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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 28 de diciembre de 2012

doctor blues

He aquí la crónica definitiva del recital y el paso de Hugh Laurie por Rosario que hice para MOR.
Foto de Gustavo Villordo

Cuando está a unos 20 metros, en sus pantalones negros que caen sobre las botas y una camisa de cowboy con firuletes sureños, me acuerdo de la foto que vi hace dos días en los medios: Hugh Laurie acompañado por una pequeña comitiva (en la que se destaca el pesado guardaespaldas negro) en uno de los pasillos del cementerio de Recoleta, en Buenos Aires. Bien, pero es el 10 de junio de 2012, apenas pasaron unos 15 minutos de las nueve de la noche y estoy sentado en una de las filas de “Metropolitano”, rodeado de mujeres que miran con devoción a Hugh Laurie frente al piano de la banda con la que vino a Rosario. Y hay hombres, en su gran mayoría ya bien crecidos como yo, que en el mejor de los casos esbozan una sonrisa sardónica: es lo mejor que ensayamos para mostrar –si así se puede decir– una ligera incomodidad por esa gigantesca masa de libido que nos ignora y, a la vez, un modesto placer, porque Laurie es también algo que hemos encontrado. Laurie nos trae su humor adulto, crítico, su inteligencia viril, la reverberación de ese personaje que seguimos en televisión a lo largo de ocho temporadas: alguien con quien nos conocemos.
¿Entonces por qué la foto en el cementerio porteño? Porque en esa imagen hay algo que es tanto de Laurie como del doctor Gregory House de la serie de televisión: una figura que en la cima de su popularidad y en su excepcional visita al país elige ese paseo “recoleto”, que no muestra otras marquesinas que las de un pasado esplendoroso.
Dice que detesta las entrevistas: “Te roban el alma, la privacidad, la identidad”. Se lo dice al periodista Nicci Gerrard, en una entrevista publicada en el diario londinense The Observer. A quien también le dice que no puede soportar el sonido de su propia voz.
El reportaje que quiero hacerle toca, precisamente, ese punto: ¿cómo alguien que odia escuchar su voz en una entrevista ha podido impostar de modo tan brillante un “acento americano” para su inglés (de hecho, figura en un top ten de los mejores “falsos acentos americanos” junto con Kate Winslett o Christian Bale, y otros actores ingleses y australianos, como el finado Heath Ledger). Además, que el árbol no tape el bosque: Laurie vino a Argentina a hacer unos blues del año de ñaupa que grabó en 2011 en el disco Let them Talk, canciones que van del jazz inicial al bluegrass o los spirituals al modo de Nueva Orleans, todo un orbe en el que la “americanidad” estaba aún en ciernes y se medía por los desvíos y los ruidos que metían las voces negras y el chisporroteo de las distintas lenguas que convivían en esa frontera múltiple del sur estadounidense a principios del siglo XX, cuando los demócratas eran todavía un partido racista.

Acento americano
Todo el proceso de “impostación” que convierte a Hugh Laurie en Gregory House y, a su vez, cuando hace música, en una suerte de Dr. John, el enorme músico blanco de blues de Nueva Orleans cuya influencia se siente en el disco Let them Talk, tiene que ver, para nosotros al menos, con ese “falso acento americano”. Lo que Laurie hace en House y en las canciones es, como se dice en la academia, “leer” algo de América (es decir, de ese monstruo bicéfalo que es la cultura popular estadounidense) que sólo puede cristalizar en los relatos que nos traen la música y las películas. La respuesta acaso se desprende de un sencillísimo artículo de la web: “Los héroes americanos y los actores británicos que los encarnan”. En otras palabras, hace rato que eso que damos en llamar “lo americano” pertenece al mundo de los artistas, por eso estamos ahí el 10 de junio, y nos reímos y festejamos cuando Laurie se para al borde del escenario, delante de la banda, y sacude el trasero para delirio de las damas, entre las que están las jóvenes y las veteranas, la profesora que me deslumbró con sus detalles de Historia Argentina en el Centenario y la locutora que siempre nos ilustra sobre el cambio de calzones de alguna celebrity del prime time vernáculo.
Hugh Laurie nació en Oxford, Inglaterra, el 11 de junio de 1959. Cumplió 53 años en el escenario de Metropolitano, cosa que sus admiradoras no le perdonaron y, apenas pasado un flaco minuto de la medianoche de ese domingo, estallaron con un “Happy Birthday” que flageló al artista y distendió a la audiencia masculina, que halló en ese desliz un momento para relajarse, como si se dijera: allá ellas con sus asuntos.

