socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 4 de febrero de 2016

los anti

Las elecciones en Estados Unidos, su bipartidismo (en el que incursionó desde hace unos años el Tea Party, suerte de asambleístas antipolítica, muy conservadores, de quienes los periodistas más rutilantes suelen burlarse por su extrema ignorancia y mal uso del idioma –basta buscar en YouTube las desopilantes intervenciones de Larry King o Bill Maher al respecto) no son, pese al tinte espectacular de las campañas, algo sencillo. Hoy día un republicano es poco menos que un dinosaurio conservador y racista, sin embargo, los republicanos hace ya largas décadas mantuvieron posturas conservadoras en lo económico pero no en lo social, uno de sus presidentes fue Abraham Lincoln.

sábado, 30 de enero de 2016

contra las redes

Hace rato que venimos militando contra las redes, e incluso uno de los mensajes de bienvenida de este blog lleva a una entrada de Daniel Link donde plantea el tema. Pero este artículo, publicado por Hossein Derakhshan el 29 de diciembre pasado en The Guardian, nos parece de lo más claro al respecto. Por eso lo tradujimos. (Las fotos vinculadas pertenecen a Arash Ashoorinia y fueron hechas para The Guardian).

por Hossein Derakhshan* | Traducción P.M.

El perdón me llegó de repente, a fines de 2014, y fui liberado de la prisión Evin, al norte de Teherán. En noviembre de 2008 me habían sentenciado a unos 20 años de cárcel, sobre todo por mis actividades en la web; pensé que me pasaría la mayor parte de mi vida en esos calabozos. De modo que la liberación fue algo inesperado. Compartía una taza de té cuando una voz en el piso, la de otro preso, llenó las celdas y los corredores: “Queridos colegas prisioneros, el pájaro de la fortuna se posó de nuevo en los hombros de uno de nuestros camaradas. Señor Hossein Derakhshan, a partir de este momento eres libre.”

Afuera todo se sentía nuevo: la fresca brisa de otoño, el ruido del tráfico de un puente cercano, el olor, los colores de la ciudad en la que había vivido la mayor parte de mi vida. A mi alrededor descubrí una Teherán muy diferente a la que estaba acostumbrado. Una retahíla de nuevos y ostentosamente lujosos condominios habían reemplazado la encantadoras casitas que me eran familiares. Nuevas calles, nuevas autopistas, hordas de invasivas camionetas 4x4. Enormes letreros de publicidad de relojes suizos y televisores coreanos. Mujeres envueltas en coloridos echarpes y fulares, hombres con el pelo y la barba teñidos, y cientos de cafés renovados con mozas y música occidental. Era el tipo de cambios que se habían extendido entre la gente con sigilo, esos que uno descubre una vez que la vida cotidiana ya nos ha arrastrado.

Dos semanas después comencé a escribir de nuevo. Unos amigos estuvieron de acuerdo en que comenzara un blog como parte de su revista de arte. Lo llamé Ketabkhan, que significa lector de libros en persa.

Seis años fue un largo tiempo para estar en prisión, pero es toda una era online. La escritura en internet no había cambiado, pero la lectura –o, al menos, hacer una lectura– se había alterado dramáticamente. Me habían dicho cuán esencial se habían vuelto las redes sociales, de modo que puse un vínculo a una de mis historias en Facebook. Pero pasó que en Facebook no interesó demasiado. Terminó pareciendo un aviso clasificado: sin descripción, ssin imagen, nada. Obtuve tres “Me gusta”. ¡Tres! Eso fue todo.

Ahí se me hizo claro que las cosas habían cambiado. No estaba equipado para jugar en este nuevo juego. Todos mis esfuerzos e inversiones se habían esfumado. Estaba devastado.

Los blogs eran de oro y los blogueros eran estrellas de rock en 2008, cuando fui arrestado. En ese punto, y a pesar del hecho de que el gobierno bloqueaba el acceso a mi blog dentro de Irán, tenía una llegada a unas 20 mil personas cada día, quienes solían leer cuidadosamente mis posteos y dejaban un montón de comentarios relevantes, incluso aquellos que detestaban mi empuje. Podía empoderar o embarrar a quien quisiera. Me sentía un monarca.

Entonces, el iPhone tenía poco más de un año, pero los teléfonos inteligentes aún se usaban para hacer llamadas y enviar mensajes cortos, manejar un par de correos electrónicos y navegar la web. No habían aún aplicaciones, nada que ver con las que conocemos ahora. No había Instagram, ni SnapChat, ni WhatsApp. En su lugar estaba la web y en la web había blogs: los mejores lugares para hallar pensamientos alternativos, noticias y análisis. Esa era mi vida.

Todo había comenzado con el 9/11 (el ataque a las Torres Gemelas, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001). Yo estaba en Toronto y mi padre había llegado de Teherán para visitarme. Desayunábamos cuando el segundo avión se estrelló contra el World Trade Center. Estaba desmoronado y confundido y, en busca de interpretaciones y explicaciones me metí en los blogs. Después de leer unos pocos pensé que debía arrancar con uno y animar a los iraníes para que comenzaran a bloguear también. Así empecé a experimentar con el Notepad de Windows. Pronto estaba escribiendo en hoder.com, usando la plataforma de Blogger antes de que Google la comprara.

El 5 de noviembre de 2001 publiqué una guía paso por paso sobre cómo iniciar un blog. Eso encendió algo que más tarde fue llamado revolución bloguera: de repente cientos y miles de iraníes pusieron al país en la cima de las naciones con mayor número de blogs. Solía tener una lista de todos los blogs en persa y, por un momento, yo fui la primera persona que contactaba cualquier nuevo bloguero iraní, de modo que yo pudiera ponerlo en la lista. Por eso me llamaron “the blogfather” (“el padre de los blogs”, que en inglés suena a “el padrino” –the godfather–) cuando yo estaba en mitad de mis 20 años. Fue un seudónimo zonzo, pero al menos daba una pista de cuánto me importaba.

La blogósfera iraní fue una multitud diversa: desde autores y periodistas exiliados, diarios femeninos y expertos en tecnología a periodistas locales, políticos, religiosos y veteranos de guerra. Pero nunca se podía tener mucha diversidad. Animé a los conservadores dentro de Irán a que se unieran y compartieran sus pensamientos. Había dejado el país a fines de 2000 para vivir en occidente, y temía que iba a perderme las tendencias que rápidamente emergían en casa. Pero leer los blogs iraníes en Toronto fue la experiencia más cercana que pude haber tenido a sentarme en un taxi compartido en Teherán y escuchar las conversaciones cruzadas y al azar entre el conductor y los pasajeros.


