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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 24 de febrero de 2011

la incomunicación fundamental


En 1986, en el cuento “Planes para una fuga al Carmelo”, que inaugura su libro Historias desaforadas, Adolfo Bioy Casares vuelve a visitar el universo de su novela Diario de la guerra del cerdo, que ahora (2003) reeditó Emecé, a 34 años de su publicación original. En el cuento, entonces, un profesor llamado Félix Hernández, se sorprende y se dice: “Últimamente me dio por hablar solo”. La misma frase repite Isidro Vidal, protagonista de la novela, como una letanía que pretende ahuyentar con un golpe de conciencia el anuncio de la vejez. Escrito casi con 20 años de diferencia, el héroe del cuento es más astuto que su par del Diario y, acaso, más cínico.
Decir que el Diario de la guerra del cerdo anticipa a su modo el cambalache de cirugías estéticas que fue la década del 90 en Argentina, o los glamorosos manotazos de la farándula por mantenerse joven sería pueril. El mismo Bioy Casares admitió que hacia 1969, cuando escribió la novela, sentía los embates de la vejez. La obra narra la vida cotidiana de Isidro Vidal, un sexagenario cuyos días transcurren casi distraídos de la cruzada que los jóvenes acometen contra los viejos, a los que llaman cerdos (no sin una acotación de un personaje que define sutilmente el diario de bitácora de la escritura del autor: “Este pueblo no es consecuente en nada. Ni siquiera en el uso de las palabras. Acá siempre dijimos chancho”). Cómo ha empezado la guerra y por qué son detalles a los que Bioy alude con la maestría de ciertos sobreentendidos: un tal Farrell que arenga a la juventud desde la radio, miradas de fastidio ante la lenta figura de un abuelo que avanza por la calle. Vidal continúa como puede sus días, reuniéndose con los amigos, a los que llama “los muchachos”, y envuelto en la irrealidad del sueño, que lo arroja a la vigilia ya viejo, cansado, hablando solo. Y se dice en la página 86: “Si uno vive bastante, los hechos de su vida, como los de un sueño, se vuelven incomunicables porque a nadie interesan. Las mismas personas, después de muertas, pasan a ser personajes de un sueño para quien las sobrevive; se apagan en uno, se olvidan, como sueños que fueron convincentes, pero que nadie quiere oír”. El mismo Vidal, al comienzo del relato, se había dicho, solo: “Hablando nadie se entiende”.
“Planes para una fuga al Carmelo” (se refiere al viejo cruce entre Tigre, en el delta del Paraná, y Carmelo, en Uruguay) puede leerse como unas apostillas al Diario, allí el veterano Hernández, que pronto deberá fugarse a Uruguay, país con el que Argentina está en guerra por prolongar la vida y estar lleno de viejos, explica a su joven amante: “Cuando ya nadie creía en los políticos, la medicina atrajo, apasionó al género humano con sus grandes descubrimientos. Es la religión y la política de nuestra época”. Luego sintetiza el hallazgo de los médicos argentinos: la prolongación de la juventud. Y el de los uruguayos: la supresión de la muerte. Ninguno de los dos países pudo detener el envejecimiento. Uno trata al enemigo como jóvenes fascistas. El otro, como moribundos que no acaban de morir. La propuesta, ridícula y llena de ironías para orientales y porteños, cierra el periplo iniciado en la novela.
Leopoldo Torre Nilsson, estrenó el 7 de agosto de 1975 La guerra del cerdo, un sesudo bodrio de 90 minutos, basado en esta hermosa novela, que protagonizaron, entre otros, José Slavin, Marta González, Víctor Laplace, Emilio Alfaro y el rosarino Héctor Tealdi que traiciona esa distante cotidianeidad de la obra de Bioy Casares, de la que hasta Vidal se asombra y, al reparar en que ingresa por primera vez a la pieza de su amigo, donde lo están velando, pronuncia: “La intimidad que dejamos de lado no impidió que fuéramos amigos (...) Hoy todo el mundo es íntimo; amigo, nadie”.
Esta incomunicación fundamental y fundamentada sostiene gran parte de la obra de Bioy Casares. Una interferencia que flota en el aire de sus relatos y que sólo cristaliza en ellos, únicos dispositivos para un saber que siempre llega demasiado tarde y enturbiado por una pátina onírica. El otro gran tema es el tiempo que, como escribió Leon Bloy, “está hecho de la desolación de los hombres”.
Antes del Diario de la guerra del cerdo, Bioy Casares había escrito acaso su novela más famosa (luego de la inicial La invención de Morel): El sueño de los héroes (1954) y, luego, Dormir al sol (1973), ambas tienen el sello del sueño, que flota sobre el tiempo como un velero (para usar la línea de la famosa canción flamenca): el diagrama de las idas y venidas entre destinos sobre los que el creyente va creando su credo.
Bioy Casares murió el 8 de marzo de 1999, a los 85 años, en Buenos Aires, donde había nacido y donde habían muerto ya su esposa Silvina Ocampo y su única hija, Marta. El mismo año que se editó el Diario de la guerra del cerdo, el director de cine Hugo Santiago, luego radicado en Francia, llevó al cine Invasión, un argumento que perpetraron Bioy Casares y su amigo Jorge Luis Borges en el que se palpa este mismo clima: el del orden antiguo amenazado por la novedad, una novedad sin forma precisa, que siembra el germen de una batalla eterna.

Diario de la guerra del cerdo
Adolfo Bioy Casares
Emecé, Cruz del Sur, Buenos Aires, 2003
205 páginas