Publicado a principios de diciembre de 2023 en Rea.
El lunes 30 de octubre pasado, en una extensa entrevista con el periodista Alejandro Bercovich, el gobernador reelecto de Buenos Aires, Axel Kicillof –quien fue docente de Historia de las Ideas Económicas en la Facultad de Economía de la UBA– contó que se había puesto a averiguar en internet por qué Javier Milei –quien en un momento sostuvo las ideas del neoclasicismo económico– de repente viró hacia marginales de la economía como Murray Rothbard. Su conclusión es que debía justificar de algún modo una defensa de los monopolios, ya que entonces trabajaba para el grupo Eurnekian, que manejaba el monopolio de los aeropuertos argentinos. Los monopolios, según las ideas capitalistas de la modernidad decimonónica y de entrado el siglo XX, son una aberración del sistema, un residuo feudal que atenta contra el libre mercado.
La discusión en términos
económicos no sólo se me escapa, sino que me resultó menos relevante que lo que
la crítica cultural había expresado en la década de 1980 sobre los monstruos de
la burguesía.
En un artículo ya
clásico de Franco Moretti, “The Dialectic of Fear” (“La dialéctica del miedo”.
La versión original en inglés puede leerse entera acá)
–incluido en su colección de ensayos Signs
Taken for Wonders (1983, Verso Books) que, hasta donde pude comprobar
no tiene traducción al español–, el autor señala que hay dos monstruos que resumen
los miedos de la burguesía: Frankenstein (1817) y Drácula (1895).
Moretti, que escribe su
ensayo cuando ya daba clases en algunas de las principales universidades de la
costa Este de EEUU, es estrictamente marxista en el desarrollo del texto. Se trata
de un marxismo mucho más “cultural” que económico, más “político”, para quien
prefiera el término. Escribe: “La literatura de terror nace precisamente del
terror de una sociedad dividida y del deseo de sanarla. (Esta literatura) Debe
restaurar el equilibrio roto –dando la ilusión de poder detener la historia–
porque el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro será monstruoso. Su
antagonista –el enemigo del monstruo– siempre será, por el contrario, un
representante del presente, una destilación de la complaciente mediocridad del
siglo XIX: nacionalista, estúpido, supersticioso, filisteo, impotente,
satisfecho de sí mismo. Pero esto no se muestra. Fascinado por el horror del
monstruo, el público acepta sin murmurar los vicios de su destructor, del mismo
modo que acepta su representación literaria, la tipología hastiada y repetitiva
que recupera su fuerza y su virginidad al contacto con lo desconocido. El
monstruo, entonces, sirve para desplazar los antagonismos y horrores
evidenciados dentro de la sociedad hacia fuera de la sociedad misma.”
Claro, estamos hablando
de los monstruos que aparecen “cuando lo viejo no terminó de morir y lo nuevo
no termina de nacer”.
Entre Frankenstein
y Drácula transcurre casi todo el siglo XIX, cuya inauguración acaso es
la Revolución Francesa.
Moretti compara a
Frankenstein, que ni siquiera posee un nombre (“pertenece”, como creación, al
doctor Frankenstein), con el proletariado. Y anota: Entre Frankenstein y el
monstruo existe una relación dialéctica ambivalente, la misma que, según Marx,
conecta el capital con el trabajo asalariado. Por un lado, el científico no
puede dejar de crear el monstruo: ‘A menudo mi naturaleza humana se rebelaba
contra mi tarea, mientras que, todavía impulsado por un afán en perpetuo
incremento, llevaba mi trabajo cerca de su finalización’. Pero, por el
contrario, inmediatamente le tiene miedo y quiere matarlo, porque se da cuenta
de que ha dado vida a una criatura más fuerte que él y de la que ya no puede
liberarse. Es la misma maldición que aflige a Jekyll: ‘Para tranquilizar tu
buen corazón, te diré una cosa: en el momento que elija, puedo deshacerme del
señor Hyde’. Y, sin embargo, es Hyde quien se convertirá en dueño de la vida
del amo. En otras palabras, el miedo que suscita el monstruo es el miedo de
quien teme haber ‘creado a su propio sepulturero’”.