domingo, 24 de enero de 2016

obscenidad

Si bien no es lo más intenso de la conversación con Alejandro Horowicz (para la nota de Más de este domingo), me parece un desperdicio guardármelo.
Dice Horowicz:
«La idea de que haya un precio único para cada bien no tiene nada que ver con el capitalismo. Si usted compra por mayor nunca paga el precio minorista. Bien, desde la lógica de un banco y del sistema capitalista globalizado, el dinero no es otra cosa que una mercancía, de modo que distintas maneras de acceso al dinero suponen distintos precios. No tiene nada de extraordinario. Lo otro es un engañapichanga que consiste en tomar el precio más caro posible y transformarlo en el uno, que es el famoso mecanismo del dólar blue y creer que porque hay un precio único salimos todos gananciosos. Acá viene la otra parte de la cuestión discursiva que tiene que ver con que la experiencia política ha sido reducida a un nivel francamente elemental y que la política ha sido confiscada por el propio poder: la clase dominante es la única que hace política y el resto mira por televisión, y cree que la política es si el intendente pone las baldosas en la vereda o no, si las calles están un poco poceadas y si el agua corriente funciona. Yo entiendo que esos elementos forman parte de la vida y no se pueden negar ni se puede hacer de esto una ironía ridícula, pero reducir la política a esto es un acto suicida.»
—Y obsceno, porque es el espectáculo del poder mostrándose a sí  mismo.
—Si usted mira la escena de Macri en el balcón ve esa obscenidad en acto. No me refiero a qué sucedió antes en ese balcón, no, me refiero a la pobreza fenomenal que Macri tiene para exhibir en un balcón. Porque de Perón uno puede pensar lo que quiera, pero nadie va a pensar que Perón necesitaba que un jefe de relaciones públicas le escribiera lo que iba a decir o que iba a balbucear un argumento inconexo. Pero en el caso de este modo livianito de tomarse la cosa como si estuvieran en el palco de un salón VIP de un boliche es la reducción de la experiencia personal de Macri a la política: no tiene otro elemento más interesante para mostrar que esa lógica aprendida de la diversión bolichera. Él no es otra cosa, no es más que un gerente que se sacó el saco después de ganar el puesto de CEO.

lenguaje político y precariedad

Fue Hernán Lascano quien me propuso el tema e hizo la edición (recomendación de agregar un comentario de María Esperanza Casullo, por ejemplo, o pulir ciertas cosas). El resultado fue la nota central del suplemento Más de este domingo y que quedó mucho mejor que el original que yo había intentado remedar con subtítulos y latiguillos.
Sin embargo, quedaron cosas afuera.
Creo que un fragmento de la conversación con Pablo Hupert, por ejemplo (que generó a la vez un generoso intercambio de su parte), merece ser compartida, así que la reproduzco acá con los enlaces que me pareció adecuado incluir.

Q: Si querés, podemos arrancar por la pregunta sobre el lenguaje “como objeto de la política”, según Roberto Espósito.
PH: sí, bueno, vamos por ahí. No es plenamente voluntario, no es plenamente deliberado. En parte uno (digo uno, los gobiernos, los actores políticos que sean) usan los lenguajes que tienen a disposición. En parte inventan pero no es tanto lo que pueden inventar: tienen que decir cosas que sean entendibles o de alguna manera, que generen sentido (aunque no se las entienda). Y, además, la invención de ningún lenguaje es algo voluntario o algo que pueda hacer una sola persona en poco tiempo: es algo colectivo, operativo  que se hace a lo largo de mucho tiempo. Incluso el lenguaje del neoliberalismo: en El nacimiento de la biopolítica, Fucault muestra todas las décadas que llevó, todo el trabajo intelectual que llevó armar un liberalismo nuevo. Por decir uno conocido, (la obra de) Milton Friedman ya tiene más de 50. A lo que voy es que, para mí, es fundamental que entendamos que el lenguaje como objeto de la política no es pura maniobra, pura pose, puro engaño, mentira maquiavélica deliberada. Y digo esto porque es en este sentido que se decía "relato". Digámoslo así: los kirchneristas decían que Clarín tenía su relato y viceversa. Y esos relatos parecían algo totalmente acomodable según el gusto. Pero si hay algo que se vio en la última campaña, es que el kirchnerismo no pudo acomodar del todo el idioma, el lenguaje de la campaña electoral a lo que quería oír el votante. Creo que para eso fueron más exitosos Massa y, por supuesto, Macri. Y cuando uno dice "Massa" y "Macri" no se refiere a ellos como personas, sino a los equipos de campaña, a los medios también. Bueno, esas conversaciones, para retomar la idea de antes de que nadie lo hace individualmente y deliberadamente: se va construyendo en conversaciones, en idas y vueltas; y algunos sentidos van sedimentando, a través del machaque de los medios o a través del sentido que hacen en la vida cotidiana. Porque hay circunstancias concretas que le dan sentido a ciertos machaques y no a otros.

miércoles, 20 de enero de 2016

sympathy for the devil

El novelista Don Winslow escribió dos novelas intensas sobre la guerra contra las drogas: The power of the dog (2005)  y The Cartel, que fue uno de los libros más reseñados durante 2015, adquirido por Fox para una película que será dirigida por Ridley Scott. Winslow se pasó casi 20 años investigando los cárteles mexicanos, y la mayor parte de la violencia que aparece en sus páginas está basada en hechos reales. Dedicó su libro a los más de 100 periodistas muertos por la violencia de los cárteles; nombró a cada uno de los cronistas asesinados en la introducción. Winslow escribió este artículo para Deadline Hollywood horrorizado por el encuentro entre Sean Penn y El Chapo Guzmán y la posterior entrevista en el programa 60 minutos, que conduce Charlie Rose y en la que el actor –un activista en varias causas que la gran mayoría de los norteamericanos no ven con simpatía– se mostró arrepentido por los resultados del reportaje con el traficante que publicó la revista Rolling Stone.

“Mi artículo falló”, le dijo Penn a Charlie Rose.
Bueno, sí –comienza su texto Don Winslow–. Como alguien que ha investigado y escrito sobre los cárteles mexicanos y la inútil "guerra contra las drogas” que se extiende ya veinte años, sé lo difícil que es el tema. Endiablado, te lleva el alma, es desgarrador; desafía el intelecto, tus creencias, tu fe en la humanidad y en Dios. Ningún periodista o escritor que lo haya abordado sale de allí como entró; y muchos ni siquiera sobrevivieron, sino que fueron torturados, mutilados y asesinados por orden de tipos como Joaquín Guzmán. (Me resisto el apodo Chapo [lindo, en jerga mexicana]: no es uno de los Siete Enanitos, Chapo, como Mudito, o Mocoso o Tímido, se trata de un asesino de masas.)

lunes, 18 de enero de 2016

la música de "the leftovers"

Mi amigo Gustavo Ng tradujo una de las entradas de Adam Kotsko sobre una de las series que más nos gustan. Dice:
"Para mí una de las cosas más impactantes de The Leftovers es la música. La firma gestual de la banda sonora es el despliegue de una versión "culta" de una canción pop –por ejemplo, el arreglo para piano de “Where is My Mind” o el cover lento y melodramático que hace Lo-Fang de “You’re the One That I Want” de Grease. Este último sólo se produce una vez, en un momento en que el espectador empieza a preguntarse si el amor entre dos personajes principales es meramente circunstancial (básicamente una versión más dramática y plena de la aventura de verano de un adolescente).
El primero es un estribillo más constante, que a veces suena como el comienzo de la propia "música de piano dramática" de la serie y, a veces las transiciones en grabación original de Pixies. Aquí creo que se supone que debemos escuchar una referencia El Club de la Pelea, dado que el personaje de Justin Theroux está viviendo una doble vida (aunque casi nunca vemos inmediatamente la versión disociada, y mucho menos las dos versiones interactuando como sucedía entre Ed Norton y Brad Pitt ). Dado que tantos de los problemas de los personajes se centran en una tensa relación con el Remanente Culpable, también podríamos ver ese culto como una evocación de la más militante Club de la Pelea de la segunda mitad de la película. Al igual que con la evocación de Grease, sin embargo, en ambos casos, los riesgos son mucho mayores, ya que se trata de un evento apocalíptico antes que de un hastío sin nombre.
Más que cualquier referencia intertextual específica, sin embargo, creo que este gesto clasificatorio de la música pop o películas de culto refleja lo que el espectáculo en su conjunto está haciendo. Después de todo, ¿qué idea podría ser más grasa o de clase baja desde la perspectiva del drama culto por cable que el tropo cristiano fundamentalista del Rapto? ¿Qué podría estar más lejos de las aspiraciones culturales de la audiencia de HBO que las novelas y películas de The Left Behind?"

lunes, 11 de enero de 2016

pornografía y civilización

El deseo de consumir pornografía con más privacidad y menos esfuerzo fue una fuerza impulsora detrás de la tecnología de las comunicaciones.


