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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 21 de febrero de 2013

el coleccionista

El sexto episodio de la primera temporada de Justified (la serie cruza los genios del escritor Elmore Leonard y el guionista Graham Yost) se llama The Collection –sí, “La colección”. Allí, de algún modo al margen de la intriga principal –aunque sabemos que todo son márgenes en estas historias del oeste de ayer y de hoy–, un coleccionista de arte se muestra interesado en lo que son, según nos dice, unas falsificaciones de algunos de los cuadros que Adolf Hitler pintó en Viena entre 1908 y 1913 (muchos de ellos retenidos por el Estado americano después de la Segunda Guerra). Todo esto sucede en Lexington, Kentucky. Nuestro coleccionista le ofrece incluso a nuestro héroe, Raylan Givens (Timothy Olyphant), que eche un vistazo a la colección que tiene de esas pinturas. El convite es también motivo de asombro y hasta de mofa en un diálogo entre el marshal federal Givens y su compañero. La cosa pasa, nuestro marshal resuelve el caso y, sobre el final, el coleccionista abre una puerta y, como quien no quiere la cosa, le cuenta en breve su historia: su padre nazi, sus tempranos días en Alemania, y así. Entonces la cámara se aleja, el coleccionista extiende las manos y, sobre unos estantes, vemos un montón de frascos cerrados, rotulados y exhibidos en algo que podría estar a mitad de camino entre una vitrina y una despensa: son los cuarenta y pico de pinturas de Hitler que pudo comprar hasta ahora convertidas en cenizas y almacenadas allí. Antes, el coleccionista le ha dado a Givens algunas precisiones de cómo identificar un cuadro falso de Hitler, aparte de los aceites y telas de la época: no era bueno con las figuras humanas, fallaba en los detalles, las personas –más o menos le dice– sólo acompañaban el paisaje.

Esa escena, de una sobria justicia poética, nos lleva a reflexionar de nuevo sobre esa relación entre el arte y la colección, entre el artista –demos por un segundo esa entidad al pintor que pintó en Viena aquellas postales– y el coleccionista que interviene sobre esas “obras” y, antes que nada, sobre la “obra” por la que se recuerda a Hitler: cenizas, una consumación que opera ética e históricamente.

“Coleccionar –leemos en la Obra de los pasajes– es una forma del recuerdo remitida a la praxis, y es la más terminante entre las distintas manifestaciones profanas de la ‘cercanía’”. Nuestro coleccionista de Justified no sólo acopia cuadros del asesino, pone en práctica con ellos una forma de conjuro que consiste en reescribir los recuerdos de su padre alemán y, a la vez, reescribir, en esa pequeña porción de espacio privado que es su colección, las líneas de la Historia, una historia que, con ese acto, vuelve a ser puesta en escena, acontece y entonces nos incluye, nos re-presenta. Cuánto desearíamos que hubiesen más coleccionistas así.

P.S.: De Graham Yost vemos también The Americans.