miércoles, 16 de abril de 2014

walkman

Ahora me suscribí al canal de TheFineBros, pero gracias a WTF-Microsiervos hallé este hermoso video que señala las dificultades de llevar música en los 80-90 y lo ajeno que todo aquél universo resulta para las actuales generaciones. En un momento el entrevistador les dice a los niños que el walkman costaba cuando salió 200 dólares (un Xperia L, que es un teléfono doble núcleo gama media cuesta hoy menos de 200). Y una niña, hermosa, dice que pagaría por ese artefacto en el que no se pueden saltar los temas ni tener una playlist en pantalla. Pagaría por ese armatoste de la era analógica. Emocionante.

surrealismo criollo

Publicado en Cruz del Sur.

En la mochila lleva una carpeta y un cuaderno Canson, junto con la caja de tabaco Domingo. Pide que vayamos al bar de Tucumán y Entre Ríos, donde se puede fumar mientras conversamos. En la charla, Chachi Verona enseña los dibujos en la carpeta, los bocetos y las anotaciones que están en el cuaderno. Así, el tronco de la rosa china del patio de su casa, en Echesortu, se convirtió en las líneas de tinta en una nave, un bote como el kayak que usa el artista desde hace un par de años. Los pilotes del puente, en otra de las ilustraciones, son una plataforma alucinada o el escenario del Centro Asturiano, donde practica yoga, como el gran balcón vidriado del edificio del actual Museo de la Memoria (en Moreno y Córdoba) son también unos barcos fantásticos con mascarones de historieta.

