre con la que se construyó este lugar: la creación de un segundo paraíso (si consideramos primero al natural), hecho de las aspiraciones de una clase laburante que eligió la utopía peronista antes que la proletaria. Así, cada construcción, cada emprendimiento, declara esa aspiración y, a la vez, cierta horfandad: algo faltó en el clan, en la comunidad, que se ha preferido ese trato artificioso con extraños antes que el recogimiento familiar, la suave, sencilla y hasta monótona vida serrana que la gente de acá debe inventarse ahora en Tanti o en San Marcos Sierra.
Mientras tanto, leo Cielos de Córdoba, de Federico Falco. Su protagonista acompaña el pequeño emprendimiento de su padre quien, convertido casi en un alien para los suyos, espera sin esperanza el avistamiento de ovnis en el firmamento cordobés. Sí, el alien es un invento de estos días (que ya deben tener 50 años, los días, digo): el ser hecho de las fantasías del capital que llega no para arrasarlo (al capital), sino para confirmar nuestra extrañeza en el mundo (que hoy sólo es capital y trabajo).

En Los Reartes, sin internet, mi esposa y mi hija miran la primera temporada de The Leftovers. Mi esposa, tras ver el último episodio, me sorprende con esta observación: todos los que desaparecen (al menos los casos que nos deja ver ese y los episodios anteriores) lo hacen en un momento en que alguien desea que no estén. La observación confirma la idea de que la serie trata sobre el horror de habitar un mundo que no está preparado para que nada falte y, si los que desaparecen lo hacen porque alguien, incluso alguien que los ama, por un momento desea que desaparezcan, la cosa es mucho más intensa: esos remanentes son remanentes de un deseo cumplido.
En Villa General Belgrano, entre tantas banderas alemanas, águilas bicéfalas e ilustraciones de parejas alpinas empinando el codo bajo un jarro de cerveza, encontré un apellido judío: Nisman. Estaba escrito a mano y pegado en el vidrio de la puerta de un local que liquidaba prendas de mujer en una esquina de calle San Martín. Decía: "Yo soy Nisman". Como no queríamos ser atendidos por il morto che parla, preferimos no entrar.







sábado, 24 de enero de 2015

resurrección

Hasta el sábado pasado, cuando dos mujeres con el uniforme de los Testigos de Jehová tocaron a mi puerta con este folleto, había pensado que el asunto zombie era un asunto de la biopolítica, la represión privada de los cuerpos. Pero también es un asunto de lenguaje.
Es decir, la lengua privada, secreta, de la promesa religiosa llevada a la propaganda, a lo inminente de una promoción que en la tradición opera de manera simbólica.
También allí hay un acto de terrorismo.
Además, como para ganar mi atención, las mujeres se presentaron preguntándome si en la familia había alguien que supiese francés, a pocos días del atentado a Charlie Hebdo.
Si hay algo que el zombie pierde, sobre todas las cosas, es el lenguaje.



