Por correo elctrónico, como corresponde a personas civilizadas, Gabriela Muzzio me informa que ya está en funcionamiento su sitio, donde subió la reseña que hice en 2014 para su libro de fotografías Los abrazos, ganadora el año anterior del concurso de fotografía organizado por la EMR, en el que compartió el primer premio con Cecilia Lenardón por Los segundos.
Aquél año Lila Siegrist me había sugerido que escribiera sobre esos dos libros para el Anuario que publicaba entonces, que reunía en un grueso tomo de papel las actividades culturales del año, cuya cobertura encargaba a cronistas, escritores, periodistas y escribas de todas partes.
Repongo en este blog aquél escrito, que ni siquiera había leído cuando lo busqué en la cuenta de correo electrónico cuando se lo pasé a Gabriela.
Paisajes íntimos
(Las imágenes de Los abrazos pueden verse ahora en el sitio de Muzzio, junto con otros textos sobre el libro, como uno de Beatriz Vignoli y otro de la curaduría.)
La referencia es acaso extrema, pero no puedo dejar de hacerla. En 1994 mi amigo Ricardo Mazalán vino a Rosario luego de que Associated Press le otorgara una licencia paga por una herida de bala que le atravesó la pierna derecha mientras cubría el genocidio de Ruanda (el gobierno hutu había lanzado una persecución atroz contra la etnia tutsi, que terminó aportando entre medio y un millón de víctimas; el número real se ignora). Además de fascinarnos, sus amigos, con ese hoyo morado que Ricardo llevaba siempre cubierto, también hablamos de cómo era hacer fotos en un lugar así. No lo sabía, sencillamente nuestro fotógrafo no sabía explicarlo del todo: una facción del ejército lo llevaba hasta un lugar, un guía le abría una puerta a un espacio ignoto, una fuente le tiraba un dato; lo de siempre, pero con muchos muertos, y de la manera más espantosa. “La guerra –dijo en un momento Ricardo– la vi en una serie de fotos de lo más boludas que sólo tengo en la cabeza: un tipo del tamaño de un gorila que se acercó a nosotros en un retén sosteniendo en las manos un machete ensangrentado, una pelota de goma partida al medio y chamuscada en una aldea arrasada, los pies de una criatura que asomaban de algo así como un contenedor y de los que sólo miré unas sandalias parecidas a las que yo usaba cuando era niño”.
Me recordó, claro, a los diarios de Ernst Jünger de la Primera Guerra (hay que ver La guerra de un solo hombre, el genial film de Edgardo Cozarinsky sobre los diarios parisinos de Jünger), cuando contaba con minuciosidad las novelas que leía en las trincheras entre uno y otro ataque. Cierto que mi amigo no estaba en las trincheras en Ruanda, ni siquiera “en el campo” cuando una bala de fusil le atravesó la parte superior de la pierna derecha, sino en un hotel, acomodando con apuro una antena satelital para transmitir fotos en la terraza porque en breve comenzaba el partido de la selección argentina en el mundial de fútbol y no quería perdérselo. Lo banal y lo trágico (en el sentido de algo que de repente cobra un sentido inesperado y vital, trascendente), lo “más boludo” y el sentido de la vida. El término disparo, que usamos para capturar un instante de vida en una foto, es el mismo que usamos para referirnos a la acción de apretar un gatillo y acabar con la vida de un tipo que nació y vivió en Coghlan, Buenos Aires, que se fue a Colombia, que se fue a Estados Unidos, que se fue a África, divertido bajo un chaleco de fotógrafo y ahora mira, en un balcón de un hotel de Kigali, un charco de sangre que brota de su pierna.
Yo no entendí al principio la propuesta de Gabriela Muzzio, es decir, no entendí el conjunto de fotos reunidas en Los abrazos. Tan simple parecía que hasta me resultaba “boludo” (sí, sigamos con el concepto) entenderlo. Muzzio encuentra una foto de un abrazo de sus padres, Irma y Ángel, tomada en Marcos Juárez en 1967. A partir de allí lleva esa imagen ante otras parejas y les pide que se abracen, que imiten la foto que ella a su vez volverá a tomar no sé cuántas veces con una cámara de plástico Holga –de fabricación china, informan los editores– cuyo detalle (como todos esos detalles de videojuego con los que se encapricharon muchos fotógrafos y cuya cima exasperante podría ser la cámara de juguete de Andrea Ostera) no me interesa en lo más mínimo. Sí sé que el resultado son unas cuarenta fotos seleccionadas para este magnífico libro de la Editorial Municipal. Ese vendría a ser el punto de partida.