En cambio, al referirse
a Drácula, Moretti escribe: “Que el Conde Drácula sea un aristócrata es sólo
una forma de decir. Jonathan Harker –el agente inmobiliario londinense que
reside en su castillo y cuyo diario abre la novela de Stoker– observa con
asombro que Drácula carece precisamente de lo que hace que un hombre sea
‘noble’: sirvientes. Drácula se rebaja a conducir el carruaje, cocinar la
comida, tender las camas, limpiar el castillo. El Conde ha leído a Adam Smith:
sabe que los sirvientes son trabajadores improductivos que disminuyen los
ingresos de quien los mantiene”.
Se trata, lo decimos de
nuevo, de un texto de 1983, escrito en Nueva York, cuando lo que hoy llamamos
“crítica cultural” o teoría crítica de la cultura no había tenido razón aún de
desarrollarse, en principio porque no había caído el Muro de Berlín y el bloque
occidental, es decir “el Mercado”, no podía expandirse más allá del bloque
soviético.
Escribe Moretti: ““El
capital es trabajo muerto que, como el vampiro, sólo vive succionando trabajo
vivo, y vive cuanto más trabajo succiona”. La analogía de Marx desentraña la
metáfora del vampiro. Como todos sabemos, el vampiro está muerto y, sin
embargo, no está muerto: es un No-Muerto, una persona “muerta” que logra vivir
gracias a la sangre que chupa de los vivos. La fuerza de aquellos se convierte
en su fuerza. Cuanto más fuerte se vuelve el vampiro, más débiles se vuelven
los vivos: ‘el capitalista se enriquece no, como el avaro, en proporción a su
trabajo personal y a su consumo restringido, sino al mismo ritmo que exprime
fuerza del trabajo de otros, y obliga al trabajador a renunciar a todos los
goces de la vida.’ Como el capital, Drácula se ve impelido hacia un crecimiento
continuo, una expansión ilimitada de su dominio: la acumulación es inherente a
su naturaleza. ‘Éste’, exclama Harker, ‘era el ser que estaba ayudando a
trasladar a Londres, donde, tal vez durante los siglos venideros, podría, entre
sus hacinados millones, saciar su sed de sangre y crear un nuevo y cada vez
más amplio. círculo de semidemonios para atacar a los indefensos.’ ‘Y así
el círculo sigue ampliándose cada vez más’, dice Van Helsing más adelante; y
Seward describe a Drácula como ‘el padre o promotor de un nuevo orden de
seres’.
“Todas las acciones de
Drácula tienen realmente como objetivo final la creación de este ‘nuevo orden
de seres’ que encuentra su suelo más fértil, lógicamente, en Inglaterra. Y
finalmente, así como el capitalista es el ‘capital personificado’ y debe
subordinar su existencia privada al movimiento abstracto e incesante de la
acumulación, así Drácula no está impulsado por el deseo de poder sino
por la maldición del poder, por una obligación de la que no puede
escapar. ‘Cuando ellos (los No-Muertos) se vuelven tales’, explica Van Helsing,
‘viene con el cambio la maldición de la inmortalidad; no pueden morir, sino que
deben seguir edad tras edad añadiendo nuevas víctimas y multiplicando los males
del mundo’. Más adelante se comenta sobre el vampiro que ‘puede hacer todas
estas cosas, pero no es libre’. Su maldición lo obliga a causar cada vez más
víctimas, del mismo modo que el capitalista se ve obligado a acumular. Su
naturaleza le obliga a luchar por ser ilimitado, por subyugar al conjunto de
la sociedad. Por esta razón no se puede ‘coexistir’ con el vampiro. Uno
debe sucumbir a él o matarlo, liberando así al mundo de su presencia y a él de
su maldición.”
Y es así como llegamos
al subtítulo “The Vampire as Monopolist” (“El vampiro como monopolista”).
El vampiro monopólico
“Si el vampiro –escribe
Moretti– es una metáfora del capital, entonces el vampiro de Stoker, que es de
1897, trata sobre el capital de 1897. El capital que, después de permanecer
‘enterrado’ durante veinte largos años de recesión, resurge para emprender el
camino irreversible de la concentración y el monopolio. Y Drácula es un
verdadero monopolista: solitario y despótico, no tolera la competencia. Al
igual que el capital monopolista, su ambición es subyugar los últimos vestigios
de la era liberal y destruir todas las formas de independencia económica. Ya no
se limita a incorporar (en sentido literal) la fuerza física y moral de sus
víctimas. Tiene la intención de hacerlos suyos para siempre. De ahí el horror
para la mente burguesa. Uno está atado a Drácula, como al diablo, de por vida;
ya no ‘por un período determinado’, como estipulaba el clásico contrato burgués
con la intención de mantener la libertad de las partes contratantes. El
vampiro, como el monopolio, destruye la esperanza de que algún día se pueda
recuperar la independencia. Amenaza la idea de libertad individual. Por esta
razón, la burguesía del siglo XIX sólo es capaz de imaginar el monopolio bajo
la apariencia del Conde Drácula, el aristócrata, la figura del pasado, la
reliquia de tierras lejanas y edades oscuras.