En “I Remeber Babylon” (“Recuerdo Babilonia”), un cuento corto publicado en la revista Playboy en 1960, Arthur C. Clarke –ya una leyenda de la ciencia ficción– imaginó un escenario, cinco años antes del lanzamiento de los satélites de telecomunicaciones y adelantándose décadas a los videos para adultos “on-demand”, en el que fuerzas chino-soviéticas acordaban una gran conspiración para lavar el cerebro de los estadounidenses mediante la transmisión permanente de propaganda y pornografía en el living de sus hogares.
“Por primera vez en la historia, cualquier forma de censura se volvió por completo imposible”, explicaba un propagandista que se había vuelto un agente comunista. “El cliente puede conseguir lo que quiera desde su propia casa. Sólo tiene que trabar la puerta y encender el televisor. Sus amigos y su familia nunca se enterarán”.
Las predicciones de Calrke sobre el consumo de pornografía fueron espantosamente certeras, salvo que en lugar una invasión comunista de las ondas aéreas, la industria de la pornografía –para bien o mal– transformó de modo fundamental la tecnología de las comunicaciones, dándole empuje a un mundo conectado en el que la censura de regímenes antidemocráticos como China* se encuentran con dificultades cada vez mayores para controlar la opinión de las personas.

bowie is dead

David Bowie ha muerto. "I'm stuck with a valuable friend. I'm happy, hope you're happy too..."
Con él mueren tantas cosas que iba a hacer.

descargas de enero

Si las series fantásticas que vimos hasta ahora ponían en escena la biopolítica (la tragedia de los desplazados, refugiados y caídos del sistema representados por zombies o vampiros) o el poder a veces fallido del gran imperio (desde súper héroes oscuros como Daredevil o Jessica Jones a los más tradicionales como Heroes Reborn, Arrow o The Flash); algunas de las tiras televisivas que podrán verse en enero de este nuevo año exploran otro costado de lo fantástico y la ciencia ficción: la disolución del imperio (el poderío y la hegemonía militar y económica de Estados Unidos: “imperio” no es un concepto preciso, sino una suerte de metáfora para esa descripción) y el tráfico a veces “naif”, ingenuo y a la vez melancólico de la imaginería popular norteamericana con lo sobrenatural.
Veamos.
El 7 de enero CBS estrenó la comedia de media hora Angel from Hell (Ángel del infierno, con Jane Lynch en el papel de Amy, quien se presenta como un ángel de la guarda que tiene problemas con el alcohol; y Maggie Lawson como Allison Fuller, una dermatóloga perfeccionista).
Lynch es una mujer de mediana edad lasciva y típicamente despreocupada, pero es a la vez el ángel guardián de Allison, quien ejerce como dermatóloga con su padre (Kevin Pollak), mientras que su hermano, Brad (Kyle Bornheimer), inexplicablemente vive en su garaje. Al principio no está claro si Amy es un ángel real o sólo una acosadora.
Pese a la clara clave de comedia, el drama que subyace en esta suerte de remake de amas de casa con un fantasma amigable y trastornado, es el de una mujer eficiente que ha confundido bondad con corrección. Cuando Lynch se presenta como ángel guardián a Allison, ella le dice que pudo obtener toda la información que acaba de darle de Facebook. Que un ser sobrenatural deba sobreponerse a las estupideces de una red social y establezca esas diferencia ya es algo digno de celebrar.


El 14 de enero USA Network estrenará Colony, que devuelve a la pantalla a Josh Holloway (el Sawyer de Lost, de la mano de uno de los creadores de aquella legendaria serie, Carlton Cuse), aunque en realidad ya difundió el episodio piloto en la red el 21 de diciembre pasado –puede verse si se lo descarga de algún sitio de archivos torrent–. Con sus tres episodios iniciales dirigidos por el argentino Juan José Campanaella (sí, el hombre que se ufanó de sentarse junto a la jueza Arroyo Salgado durante el debate presidencial Scioli-Macri), Colony trascurre en un futuro cercano en una ciudad de Los Ángeles dividida por un muro gigantesco e invadida por seres que no conocemos hasta entrada la temporada. Lo que conocemos son los efectos de esa invasión: los ciudadanos solo pueden movilizarse en bicicleta y están vigilados de modo permanente y hasta violento por drones que sobrevuelan la ciudad. Cuse dijo que se inspiró en las imágenes de la París invadida por los nazis, de las que pueden verse fotos en las que unas sonrientes señoritas toman café en las mesas de la vereda de un bar acompañadas por uniformados con las insignias de las SS.
Campanella, a su vez, recordó los años de la dictadura cívico-militar argentina, en la que la gente hacía su vida cotidiana mientras los militares secuestraban y asesinaban personas.
La trama entre colaboracionistas y rebeldes (que invocan la figura de un tal Gerónimo) es el meollo del asunto. A Holloway lo acompaña otra ex gran-serie, Sarah Wayne Callies, la finada esposa de Rick Grimes en The Walking Dead.
En Argentina el canal TNT emitirá Colony, aunque aún no está claro si en simultáneo o en diferido.



sábado, 19 de diciembre de 2015

territorio

La primera imagen que recuerdo de Celia es una que dibujó su hijo Gustavo a partir de una fotografía tomada en el lavadero de la casa de calle León Guruciaga casi Álvarez, en San Nicolás. Un medio perfil de ella, agachada sobre la pileta de cemento donde lavaba ropa y mantenía una conversación que, siempre imaginé, mantenía con su hijo. Gustavo había tomado nota de varios detalles: el cable de lo que podría ser un lavarropas enchufado en el tomacorriente de la pared y, sobre todo, la actitud de Celia, que hablaba y a la vez despertaba la voz del otro. En ese dibujo, además de admirar el genio de Gustavo (esto de copiar una escena doméstica de una fotografía y cargarla de intriga a través del artificio del dibujo, porque recién ahí entendí que el dibujo es una escritura), veía en Celia una mujer relajada en su tarea cotidiana: conversaba, refregaba la ropa; su esposo estaba muy lejos (era una toma de fines de los 70), en Estados Unidos, mientras ella le hablaba a su hijo en San Nicolás, Buenos Aires, en la intimidad de un lavadero a 7 mil kilómetros de distancia de su padre. Celia ofrecía para mí, en ese dibujo, la imagen de alguien plantado en su lugar, sí. Pero, también, la imagen de alguien que conversaba con eso que su lugar tenía para dar.
Gustavo, Ana y Celia. Fotografía de Elena Makovsky.

La segunda imagen de Celia es la de una tarde-noche de primavera de hace unos cinco años, en la cocina de su casa de calle Alurralde entre Savio y Don Bosco, donde nos llamó al orden (a Gustavo y a mí) porque despotricábamos sobre San Nicolás. Fumaba unos cigarrillos de filtro blanco y nos dijo que no perdiéramos tiempo hablando mal de San Nicolás: acaso no era el dechado de virtudes de la ciudad lo que la impulsaba a defenderla, sino el hecho de que allí habían crecido y muerto sus seres más queridos. Ella era eso, un territorio. Esmirriada y entusiasta, nada de todo ese territorio le era ajeno.
La vez que presentamos con Osvaldo Aguirre nuestros libritos sobre Oratorio Morante y San Nicolás, sólo había tres personas. Celia era una de ellas. Sentada hasta el final en una silla en el patio de la librería, no abundó en preguntas que no sé si hubiese podido responder. En cambio, nos hizo saber que con su presencia estábamos en un territorio amigo, que en ella había un hogar y podíamos hablar con ella mientras ella refregaba la ropa.
Uno siempre se distrae de la muerte y piensa que los territorios están ahí por siempre. ¿Hubiese podido capturar algo de todo esto el domingo pasado cuando nos vimos? Quién sabe. Ahora son todos gestos sobre el vacío.