Dibujante, artista plástico –sobre esto también hará aclaraciones–, Verona es quizás menos conocido por sus exposiciones –arrancó a mediados de los 80– que por las ilustraciones que casi a diario publica en un matutino de Rosario.
—¿Qué te define mejor: artista plástico o dibujante?
—Dibujante, porque el dibujo es de alguna manera algo que me acompaña desde siempre y disfruto mucho, y además es una herramienta para mi trabajo como ilustrador, más allá de lo que pueda hacer como artista plástico, de mis esculturas y de mis objetos.
—Sin embargo, hubo épocas en las que ser ilustrador, en un medio gráfico, no era muy apreciado por cierto ambiente artístico.
—Esas cosas van cambiando, por ahí en estos momentos no estoy tan pendiente de lo que el mundo artístico dictamina, pero me parece que por épocas el dibujo se pone de moda y vuelvo a ocupar un lugar, pero el dibujo es un modo de expresión dentro del arte, uno puede elegir otras cosas.
—¿Y qué es ser dibujante?
—Hay una cuestión de oficio que me interesa, porque por ahí las diferentes tendencias que aparecen en el arte o se hacen predominantes no están ligadas a un oficio, sino a lo conceptual, o a expresar una idea, por ejemplo desde el punto de vista del arte conceptual; y el dibujo tiene claramente un costado de oficio que me interesa y desarrollo. En realidad nunca se termina de aprender a dibujar y encuentro problemáticas que son interesantes y uno tiene que desarrollar y pulir.
—¿Por ejemplo?
—Con el paso del tiempo me doy cuenta de que en cierto momento trabajaba más con el contraste y ahora, como en un dibujo reciente, hay más diferencias de grises y desfasajes, y eso te lleva a investigar desde el punto de vista formal cómo resolverlo, porque el dibujo es una cuestión más personal. En lo que yo pongo en la hoja, más allá de cómo se lo use luego, hay un ejercicio de cargar un tipo de energía personal que sólo se canaliza en el dibujo. Ese trabajo más personal, es más importante que aquello para lo que se vaya a usar el dibujo.
—¿Y qué aparece primero, el dibujo o la idea?
—A veces se da que aparece el dibujo y aparece la idea. Por ejemplo, me puse a dibujar un gato y me di cuenta de que se ensamblaban dos ideas, la del kayak y la del gato; es una cuestión formal que se condensa. Son las que cosas a las que últimamente les presto más atención. Uso un cuaderno donde tomo apuntes y la mayoría de las veces hago dibujos en base a esos bocetos, como las cosas que voy observando.
—Con lo de los conceptos me refería a aquellos mapas de la Argentina que hiciste hace unos quince años.
—En relación a los mapas de Argentina, leyendo Adán Buenosayres (la novela de Leopoldo Marechal), en un momento los personajes salen del casco urbano de Buenos Aires y se meten en los suburbios. Ahí empiezan a encontrar una serie de personajes que se van transfigurando como cuando se transfiguran los superhéroes criollos, como Hijitus cuando sale del sombrero, así aparece Juan Sin Ropa, que es un gaucho que vincula cierta historia literaria del país que se me escapa, y ese personaje se transforma en el neocriollo y se hace una descripción suya que a mí me parece que coincide con el personaje que hago con el mapa de la Argentina. Por ejemplo, dice que es un personaje casi transparente y tiene dos patas finitas, una de ellas recogida como la de los flamencos, de hecho en el libro (un volumen que prepara con sus ilustraciones) tomé un fragmento de Adán Buenosaires para el prólogo. Me siento identificado con esas descripciones que hace Marechal, cierto surrealismo, pero criollo, y creo que ciertos personajes que construyo tienen que ver con ese surrealismo.
—Aunque esos mapas los hiciste antes de leer a Marechal.
—Bueno, me preguntabas qué viene primero, si el dibujo o la idea, y muchas veces hago el dibujo y después me doy cuenta del mensaje, o adónde apunta. Pero cuando me piden una ilustración me pongo a ver a partir de los dibujos que ya tengo, aunque tienen una vida independiente.
—También sos de los pocos artistas plásticos que tiene personajes.
—Hace poco me contacté con uno de los chicos que hace el semanario El Eslabón y le propuse publicar una serie de dibujos con un texto que se llamaría “El eslabón perdido”. Pienso en mis dibujos como en un eslabón perdido entre la historieta y el dibujo, una bisagra. Nunca tuve oportunidad de hacer una historieta, creo que porque no tengo tanta confianza en el uso de la palabra, y no fue mi caso haberme acercado al dibujo a través de la historieta. Me gusta dibujar desde chico y ahora, cuando pienso que hice la secundaria en el Politécnico, me doy cuenta de que incorporé un montón de cosas del dibujo técnico. Hay cosas que te da el dibujo técnico, como aprender a mirar desde una perspectiva gráfica, desarrollar la destreza de saber analizar formalmente lo que querés copiar algo. También es algo de lo que me doy cuenta ahora dando clases en la Escuela de Arte (UNR), en unos cursos del Sindicato de Prensa y en la Escuela de Animadores.
—Te exige conocer más lo que hacés.
—Sí, a partir de un curso de ilustración al que me invitó la directora de la carrera de Arte, que fue mi profesora, me di cuenta que el proceso mío fue más de prueba y error, y me puse a leer e investigar y me puse a aprender cosas sobre la historia de la ilustración. Volviendo a esto de la mirada, ponerme a enseñar me hizo pensar en ese proceso de lo que hago. Como lo que hacía me parecía muy natural pensaba que no tenía mucho que enseñar y eso significó ponerme a analizar el proceso de dibujar: observar y analizar formalmente algo para trasladarlo al papel.
—¿Cómo es tu trabajo en el diario?
—También tiene que ver con palabra oficio, con interpretar lo que tengo que dibujar y que sea efectivo, y que cumpla la función de ilustrar un texto y tenga a la vez un valor gráfico, si tengo que elegir una imagen y no tiene calidad gráfica no me sirve. Lo fui a ver a Raúl Barboza este fin de semana y al final dijo que iba a hacer un popurrí de varios temas, y dijo que lo podía hacer ahora porque tenía un montón de naranjas en la canasta y antes, no. Y me pasa parecido, siento que tengo un montón de recursos y herramientas que me permiten cumplir con el encargo de ilustrar una nota. Cuando yo pintaba un cuadro no había un tiempo de terminación y esto, el diario, te obliga a definir, es lo que te da el oficio. Me llevó a generar una estrategia propia para ese trabajo. Dibujar es también es para mí un divertimento, y en ese sentido está relacionado con lo lúdico.
—¿Y cuál es tu relación con críticos y curadores?
—Generalmente las figuras de curadores y críticos en las instituciones rosarinas terminan teniendo más importancia que el artista y eso no me cierra. Lo que hace que la institución funcione son los artistas que van a exponer. También esta percepción tiene que ver con empezar a poder escribir o decir mis propias cosas sin el filtro de otro.