sábado, 17 de enero de 2015

arnaldo calveyra, 1929-2015


Y un día, al leer los titulares, nos enteramos de que también Arnaldo Calveyra se murió. Si aún tenía cosas que decirnos, si aún recién y entonces lo conocíamos y lo leíamos como un contemporáneo. Lo recordamos en esta entrevista de Juan Manuel Alonso en la que leemos: «Los míos no son textos abstractos. Por alusión mis poemas llegan a cosas concretas: éste plato, ésta cuchara... cosas concretas. Que se hable de una cosa vez, eso me colma. Es lo que más espero de un poema, una cosa por vez, y sobretodo, nada de abstracciones”.
«La lavadora Brutti. La imagen de un curioso artefacto sobrevivía en la mente de Calveyra, se trataba de una especie de “proto-lavarropas”, anterior a la electricidad, que funcionaba por medio de émbolos que al introducirse en un barril de madera, con movimientos alternados, limpiaban las prendas. Ya en su recuerdo aparecía como un trasto olvidado al que alargaban la vida “llevándolo al tajamar para hundirlo en el agua porque la humedad evitaba que la madera terminara de resquebrajarse”. Lo que se preguntaba era de dónde había salido, quién la había traído, dónde fue construida. La respuesta llegó desde su pueblo natal. Sabiendo cómo le interesaban a Calveyra las historias perdidas, el hijo de un viejo conocido le envió el libro de una señora de Mansilla donde consignaba memorias de la zona, y allí estaba, con foto y todo, la revelación del enigma. No venía de Norteamérica como Calveyra imaginó durante muchos años, era un producto mansillense. En la fotografía, de pie junto a la máquina, aparecía su inventor, un antiguo vecino del pueblo “con la pinta inconfundible de los Brutti”.
«—También, como la lavadora —cuenta Calveyra—, había en mi casa tirado en los galpones un mortero. Haciendo limpieza un día mi hermano lo había puesto a quemar junto a otras cosas en desuso y yo se lo saqué, así es que tiene una mancha negra todavía, pero nadie la ve, sino yo. Después de no sé cuántos años, en mi último viaje me lo llevé. Ahora yo quiero saber qué madera es, porque... ¡cómo ha resistido! Está hecho de una sola pieza, grande, se ve que tomaron un árbol generoso. Debe ser ñandubay nomás, que es una madera dura.»
Nos vimos hace años, en el CCPE, en aquél homenaje al Diario de Poesía, Hasta la vista, Arnaldo.

martes, 6 de enero de 2015

botija inventor

Fueron mis amigos de MTQN los que me avisaron. No cabía en mis alpargatas cuando vi a mi botija entre los videos seleccionados en el programa aniversario de Tiranos Temblad, único programa uruguayo del que no me perdí un solo episodio en todo este año.


TT en apóstrofe.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

ya estuve aquí

Todavía intrigado con las sugerencias de Adam Kotsko en su entrada sobre el viaje en el tiempo en la cosmogonía griega y la hebrea, recurrí una vez más a mi tomo de Gerardus Van Der Leeuw para indagar en torno a griegos y judíos. En su Fenomenología de la religión (1933) leo: "Ni el judío del Antiguo Testamento ni el griego homérico reconocen la magia. Desde luego, ésta ha aparecido tanto aquí como allá. Pero está fundamentalmente superada. En Grecia, la causa fue que no se quería nada de dios y dios no quería nada del hombre; en Israel, el motivo fue que se quería todo de dios y dios quería todo del hombre. 'Frente a un dios tan inmenso, que reunía todo el poder divino y demoníaco, desapareció la magia; frente a tal dios, no sirve el encantamiento'. Israel vive con su dios, en lucha y controversias, en cólera y contrición, en el arrepentimiento y la testarudez, en el amor y la fe."

Es decir, el viaje en el tiempo no puede ser una ilusión, no puede ser mágico para ninguna de las dos cosmovisiones, sino una verdad --la palabra divina-- revelada: profetizar es hacerse eco de la voz divina, no hay otro futuro que el destino y el destino --como en 12 monos-- es siempre un modo de recordar el pasado, de asumirlo y convertirlo en un signo (la expresión es del todo agustiniana) del futuro.
Cito el diálogo del film 12 monos (en la escena en la que ella lo cura a él en una sala de cine donde proyectan Vértigo, de Hitchcock): "Y avi esta película, pero no me acuerdo de esta parte. Es curioso, es como lo que nos está pasando, como el pasado. La película nunca cambia --nunca podría cambiar--, pero cada vez que uno la mira parece distinta porque uno cambió y nota cosas distintas."

martes, 30 de diciembre de 2014

subir y quedarse



El año termina con Ascension, una miniserie de seis episodios emitidos entre el 15 y el 17 de diciembre en el canal de ciencia ficción SyFy –bastante diferente de la mayoría de los programas de la productora, donde suelen juntarse cacharros estelares y máscaras de monstruos en desuso. Sin ser descollante, una mezcla de El show de Truman y las fantasías paranoicas sobre el primer alunizaje (aquellas que aseguraban que las imágenes de la primera misión a la luna habían sido fraguadas, según pedido del gobierno, por Stanley Kubrick en el Cañón de Colorado), Ascension trae un tema caro a las series actuales, la del “presente alternativo”. 