Su muerte es también la pérdida enorme de un lugar.

martes, 8 de diciembre de 2015

la dama de negro

Pensada como una historia de cómic para adultos, con personajes que llevan su madurez hasta la alcoba, Alias, que protagoniza la heroína Jessica Jones, fue publicada por primera vez en Marvel en 2001 dentro de la línea Max. Cuando Netflix se hizo cargo del proyecto de llevar Jessica Jones a una serie de televisión no sólo cuidó la complejidad de los personajes, también mezcló en la trama otros héroes de Marvel que, aunque no están del todo presentes, comparten la escenografía –el barrio Hell’s Kitchen, en Manhattan– y figuras secundarias, como la enfermera Claire Temple, interpretada por Rosario Dawson.
Imagen tomada de AVClub.com.

Netflix alojó los 13 episodios de la primera temporada de Jessica Jones el viernes 20 de noviembre pasado y al poco tiempo anunció que habría una segunda en 2016. La serie está protagonizada por Krysten Ritter (la vimos en el segunda temporada de Breaking Bad como Jane Margolis, la novia de Jesse Pinkman), quien da cuerpo a una detective privada –Alias es el nombre de su agencia– que se dedica a investigar casos en los que hay implicadas personas que tienen poderes, como ella –su fuerza le permite derribar forzudos, levantar autos, caer desde una gran altura o saltar algunos pisos, pero no tiene, como se bromea en una escena, vista de rayos láser ni la capacidad de repeler las balas.

lunes, 30 de noviembre de 2015

un herodes argentino

El 2 de abril de 1982 se concretó un plan llevado adelante por un Estado terrorista que estaba en decadencia: un ejército comandado por militares que se habían formado en la tortura y el asesinato de civiles desarmados y mujeres embarazadas desembarcó en Puerto Stanley (Puerto Argentino) con el fin de tomar las Islas Malvinas. La orden para el desembarco era no causar víctimas entre la tropa inglesa que fue tomada por sorpresa. Y así fue, murieron sólo dos militares argentinos. Durante la guerra, que duró dos meses y doce días, la gran mayoría de los jefes militares argentinos llevaron adelante la tarea para la que habían sido formados: estaquearon y torturaron a los soldados conscriptos y huyeron como ratas cuando se acercaba el enemigo. Sin embargo, los soldados fueron valientes, pelearon solos, se repusieron de la hambruna a la que los sometieron sus jefes –tan estúpidos que llevaron cocinas de campaña para alimentar a leña en un territorio donde no hay árboles ni madera– y, a su vuelta, fueron silenciados y ninguneados por las autoridades y también por una sociedad que no quería saber del fracaso estrepitoso de esa guerra y esa dictadura que había sido aclamada por la mayor parte de la prensa y la ciudadanía.

Si se quisiera contar esa historia, ¿cómo hacerlo? ¿Hay algo para decir de semejante atrocidad? 650 soldados argentinos murieron en esa guerra y otros 450 se suicidaron más tarde, solos, tildados de locos. La guerra de Malvinas es aún, pese a las pensiones y reivindicaciones de los últimos años, un agujero negro en la historia. Pensar en su perversidad lleva al desquicio.
En “Hedor”, el primer relato de Herodes, Pablo Bilsky de algún modo atenta la resolución de ese interrogante: ¿cómo narrar la atrocidad?
La anécdota de ese relato inaugural y capital es más o menos así: un periodista va a cubrir el descubrimiento de un cadáver en un bosque de eucaliptos de Capitán Bermúdez. Es un hombre, pero está vestido de mujer, lleva las prendas chillonas de una mujer y yace bajo los árboles, el cuerpo está descomponiéndose y despide un olor que inunda el bosque. El hombre es un ex combatiente de Malvinas, es un soldado que sobrevivió a la guerra y yace allí con un vestido de mujer raído. Los vecinos le dicen al periodista que no era un travesti, que sencillamente se disfrazaba de mujer y se ponía un almohadón bajo la ropa para parecer embarazada. Como aquél psicótico de Freud, que se decía “la novia de Dios”.
Pero el relato no es la anécdota, sino un festín casi orgiástico de palabras e imágenes que reactualiza esa guerra, esas batallas ahora recuperadas y ganadas gracias a unas municiones hechas de lencería pobre y baratijas. Allí desfila la guerra por Rosario, por el bosque de eucaliptos; desfila con todos sus protagonistas, desde el intendente adepto a la última dictadura, Alberto Natale, al director de la UNR, Humberto Riccomi, pasando por jefes militares y policiales, por los programas de cine –encabezados por Olmedo y Porcel– y televisión –donde se emitía Calabromas; hasta el Topo Gigio desfila en esas páginas. Una procesión que se desprende como un vaho de una libreta de periodista que se humedece con la bruma allá en Capitán Bermúdez. Pero no sólo Malvinas, los comandantes de las guerras imperiales y coloniales británicas también flotan en esa bruma e impregnan con sus nombres una escritura que, cuando parece volcarse hacia el delirio muestra su verdadero nervio: la furia, una furia arrasadora como aquella que leímos en LèonBloy cuando vomitaba su rabia sobre los ricos parisinos que habían muerto quemados en el Bazar de la Caridad.
Con el tono de los ácratas y los blasfemos, Bislky ensaya un relato de ese desquicio en un hallazgo tan macabro como el plan de aquella contienda: el cadáver de un ex combatiente –el hecho es real y fue cubierto por Bilsky mientras era periodista de un diario de Rosario. El plan recuerda aquél de El corazón de las tinieblas, en la que el capitán Marlowe descubre en un rincón del África profunda, en medio de una orgía de sangre y desenfreno, que en la otra punta de esa expedición había unas tiernas viejitas que tejían calcetines en la oficina de la compañía naviera en Amsterdam.
Un plan que sólo la literatura puede llevar a cabo, un plan que no acepta la comunicación –por eso su protagonista es un periodista, no un comunicador; por eso lo que narra es algo que parece desprenderse de una libreta empapada y escapa al hecho duro que tiene enfrente y se disuelve en la bruma– y deja todo en ese magma de palabras con las que descender al fondo más oscuro del gran agujero de la Historia.
Horacio Çaró y Pablo Bilsky presentan Herodes este miércoles a las 19.30 en Ricchieri 452.

jueves, 26 de noviembre de 2015

halperin donghi y gonzález: desencuentro y homenaje

Sobre las Jornadas Halperin en la Biblioteca Nacional

UNR/UNER | amoreiraar@yahoo.com.ar

La Biblioteca Nacional ha editado las Jornadas Halperin Donghi. Entre el espejo de la historia y la tormenta del mundo que tuvieron lugar en junio de este año 2015. Pero lo que me interesa es recomendar el video de la apertura del encuentro a cargo de Horacio González, que se reproduce al lado de la ponencia Los tiempos que se quiebran.
Como se verá, en el comienzo de su alocución González recuerda sus intentos de vincularse con Halperin, su invitación para escribir en la revista de la Biblioteca y las sutiles y no tan sutiles negativas del historiador, entre ellas la última carta en la que afirma que no quiere “participar de una experiencia que me recuerda tan fervorosamente los pasos decididos que da un país hacia su necesaria decadencia”.
El enlace está arriba, pero acá va de nuevo: Video de H. González. 

