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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 1 de febrero de 2017

catalanes

A Francisco Tobal, que me hizo verla.

Haber sido docente y entender que el lugar de uno está frente a los alumnos —los adolescentes que desafían la autoridad y el saber e, incluso, el mismo hedonismo del docente que se envuelve en sus conocimientos— y no en la sala de profesores (antes que de ciertos alumnos, hay que cuidarse de ciertos profesores, nos dice temprano nuestro personaje), es lo primero que nos predispone y nos engaña a la hora de ver Merlí.


A ver, Merlí es un profesor de Filosofía de secundario de Barcelona. Está desocupado cuando su ex esposa lo deja con su hijo para irse a Roma. Se van a vivir a casa de la madre de Merlí, una actriz ya veterana que tiene en 13 episodios —todos pueden verse en Netflix— una sola línea de texto decente: va a hacer de madre de una de las hijas en una obra en la que, en su juventud, hizo de hija. Lo demás es puro pintoresquismo catalán calzado con vinos en copa y vasitos de lemonchelo.
Ah, y el hijo de Merlí es homosexual, pero no se anima a salir del placard y, además, a Merlí lo llaman a dar clases en el mismo secundario al que va su hijo, el Àngel Guimerà. Y así.
Hay que decirlo pronto: la serie en su idioma original está hablada en ese idioma que no es español ni francés, el catalán; para quienes no nos interesa Europa y nacimos en Latinoamérica, existe la opción en Netflix de seleccionar en "idioma" el "español de España" y los subtítulos en "español latinoamericano", como para que nos aclaren las mojigaterías provincianas, aunque las conozcamos.
Desde todo punto de vista la serie es un culebrón adolescente: no sólo le debe todo a La sociedad de los poetas muertos, sino que su creador, Héctor Lozano (en la entrada de Wikipedia hay una rara confusión: nos lleva al enlace de un jugador de fútbol peruano) pretende que las cosas no cambiaron mucho desde fines de los 50 hasta ahora. Sin embargo —porque lo que cuenta es lo que se nos muestra—, es evidente que ha tomado nota de films más recientes, como Entre los muros, porque en el curso de Merlí aparecen como un salpicado de color alumnos negros que no tienen protagonismo alguno, salvo, como decíamos, el del "colorido". 

Merlí es a las series contemporáneas lo que la más famosa de las hamburgueserías es la comida: su única aspiración es la marca europea; lo demuestra la insana recurrencia a la lechuza blanca —emblema del saber— en el paisaje turístico de Barcelona (al que Merlí, el personaje, desprecia) y la banalidad de los conflictos de nuestro héroe: al mismo tiempo preocupado por sacar de su ostracismo a un paciente de una de esas patologías farmacológicas contemporáneas (paranoia, etcétera), debe recorrer el espinel de miserias humanas y urbanas que nos presenta la serie con el pito en mano, encamándose con docentes y madres mientras su hijo homosexual pena en privado la pena "cristiana" que su padre ha decidido pasar por alto.
Me da la impresión de que nuestro Héctor Lozano no quiere arriesgarse mucho en los abismos que explora, por eso el tema gay se vuelve una coreografía en el último episodio de la primera temporada (en España ya se emitieron dos) y los que mueren son profesores, no un alumno como La sociedad de los poetas muertos. La reafirmación de los derechos de homosexuales y raros se parece mucho más a una declaración de principios liberales que a una lucha: todo sucede en la conciencia súbitamente emancipada de gentes cuya única relación con lo social es el capital de mamá y papá.
De Merlí, del personaje heroico que emancipa a estos jóvenes de 1959 en 2016, sólo sabemos que se mantiene fiel a sí mismo como una fallida deidad del firmamento griego: apenas si siente apego por la historia —no olvidemos que su creador vive en 1959 y lo sabe, por eso puso "negros" de relleno en las clases—, pero el mundo de las ideas le pasa por delante como por una de las pantallas que desprecia: Guy Debord, Michel Foucault (filósofos que dan título a cada capítulo) etcétera.

Coda 1: Releía y pareciera que hay un encono mío contra las series adolescentes. Pues no. The CW desarrolla particularmente series de y para adolescentes, como The 100, en el que la cuestión gay, por ejemplo, es abordada con una altura y un desparpajo que Merlí no sólo no tiene, ni siquiera podría permitirse. Pero todo este asunto de los gays y los freakis es lo de menos. El tema de la progenie en esa tierra media que es Europa es abordado en este programa con una ligereza pavorosa. Si la versión original danesa de The Killing, Les Revenants, In the Flesh o Wallander pueden considerarse los modelos con los que "las series" piensan Europa —la descendencia incierta, el territorio asechado por bárbaros, hombres que se alimentan de la carne de sus muertos, etcétera—, Merlí apenas aspira a copiar un modelo ajeno y exitoso.
Coda 2: Disfruté de ver cada episodio de Merlí: tan fascinante es ese universo en construcción permanente del aula.