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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 25 de noviembre de 2011

el desierto entra en la ciudad


El número 8 de Gazpacho, la revista del CCEBA, despliega el concepto de “inmunidad” de Roberto Esposito con notables intervenciones de Flavia Costa o Cristina Civale, quien dirige la revista y aceptó, entre unos textos soberbios, esta nota que reproduzco acá y que vuelve sobre temas que me han ocupado antes.
 
La novela Ciudad fue escrita en 1952 por Clifford D. Simak, un ex periodista norteamericano nacido en Wisconsin, Estados Unidos (1904-1988), quien rindió homenaje con el libro a su finado perro Scootie.
De acuerdo a Ciudad, alrededor del año 4000, un tal Bruce Webster inauguraría una raza de perros parlantes cuyo prototipo más eminente, entonces, sería Nathaniel, un cachorro que aparece en el tercero de la saga de ocho cuentos que conforman el libro.
Simak acometió la escritura de su novela casi al mismo tiempo en el que Ernst Jünger anotaba en sus diarios de la Segunda Guerra que debía agradecer a la providencia el ser contemporáneo de mutaciones “zoológicas” en el hombre. Casi simultáneamente, en la bombardeada Inglaterra, C.S. Lewisconvertido al cristianismo por J.R.R. Tolkien– se metía a contar una historia de ciencia ficción en la que el Rey Arturo, en un futuro cercano, reunía a sus guerreros y, con los poderes de un reencarnado Merlín, traía a la humanidad la antigua lengua del Paraíso perdido y volvía a unirse a los animales. Son los mismos años en los que Cordwainer Smith crea la saga de la conquista del tiempo y el espacio, en la que hombres y animales deben unirse para encarar el lado oscuro del universo. Es decir, años en los que, si bien nadie hablaba de biopolítica, la injerencia de lo político y lo tecnológico en la biología y la vida no sólo era una realidad, sino que había generado ya los mitologemas que conocemos por la ciencia ficción de entonces.  
Ciudad debe su nombre al mito que los perros se cuentan sobre las ciudades, que los hombres abandonaron por el temor a las guerras (el 11-S dio cuerpo a la magnitud de ese miedo).
Ciudad juega a hacernos creer que dentro de varios milenios sólo los perros y los robots gobernarán la Tierra. Así, cada relato narra ese progresivo abandono de la humanidad y un conciliábulo de canes analiza esas leyendas y especulan acerca de su veracidad. En el año 4000 los hombres dejaron las ciudades (sólo sobrevive la milenaria Ginebra) y viven dispersos en un bosque descomunal. “Un perro tiene una personalidad –explica un personaje en el tercer cuento–. Puede advertírselo en cualquiera de ellos. No hay dos iguales. Todos tienen inteligencia, en diferente proporción. Y no se necesita nada más: una personalidad consciente y un poco de inteligencia”. Y luego: “Hasta ahora el hombre ha estado solo. Una raza inteligente, pensante y solitaria. Piense cuánto más lejos, cuánto más rápido hubiese ido el hombre si hubiera habido en el mundo dos razas inteligentes”.
Ciudad es esa fracasada historia y, por ello, la de la busca de cierta inmunidad: a la guerra (abandonando las ciudades), a la soledad (colocando el implante que vuelve al perro un compañero inteligente). Como buena fábula, los relatos del libro parten de la separación y la disolución de una comunidad y nos muestra en sus personajes prototípicos ese proceso.
Ciudad, como los relatos que le son contemporáneos, propone un supra sentido para la communitas: aquella unión originaria hombres-animales del mito edénico. Y señala con desesperanza las mutaciones que Jünger notó en las trincheras de la retaguardia: los cambios zoológicos incumben a la maquinaria de la guerra, los cuerpos de los hombres y el Estado.