Ese breve pasaje me recordó que hacia el 2006 [en realidad fue en octubre de 2004, año del III Congreso internacional de la Lengua Española] la cátedra de Literatura Argentina de la Facultad de Humanidades y artes de Rosario, a cargo de Martín Prieto, organizó un ciclo en Biblioteca Argentina. En una de las jornadas expusieron Horacio González, el mismo Halperin y el escritor Sergi Raimondi de bahía Blanca quien a la sazón resultó la revelación de la noche. Después el grupo fue a cenar a la vuelta, por calle Roca. Y allí fuimos testigos del momento en que González se retiraba a medianoche para pegarse la vuelta en ómnibus a Buenos Aires, como tantas otras veces. Pero antes se acercó a Halperin y a Adolfo Prieto que lo acompañaba y los invitó a hablar en Biblioteca Nacional. El gesto de González era de respeto, el de un alumno que saluda a sus viejos profesores, a dos bronces, y su invitación no era un formalismo para cerrar la conversación sino que se la advertía muy seria e insistente. Tanto uno como el otro se mostraron sorprendidos por la invitación y sus La respuestas fueron amablemente evasivas, Halperin respondió que ya regresaba a Estados Unidos, que quizás podría ser en el futuro. Apenas retirado Horacio, Halperin, irónico, agregó que ese futuro no llegaría nunca porque si algo era seguro era que González no duraría mucho en su cargo, y cualquier otro lo ocuparía al año siguiente.

martes, 24 de noviembre de 2015

vuelta a la manzana

Hace muy poco un amigo volvió de un viaje de dos meses por China y me decía que es notable la ausencia de la cultura del rock, que no sólo se manifiesta en la música (loas pop al Partido Comunista, entre otras cosas), sino en la vestimenta (entre la etnia dominante, la han, casi no existe la posibilidad de ver a alguien con la remera o la camisa fuera del pantalón) y en los distintos gestos sociales.
Definido como cultura, el rock viene a ser un modo de apropiarse de ciertos bienes inmateriales, de hacerlos circular; la matriz de un relato, el marco de un retrato que tiene a la calle como paisaje y a la ciudad como escenario.
En “La vuelta a la manzana”, un proyecto transmedia –puede verse, escucharse y recorrerse en la web en vueltaalamanzana.net– que se difundió también radio Universidad, Federico Fritschi invita a un músico a recorrer las calles de Rosario en las que creció, o las que lo vieron trasnochar en los años explosivos de la juventud, o las que dibujan un mapa creativo sentimental: salas de ensayo, de concierto, bares y fondas. En ese trayecto Fritschi –acaso uno de los periodistas que mejor encarna en la ciudad eso que, a falta de un término mejor, llamamos cultura del rock– conversa con César Coki Debernardi, Pablo Pino (Cielo Razzo), Juani Favre o Carlo Seminara entre otros que suman hasta ahora treinta y cinco invitados.
Este jueves a partir de las 21 en McNamara (Tucumán 1016), Fritschi y su equipo harán una intervención para “visibilizar el proyecto”: se podrán ver piezas audiovisuales, habrá música en vivo de Pablo Pino y Tato Vega (de Los Schoklender), que son dos de los invitados a dar la vuelta a la manzana.
“Rosario es el rockanroll”, dice Diego Popono Romero (cantante de Los Vándalos) mientras recorre calle Arribeños al 1200, en barrio Luz y Fuerza (Rondeau y Circunvalación). La gente lo saluda a los gritos a veces. Fritschi cede el micrófono al sonido ambiente.

En 16 minutos y chirolas Pablo Pino recorre Carriego, San Luis, Gutenberg y San Juan, las calles de su infancia. La corneta del churrero es la música de fondo mientras Pino habla de su pasión por el dibujo, que dejó por la música (también la intervención en McNamara reivindicará ese oficio de dibujante). Las fotografías de Maximiliano Conforti en cada vuelta a la manzana son otro de los aciertos que pueden apreciarse en el sitio: imágenes que retratan detalles, un ángulo de un edificio, una postal anacrónica, el entrevistado a veces a contraluz, dibujan otra trama en la superficie de la entrevista.
“Gente que habla un mismo idioma”, dice Pino. No se refiere necesariamente al español, sino a algo, acaso un tono en el que está Rosario, está el rock, el barrio, una visión del mundo y, en definitiva, una percepción de la “calle”, ese espacio que hay que desandar para volverlo privado, único, barrial, para al fin hallarse en un camino menos público que comunitario.

Debernardi en cambio elige una vuelta por las calles del bajo rosarino de los 80: Tucumán, avenida Belgrano, Urquiza, San Martín; adonde aterrizó a principios de esa década desde su Cañada de Gómez natal para hacer Bellas Artes antes de convertirse en el líder de Punto G. Del cabaret Las Vegas a los ya desaparecidos Luna y El Barrilito (en Tucumán y Belgrano), una mitología antes que una topografía.

“La vuelta a la manzana” es también una arqueología de la ciudad: es su pasado el que se escucha en las voces y la música que trae, pero es un pasado que la reconstruye, la celebra y le señala un destino con héroes a veces pequeños y desencantados que lo llevan a cabo. Con otro formato, no dudaríamos en llamar a esto literatura.

dos series inglesas

Bien, para los que buscan en la pantalla chica algo que, más allá de su calidad, traiga el sello de calidad europeo, la televisión inglesa estrenó dos series, a falta de una, con unos preciosos temas decimonónicos.

1827

La serie se estrenó en la televisión privada de Reino Unido el 11 de noviembre y marca el retorno de Sean Bean (Eddard Stark en la primera temporada de “Game of Thrones”) a la tevé. Se llama “The Frankenstein Chronicles” y se emitirá también en Estados Unidos pero en 2016. Por supuesto, se consigue en internet.
Ambientada en la Londres de 1827, “The Frankenstein Chronicles” recrea el mito del monstruo del doctor Frankenstein –la novela de Mary Shelley transcurre en una villa y el monstruo ataca en los bosques que la rodean– en una época en que Inglaterra se asentó ya sobre la modernidad que trajo la revolución industrial y el capitalismo global. En otras palabras, Londres es la cabeza de un imperio que crea monstruos y se enfrenta a un monstruo propio.


domingo, 15 de noviembre de 2015

burucúa: intelectual macrista

Cuando leí que José Emilio Burucúa estaba en la lista de intelectuales que apoyaban a Mauricio Macri presidente le escribí a un amigo que vive en Estados Unidos y con quien habíamos compartido la lectura de la Cartas norteamericanas.
Sí, debí imaginármelo cuando lo entrevisté para la presentación en Rosario de Cómo sucedieron estas cosas, un libro del todo innecesario, una colección de lugares comunes de la academia que incluso se traslucieron cuando Burucúa (que se hace llamar "Gastón" en la intimidad académica) y Nicolás Kwiatkowski presentaron el libro: comentarios de gente que se la pasa bien estudiando las tragedias ajenas con dinero de fundaciones y universidades del primer mundo.
Incluso cuando lo entrevisté por teléfono, "Gastón" apuró el final de la entrevista porque tenía una reunión de consorcio en su edificio: un pequeño propietario urgido por la necesidad de resolver los problemas del palier y el ascensor.
Desde Estados Unidos, mi amigo me responde la respuesta más lapidaria: "Querrá inaugurar la versión macrista de carta abierta. Te confieso, no me sorprende del todo. En sus Cartas norteamericanas, muy gratas por otras razones, se le nota un ansia de ser fino, y de «pertenecer». No otra cosa alimenta las fantasías de una parte de la mersa macrista."  

jueves, 12 de noviembre de 2015

cromo

Viendo Cromo en CDA. De los hermanos Lucía y Nicolás Puenzo y Pablo Fendrik (con la colaboración del escritor y realizador Sergio Bizzio).
Doce episodios tendrá (en CDA sólo hay cinco hasta ahora). La historia más evidente nos cuenta el derrotero de dos hombres, el esposo y el amante de Valentina (Emilia Attías), una bióloga que muere en los Esteros del Iberá, Corrientes, en lo que la policía primero califica como accidente y la investigación que lleva adelante su amante (Germán Palacios) comienza a delinear como un asesinato. Valentina envía unas muestras de agua de los esteros a sus colegas del Conicet en Buenos Aires y allí descubren que esas muestras tienen un alto contenido en cromo, letales cantidades de cromo. Sospechamos que su investigación compromete a la curtiembre que, desde Capital Federal, administra el padre (interpretado por Daniel Veronese) de su tesista y amiga (Malena Sánchez). Entonces, al principio la intriga es quién mató a Valentina.

