En la librería. Preguntaba por unos libros de autores locales con el entusiasmo de quien tiene una tarea, una misión. Y se movía en el espacio con la ligereza de los cuerpos gráciles y menudos que agitan el aire como un perfume. Bajo el flequillo negro y espeso los ojos se sostenían en una sonrisa discreta. Curiosa, pero decidida. La transferencia de Mercado Pago me mostró el nombre en la bandeja de entrada: Lucinda, y el doble apellido. “No sos de acá”, dije. “De Corrientes, pero viví siempre acá”, dijo.
Qué cercana y bella esa extranjería de provincia que se traduce en nombres con un misterio hecho de poesía.