Ascension narra el derrotero de una misión ultrasecreta enviada al espacio durante el gobierno de John F. Kennedy, en 1963: unas 600 personas fueron embarcadas en una nava más alta que el Empire State para garantizar la supervivencia de la humanidad si algún incidente de la Guerra Fría terminaba con la vida en la Tierra. Una misión sin retorno, en la que los nietos de los primeros viajeros serían los encargados de establecer una colonia humana en una galaxia muy, muy lejana.
Al final del primer episodio vemos que esto no es del todo así y que nuestros viajeros estelares son “un salvavidas para la humanidad” en un sentido muy distinto al que ellos mismos imaginan.
Sin embargo, esta idea o, más bien, esta figura que ya tiene la dimensión de un mito sobre una realidad o presente paralelo, nos resulta familiar de series como Fringe, Lost y, este mismo año, The Leftovers. Series en las que el carácter inabordable del presente es pensado desde los caminos no tomados. Lo que nos devuelve una vez más a la célebre frase de Mark Fisher: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Más allá de su calidad, Ascension confirma que el mundo de las series es aún el de la obsesión por reflexionar el tiempo que nos toca vivir.

epecuén

Desde que lo viera en su inspirada bicicleta, Danny MacAskill se convirtió en el héroe de la acrobacia ciclística. Y desde que conocí la obra del fotógrafo Esteban Pastorino en un centro cultural barrial cuyos gestores terminarían creando luego el Club Editorial Río Paraná, quedé fascinado con la arquitectura de Francisco Salamone.
MacAskill y Salamone se encuentran ahora en Epecuén.


lunes, 29 de diciembre de 2014

12 monos revisitados

Tomo nota de que el 16 de enero próximo comienza en SyFy la serie 12 monos, que, según uno de sus creadores, recrea y reimagina el universo del tedioso film de Terry Gilliam de 1995 y se inspira, en el asunto del viaje en el tiempo, en la maravillosa película Looper.
Parece que las series, de manera declarada, necesitan reimaginar el cine.
Si no lo recuerdan, 12 monos, el film, trataba sobre alguien que viajaba en el tiempo para corregir, en el pasado, la liberación de un virus que, en su línea de tiempo, arrasaría con más del 93 por ciento de la humanidad. Quién es ese viajero del tiempo es, claro, la intriga y paradoja de la trama o, mejor, del drama.
Con sorpresa y fascinación descubro que el post de Adam Kotsko de este lunes en su blog trata, justamente, sobre el viaje en el tiempo según la concepción griega y la hebrea.

Escribe Kotsko:
"Se habló mucho del contraste entre Atenas y Jerusalén, pero rara vez se observó que estas dos visiones del mundo representan enfoques significativamente diferentes del viaje en el tiempo. Obvio que no incluyen viajes en el tiempo en el sentido que que le otorga la ciencia ficción, pero ambas visiones incluyen mensajes desde el futuro en forma de profecías, y estos mensajes del futuro no afectan las acciones de las personas en la actualidad. (La analogía más próxima es la de la serie Star Trek Enterprise, el infame "Future Guy", que puede transmitir mensajes sin intervenir personalmente en el pasado.)
Desde esta perspectiva, Edipo es sobre todo una historia de viajes en el tiempo, y el resultado es una predestinación paradojal, en la medida en que su propio intento de "cambiar la línea de tiempo" al evitar la horrible profecía resulta directamente en el cumplimiento de la profecía. En la Biblia hebrea, por el contrario, podríamos mirar a la historia de Jonás, en el que el mensaje profético del futuro realmente causa un cambio en la línea de tiempo en tanto Nínive se arrepiente.
Mientras la profecía no siempre resulta en una línea temporal alternativa, uno tiene la sensación de que dentro del modelo Hebreo de viaje en el tiempo, la posibilidad de cambiar el futuro está siempre "en discusión" de un modo que no está dentro de la mecánica temporal griega . Eso podría ayudar a entender por qué Jonás huye de su tarea profética --le gusta la actual trayectoria que conduce a la destrucción de Nínive y no quiere desviarla. Y cuando está abatido, al final, puede ser porque le resulta censurable que Dios trajera un final feliz usando un dispositivo para un esquema difícil de manejar como viajar en el tiempo."
Veremos qué nos depara 12 monos. 