La serie se filmó en Corrientes, la base Marambio de la Antártida (donde están el esposo --Guillermo Pfenning-- y el amante de Valentina cuando ella muere), el Calafate y Buenos Aires, centro neurálgico de todo el film y de la investigación que se desarrolla dentro de la ficción.
En Télam, leemos: “Creada a partir de cuentos del periodista Martín Jáuregui, productor asociado, Cromo cuenta con el asesoramiento del biólogo Fernando Meijide del Conicet, ya que las cuestiones relacionadas con la ecología y los daños causados al medio ambiente se basan en hechos y datos reales.
“’Se intenta mostrar esa faceta ardua de las geografías elegidas, por eso cuando alguien destaca la belleza de postal que caracteriza a ciertos paisajes no representa del todo un elogio, la intención es que se vea algo más, la fuerza de los lugares, sus secretos’, detalla Nicolás Puenzo.” (La serie ganó el concurso Prime Time 2015 de Fomento TDA (Televisión Digital Abierta), organizado por el INCAA y el Ministerio de Planificación Federal. Según Lucía Puenzo, que descree a esta altura del ráiting y apuesta a la difusión de la serie en plataformas digitales, ya hubo llamados de Netflix para comercializarla).
Lo que nos entusiasma de Cromo es que hay en su puesta en escena una escritura, a diferencia de muchas otras series hechas en Argentina, donde la falta de industria impide pensar en series en términos fílmicos o escriturarios.
Es decir, hay acá una lectura del pasado que incluye a los personajes (les relaciones de Valentina con su esposo --el insoportable actor Guillermo Pfenning, que nos recuerda siempre al quejumbroso Miguel Ángel Solá: actores hechos para el cuerpo a cuerpo del teatro e inútiles para la pantalla-- y Palacios) y a la trama (el pasado de un paisaje humano de los Esteros del Iberá a la Base Marambio, de un paisaje social y geográfico). Y es de esa lectura que surge una intriga, un misterio que excede al whodunnit, el quién mató a quién: nos introducimos en esa intriga como si se tratara, a nivel genérico, de un drama nacional (como lo fue el Martín Fierro, por ejemplo), que excede las controversias personales y, a la vez, las reclama.
El modo en que Veronese se perfila como villano (con todo lo que a la ficción argentina le cuesta generar villanos) es acaso el "punctum" de esta magnífica serie. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

infancia africana

Desde hace un tiempo está de novio con la misma chica con la que bailó el vals de los 15 en el club Español de San Nicolás, hace 35 años. Por eso viene seguido a Rosario. Durante la semana vive en Córdoba, donde escribió algunas de las novelas más vendidas entre las que se publican en Argentina. Su trilogía de África, que comenzó con África, hombres como dioses, agotó seis ediciones en la cordobesa Ediciones del Boulevard hasta que la publicó Plaza y Janés en Buenos Aires, en 2003.

Hernán Lanvers (o H. Lanvers, como firma sus novelas) se autodefine como un mercenario de la literatura. “El día que dejen de pagarme –dice– me dedico a otra cosa”. Sin embargo, permanecemos 45 minutos de charla en la que me cuenta las penurias por las que pasó en su vida familiar –la de sus padres y su hermano mormón que vive en Canadá y al que casi no ve. Le pregunto si no va a escribir eso, me responde: “¿No será que ya lo escribí?”
Entonces toma un bolígrafo y garabatea en un papel una línea de tiempo que atraviesa la vida de su personaje Tom Grant: “Es huérfano. Sabemos de su vida hasta los 14 años, que es la edad a la que yo llegué a San Nicolás –dice–, y después arranca desde los 24, que es la edad que tenía yo cuando empecé a ganarme la vida”.
Hernán se recibió de médico cirujano en la Universidad de Córdoba a principios de los 90. Pero antes ya había logrado mantenerse (con cierto respaldo económico como para viajar a África) dando clases para los cursillos de ingreso a la carrera de Medicina. Una sobremesa, en Rosario, me contó que el día que finalmente rindió su última materia, la que le dio el título, llegó muy temprano al examen y a las 9 de la mañana estaba al frente de su clase, como cualquier otro día.
El primer libro de Hernán me llegó hace casi quince años. Por correo. Contenía una carta escrita a mano sobre papel resma de 80 miligramos en la que celebraba de algún modo el reencuentro y su Kilimanjaro. Guía médica para su ascenso, un tomo breve en el que me enteré, por el relato y las fotos, que Hernán había ascendido a la montaña más alta de África: un monte en el Ecuador con nieves eternas en la cima.
Nos conocemos desde que cursamos juntos la secundaria. Hablamos de la familia el viernes pasado. De la madre, que murió hace poco más de tres años. De su única herencia familiar: su padre médico, hoy hemipléjico en un geriátrico de Córdoba. La casa de San Nicolás está alquilada. Cuando murió la madre un representante de su hermano, que es abogado, llegó para disponer de los bienes. Arregló, entre otras cuestiones, cosas pendientes con personas que habían hecho trabajos en esa casa: desde el plomero hasta una empleada doméstica, todos mormones.
Caminamos, hablamos de África: un continente que expulsa al hombre blanco, aunque el hombre blanco siempre vuelve. A treinta kilómetros de Johannesburgo, que todos vemos como una ciudad moderna, donde se hizo el mundial de rugby (Hernán practicó rugby en San Nicolás, durante la adolescencia, y en Córdoba, cuando estudiaba medicina), me cuenta, la gente en los pueblos tiene que encerrarse durante la noche porque merodean leones. O Tanzania, donde la población vive pendiente de “La gran migración”: el movimiento de dos millones de cebras y antílopes que en determinado momento del año se trasladan en masa en busca de pasturas y arrasan las villas que encuentran a su paso. Hablamos de la poligamia: las mujeres africanas no son celosas y no entienden por qué las blancas se empecinan en tener un hombre en la casa de manera permanente. Desde que lo conozco, Hernán es un curioso casi infinito, capaz de memorizar detalles y desparramarlos en un relato al modo del “¿Sabía usted?” o de los grandes reportajes del periodismo norteamericano. No es un fabulador, porque su formación enciclopedista no le permitiría la hipérbole. Sus historias se construyen con cierto saber, con datos, con laboriosidad. Son la contabilidad de historias e información recogidas con meticulosidad de lector que sus novelas visualizan con un orden casi imperativo. La frase que oficia de advertencia, al principio de “África, hombres como dioses”, ambientada en los años 20 del siglo XIX, reza: “Sólo las partes más increíbles de este relato están basadas en hechos que ocurrieron en la realidad”. 
Volvemos a hablar de la familia. “Dicen –dice– que el miembro más perverso de una familia es el que la domina”. 
El 26 de septiembre de 2003, en Córdoba, Hernán fechó una carta escrita a máquina (sí, a máquina de escribir) que corrigió con liquid paper en algunos renglones en la que me decía: “Apreciado Pablo: Habida cuenta del regocijo con que has recibido mi anterior libro ‘Kilimanjaro’ y de en cuánto has ampliado tu vocabulario con el aquí injustamente poco usado idioma swahili, te envío esta novela que he escrito y así aumentes tu conocimiento del idioma y estilo de vida zulú.
“Es una novela sólo concebida para el entretenimiento, que me gustaría que leyeras y luego me contestaras, teniendo en cuenta que apunta a entretener, al igual que una película de Spielberg.”
No lo leí. Una desatención grosera de mi parte. Incluso Hernán lo sospechaba porque en la dedicatoria que me hizo de su libro me escribía: “No te solicito hagas una reseña en el suplemento literario que vos dirigís, ya que se que este tipo de narraciones no están dentro de lo que se espera leer en esas secciones”. 
Pasaron unos años hasta que me metí en la historia de Tom Grant entre los zulúes. Por qué no me interesan este tipo de novelas se lo dije a Hernán, creo, hace mucho. Pero no es este el lugar para explayarme sobre eso. Pasa el tiempo y el territorio más extraño que descubro en los libros que leo es el Río de la Plata. En fin. Pero la conversación de Hernán ya es buena literatura. Si sus libros son el eco de Wilbur Smith, sus charlas –con sus anécdotas de África y sus idas y venidas familiares– son como el discurso de César Aira sobre los chinos en El mármol.
El viernes último, cuando lo escuché en el programa “Los dueños del circo”, que conducen Marcelo Tapia y Maru Pezzoto en Sí 98.9, lo llamé por teléfono y allí me esperó hasta que nos encontramos.
Además, Hernán entendió algo del discurso público y mediático que lo vuelve fascinante: no ya concitar la atención a partir de la historia del escritor que más libros vende en el país y se ve a sí mismo como un perdedor o un antihéroe (como lo declara y como lo puso en la dedicatoria y la carta que me envió hace 12 años), un desplazado de los círculos literarios; sino el sustrato lúdico de ese discurso, en el que se pone a girar una rueda que le reclama anécdotas y un personaje que supo construir con el mismo esmero con el que redactó sus novelas.
Dice que su fascinación por África le viene de cuando era niño y vivía con sus padres en Comodoro Rivadavia, donde se habían asentado a principios del siglo XX bóeres holandeses que participaron de las guerras bóeres en Sudáfrica. Las novelas de Lanvers son esa infancia recuperada, una infancia hecha de relatos y de voces extrañas que Hernán tradujo y despierta en su conversación con un humor enrarecido, cargado de ironía y de juego.
Y