"Pepino, el gato que viajó en piragua"

En el Adán Buenosayres,  Chachi encontró este fragmento que propone para el prólogo del libro de ilustraciones para el que busca editor:


«No bien hubo enunciado tan misteriosos conceptos, el jinete desnudo se borró en la noche. Pero el astrólogo Schultze no admitía las versiones infantiles que acababa de darse a la leyenda: para él aquella fábula tenía un sentido esotérico; y Juan sin Ropa, vencedor en el combate lírico, sólo era una prefiguración del Neocriollo que habitara la pampa en un futuro lejano. Y al decir la palabra “Neocriollo”, una transformación increíble (la última de la serie) se operó en la naturaleza de Juan sin Ropa: su figura creció hasta lograr una talla de seis metros, cayó su ropaje gaucho; y se mostró entonces la forma varonil más desconcertante que pueda imaginar el ingenio humano. Aquella forma estaba completamente desnuda: su caja torácica y su abdomen lucían una transparencia de rayos X que dejaba ver el fino dibujo de los órganos internos; se mantenía de pié sobre una de sus piernas gigantes, y llevaba encogida la otra, como los flamencos del sur, sus ojos fosforescentes que giraban como faros en el extremo de dos largas antenas, su boca de saxofón y sus orejas como dos embudos giratorios que apuntaban yaa los hároes desconcertados.
Como Franky Amundsen preguntara qué nuevo demonio era el que tenían delante, le respondió Scultze que se trataba del mismísimo Neocriollo. Y al aventurar Samuel Tesler su opinión de que no era ciertamente un efebo, la jeta saxofónica del Neocriollo se alzó y bajo tres veces como la trompa de un elefante.
—¡Atención! –dijo Schultze–. El Neocriollo quiere hablar.
En efecto, un chorro de sonidos inarticulados brotó de la jeta saxofónica, una voz que imitaba el silbo de la perdiz, la cavatina del jilguero, el arrullo de la tórtola, el croar de la rana, el graznido del carancho, el piar del gorrión, el alarido del chajá, el escándalo del tero. Y según la mayor o menor sublimidad de los conceptos que vertía, el Neocriollo se agigantaba o se reducía a las proporciones de un enano.
—¿Que ha dicho? –preguntó Franky, no bien hubo cesado la corriente sonora.
Schultze declaró que se trataba de una inefable arenga polítics, y tradujo así las palabras del Neocriollo: ”Si el chaleco laxante y la sonrisa de cemento armado no fueran al dulce oprobio lo que Neòn, el clave, a la gaviota de un ensueño que se pudre entre flores, mucho cabría de esperar del elefante cósmico, a la hora en que las pálidas higueras resuelven el teorema de Baluk. Mas, ¡atención mortales! El presidente insumergible ha roto el pacto, y luce ya sobre sus muslos el calzoncillo negro de la duda.”
Absorto quedaron los exploradores ante aquel fragmento de prosa.
—Bah! –dijo Pereda–. ¡Es demasiado lógico para sus verdes años!
—¡Lógico! –se lamentó Samuel–. ¡Tristemente lógico!
Adán Buenosayres no disimuló su melancolía.
—¡Evadirse de la lógica! –exclamó–. Una empresa de locos o de santos.
Pero la jeta saxofónica del Neocriollo emitió de súbito una luz vivísima.
–¿Y eso? –pregntó Franky.
—¡Bien! –dijo Schultze–. El Neocriollo está de buen talante: acaba de lanzar su carcajada tricolor.
–Debería ofrecernos una prueba más alegré de su humorismo –rezongó Franky.
Oído lo cual, con una gracia de autómata, el Neocriollo se puso a bailar el malambo, la cueca, el escondido, la zamba, los aires, el cuándo, la chacarera, el sombrerito, el pala pala, el marote, la resbalosa, el pericón, la huella y el chamamé. Desgraciadamente, los exploradores dieron aqui señales de admiración alguna: lo que se quería del Neocriollo era un milagro. Y he ahí que al escuchar ese pedido con sus orejas infundibuliformes, el Neocrillo movió la trompa, reclamando atención. Luego, girando sobre si mismo, apuntó sus nalgas a los héroes y soltó un pedo luminoso que ascendió en la noche hasta el cielo de los fijos y se ubicó en la constelación del Centauro, entre las estrellas alfa y beta. Hecho lo cual se desvaneció en la negrura.»

