socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 24 de febrero de 2011

bioyphone


Dos veces llamé a Adolfo Bioy Casares por teléfono. La primera, en Buenos Aires, desde la casa de mi amigo Fernando Demarco. Sería el otoño de 1985 y yo había leído La aventura de un fotógrafo en La Plata, y antes Historias desaforadas—hallazgo que le debo, como tantas otras cosas, a una reseña de Ángel Faretta en una Fierro de 1984— y, antes, compradas en El buen libro de San Nicolás, novelas como El sueño de los héroes, Dormir al sol y algunas otras. Entonces, en 1985 yo estaba como sumergido en ese universo Bioy. Busqué en la guía el teléfono de editorial Emecé, llamé, dije que necesitaba entrevistar a Bioy Casares y me dieron el teléfono. Bioy Casares me atendió el segundo o tercer timbrazo. Me dijo que sí, que cómo no. Y me dio no sé qué engañarlo: ¿en dónde iba a publicar qué entrevista? Le dije entonces que en realidad me gustaría mucho hablar con él. Y así se fue armando una charla pequeña y ridícula en la que el hombre siempre decía que sí, que cómo no. Y quedamos en no me acuerdo qué hora de no me acuerdo qué día. Fernando me dijo entonces que fuera a comprar a alguna panadería de Barrio Norte una docena de “tortitas guarangas” —se refería a las tortitas negras, pero le decía “guarangas”. Me pareció incluso, por la convicción y el entusiasmo con el que hablaba mi amigo de las tales tortitas, que Bioy celebraría la llegada de esa bolsita de lípidos como si una gavilla de sus personajes muertos le tocara el timbre para brindar con anís. Es decir, Fernando había interpretado algo de esas lecturas y de Bioy en el hallazgo de las tortitas “guarangas”. Sí, algo que se ausenta con su mención, que es acaso uno de los temas de la literatura de Bioy: esto de que el relato irrumpe siempre para traer la muerte o para suspenderla, como sucede en el cuento “El perjurio de la nieve”, que es como la puesta en abismo de su propia obra.
Bien. Al final, desde el mismo teléfono del departamento en Caballito de Fernando llamé horas antes de aquél encuentro con no me acuerdo qué excusa. ¿Qué iba a decirle? ¿Le iba a mostrar unos escritos míos en los que ni siquiera creía? En fin, acaso allí está el germen de mi dificultad para hablar con “los maestros”.
La segunda vez fue en Rosario, desde el teléfono de mis suegros, en la calle Vélez Sarsfield. Sería el año 87. Llegamos una noche con mi esposa a la casa, después de haber hablado de esa primera vez que había llamado. Yo tenía el teléfono en algún lugar de mi billetera, o de un cuaderno —porque siempre rechacé las agendas. Mariela, mi esposa, me dijo que llamáramos. Y eso hicimos. Eran pasadas las doce. Pero la que habló fue Mariela. Es que Mariela tiene algo para el diálogo que es casi de otro mundo. Una vez —y esto es una digresión—, más tarde, en el año 1989, cuando hacíamos en LT24, la radio de San Nicolás, el programa Bla Bla Bla —sí, por el disco de Iggy Pop—, nos enteramos de que había llegado a otro estudio Fabio Zerpa. Nos dijeron si no nos interesaba entrevistarlo. Sí, claro, dijimos con Mariano; y de inmediato nos abocamos a disparar entre nosotros posibles preguntas con las que nos desbocamos cuando lo tuvimos enfrente. Eran pregunta recontraidiotas, que pretendían ser capciosas y no buscaban respuesta alguna: intentábamos hablar a través de ellas y Zerpa, que tenía claros esos mecanismos, las aprovechaba para hablar él. Por suerte Mariela estaba en el piso y empezó a preguntar: preguntas simples, en las que ella parecía no inmiscuirse —no introducir nada capcioso, no emitir opinión alguna—; eran también —porque la sé de ese misticismo devastado de las personas educadas en el positivismo de la izquierda—, preguntas sinceras: no porque creyera que Fabio Zerpa fuese a contarle una verdad, sino porque creía (y cree, claro) que si hay una verdad está en los interrogantes. Entonces Zerpa habló, y dijo las mismas boludeces de siempre, pero les dio un espesor que para mí y para Mariano —mi compañero en ese programa— resultó inesperado y rutilante.
Entonces, vuelvo a la llamada desde el teléfono de calle Vélez Sarsfield —digamos, año 87. Como no me animaba a hablar, le pasé el tubo después de discar. Mariela se puso a hablar con una mujer, que le decía que no, que “el señor” ya se había acostado. También, que era tarde para llamar. Mariela se excusó, le dijo que sabía lo tarde que era. Y le preguntó con quién hablaba. “La empleada doméstica”, dijo la mujer. “¿Y no es tarde para que usted esté levantada?” Sí, dijo la mujer, y dijo también que le costaba dormirse. Y así hablaron alrededor de diez o quince minutos de esas nimiedades: lo tarde que era, las dificultades del sueño, las tareas en casa de Bioy Casares.
Días, o semanas, o no sé cuánto tiempo después, Mariela le contó a su amiga de la secundaria Judith Gabriela —que entonces creo que ya elaboraba alguna tesis-ensayo-paper o investigación sobre Silvina Ocampo— esa charla con la “empleada doméstica” de Bioy Casares. Y Judith le dijo que sabía que muchas veces Silvina Ocampo atendía el teléfono en su casa —que era la de Bioy— y se hacía pasar por la empleada doméstica.
Pienso en esta última cosa y me vuelven a la mente aquellas tortitas “guarangas”, antes por lo de guarangas que por lo de tortitas. Pienso también que esos diálogos de mi esposa, como esas señales de mi amigo Fernando han sido una obra tan influyente para mí como las que he leído de Bioy.
 Con Fernando, Patricia, Mariela, Elena y Vicente, en casa, en octubre de 2010.
 Fernando, Mariela, (de espaldas) Patricia y Vicente, en el Paseo del Caminante, Rosario, octubre de 2010.