Publicado en RosarioPlus.

miércoles, 28 de octubre de 2015

haloween con evil dead

Otra vez una película es la fuente de una serie. “Ash vs. Evil Dead”, que el canal de cable Starz estrenará el próximo sábado 31 de octubre, a modo de celebración de Halloween, es de algún modo la continuación de la saga “Evil Dead”, las cuatro películas que Sam Raimi (director de “El hombre araña”) dirigió entre 1981 y 1992 y que tuvo como protagonista a Bruce Campbell como el cazador de monstruos Ash Williams, un muchacho atrapado en una cabaña junto con su novia y cinco amigos en un bosque en el que un libro de los muertos sumerio despertó demonios espantosos.
Bien, pasaron 30 años, Ash es un cincuentón manco (debió cortarse la mano posesa y adaptó al muñón una motosierra en la segunda película de la saga, en 1987) que se pasó tres décadas escondiéndose de sus propios demonios; un macho denso, torpe, infantil, renegado, lo que en inglés suele caber en el término “badass”.
La serie recrea el clima de terror y diversión de la película, aunque el personaje mismo del envejecido Ash le agrega más aire de comedia que incluye detalles “gore” (chorros de sangre oscura y violencia insensata), acaso continuando el camino abierto por la remake que hizo en 2013 el director uruguayo Fede Álvarez de la película de 1981.
En una entrevista publicada por Entertainment Weekly Campbell describió su personaje: “Ash padece la culpa del sobreviviente. Es un veterano de guerra. Continúa siendo un sabelotodo con una conversación chatarra aunque no sabe nada. Es el último antihéroe. Es la clase de idiota que desearías tener al lado si vas a una batalla porque va a entregarse si debe hacerlo”.
La serie tendrá en cuenta las historias de “Evil Dead” y “Evil Dead II” (1987), pero acaso ignora los sucesos desarrollados en “Army of Darkness” (“Ejército de las tinieblas”, 1992). En la historia para televisión, Ash Williams vive en un parque de casas rodantes, tiene un empleo en un supermercado y bebe para mitigar el dolor tras la experiencia de la muerte de su novia –a quien, posesa, debió matar a hachazos en la primera película– y sus amigos en la cabaña del bosque. También conserva en un casillero de su casa rodante el libro de los muertos que reviviera los demonios en el pasado. No hacen falta más que un par de palabras al azar para que los muertos vuelvan a levantarse y para que Ash tenga que calzarse otra vez la motosierra en el brazo manco.
Con los posesos ya deambulando por la calle, Ash debe asociarse con su compañero de trabajo Pablo Simón Bolívar (interpretado por Ray Santiago), en apariencia un hondureño inocente cuyo tío chamán parece haberlo preparado para estas circunstancias. También es de la partida la joven Kelly (que protagoniza Dana Delorenzo), quien es el gran metejón de Pablo.
Parte de las novedades de la serie –que tendrá diez episodios en 2015– con respecto a la película es la presencia de Lucy Lawless, quien interpreta a la misteriosa y vengadora Ruby, quien quiere saber por qué los muertos vivientes retornan y qué tiene que ver con ello Ash, que estuvo largos años fuera del radar.

martes, 20 de octubre de 2015

dos libros póstumos

En diciembre de 2004 Edgardo Zotto le contaba a Osvaldo Aguirre, en una entrevista publicada en el suplemento Señales, que había dejado al política, en 1989, para dedicarse a la escritura y para apartarse del menemismo, que había copado la escena. Hasta entonces había pasado por varios cargos en el gobierno de Víctor Reviglio: subsecretario de gobierno, de Seguridad Social, secretario de Seguridad Pública y ministro de Gobierno. Fue el funcionario que puso la cara ante la prensa cuando Rosario vivió los saqueos de 1989.
“Escribo desde muy chico, pero como una cosa secreta, clandestina”, decía en esa entrevista. Su primer libro, Memoria de Funes, apareció en 1998: el título es un juego para lectores en el que se mezcla aquél conocido cuento, “Funes el memorioso”, y los recuerdos de la quinta que Zotto tenía en Funes. Desde entonces y hasta su muerte publicó media docena de libros, todos de una poesía breve, alusiva e introspectiva, en la que un detalle íntimo es capaz de iluminar una esquina, una calle, una ciudad.
Edgardo murió a fines de 2014. El año anterior una dolencia que apareció súbitamente le quitó días de su memoria y a partir de entonces se abocó a la tarea de completar sus libros de poesía. Culminó Lo que sé del fuego, que en 2014 salió publicado en Mansalva y Mayo del 68 y Diario del regreso, que la editorial Iván Rosado publicó de forma póstuma este año y en los que colaboraron, respectivamente, Osvaldo Aguirre y Sonia Scarabelli.