lunes, 7 de abril de 2014

el mundo sin ley



Terminada True Detective, y salvo por algunas tiras europeas (el thriller noruego Mammon –es un nombre bíblico; ni un dulce ni otra cosa–, una nueva temporada de la sueca dinamarquesa Bron/Boren, podrían ser los mejores ejemplos), las series televisivas disponibles hoy en internet parecen haber llegado a una meseta. No contemos aún la nueva temporada de Game of Thrones, cuyo primer episodio comenzó el domingo pasado y ya es parte de otra cosa.



Manito


Sin embargo, se han estrenado e, incluso, ya avanzaron las primeras temporadas de al menos tres series esperadas, por distintos motivos. Una de ellas es la primera temporada de From Dusk till Dawn, que no sólo recupera el argumento de la película de Robert Rodríguez del año 1998 (Del crepúsculo al amanecer), sino que es la primera producción de un canal de cable que administra el mismo Rodríguez con lo que pretende ser el primer canal de ficciones latinas (o “hispanas”, como prefiere el célebre director) y lleva por nombre El Rey Network. Con una primera temporada de 10 episodios y una segunda ya en camino, Del crepúsculo al amanecer vuelve sobre las andanzas de los hermanos Gecko mientras huyen hacia la frontera mexicana y se encuentran con vampiros que han quedado allí, como flotando en ese borde entre dos mundos. Con algunas pocas diferencias con la película original –en la que Rodríguez mostraba su alianza con Quentin Tarantino para imponer el cocoliche en la pantalla grande–, la serie cuenta desde ya con el beneplácito de todos los fanáticos del director y papeles breves para viejas leyendas de la ficción televisiva, como Don Johnson.

Las citas son caprichosas, la densidad de los personajes viene enlatada y por más homenaje que se aduzca al cine clase B, el resultado parece siempre el mismo: una colección de figuritas macabras. Lo que Rodríguez llama “lo hispano” –la lanza de asalto de su propuesta contra el mainstream angloamericano– es también eso, figuritas de la cultura pulp mexicana, nada más que veneradas. Lo hispano se apoya en tres puntos: actores mexicanos o de ese origen, cactus en la ruta y una que otra estampita religiosa.



Belleza americana


The 100, es decir “los cien”, es una serie de ciencia ficción en lo que se suele llamar “género postapocalíptico” y está basada en una novela que es a la vez la primera de una serie de libros. Transcurre en un futuro digamos de acá a cien años. La Tierra fue arrasada por una guerra atómica y la humanidad sobrevive en una serie de naves y estaciones espaciales que fueron unidas con el paso del tiempo y conforman El Arca, último habitáculo de la raza. Pero, luego de 100 años, este arca se está quedando sin oxígeno, de modo que un grupo de cien jóvenes son enviados a la superficie terrestre en busca de un lugar donde volver a habitar un planeta que creen desierto. Los jóvenes, pese a la falta de oxígeno, a la falta de comida y de condiciones de vida saludables, son milagrosamente bellos y esbeltos –sobre todo las chicas, quienes antes que a un apocalipsis parecen haber sobrevivido al cierre de una agencia de modelos–, lo que haría que esta serie pertenezca a un subgénero que ya conocemos: las que algunos prefieren ver con la mano. A su vez esta muchachada estaba presa, porque las normas en el arca son en extremo estrictas. De modo que ahora en una tierra salvaje y extraña, con tormentas radioactivas y ciervos bicéfalos, nuestras heroínas y sus galanes deben apañárselas no sólo para sobrevivir a los peligros del planeta, sino a la furia de la horda que son ellos mismos.

