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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 28 de abril de 2013

contrato matrimonial



El 10 de abril pasado, a partir de un comentario en mi columna V.O.S. (en MTQN), con Tati Mainardi (‏@tatimainardi) intercambiamos algunas impresiones en la red social protestante sobre la serie The Americans, que este miércoles emite el último episodio de la primera temporada. 
Imagen tomada de Fimaffinity.

El asunto acá es el matrimonio, tema que está presente en algunas otras series, las mejores, a nuestro entender, y que podría formularse así: en la medida en que el capitalismo domina de forma ilimitada todos los horizontes de la vida, la pareja –“…the naked man and woman/ are just a shining artefact of the past”, según los versos de Leonard Cohen–, ese núcleo al que solemos atribuir las comuniones del amor, el respeto, el cuidado, la unión, se vuelve extraño, obsoleto, a menos que se reduzca a una empresa. Lo había señalado ya Patricia Highsmith cuando observaba allí un pacto de clase sobre el que se sostiene el orden y la moral burguesa. “El concepto de la libertad burguesa [es] un concepto –leemos a Ernst Jünger, en El Trabajador– destinado a transformar todos los vínculos en relaciones contractuales a plazo”. Alguna vez, al escribir sobre Highsmith, hallé esta fórmula para poner en un lema la visión del mundo de Highsmith: “El hombre –escribió León Bloy– tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor”. En Highsmith sería: “El burgués –mejor aún, el hombre en el capitalismo– tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el crimen”.
En The Americans, Elizabeth y Philip Jennings (Keri Russell y Mathew Rhys) son un matrimonio que cría con cuidado amor a sus dos hijos y viven en un suburbio de Washington en el año 1981. Tienen una agencia de viajes y son vecinos del agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich) y su familia. Los Jennings, en realidad, ni siquiera están casados, sino que su matrimonio, aunque sus hijos lo ignoran, es una pantalla: su verdadero trabajo es como espías de la KGB. Philip, según el conflicto de la primera parte de la primera temporada, se ha enamorado de Elizabeth, quien suele ser, en la pareja, la más fiel a los ideales del partido y la Unión Soviética, la más dura e inflexible. Ella acepta en un momento eso que le propone su compañero: meterse en la relación. Pero entonces pasan otras cosas: algo así como delaciones en el interior de la pareja, aparece una antigua novia de él, también como agente camuflada, con la que se ve en otra ciudad. Él le miente a Elizabeth, los dos tienen, a su vez, sexo con otras personas para conseguir información; los dos actúan, fuera de la cocina del hogar, otros personajes. Los dos saben asesinar y urdir complots como lo requiere la historia de la serie, claro; es decir, no necesariamente como sucedía en la Guerra Fría.
Sin embargo, el engaño que de modo permanente urden, tiene ese límite, el dela promesa del amor y el deseo. No importa que ella se prostituya ni que él pase la noche junto a una mujer a la que le ha hecho creer que pueden tener una relación para saber qué sucede en el interior de la oficina del FBI. En un momento, el núcleo argumental de The Americans no es la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Socviética en torno al escudo antimisiles que está montando Ronald Reagan, sino esa guerra privada que se desarrolla al interior de este matrimonio fraguado. Como si sostener ese matrimonio de mentira fuese, a fin de cuentas, la verdadera aventura. Además, Elizabeth y Philip viven la representación de América. Cuando se separan, cuando esos l{imites de lo que supone la vida en pareja los lleva a separarse (y esta es una observación de Mainardi), él le dice que pueden seguir haciendo su trabajo juntos porque los matrimonios se separan y remata: “Este es un país moderno”. Ese es el verdadero drama de The Americans, como el de Breaking Bad –en el que vimos a Skyler, la esposa de Walter White, enredarse en su plan de lavado de dinero y producción de metanfetamina y sostener las apariencias como si se tratara de un próspero negocio familiar–: la modernidad, o el capitalismo moderno, o cómo las utopías de ese capitalismo –prosperidad, movilidad social, libre empresa– son a fin de cuentas su veneno.