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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 7 de noviembre de 2014

arte condenado

El año pasado no le dimos grandes chances a The 100, y no es que sus edulcorados protagonistas no nos generen aún sospechas, pero vimos la primera temporada y ahora seguimos con la segunda.
Ya en la Tierra, los jóvenes fueron sedados y trasladados a lo que sería el mundo subterráneo de los sobrevivientes, el refugio nuclear en el que sobrevivió la dirigencia política de los Estados Unidos arrasados por la guerra nuclear hace un siglo atrás.
La trama incorpora entonces a estos nuevos personajes, últimos ciudadanos de una civilización que aún cuenta con la tecnología, las armas y la cultura pero no posee territorio por fuera de ese foso de concreto, y también a los viejos “padres” del Arca (la estación espacial donde nuestros protagonistas principales sobrevivieron a la hecatombe).
Si antes el conflicto se presentaba en torno a la vieja y la nueva ley (la Biblia y el Nuevo Testamento, sólo que sin un salvador), con los padres en el cielo y los hijos en tierra (amándose como no podían hacerlo allá arriba sin ser castigados), la aparición de la antigua dinastía terrestre modifica un poco las cosas.
Pero lo que más me llamó la atención, acaso porque de nuevo frecuento las páginas de Guy Debord, es que con los ciudadanos de la vieja civilización terrestre aparece el “arte” (sí, lo hace de una forma medio estúpida, como si continuara la versión filmada de The Time machine, de HG Welles), tanto el presidente como personajes secundarios se admiran con obras que de alguna manera rescataron de la destrucción y se apilan en un colosal almacén del refugio.
Sin embargo, como veremos, esta aristocracia mantiene con el arte la misma relación, digamos, que podría atribuirse a los nazis con el arte: la belleza, la representación, sucedáneo de la unidad, del reino perdido (recordemos “La camisa paradisíaca” de H.A. Murena) no trae nada más que el goce, la nostalgia de algo que estos sobrevivientes representan en el vacío, pura “forma” o, mejor, puro adorno cargado de la moral de la superioridad.

En esos detalles es donde mejor puede verse esta serie que, la mayor parte del tiempo, es una desfile de caras bonitas.