Con cierta inocencia –una inocencia oportunista–, The 100 viene a nutrir un género que se extiende en las series actuales: el de los mundos sin padre, sin ley, en los que el conflicto mayor suele ser de orden policial. Una versión menos antropológica que la original novela El señor de las moscas (1954), de William Golding, y más sociológica o, como prefieren algunos analistas contemporáneos, “sociopática”. Desde luego que la patología social que explora la serie, con los límites ya señalados, no es el origen tribal de la violencia, sino –como lo hicieron series ya legendarias, desde Galáctica hasta Lost– el avance real de una suerte de final al que nadie le ha puesto todavía un nombre y podría resumirse en la frase de Mark Fisher: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.



Secuestrado


Si The 100 encuadra en el género postapocalíptico, Crisis –sobre un grupo de ex militares y miembros de la CIA que secuestran a los hijos de las personas más poderosas de Estados Unidos– vendría a pertenecer al género de ficciones en las que aparece el presidente estadounidense, como sea que se llame este género. El detalle excepcional de la serie es que actúa Gillian Anderson –tan bella como cuando protagonizaba Los expedientes secretos X–, después, después. Ah, sí, tratándose de las personas más poderosas del mundo, sus hijas e hijos son poderosamente lindos.

De alguna manera, la serie retoma todos los clisés de las tiras televisivas desde 24 en adelante: complots aniquiladores, alta tecnología y dos agentes –una del FBI y uno del Servicio Secreto– inquebrantables que a minutos de reunirse con el presidente están tiroteándose con unas especies de rambo en las calles de Washington.
Ver o no ver estas series, esa es la cuestión. Verlas: porque aunque afirman cosas aberrantes, hay siempre un espacio para leer esa ausencia paterna que es la marca de la época.

martes, 1 de abril de 2014

el principio del fin

Retomando, un compañero de trabajo me decía este mediodía si no creía que redes sociales como Facebook terminarán transformándose en sitios para viejos. Había observado que su madre y otras mujeres ya entradas en años usaban la red social para hacer comentarios sobre los nietos, los hijos o la familia. También, para replicar imágenes y frases, digamos "envasadas", que parecen diseñadas especialmente para su viralización, su significación a la bartola, de esa clase de redes. Claro, ese es un límite, acaso el anticipo del fin de Facebook: si sus usuarios son cada vez mayores –en general personas que hasta hace un par de años no sabían qué hacer frente a una computadora–, pero a su vez necesitan de los "contenidos" –por favor, esta palabra, como decía Nabokov de la realidad, siempre entre comillas– que entregan a la red los más jóvenes, es evidente que la serpiente comenzó a comerse la cola.
Facebook –red de la que no podría renegar como quisiera, porque hasta el año 2009 su uso me dio herramientas para meterme de lleno en el blog– es a la vez la llave de entrada para comentar en diarios, loguearse en otros sitios y participar de foros, etcétera. Lo que ha llenado de gritones buena parte de los espacios "públicos" de la red. Es también uno de los sitios privilegiados para los fanáticos protofascistas de la actualidad: los vecinos indignados de barrio Azcuénaga de Rosario –o, seguramente, el pequeño grupo que apologiza el linchamiento y asesinato de un ladrón de 18 años– o los proteccionistas de animales que hace poco persiguieron a nuestro amigo Walter Álvarez porque en la edición de una nota que hizo sobre perros sueltos en San Nicolás enseñó el rostro xenófobo y sociópata de una de sus miembros. Son fenómenos similares: los proteccionistas, que imposibilitados de elegir la sociedad humana con su complejidad y dificultades, optan por el esterilizado mundo de lo animal, donde el conflicto es de orden casi mecánico y maníaco. 
Claro, tengo personas queridas que usan esa red social, y lo hacen con encanto y discreción. Espero que llegado el momento vuelvan a usar como siempre el correo electrónico, medio imbatible.