miércoles, 17 de diciembre de 2014

encuesta musical 2014

El año pasado hicimos una encuesta sobre lo que se leyó y editó en Rosario en 2013. Este año, en la redacción de Cruz del Sur un periodista de Deportes lo planteó en estos términos: ¿sigue siendo Rosario la ciudad de la Trova? ¿Continúan los músicos actuales el camino abierto a principios de los 80? ¿O su escena ya es otra?
Quienes están en mejores condiciones de dar una respuesta al interrogante no son otros que los mismos músicos, periodistas y editores que este año tuvieron una activa participación en la escena musical de la ciudad.
Así, repartimos cuatro preguntas: 1, ¿Cuál te parece que ha sido el mayor cambio en la escena musical rosarina en los últimos cinco años, tanto a nivel de producción como de formación e influencias en los músicos? 2, ¿cuál fue el mejor concierto que viste este año en la ciudad? 3, ¿cuál te pareció el músico o la banda más “promisoria” de las que conociste este año? 4, ¿qué disco publicado y grabado en la ciudad destacarías?
Los mensajes que recibimos hacen pensar en una escena nueva, conectada en cierto punto con el pasado musical y cierta tradición “trovadora” de Rosario, pero que cambió y es –para usar el nombre de un sello surgido en la ciudad– mutante. Ya no se mira a Buenos Aires para legitimar o potenciar lo que se hace, se publica acá y se lo sube a la web a través de Bandcamp u otros sitios. En este panorama tuvieron mucho que ver las políticas estatales –del municipio, la provincia e incluso la nación– de concursos, promoción de producciones discográficas y ofertas de escenarios.

Esto es lo que dicen Pablo Ayala, Juani Favre, Federico Fritschi, Diego Giordano, Perry Maison, Nicolás Manzi, Edgardo Pérez Castillo, Valentín Prieto, Carlo Seminara, Ber Stinco, Carolina Taffoni, Julián Venegas y Pablo Zini. (Attenti: cada disco mencionado incluye el enlace para escucharlo en bandcamp o soundcloud.)

martes, 16 de diciembre de 2014

the end of the affair


La secuencia de los títulos, con el tema "Container", compuesto especialmente por Fiona Apple.

