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lunes, 20 de abril de 2026

carcarañá onírica

“No sé cuánto tarda uno en habituarse a un lugar. Es decir, cuánto tiempo tiene que transcurrir para que uno empiece a sentirse parte de las cosas que lo rodean”, escribe Ernesto Inouye muy cerca del comienzo de La roca negra del Carcarañá. A partir de allí va al encuentro de un transcurso que sigue de algún modo el torrente impetuoso del río que da nombre a la ciudad de su infancia.

La roca negra del Carcarañá. Ernesto Inouye. EMR, 202616x11 / 84 páginas.

Pero la Carcarañá que Ernesto describe no es exactamente la del mapa de Google, sino una que el autor viene construyendo hace tiempo, una con varias capas: la de la geografía personal sobre el boulevard Americano, donde estuvo la casona blanca, dentro mismo del molino harinero Semino, sobre el río Carcarañá y la otra, la que construyeron sus padres sobre el mismo boulevard pero muy próxima a la la ruta nacional 9. La capa temporal que llevó a Ernesto a trasladarse a través de libros y noticias al pasado del “pueblo”. Y la capa de la escritura, con su cifrado de espacios, páginas y traducciones. En la página 20 culmina el relato de los juegos de la infancia, los fines de semana en los callejones vacíos de la planta del molino, con otros párvulos que se metían en la cabina de una de las balanzas que pesaban camiones para ver si las agujas registraban su peso: “Era divertido sentirse insignificante”, escribe.

La Carcarañá que Ernesto nos presenta es también un territorio de ambientes. La descripción del bosque doméstico del gran patio de su casa durante la noche que le provocaba pesadillas, va a extender su ambiente onírico a escenas como la de los exploradores que descubrieron una extraña roca hueca sobre la barranca arcillosa del río y descubren en esa caverna un piso de metal que al removerlo los lleva a otra cámara: “ingresaban ahora a un sueño que se hundía dentro de otro”. 

La construcción del relato procede con estas simetrías que, antes que escenas de infancia, erige escenografías que incluyen un paisaje que se superpone entre el pasado cercano y el más lejano, el de las mansiones que los rosarinos prósperos levantaban en Carcarañá a fines del siglo XIX, los hoteles frente a la estación del ferrocarril del que no encuentra rastros en el presente, o las ruinas de un boliche bailable y hotel que permanecen sobre la costa, bajo el puente ferroviario que cruza el Carcarañá, devoradas por la vegetación. Su dueño, el Biguá (el nombre que hoy tienen esas ruinas), llegó a terminar sus días en una carpa armada entre el concreto, como un Juntacadáveres de El astillero, al novela de Onetti en una ficticia ciudad de Santa María que es de alguna manera el tratamiento que se lee en la Carcarañá fantástica de Inouye.

Alrededor de 2020 Inouye comenzó la traducción en folletines de The  Cruise of the Falcon, el diario de viaje del inglés Edward Frederick Knight por esa zona en el verano de 1881, que en 2024 publicaría entero la entrerriana EDUNER bajo el título La expedición del Falcon. Como en ese caso, el autor procede muchas veces como traductor. Empieza informándonos sobre el salto de agua en el río frente al molino harinero e introduce la palabra de origen árabe “azud”, que es una represa que no interrumpe por completo el caudal de un río. Dice que lo llaman “dique, represa, tajamar”, y menciona otros azudes a lo largo del Carcarañá. Dice que “la palabra «boulevard» genere ideas equivocadas sobre el entorno”, ya que el Americano era “una calle de tierra, rústica y polvorienta”, de la que también escribe que el paso de los camiones después de la lluvia, sobre el barro, “al secar, quedaba impreso un oleaje estático”: la metáfora es también un ars poética de la escritura de Inouye, que surca en la extranjería de los documentos y las fuentes que elige para narrarnos la historia una escenografía de ultramar en la llanura santafesina. Escribe que en la única foto que se conserva de Tomas Thomas —otro de los pioneros de Carcarañá— éste lleva puesto un “casco salacot”, que era parte del atuendo del colonizador inglés decimonónico.

El título de esta crónica es casi el mismo que el de un fanzine que editó el mismo Inouye en su editorial ōmachi en 2023 que reproduce una historieta mexicana de 1985 basada en una noticia que el diario La Capital publicó en 1877 sobre el hallazgo de una extraña roca negra la orilla del Carcarañá por parte de “un presunto químico francés”, Arnold Sevarg que salía a diario a caminar por la silvestre ribera del río, descubrió que la roca era hueca y, dentro, había al menos dos cámaras, en una de ellas yacía un ser de aspecto humanoide cuyo rostro triangular no tenía nariz sino una trompa y “parecía ser juguete de alguna pesadilla”.

Lo que no cuenta el fanzine y sí la crónica de la EMR es la presentación que hicieron a orillas del río de esa publicación, a 40 años de su aparición en la revista mexicana Duda, donde el Carcarañá era parte del paisaje selvático del Amazonas. Para esa actividad Inouye contó la colaboración de dos amigos de la primaria —uno de ellos incluso presente en la accidentada proyección, en 6º grado, del video de la disección del alienígena de Roswell según se publicitó en esa época—, Martín Perisset y el artista visual Charlos, que reprodujo el extraterrestre de la roca negra de acuerdo a la descripción de Sevarg e el ejemplar de La Capital de 1877. En esa ocasión, enarbolando un naranjo de Louisiana —un fruto esférico, no comestible y perfumado— plantado por el pionero Tomás Thomas en el siglo XIX en un terreno cercano, entre el azud del molino y el puente ferroviario, Inouye le dio materialidad a ese “sueño dentro de otro” que con erudita precisión lleva adelante en su maravillosa crónica.


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