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jueves, 4 de julio de 2013

lo que sangra bajo la cúpula



Stephen King publicó su novela Under the Dome (hay traducción al español de editorial Plaza & Janés: La cúpula) en 2009. El libro, de unas 1.000 páginas con grandes caracteres, como aconseja el manual de ediciones populares, fue celebrado por casi toda la crítica, que observó en las respetadas páginas de la NPR, el New York Times, Los Ángeles Times e, incluso, en el blog del escritor Neil Gaiman, que este nuevo relato retomaba los temas de las primeras ficciones de King. La trama plantea el más antiguo esquema del género terrorífico: personas encerradas involuntariamente en un lugar sin escape que van convirtiéndose de a poco en enemigas. Acá se trata de un pequeño pueblo de Carolina del Norte, Chester’s Hill, que un día amanece encapsulado en una gigantesca cúpula transparente e infranqueable que lo aísla del resto del mundo. Bien, la novela es ahora una serie de verano de 13 episodios que produce Steven Spielberg y desarrollan Brian K. Vaughan (responsable de Lost) y Neal Baer (guionista de ER Emergencias). CBS, el canal productor, que comenzó a emitirla el 24 de junio pasado, ya anunció que habrá una segunda temporada en 2014.

Hasta ahora hubo dos episodios de Under the Dome, protagonizados por Mike Vogel (como el ex militar Dale Barbie Barbara), Rachelle Lefevre (como la periodista Julia Shumway), Natalie Martinez (como la asistente del comisario Linda Esquivel) y, entre otros y para nuestra felicidad, Dean Norris (como el corrupto concejal James Big Jim Rennie); Jeff Fahey, pálida estrella de algunos films de Quentin Tarantino, quien interpreta al comisario Duke, tiene la decencia de desaparecer en el segundo episodio.

Stephen King en el set de la serie. Imagen tomada de Parade.

El libro es otra cosa

Según declararon al Hollywood Reporter los guionistas de la serie, la trama será muy distinta a la del libro, con la venia incluso de King. Sin embargo, el mismo Vaughan advirtió que cada misterio será resuelto antes de plantear uno nuevo –a diferencia de lo que ocurría en Lost.

Al misterio que literalmente “engloba” toda la trama, el de la cúpula: de dónde proviene, por qué Chester’s Mill, se responde, claro, con el de las historias de cada personaje. A modo de una fábula moral –cosa de la que King no renegó jamás–, las intrigas que arrastra cada personaje configuran de algún modo el orden moral que justificaría esa suerte de castigo o de prueba que significa el aislamiento. A la vez, las relaciones entre los personajes atrapados –el ex militar, Barbie, que está de paso y a quien vemos enterrar a un hombre en la primera escena; el hijo desequilibrado de Big Jim; la pareja de lesbianas (una de ellas es la maravillosa Samantha Mathis) que atravesaban el pueblo cuando se interpone la barrera, más los mismos habitantes de Chester’s Mill– va adquiriendo de a poco un tinte siniestro, el de una familiaridad que se empaña y se disuelve.  




Detalles políticos

El primer episodio, asimismo, suma algunas imágenes destinadas a perdurar en la memoria de los televidentes: una vaca partida al medio cuando cae o se levanta la pared transparente de la cúpula, un camión que vemos estrellarse y aplastarse de frente contra una pared invisible en la carretera o un avión que se hace trizas en el cielo contra la misma barrera. Como suele suceder, en los detalles están los guiños más inteligentes. Sabemos más sobre Big Jim cuando vemos a su hijo Junior meterse en un viejo refugio antinuclear que su padre abandonó en el patio de la gran casona; entendemos que ese pueblito con pretensiones bucólicas que ahora está aislado del mundo, rodeado del otro lado de militares que investigan de dónde ha salido la cúpula, es en realidad un rezago rural cuando Barbie vuelve a la cabaña abandonada en la que mató a un hombre y descubrimos –siempre según nos lo enseña la puesta en escena– en uno de los extremos del porche una mecedora vacía, de espaldas al bosque. Chester’s Mill es, en esta visión y en la historia misma, un escenario, un set como el de Truman Show.

El mismo Stephen King declaró en 2009, cuando se publicó la novela –en cuya trama eran extraterrestres los responsables de la cúpula–, que el argumento provenía de páginas inconclusas que había abandonado a fines de los 70 y mediados de los 80, algunas bajo el título “Los caníbales”, y que lo había tentado la alegoría política: “Intenté reproducir a pequeña escala la dinámica que (el ex presidente George W.) Bush y (su ministro de Defensa Dick) Chaney impusieron en la sociedad. Me atrajo siempre de esa administración el aura de fundamentalismo religioso que la rodeó y su incompetencia”. En la serie –recordemos que King dio vía libre a los guionistas para modificar la historia–, los máximos representantes institucionales y políticos –el concejal Big Jim, el reverendo Coggins o el jefe policial, porque el resto está fuera del pueblo cuando lo encierra la cúpula– de Chester’s Mill esconden con su familiaridad y su cercanía negocios sucios, secretos criminales y, en el caso del jefe policial Duke, culpa, en la primera imagen que lo vemos está tirado sobre un catre de una celda y le dice a su asistente: “Estoy probando las instalaciones”.



Pequeño apocalipsis

Si bien todos los involucrados se encargaron de aclarar que no se trata de una serie apocalíptica, el aire de fin de mundo que se cierne sobre los habitantes del pueblo cuando se cierra sobre ellos la bóveda, más la revelación que suponen los actos de las personas en situaciones extremas, sugieren un apocalipsis a la medida de Chester’s Hill.
El último en ensayar con maestría la traducción de una obra de King al cine fue Frank Darabont (creador de la serie The Walking Dead), cuando en 2007 adaptó La niebla en un film que homenajeaba también a John Carpenter y encerraba a sus personajes en un supermercado rodeado de una espesa niebla en la que había seres desconocidos y hostiles. El resultado fue cruel, ninguno de los personajes que seguía la puesta en escena se “salvaba” –para decirlo claro y pronto: no salvaban el pellejo ni el alma. El planteo de Under the Dome se le parece de algún modo. Las cosas que balbucea el jefe de policía interpretado por Fahey a su asistente –le sugiere que la ha preservado de la suciedad del pueblo– deslizan la idea de que la cúpula podría ser un castigo a las malas acciones y de que su arribo es una oportunidad para arrepentirse, para reparar el daño. También, lo poco que se vio hasta ahora da pie para metáforas ecologistas: tras un incendio, el humo no se disuelve en el cielo y amenaza con intoxicar la atmósfera, y así, como si la fábula moral se trasladase al medio ambiente. De los extraterrestres de la novela hay un débil, casi podemos decir, un moribundo indicio cuando desde una estación de radio se escuchan comunicaciones militares que dicen que no tienen idea de qué está hecha la cúpula y cuando los mismos personajes descubren extrañas ondas en el dial de la radio. La bóveda que encierra a Chester’s Mill es un misterio suficiente –como ocurría en Lost– como para que cada personaje incremente la intriga. Pero también, su alusión tan directa –en términos visuales– a los dispositivos como los que encierran colonias de hormigas, nos recuerdan la desagradable idea de que alguien ha llegado a darnos una lección que no queríamos tomar.

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