El año termina con una gran serie como creí que ya no vería, The Affair, que desarrollan Sarah Treem –responsable de House of Cards– y Hagai Levi –responsable de la versión americana de In Treatment.
Actúan Dominic West (el detective Jimmy McNulty de The Wire) y Ruth Wilson. Los acompañana, entre otros, Joshua Jackson, nuestro Peter Bishop en Fringe. Como Peter era el muchacho del universo paralelo a quien su padre de este universo secuestra para salvarle la vida, Jackson siempre será de algún modo, "de otro mundo", el parecido entre West y John Noble (Walter Bishop en Fringe), vuelve a ubicar a nuestro joven actor en esa duermevela de universos a punto de colisionar.
The Affair comienza como eso, como un affair entre un profesor de literatura de Brooklyn con una sola novela publicada y una camarera de un bar de Montauk (al norte de Long Island). West, nuestro docente y escritor, está a la vez casado –podría decirse "felizmente"– con la hija de un escritor bestseller y millonario que vive en una mansión de Montauk, paga la educación privada de sus nietos y pone a prueba la paciencia de profesor de literatura diciéndole que casi todos escriben una primera novela pero nunca llegan a escribir la segunda. El padre rico, el yerno pobre, la vida prestada en los meses de vacaciones, etcétera.
Por su parte nuestra camarera no es sólo la chica del bar, pronto nos enteramos de que hubo un hijo que murió ahogado, que su matrimonio con el personaje que encarna Joshua Jackson es casi fantasmagórico, la prolongación de un vínculo montada sobre el recuerdo y el dolor de esa criatura muerta. Ella quiere irse de Montauk, donde todos la conocen y todos le recuerdan ese dolor que la consume.
Sin embargo, no sólo se trata del affair. Su relato nos llega a través de las voces de Noah (West) y Alison (Wilson) en las entrevistas con un detective que investiga una muerte, luego de una fiesta –a medida que avanzan los diez primeros episodios nos enteraremos de quién es el muerto, cuándo fue la fiesta. Así, el punto de vista de Noah y Alison no siempre coincide. La mirada algo edulcorada pero dominante de él contarsta con la que ella describe con mayor dureza o, mejor, tristeza. Los dos mienten, en algún punto, pero preferimos las de ella, porque parten de un lecho de pena y desgarramiento que mejor cuaja con nuestra concepción de la verdad.
A mí The Affair me hizo pensar mucho en Graham Greene. En principio por lo apegados que aparecen sus personajes a cierta idea de pecado –todos los demás personajes pusieron en los amantes, por fuera de su figura de infieles y, justamente, por ignorarla, las más altas demandas morales. Noah, y sobre todo Alison, están a su modo desesperados. "La desesperación –escribió Greene– es el peor de los pecados, pero es un pecado que sólo los hombres buenos cometen, porque son loos únicos que tienen semejante capacidad de condenarse".
Me recuerda a Greene porque hay un universo Greene en su atmósfera de americanos impasibles y estúpidos, jugando al macho cabrío (Noah y el padre de su esposa) y mujeres devastadas (como el personaje de Sarah de, precisamente, The end of the affair). Hay, por supuesto, un trío: por momentos el que forman Alison, su esposo (el personaje de Jackson) y Noah y, más precisamente, un triángulo –me atrevería a decir "una trinidad"–: el de Alison, su hijo muerto y ese lugar en el lecho marital que ella ve como un cerco –en uno de los episodios ella repara un cerco, una branda que ya está desvencijada y podrida– y una vía de escape.
Releo las páginas de Charles Moeller sobre Greene en "El silencio de Dios" (en Literatura del siglo XX y cristianismo), dice: "Este aspecto de niño herido proyecta una luz cristiana sobre el universo del mal de Greene. Aquí se perfila la sentencia evangélica sobre el deber de volver a hacerse niños para entrar en el Reino. El pecado del mundo consiste en hacer de los pequeños una especie de monstruos tarados, que se debaten en el seno de su fragilidad y lloran en secreto su inocencia perdida. El verdadero mundo cristiano sería aquél en que, al crecer, se llegara a la estatura de la edad adulta sin dejar de ser niños, hijos de Dios."
A fines de noviembre anunciaron que The Affair tendrá una segunda temporada de 10 episodios en 2015.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