Hechicero
Eso que llamamos blues, en el disco de Laurie es una mezcla increíble, muy refinada, de gospel, country, blues, jazz. En vivo tuvo unas bases sensibles, sutiles y precisas (ni siquiera el entusiasta acompañamiento de palmas de las fans en el antiguo country-blues “You Don't Know my Mind” logró desorientar a la banda), llenas del swing del folclore de Nueva Orleans y el estilo maduro del jazz de los 50, por decirlo de algún modo.
Laurie y su banda de sesionistas profesionales no jugaron ni al eclecticismo ni a la antropología musical: hicieron los temas con amor y diversión y, sobre todo, a conciencia de que el motivo por el cual estaban allí era en gran parte la fama de Dr. House. Y de nuevo hay que mencionar a otro doctor, Dr. John, un witchdoctor. Un hechicero capaz de devolver al blues de Nueva Orleans su carácter festivo y lúdico, su aire de carnaval, de corriente que fluye siempre a un costado no por marginal, sino porque es un margen, un umbral a partir del cual se establecen las corrientes principales. Y es que House es Dr. John por otros medios: también sus saberes, en la serie de televisión, son los de un brujo; sus prácticas tienen tanto que ver con la medicina –el padre de Laurie fue médico– como con el encantamiento, sus curas son a la vez un conjuro y, como en todo conjuro, el éxito depende siempre del lenguaje.
Así, en el recital, Laurie contó la historia de cada canción que ejecutó, dijo quién era su compositor y dejó en claro el modo en que se aprecia a un autor en Estados Unidos: ex convictos, alcohólicos que llegaban a una taberna infame del sur y cantaban por las copas de la noche. Gente, como dijo alguien, a la que no le interesaba hacer grandes negocios ni soñaba con perdurar en el bronce.

Preguntas y respuestas
Le pregunté a Hugh Laurie: ¿Cómo eligió las canciones para Let them Talk? Uno puede escuchar la genealogía y un vasto conocimiento del blues primerizo, el gospel y el country en la selección y la ejecución de los temas del disco. La respuesta dice: “Recorrí alrededor de mil canciones, es realmente extraño. Es una pregunta sobre cada canción individual, su significado particular y su lugar en mi corazón. Pero es también cómo cada canción se relaciona con las demás y tratan de encontrar formas en que se vinculan para que se sientan como una familia por sobre todas las cosas. Para empezar, tuvimos algunas canciones que armamos en el último minuto. Un par que grabamos que sentimos que tenían demasiada incidencia en el conjunto, que no encajaban del todo. Pero es un proceso lento, doloroso pero también bellísimo dedicarle un tiempo a escuchar todas las canciones que amás y meterte realmente dentro de ellas, hacerlo por hacerlo, con la guía de un hombre tan sabio y de tan buen gusto como Joe Henry; fue una gran colaboración. Quizás una de las partes que más disfrutamos fue justamente intercambiar canciones durante meses: ‘¿Escuchaste esto?’ y ‘No, nunca lo había escuchado, ¿pero vos escuchaste esto otro?’ y compartir las canciones que amamos durante todas nuestras vidas. Fue un proceso muy gradual, nada inmediato del estilo de ‘esto es lo que quiero hacer’.”
Le pregunté también por la música contemporánea (el tema más reciente de Let them Talk es del año 40). La respuesta dice: “Nunca tuve, nunca compré música pop. Nunca me gustaron las bandas que mis compañeros escuchaban en la escuela. Hice pastiches de varios géneros musicales en sketches de comedias, pero escondido detrás de ese velo cómico. Me escondía no sólo musicalmente: lo hacía de muchas maneras, creo. Con este disco levanté el velo. Creo que tuve algunos discos de los Stones, en parte porque creía que merecían ser seguidos, pero nunca compré un disco de David Bowie, por ejemplo. No recuerdo dónde estaba cuando escuché que John Lennon había sido asesinado, pero sí recuerdo dónde estaba cuando murió Muddy Waters. Estaba manejando por la autopista A1 hacia Lincolnshire y tuve una reacción horrible, egoísta. Pensé: nunca voy a verlo tocar.”

Barrotes de oro
Por último, le pregunté por sus poryectos después de House. “No hago planes ni pienso en el futuro. Está claro que tanto tiempo interpretando el mismo personaje marca. Pero la prisión tiene barrotes de oro”, dice la respuesta.
Y al fin y al cabo, ¿qué fue House? Gregory House miraba en sus ratos libres, en su oficina en la clínica, episodios sueltos de Hospital, aquella telenovela en la que los médicos, hombres y mujeres, buscaban síntomas auscultando con frecuencia debajo de su propia pelvis. House, sus primeras cuatro o cinco temporadas, al menos, vino a reinterpretar ese melodrama mitad de clase—las clases en ascenso o establecidas de los médicos estadounidenses expuestas para las clases más bajas que los veían enamorarse por televisión–, mitad kitsch. House, toda la serie, trata sobre la interpretación: el personaje de Laurie debe descifrar síntomas para diagnosticar, pero ese desciframiento implica también un trabajo en equipo, cuyos papeles a la vez deben ser interpretados. “Cada grupo tiene su propia dinámica, y si miramos alrededor y no descubrimos al pelotudo es porque es uno mismo”, le dijo Laurie a James Lipton en la conocida entrevista para Inside the Actor's Studio.
Interpretación dentro y fuera de la ficción: House fue –y lo seguirá siendo en sus repeticiones– un inmenso homenaje al público inteligente. Y Hugh Laurie fue nada más ni nada menos que su intérprete, quien dotó al personaje de su ciclotimia (“Si pensaba que era gracioso entonces no podía ser bueno”, le dijo a Lipton), de su humor, ironía y extranjería. Pero, como lo vimos en la foto del más célebre de los cementerios porteños, con un aire recoleto, casi secreto, que nos devuelve casi siempre a nuestra propia intimidad.