“Porque el burgués del
siglo XIX cree en el libre comercio y sabe que, para establecerse, la libre
competencia tenía que destruir la tiranía del monopolio feudal. Para él,
entonces, monopolio y libre competencia son conceptos irreconciliables. El
monopolio es el pasado de la competencia, la Edad Media. No puede creer que ese
pueda ser su futuro, que la competencia misma pueda generar monopolios en
nuevas formas. Y, sin embargo, ‘el monopolio moderno es (...) la verdadera
síntesis (...) la negación del monopolio feudal en la medida en que implica el
sistema de competencia, y la negación de la competencia en la medida en que es
monopolio’.
“Drácula es, pues, al
mismo tiempo el producto final del siglo burgués y su negación. En la novela de
Stoker sólo aparece este segundo aspecto –el negativo y destructivo. Hay muy
buenas razones para ello. En Gran Bretaña, a finales del siglo XIX, la
concentración monopólica estaba mucho menos desarrollada (por diversas razones
económicas y políticas) que en otras sociedades capitalistas avanzadas. Por
tanto, el monopolio podría percibirse como algo ajeno a la historia británica:
como una amenaza foránea. Esta es la razón por la que Drácula no es
británico, mientras que sus antagonistas (con una excepción, como veremos, y
con la adición de Van Helsing, nacido en esa otra patria clásica del libre
comercio, Holanda) son británicos de principio a fin. El nacionalismo –la
defensa hasta la muerte de la civilización británica– tiene un papel central en
Drácula. La idea de nación es central porque es colectiva: coordina las
energías individuales y les permite resistir la amenaza. Porque mientras
Drácula amenaza la libertad del individuo, éste es el único que carece del
poder para resistirlo o derrotarlo.
“De hecho, los
seguidores del individualismo económico puro, aquellos que sólo persiguen su
propio beneficio, son, sin saberlo, los mejores aliados del vampiro.
“El individualismo no es
el arma con la que se pueda derrotar a Drácula. Se necesitan otras cosas; en
realidad, dos: dinero y religión. Estos son considerados como un todo único,
que no debe separarse: es decir, el dinero al servicio de la religión y
viceversa. El dinero de los enemigos de Drácula es dinero que se niega a convertirse
en capital, que no quiere obedecer las leyes económicas profanas del
capitalismo sino ser utilizado para hacer el bien.
“Hacia el final de la
novela, Mina Harker piensa en el compromiso financiero de sus amigas: ‘¡Me hizo
pensar en el maravilloso poder del dinero!. ¿Qué no puede hacer cuando se
aplica correctamente? ¡Y qué podría hacer si se usara vilmente!’ Este es el
punto: el dinero debe usarse de acuerdo con la justicia. El dinero no debe
tener su fin en sí mismo, en su continua acumulación. Debe tener, más bien, un
fin moral y antieconómico, hasta el punto de que se puedan aceptar con calma
gastos y pérdidas colosales. Esta idea de que el dinero es, para el
capitalista, algo inadmisible. Pero es también la gran mentira ideológica del
capitalismo victoriano, un capitalismo que se avergüenza de sí mismo y que
esconde fábricas y estaciones bajo engorrosas superestructuras góticas; que
prolonga y ensalza los modelos de vida aristocráticos; que exalta la santidad
de la familia cuando ésta comienza a desintegrarse en secreto.
“Los enemigos de Drácula
son precisamente los exponentes de este capitalismo. Son la versión
militante de los benefactores de Dickens. Encuentran su realización en la
superstición religiosa, mientras que el vampiro queda paralizado por ella. Y,
sin embargo, los crucifijos, las hostias sagradas, los ajos, las flores
mágicas, etc., no son importantes por su significado religioso intrínseco sino
por una razón más sutil.
“Su verdadera función
consiste en poner límites infranqueables a la actividad del vampiro. Le impiden
entrar en tal o cual casa, conquistar a tal o cual persona, realizar tal o cual
metamorfosis. Pero poner límites al capital vampírico significa atacar su
propia razón de ser: por su naturaleza debe ser capaz de expandirse sin límite,
de destruir toda restricción a su acción. La superstición religiosa impone a
Drácula los mismos límites que el capitalismo victoriano declara aceptar
espontáneamente.