el campo

En ocho años, de 1992 a 2000, Osvaldo Aguirre (Colón, Buenos Aires, 1964; radicado en Rosario desde principios de los 80) escribió tres tomos de versos que hoy son, antes que clásicos, un paradigma posible de la poesía que se hace una zona que siempre mantuvo una inquieta cercanía entre lo campestre y lo citadino. En una ciudad que tiene entre sus pilares la poesía de Juan L. Ortiz y José Pedroni, los libros de Aguirre abren una suerte de brecha entre el paisaje, las voces orales que abundan en los poemas y la forma elaborada y precisa con la que escribe el poeta.
Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994) y El General (2000) pueden leerse hoy en un solo libro que la editorial Iván Rosado presentará el sábado próximo en su local de la galería Dominicis bajo el título El campo.
La obra de Osvaldo Aguirre se multiplicó desde que publicara aquél primer tomo –premiado en esos años por un concurso que organizó la legendaria editorial Libros de Tierra Firme, que dirigía José Luis Mangieri–: relatos, novelas, literatura para niños y jóvenes, investigación periodística, además de su trabajo al frente del Festival de Poesía de Rosario entre 2008 y 2012 y las jornadas sobre literatura policial La Chicago Argentina (este año en el Espacio Cultural Universitario), su labor como editor y periodista cultural.
Su poesía, una de las más particulares que produce su generación, está hecha de acontecimientos pequeños, precisos: la quema de un paraíso caído, la busca de un perro llamado General después de una tormenta en Navidad, cuando la familia estaba reunida en la casa del campo. Pero el tiempo es siempre el de una transformación, el cuadro sereno de una postal rural al que la lluvia convierte en un lodazal, por ejemplo.
Aguirre, fotografía de Marcelo Bustamante.

Con los años, Aguirre acaso complejizó los temas; seguro, perfeccionó su forma: halló en la trama de esas historias hechas de voces oídas la carnadura de una mitología. Así, Campo Albornoz (2010) desparrama trece pinceladas sobre un territorio preciso —aunque desaparecido—: un caserío rural del departamento de Constitución en la provincia de Santa Fe. En esas pinceladas aparecen personas que acaso tuvieron su doble también en la vida real: una maestra, una mujer que erigió una capilla al lado de un camino, un hombre que sale a buscar a un perro predador. Dice el autor en la página inicial del libro que Campo Albornoz “era el nombre de un paraje que surgió alrededor de una estancia, en el sur de la provincia de Santa Fe. La estancia fue fraccionada y desapareció, y con ella el paraje, que la cartografía no registra. Sin embargo, el nombre persistió en el habla de la gente del lugar, como un punto de referencia en el tiempo y en el espacio”. Es decir, Campo Albornoz, que existe en el habla y la memoria, existe ahora en ese libro de Aguirre, y su recuperación, a través de los poemas, se realiza mediante el recuerdo escriturario de las acciones más simples (comer, beber, lavarse, cazar: funciones vitales y elementales que son las que representan los sacramentos).

martes, 9 de diciembre de 2014

la escritura del tambor

Pauline Fondevila, Les îles du Paraná (2014).

La música es una realidad en sí misma. En cambio el tambor, la percusión, puede parecerse a ese modo cifrado y fragmentario de representar el mundo que es la escritura. Un tambor escribe: es una llamada, un código que surca el aire, busca respuestas a partir de signos frágiles que deben ser interpretados.
Creo que eso es lo que se lee en el pequeño diario de Pauline Fondevila Una casa y un tambor. Como Pauline (Le Havre, Francia, 1972; radicada en Rosario desde 2007), la protagonista de este diario también es extranjera y naufragó en una isla de río. En las primeras páginas la acompaña un perro y la sospecha de que hay otros y que esos otros viven en un estado por momentos festivo, del todo ajeno al espíritu de nuestra narradora, que se angustia cantándose las nanas que su madre le cantaba cuando niña. Quiere hacerse un barco, pero el barco se convierte al fin en todo lo contrario: una casa. Recuerda que destruyó el barco que la hizo náufraga y, cuando en ese plan simétrico de cosas que flotan y se hunden, anota que su juego frecuente es echar en un charco pequeñas embarcaciones hechas de hojas y palitos donde viajan insectos que naufragan, le viene a cuento que no recuerda cómo imaginaba su futuro siendo niña.
Sí, tocar el tambor es escribir: irrumpir con un llamado cuya perturbación es menos una respuesta que un nuevo interrogante. Lo que el tambor anota es algo que habla en la distancia.
La lógica de la isla funciona más bien como la de Lost, antes que la de Próspero: la provee, es un gran tambor con el que reinterpreta el mundo, el afectivo, el que quedó en el pasado y las posibilidades que se disuelven. El futuro también está allí, es lo que su irrealidad disuelve (“delfines de río”, la provisión de licores y bibliotecas caídas del cielo en un avión siniestrado. No la deja morir. “En la isla, siempre que traté de morir volví a nacer un poco”, escribe.
En fin, La casa y el tambor es de algún modo sereno y adorable en su tristeza, pero enorme en su hallazgo del tambor con que se escribe.