“Tengo veinte años,/ mi padre está muriéndose”, comienza el poema “Mayo del 68”, que a su vez da título al último libro que Zotto concluyó en vida. No es una casualidad que un hombre que tuvo una vida pública vinculada a la política titule su libro con esa ambigüedad: el descomunal acontecimiento que llamamos Mayo del 68 –con su epicentro en Francia y ecos occidentales– se disuelve en esa escena íntima en la que el joven del poema acompaña a su padre en su lecho de muerte.
Los poemas de Mayo del 68 recuperan la memoria personal de la familia, desde el abuelo que lee las cartas que llegan de Italia a los paisanos analfabetos a los juegos de juventud en las calles del barrio en la zona sur de Rosario. Mezclado con lecturas e influencias que llegarían con la madurez, como la del poeta Aldo Oliva, a partir de cuyo encuentro rememora a un tío y, a partir de allí, anota una línea que podría leerse como el ars poetica de Zotto: “Una infancia ardua/ que sólo el tiempo fue capaz de embellecer”.
Diario del regreso, en cambio, es un libro que Zotto escribió en paralelo a Mayo, según lo relata Sonia Scarabelli, quien ordenó los poemas del volumen. Muchos de esos poemas fueron escritos en un cuaderno espiral de tapas azules que una de las hijas le llevó a Zotto durante su primera internación. Por eso el poeta había agrupado esos textos bajo el título Diario del colapso.
Cierto, la circunstancia ominosa que trae el título –es el regreso de la internación, es el intermezzo entre una vuelta y la partida sin regreso– ilumina estos textos con una luz cenital, así los poemas se leen también en la sombra que proyectan.
El texto que acompaña la contratapa está firmado por Diana Bellessi y recuerda el único encuentro con Zotto, al que abrazó con la amistad que ahora perdura en la poesía. Tampoco es casualidad: Bellessi es quien nos enseñó a rezar junto a un lecho de muerte en La edad dorada. Hay un esbozo de gracia y piedad que Zotto ensaya con recursos mínimos y totales. Leemos en “Gloria”: “La noche laica,/ devota de la Virgen de Fátima,/ que Viene del Fisherton pobre,/ lee y, muy alta la madrugada,/ me dice: ‘Duerma, Edgardo,/ sólo tiene/ que cerrar los ojos y dormir’./ Le digo: ‘Lo hago,/ pero no me duermo’./ ‘Pídale a Dios’, me dice./ ‘No me contesta’, digo./ ‘Él no habla, obra’, dice./ Y me duermo.”
En el poema final que da título a su libro “Lo que sé del fuego”, Zotto anotaba: “y acá estamos otra vez/ asombrados de esta proximidad”. La poesía de Zotto explora esa sabiduría: la del permanecer cercano.
Diario del regreso y Mayo del 68 se presentan este sábado (24 de octubre) a las 19 en Club Editorial Río Paraná, en Catamarca 1427 local 9.

viernes, 2 de octubre de 2015

bandido

Supongamos una inclinación casi patológica por las series de televisión que de repente quisiera extender sus intereses al terreno del arte. ¿Qué artista elegiría? Debería ser un artista “total”, como lo fueron los artistas del cine de los años 30 y 40, un artista que no solo ofreciera una obra serial, sino que su desborde se notara en las música, en los relatos, en cierto movimiento, es decir, un artista que trabajara con el tiempo.

Ese artista existe en Rosario y se llama Daniel García. No sólo es uno de los principales artistas de la ciudad, también es uno de los más prominentes del país.
García trabaja en eso que llamamos “arte”, también es autor de un libro formidable que tiene como punto de partida el gato Félix (Un gato que camina solo, editorial Iván Rosado, Rosario, 2013); de cuatro discos que pueden escucharse en dgmusica.bandcamp.com (de cuyos temas a su vez hizo videos que pueden verse en su canal de Vimeo); de tapas de libros de ficción, de ensayo, de crítica, de teoría, de la editorial Beatriz Viterbo y de una obra que despliega en dibujos, acrílicos, óleos, videos, y tiene como punto de partida figuras de la cultura pop (Betty Boop, el Pac Man, el realismo socialista) y de la alta pintura del siglo XX (Max Beckmann, Luc Tuymans, etcétera).

Para el trabajo “Sirenas”, que aparece en este video y fue mostrado hace dos años en Rosario, Daniel García utilizó, “alterándolas, fotos de rostros femeninos. Fotos de arrestos policiales de Estados Unidos que se publican en Internet (mugshots), seleccionadas por la calidad de imagen y por el pathos sobreimpreso en el rostro. Son claramente la presencia de una ausencia, y, con una angustia similar a aquella de Ulises ante la sombra de su madre, nos llevan a reclamar el cuerpo”, escribe García, y sigue: “En las fotos, en el video, solo podemos ver los rostros, pero en ellos mismos ya está la “monstruosidad”, la hibridez: para que no fueran identificables utilicé partes de distintos registros fotográficos para componerlos. Aunque probablemente la monstruosidad preexistiese, tal vez todo rostro que nos fascina es una cabeza de Medusa”.
Este sábado 3 de septiembre a las 19 en Embrujo, el local de la artista Virginia Negri en galería Dominicis, de Corrientes y Catamarca, García presenta “Bandido”, un libro que reúne textos suyos y ajenos a propósito de muestras que realizó entre 2009 y 2013.
El título del libro (un maravilloso volumen que realizaron Ana Wandzik y Maximiliano Masuelli, el matrimonio editor de la editorial Iván Rosado), refiere a una pintura que Daniel García hizo en 2002, cuando Argentina vivía aún los ecos del cimbronazo de la devastación de 2001. Según el mismo artista: “Esta figura, con su rostro parcialmente cubierto por un pañuelo, era el resultado del ‘robo’ de una imagen representada en un dibujito del artista japonés Yoshitomo Nara fusionada con las imágenes cotidianas de los piqueteros”.

Imperio from Daniel García on Vimeo.

Video realizado con imágenes de libre acceso en Google Images para el tema “Imperio” del álbum “Imperio”, que García, sin ser músico, realizó con el programa Adobe Audition y tras recopilar bases, sonidos de catálogos y materiales recogidos de internet.

Esa figura viene a sintetizar también algunas de las preocupaciones éticas y estéticas más recurrentes de García: desde su mirada más política sobre la exclusión y los excluidos hasta su opción por un arte figurativo en momentos en que en la pintura y el arte se glorifican la conceptualidad, lo abstracto y la instalación; incluso, la elección del término “bandido” –que proviene del bando emitido por la autoridad que ponía precio a la cabeza de un fugitivo–, como nota la curadora Lara Marmor en el texto que funciona como prólogo del libro, es un anacronismo.
Si hace falta aclararlo, García es un artista de renombre internacional (ver acá su CV), este nuevo libro suyo es, según él mismo lo dice con cierta humildad, la oportunidad de recuperar textos e imágenes de catálogos que los amantes del arte y los coleccionistas extrañan pero, para el vulgo, como los que escribimos estas líneas, es también la oportunidad de mirar por el ojo de la cerradura ese mundo inquietante en el que una imagen nos enseña un sendero que la siguiente bifurca.
Decíamos que García puede apreciarse como un artista serial. Claro, su estilo (y “estilo” es un motivo frecuente entre sus reflexiones escritas en el libro “Bandido”) es una trampa: cuando nos enseña un viejo póster chino con la imagen de un robot que conquistaría la luna, o una chica ligera que posa exhibiendo sus curvas; cuando nos muestra la figura geométrica de un piquetero de pelo negro y rostro semioculto tras el pañuelo triangular, nos está mostrando las distintas formas con las que el tiempo nos hace saber la caducidad de los horizontes y las utopías con las que habitamos cada época.

Como en “Sirenas”, García creó “Fantasmas”, un video compuesto por una secuencia de fotografías de rostros provenientes de archivos policiales. Entre ellos hay grandes criminales, ladrones de poca monta, simples infractores y también víctimas. Incluso, el rostro del mismo artista.