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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 15 de noviembre de 2011

el jefe

Daniel Link –no sólo nuestro mejor crítico de series, sino el mejor escritor en esto de narrar nuestra experiencia televidente– dice que Boss, la serie que protagoniza Kelsey Grammer, el actor de Frasier, no encaja en el desfile de programas realistas que invadieron la grilla televisiva de los últimos años, como Mad Men o Los Soprano, en los que se priorizaría una “descripción” de eso que convenimos en la llamar realidad antes que su relato, sino que pertenece a un tipo de narración, también atravesada por las formas del documental, que indaga en preocupaciones metafísicas y hasta teológicas. Difícil no estar de acuerdo.



Grammer (Kane) y Nielsen (Meredith).

Gus van Sant produce la serie Boss y dirigió el primer episodio. La obra fílmica de Van Sant, desde Drugstore Cowboys (Marginados, 1989) hasta Los últimos días (2005) o Milk (2008), también ha sido un trabajo sobre la opacidad con la que el lenguaje transmite las pasiones y la atrocidad de la vida. Y Farhad Safinia, guionista de la película Apocalypto (2006), es el creador de este programa cuya historia transcurre en la Chicago actual. Otra vez, lo mejor de cierto cine se vuelca a una serie de tevé.
A diferencia de lo que suele suceder en Argentina, donde las últimas noticias o el noticiero parece gobernar la imaginación de los creadores de tiras televisivas, Boss no es “la realidad”, y su ambientación en las bambalinas de la política municipal y provincial, con sus maldades y miserias es, ni más ni menos, eso: una ambientación. El tema acá es que el alcalde Tom Kane (Grammer es Kane quien, como sabemos, siempre será “el ciudadano Kane”), en el principio del primer capítulo nos es presentado mientras una neuróloga le explica que tiene una enfermedad terminal, degenerativa, que antes de matarlo, en unos cinco años como máximo, le provocará pérdida de memoria, delirios, balbuceos, incapacidad física, en fin. Lo particular es que Tom Kane elige como escenario para este diagnóstico un viejo matadero abandonado en los suburbios de Chicago en el que vemos, a través de sus restos, los principios industriales de la ciudad. Esta “lógica”, la de mostrarnos cosas a través de sus restos, de lo que se extingue, se repite y es una clave para apreciar Boss, cosa que pasaron por alto varios de los reseñadores originales. Así el viejo alcalde, padre de la gélida esposa de Kane (Connie Nielsen), recluido en su departamento con una vida casi vegetal; así, los restos de tumbas indias en terrenos que son el centro de una puja inmobiliaria; así, los orígenes de unos trabajadores latinos, ahora devenidos sindicalistas que discuten la forma adecuada de vestirse en un campo de golf. En fin. Tom Kane a su vez se filma, porque quiere estar avisado, porque tiene pérdidas momentáneas de conciencia y quiere estar advertido sobre ese mal que lo acecha más allá de su voluntad, que parece poderlo todo. El mal, la enfermedad, es el máximo secreto en la serie. La hija de Kane, expulsada de la familia de común acuerdo con la madre (la gélida Meredith, empresaria a su vez) para que sus adicciones no interfiriesen en la carrera política, es uno de los misterios de la historia.
No se puede ver Boss por fuera de esa enorme metáfora que inaugura la enfermedad de Kane. La serie trata sobre el Mal, sí, pero sobre un mal nacido del más remoto interior y sólo puede degenerar. Hay una tensión entre los estilos de Meredith y Kane, ella quiere cuidar una imagen; el sólo puede cuidarla, pero esa imagen que cuida Kane es lo que ya comienza a ser un resto de Kane.