Una casa y un tambor (Iván Rosado ediciones) se presenta junto con El campo (la trilogía de los primeros libros de poesía de Osvaldo Aguirre) el sábado 13 de diciembre a las 19 en Club Editorial Río Paraná, Catamarca 1427, local 12.

viernes, 5 de diciembre de 2014

pobre méxico

Pocas explicaciones sobre lo que sucede en Ayotzinapa me satisficieron más que la última entrada de La Biblia de los pobres. Ni las figuras estudiadas por José Emilio Burucúa ni ningún otro texto ofrecen un fresco tan intenso, arqueológico –como prefiere Agamben–, de la realidad mexicana. Y lo hace, como cabe, a través del análisis de obras del arte y la cultura aztecas contrastadas con sus caricaturas en la actualidad. Brillante.
Comienza así: "Una frase atribuída a Profirio Díaz, el hombre fuerte de México que definió toda una época – el Porfiriato, 1876-1911 – ha quedado impuesta como el estigma mexicano: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Lo cierto es que la frase pertenece, al parecer, a Nemesio Garcia Naranjo, director del diario La Tribuna e intelectual mexicano. Pero el hecho que se le atribuya a esa condensación de la historia latinoamericana – pendulando siempre entre la tiranía y la revolución – que es Porfirio Díaz le otorga varias capas de sentido que aún resuenan cuando se menciona la frase. Y cuando se la piensa." Sigue acá.  

halo malo

Como lo habíamos anunciado, ya se puso al aire la serie producida por Ridley Scott en base a la historia de los juegos Halo (Halo, nos enteramos en Wikipedia, es un término que proviene de una tecnología alienígena para construir colosales anillos habitables en el espacio). Según nos enteramos, para verla legalmente hay que tener una Xbox o algo así. Lo más sencillo, en este caso, es a través de la Bahía del Pirata e, incluso, en YouTube.
Bien, si nos dicen que el señor Scott va a hacer una serie (se trata de unos diez primeros diez episodios de media hora cada uno) sobre una guerra entre humanos y extraterrestres que transcurre cinco siglos en el futuro, y que esos extraterrestres son fanáticos religiosos que pertenecen a una alianza llamada Covenants; lo primero que se nos ocurre es que estamos ante una nueva Battlestar Gallactica (la versión 2004 de Ronald D. Moore, se entiende, que aludía a la guerra en Irak).
Pero no, como lo reseñan periodistas, críticos, jugadores y creadores en el sitio The Verge, ni siquiera parece tratarse de una serie sobre Halo (se llama Halo Nightfall), ni siquiera una serie de ciencia ficción, sino una plomiza tira con m,ucha menos acción de lo que promete el tráiler.
Veremos, van recién tres episodios. Transcurren en un bosque de una colonia terrestre allá lejos en el espacio, en un shopping y en un fragmento de aniñllo de cien kilómetros que flota en la órbita de una estrella que se apaga. Lo último, que parece lo más prometedor, queda disuelto en el bajo presupuesto del departamento de efectos especiales.