domingo, 30 de marzo de 2014

artística

El tema me es por completo ajeno. No miré en su momento a las celebridades locales serpentear en un caño erguido en estudios de televisión y no pienso volver atrás. Creo que esas apuestas a quemar la libido argentina eran muy claras en su objetivo: un padre, un hijo podían compartir en la mesa familiar sus más calientes fantasías. Esto es diferente. El baile del caño en un programa llamado Ucrania tiene talento (sí, tratándose de Ucrania podríamos ir en otra dirección, ¿no?) se parece más a esas exhibiciones de patín artístico en las que se pretende patinar y hacer piruetas sobre el aura. En fin, visto así, como una suerte de cosa "artística", este baile del caño tiene el encanto de devolver –ya que no un aura– cierto resplandor que, a falta de sublimación, ofrece al menos un precipitado libidinal.
No menos curioso es cómo llegué a Anastasia Sokolova: a través de videos que relacionó YouTube cuando terminé de ver unas piezas de efectos especiales recomendadas en WTF-Microsiervos.

jueves, 20 de marzo de 2014

el mito del buen salvaje



1. Para terminar con BelieveLos niños con poderes, desplazados de familias disfuncionales, tuvieron un relativo auge en el cine y la televisión de los últimos años. Los mejores ejemplos en tevé han sido Dark Angel (2000-2002), sobre una adolescente modificada genéticamente y desertora de un programa para crear el soldado perfecto, producida por James Cameron, y Joan of Arcadia (2003-2005), alusión a Juana de Arco: una joven que habla con Dios. El caso más irritante y aburrido acaso es Touch (2012), la serie protagonizada por Kiefer Sutherland, que compone su personaje del mismo modo que el histérico Jack Bauer de 24, sólo que esta vez está a cargo de un niño autista que parece conectado con la humanidad entera. Todos vendrían a ser una suerte de derivados de X-Men, sin los uniformes y las danzas de moles de acero en el aire, se entiende: todos estos niños “especiales” vienen por un lado a desterrar la idea de que pueda haber algo revelador en la vida cotidiana, en las personas “regulares”; por otro, a afirmar que ya no hay padre, que eso que regía la ley y el orden se ha ausentado.

2. Otro de los temas recurrentes en la ficción del cine y la televisión actual es el de los muertos que no mueren, ya sea porque reviven como zombies o porque reaparecen tal como habían dejado el mundo hace un tiempito: unos zombies civilizados. El año pasado la televisión francesa estrenó una serie de doce episodios –prometedores por el clima que generaron sus primeros capítulos, cosa que no bastó para sostener el relato hasta los últimos– con este tema, Les revenants, los muertos de un pueblito alpino comenzaban a volver a casa sin saber que habían expirado. Brad Pitt, al frente de un equipo de gente más o menos conocida, formó la productora Plan B para producir Resurrection, que se estrenó el domingo 9 de marzo último. El argumento es más o menos el mismo, sólo que los muertos, en lugar de volver a Los Alpes regresan a Arcadia, Missouri. Y sí, además de los muertos tenemos al sheriff, a un agente de la Agencia Federal de Migraciones y a una médica joven, bella e inteligente.
En distintos medios y sitios de internet (la entrada de Wikipedia, entre otros), se insiste en que las dos series (la francesa y la flamante norteamericana) están basadas en novelas diferentes, cosa cierta en los detalles pero no en los grandes rasgos del argumento. Es probable que al no haberse demorado en tanta pincelada ambiental, Resurrection, la serie norteamericana, consiga un final más logrado para su primera temporada. Si no, nos perderemos incluso de las lindas postales.
El zombie es el monstruo de la biopolítica, metáfora de los caídos del sistema, el ser degradado, sin entidad civil; el refugiado, el apestado por la pobreza y la exclusión. Estos revividos, en cambio, son otra cosa: una laguna que el mundo contemporáneo no termina de llenar ni de vaciar. Son un vacío en espejo, radiación de la vida virtual que llevamos, en la que las cosas no terminan de irse, pero tampoco vuelven; nos conectamos con ellas a condición de que se mantengan en ese tiempo sin tiempo de la conexión.
Si alguien apreciado viniera a preguntarnos si vale la pena ver estas dos nuevas series, que reúnen a cabezas tan sobrevaluadas en su ejecución (Cuarón, Brad Pitt o Abrams), le diríamos que hay otras en curso mucho más valiosas. Pero si la pregunta fuese qué series resumen mejor las fantasías de la época, no dudaríamos en alentarlo a perder un par de horas semanales.