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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 24 de noviembre de 2015

vuelta a la manzana

Hace muy poco un amigo volvió de un viaje de dos meses por China y me decía que es notable la ausencia de la cultura del rock, que no sólo se manifiesta en la música (loas pop al Partido Comunista, entre otras cosas), sino en la vestimenta (entre la etnia dominante, la han, casi no existe la posibilidad de ver a alguien con la remera o la camisa fuera del pantalón) y en los distintos gestos sociales.
Definido como cultura, el rock viene a ser un modo de apropiarse de ciertos bienes inmateriales, de hacerlos circular; la matriz de un relato, el marco de un retrato que tiene a la calle como paisaje y a la ciudad como escenario.
En “La vuelta a la manzana”, un proyecto transmedia –puede verse, escucharse y recorrerse en la web en vueltaalamanzana.net– que se difundió también radio Universidad, Federico Fritschi invita a un músico a recorrer las calles de Rosario en las que creció, o las que lo vieron trasnochar en los años explosivos de la juventud, o las que dibujan un mapa creativo sentimental: salas de ensayo, de concierto, bares y fondas. En ese trayecto Fritschi –acaso uno de los periodistas que mejor encarna en la ciudad eso que, a falta de un término mejor, llamamos cultura del rock– conversa con César Coki Debernardi, Pablo Pino (Cielo Razzo), Juani Favre o Carlo Seminara entre otros que suman hasta ahora treinta y cinco invitados.
Este jueves a partir de las 21 en McNamara (Tucumán 1016), Fritschi y su equipo harán una intervención para “visibilizar el proyecto”: se podrán ver piezas audiovisuales, habrá música en vivo de Pablo Pino y Tato Vega (de Los Schoklender), que son dos de los invitados a dar la vuelta a la manzana.
“Rosario es el rockanroll”, dice Diego Popono Romero (cantante de Los Vándalos) mientras recorre calle Arribeños al 1200, en barrio Luz y Fuerza (Rondeau y Circunvalación). La gente lo saluda a los gritos a veces. Fritschi cede el micrófono al sonido ambiente.

En 16 minutos y chirolas Pablo Pino recorre Carriego, San Luis, Gutenberg y San Juan, las calles de su infancia. La corneta del churrero es la música de fondo mientras Pino habla de su pasión por el dibujo, que dejó por la música (también la intervención en McNamara reivindicará ese oficio de dibujante). Las fotografías de Maximiliano Conforti en cada vuelta a la manzana son otro de los aciertos que pueden apreciarse en el sitio: imágenes que retratan detalles, un ángulo de un edificio, una postal anacrónica, el entrevistado a veces a contraluz, dibujan otra trama en la superficie de la entrevista.
“Gente que habla un mismo idioma”, dice Pino. No se refiere necesariamente al español, sino a algo, acaso un tono en el que está Rosario, está el rock, el barrio, una visión del mundo y, en definitiva, una percepción de la “calle”, ese espacio que hay que desandar para volverlo privado, único, barrial, para al fin hallarse en un camino menos público que comunitario.

Debernardi en cambio elige una vuelta por las calles del bajo rosarino de los 80: Tucumán, avenida Belgrano, Urquiza, San Martín; adonde aterrizó a principios de esa década desde su Cañada de Gómez natal para hacer Bellas Artes antes de convertirse en el líder de Punto G. Del cabaret Las Vegas a los ya desaparecidos Luna y El Barrilito (en Tucumán y Belgrano), una mitología antes que una topografía.

“La vuelta a la manzana” es también una arqueología de la ciudad: es su pasado el que se escucha en las voces y la música que trae, pero es un pasado que la reconstruye, la celebra y le señala un destino con héroes a veces pequeños y desencantados que lo llevan a cabo. Con otro formato, no dudaríamos en llamar a esto literatura.