“Pero Drácula –que es
capital que no se avergüenza de sí mismo, fiel a su propia naturaleza, un fin
en sí mismo– no puede sobrevivir en estas condiciones.
“Y así, este símbolo de
un desarrollo histórico cruel cae víctima de un puñado de sepulcros
blanqueados, de un grupo de fanáticos que quieren detener el curso de la
historia. Son ellos quienes son las reliquias de la edad oscura.”
Monstruos
El texto de Moretti es
mucho más extenso y su lectura completa condena este breve y apurado vínculo a
una reducción ocasional y oportunista con este hallazgo que hiciera el
gobernador bonaerense con respecto a la decisión que hiciera el candidato
libertariano de volverse un apologista del monopolio y el anarcocapitalista.
Si algo queda por
agregar, en esta sencilla y breve conclusión sobre comparaciones en torno a un
texto ya clásico es que esos monstruos que surgen entre la muerte de lo viejo y
el demorado nacimiento de lo nuevo –según la fórmula de Antonio Gramsci* en sus
Cuadernos
de la cárcel– es que ese monstruo que encarna en la figura de Milei ya
tiene un nombre y una representación que fue interpretada en la misma época en
que Margaret Thatcher –la admirada primera
ministra británica de Javie Milei que logró instalar el neoliberalismo en
Gran Bretaña tras derrocar a los mineros ingleses y luego de ganar la guerra de
Malvinas– y Ronald Reagan daban comienzo a una etapa del capitalismo cuya
versión más extrema ya conocíamos en América latina durante las dictaduras de
Pinochet y Videla, un capitalismo que lograba al fin desvincular
poder y política para que sólo la instrumentalidad económica fuese capaz de
gobernar la deriva democrática. La coronación de este capitalismo 4.0
se daría con la caída de la Unión Soviética y la deslocalización de un capital
desenfrenado.
La representación de ese
capitalismo vampírico que la novela Drácula no llega a terminar de
mostrarnos es la serie The Strain
(“La cepa”, 2014), creada por Guillermo del Toro y basada en la trilogía de
novelas del mismo Del Toro y Chuck
Hogan), que nos muestra una Nueva York colonizada por un vampiro feudal en
la contemporaneidad.
El parlamentarismo democrático sólo ha disimulado en 40 años de
democracia ese vampirismo monopólico, según lo describió Franco Moretti. El
monstruo monopólico ha tenido en estas décadas el decoro de esconder sus
colmillos. El nuevo síntoma social es la aceptación de ese amo, así como Milei
parece haber encontrado al fin el amo ante el cual arrodillarse, un ex
mandatario al que aún llama –contraria a la prédica macrista que lo postulaba
como “Mauricio”–: “presidente”.
Last, but not
least. Acaso hay una trampa en el apresurado planteo de este texto. La trampa
consistiría en “demonizar” a Milei. En otras palabras,
convertirlo en un protagonista. Lo que hace Moretti en “Dialectic of Fear” no
es juzgar o señalar algo en particular en las figuras de los monstruos que
analiza, sino que en ellos explora los miedos de la burguesía moderna cuando
ésta termina de constituirse durante el siglo XIX.
En ese mismo
sentido, Milei no es más que un síntoma, un emergente de la política de una
sociedad que vive la democracia como una derrota: nadie votó con grandes
expectativas las elecciones de 2015, muchos fueron defraudados por lo que
votaron en 2019 y las elecciones del 19 de noviembre próximo son una nueva
manifestación de esa degradación del ejercicio de la política: 40 años de
democracia y 40 por ciento de una pobreza cuya escalada comenzó y se
sistematizó a partir de la última dictadura. Eso que Milei viene a encarnar
–más allá de su pobre pensamiento y su miserable biografía– de algún modo ya
“ganó”, no importa cuáles sean los resultados del balotaje.
* La traducción
frecuente de ese párrafo de los Cuadernos de la cárcel,
de Antonio Gramsci reza: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Literalmente, ese fragmento, escrito
en 1930, reza: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo
muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos
morbosos más variados”. Se refería a la crisis producida por el crack de
la Bolsa neoyorkina de 1929 y, sobre todo, a la feroz crisis del capitalismo en
esa época, que en Italia daría lugar al surgimiento del fascismo.
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