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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 27 de abril de 2012

a través de un vidrio oscuro



Charlie Brooker no sólo es el genio creador de la miniserie Dead Set (“set” por estudio de televisión: una horda de zombies atacan a los protagonistas de un reality televisivo que quedaron aislados), sino uno de los columnistas más descollantes de las páginas de televisión del diario londinense The Guardian. En diciembre del año pasado el Canal 4 británico emitió la miniserie Black Mirror, que si bien la emisora no permite ver online, puede encontrarse en internet ya sea vía µTorrent o para ver en streaming, creada por Brooker en su rol de showrunner: una cruza de productor y escritor que ha revitalizado la ficción televisiva en los últimos años y aún no existe en nuestros pagos.

Black Mirror son tres episodios independientes de una hora cuyo tema central cabe en la idea que popularmente se tiene de la tecnología: desde las telecomunicaciones hasta la realidad virtual y la memoria implantada. No estoy seguro de que se trate de una condena a esa tecnología (salvo en el caso del segundo episodio, acaso el más flojo y el más orwelliano; o acaso el más flojo porque orwelliano: percibida como una serie de ítems sobre el futuro, de tips futuristas sobre un estado totalitario, la obra de Orwell –un socialista que militó contra la plaga stalinista– puede convertirse con facilidad en un clisé capaz de contaminar cualquier relato). Las tres historias, en todo caso, hacen pie en el carácter “viral” que tiene hoy día la tecnología.

Intimidad

El crítico John Plunkett calificó a la primera entrega, The National Anthem (“El himno nacional”) como una “sátira”, término que encaja al pelo en una trama cuyos cinco primeros minutos son magistrales: un hombre es despertado a la madrugada por una llamada telefónica. Semidormido escucha algo que le dicen y no oímos. “Ya bajo”, dice. Cuando unos cuatro asesores le cuentan de qué se trata, frente a una pantalla en la que aparece una tal Princesa Susannah que ha sido secuestrada, sabemos que se trata del primer ministro británico y que los secuestradores piden, a cambio de devolver con vida a la noble joven, que la máxima autoridad política del Reino Unido aparezca unas diez horas más tarde frente a las cámaras de televisión montándose un chancho. El primer ministro dice: “Que esto no salga de acá”. Y uno de los asesores responde: “Señor, lo bajamos de YouTube”.

A partir de ese momento lo que la narración nos muestra es, por un lado, la desesperación de las redacciones de los principales medios por estar a la altura de los acontecimientos, que estallan a través de las redes sociales, los comentarios de las noticias, etcétera. Es decir, la noticia amplifica el carácter viral del acontecimiento: ya no es central lo que pasó, sino qué pasará. Ya no se trata de qué se hizo, sino de qué hacer. Mientras tanto, la trama nos sume en la intimidad de ese poder jaqueado que se enfrenta a un panóptico invertido: porque la intimidad es el espacio de los mayores ultrajes de la última modernidad. Así, mientras The National Anthem nos cuenta una suerte de macro intervención surrealista que no viene a modificar mayormente nada, ni la política, ni el poder, ni el lugar de la realeza ni, mucho menos, la economía –que siempre queda afuera–, salvo lo que podríamos llamar “la intimidad de la mirada”, que resulta violentada de manera progresiva.

Recordándote

En The Entire History of You (“Tu historia completa”), el último y acaso más intenso episodio de la miniserie (del segundo, 15 Million Merits, nos excusamos de hacer comentarios), ya estamos en el futuro cercano: al modo en que Philip K. Dick solía imaginar esas cercanías y que el cine nos las enseña de algún modo en films como Blade Runner o Minority Report. Los protagonistas pueden almacenar cada recuerdo de su pasado en una pequeña cápsula insertada detrás de la oreja y, a través de un control remoto, pueden rebobinar, hurgar entre esos recuerdos y proyectarlos en una pantalla, cosa que incluso se hace en entrevistas de trabajo para que los nuevos empleadores conozcan las impresiones de los jefes anteriores. Y esta escena del mundo del trabajo que se inmiscuye en la intimidad del recuerdo, con la que comienza el episodio final de Black Mirror, es una pista.

El marido celoso que protagoniza el capítulo somete a su esposa a un interrogatorio en busca de un engaño en una operación que recuerda el modo invasivo del mundo laboral. Pero esto podría ser la gran anécdota del relato. Lo más intenso nos llega a través de ciertos detalles, ciertos momentos, como ese en el que vemos a la pareja haciendo el amor pero, sabemos, tienen sus cápsulas conectadas a momentos en los que, acaso, los protagonistas de ese acto son otros. El sexo adquiere allí su máximo carácter de fantasía, de inesquivable fantasía, de proyección hacia un tiempo que no es nunca presente, aunque no cabe en ningún limbo.

En un intercambio de correos acerca de este episodio, Franco Ingrassia me decía: “Me parece totalmente claro que vamos hacia ese tipo de subjetividad maquínica. Y el antagonismo entre saber e información que dramáticamente despliega (mientras más data tiene, el celoso menos sabe sobre lo que está viviendo) me parece crucial”. En otras palabras, y más allá del periplo del celoso: la información, la viral, como en el primer episodio; vendría a ser eso, la imposibilidad de estar allí, de estar presente, porque no hay saber, es decir, no hay interpretación que pueda conectar esos datos con el mundo, sino que los datos van convirtiéndose en un mundo en sí.