Detestar
El meollo del asunto es que, hasta que pude adentrarme en el libro, detesté muchos de esos abrazos (no digo que detesté las fotos, sino la impostura de los abrazos), por ejemplo, el número 29, el 31, el 32, el 39. Qué es exactamente lo que me irritaba es el motivo de estas líneas que, a la vez, estas líneas no van a dilucidar. Todo está en la foto original, que tiene un particular sentido para Muzzio, sin ser de Muzzio, y que Muzzio nos impone con la serialización de esa impostura. Porque, vamos, esa pareja son sus padres, retratados dos años antes de engendrarla y, como nos enseña la tradicional teoría del drama, un personaje son sus acciones: vistos ahora, esos jóvenes eran, ya en Marcos Juárez y en 1967, los padres de la sensible fotógrafa Gabriela Muzzio, a quien le faltaban dos años para nacer. Hay algo del instante, etéreo, banal –el modo en que refulge la manga blanca de la camisa del padre y esparce un halo sobre el rostro de la madre de la fotógrafa–, que nos interpela y nos predispone a ver allí la luz que la cámara de Muzzio buscaría cuarenta y pico de años después: los ojos oscurecidos del padre, los ojos cerrados de la madre, su entrega en un paisaje ligeramente suburbano, que habría que construir, darle un rostro como a Gabriela Muzzio (y no, el rostro de la fotógrafa no está en el libro). Esa información es la que falta en los abrazos de los números mencionados; entonces vemos a sus protagonistas ensayar de modo fallido, sin hijos (al menos sin hijos que estén detrás de la cámara), el acercamiento primero, el prolegómeno de los cuerpos entregados a la procreación. Así, el del número 39, el muchacho de lentes que cierra los ojos mientras ella mira a la cámara y sonríe cómplice, parece más bien un atentado: lo de él no es una entrega, con ese fondo de arbustos, como si se tratara de un picnic doméstico del amor, el tipo practica un approach que la mujer desmiente.
O la sonrisa de él en el número 31, con los dientes flameando en el rostro y el celular colgado en el cinto, con un fondo de plaza urbana (un edificio allá atrás, el césped cuidado de un parque), mientras ella, más abajo en el abrazo, abre la boca en otra sonrisa y parece pedirle una atención que el hombre entregó sólo a la cámara.
Padres e hijos
Pero, metido una segunda o tercera vez en estos íntimos paisajes humanos (hay una foto con un fondo de torre erigida en lo que parece un camino rural que es acaso el momento más fantasmagórico y fantástico del libro), las preguntas cambian: ¿qué sabemos de los Muzzio en ese abrazo que no podamos adivinar en las fotos que su hija emuló de ellos? La foto, con sus caprichos de cámara Holga, sus encuadres geométricos, su blanco y negro y su tema “el abrazo”, mutó hacia un lugar de interrogación que ignoraba y cuya intriga, como en la literatura, pregunta quién soy y lo hace detrás de cámara. Así los sombríos cuerpos que se juntan en el resplandor urbano del número 17, como la antes odiosa pareja que se reía con desparpajo en un parque citadino en el número 32, revelan la transformación de lo “boludo” en algo digno de amor en el hijo que los espera en el futuro (por favor, la imagen es de Arthur Schopenhauer). Muzzio dice que esperó mucho tiempo que esas imágenes le “dijeran” algo (las fotos fueron hechas entre 1999 y 2011). Las distorsiones del objetivo de la máquina Holga –lo explica Muzzio en el prólogo– desestabilizan el marco de los abrazos retratados y, a la vez que le dan precariedad, aportan un halo de anacronismo que vuelve a esos retratos extemporáneos, como si se asistiera a una especie de “testimonio” afectivo de algo que recién conocemos: percibimos estas imágenes como un recuerdo.
El tema son los padres, pero como no hay padres sin hijos, la foto original de la que parte Muzzio podría decirse que está perdida o, lo que podría ser casi lo mismo, el original se pierde, juega a perderse en la maraña de fotos que ofrece Los abrazos. En ese detalle, en esa fotografía, ese “disparo” perdido, encuentro que la anécdota de Ricardo –que se perdió el mundial 94, que se perdió la guerra, que casi pierde la vida– ilumina de alguna forma (acaso “boluda”) la lectura de este libro.



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