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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 19 de enero de 2013

utopías de la razón


Imágenes del blog de John Watson.

Lo que resulta aborrecible en el tipo de relatos como el de la serie británica Sherlock, en nuestra humilde opinión, es la inmutabilidad del héroe: un personaje que se mantiene siempre igual a sí mismo y, al final, nos hará notar que tiene razón. Lo mismo, claro, podría argüirse del detective Columbo, por ejemplo. La diferencia es fundamental: mientras Sherlock Holmes busca probar la astucia de su método, Columbo intenta atrapar a un criminal que, además, suele ser de clase alta. Sorteando este ardid tan british, tan anglicano e iluminista, hay que decir que la versión moderna del detective del célebre espiritista inglés sir Arthur Conan Doyle para la BBC –tres episodios en 2010, otros tres en 2012 y tres más que comienzan a filmarse en marzo de este año–, escrita por Steven Moffat y Mark Gatiss –quienes a su vez desarrollaron ya guiones para clásicos ingleses de la letras, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de su misma tevé, como Dr. Who– tiene una puesta en escena magnífica y una trama que reajusta la ficción a la época de un modo que evita la postal tecnológica sin desestimarla: el método deductivo de Holmes se aplica a los hombres y sus hábitos, la tecnología es sólo una parte aleatoria de ello. Pero, hay que decir también, que la serie tiene al menos un héroe mutable: el doctor John Watson quien, como su par original, retorna de servir como soldado en Afganistan (el personaje de Conan Doyle era un veterano de la segunda Guerra Angloafgana –1878-1880–).
Watson (Martin Freeman) es no sólo el narrador de las aventuras de Sherlock Holmes a través de su blog, también es el personaje que trae a la serie la “superstición realista”, ya que con Holmes la teleaudiencia suele ser muy permisiva en cuestiones de realismo. Es decir, Sherlock es lo suficientemente fabulesco como para que el público sacrifique en él toda pretensión de verosimilitud. Pero, como la televisión es, al fin y al cabo, el imperio de lo verosímil, debe haber siempre un personaje, una figura que la encarne. Este notable detalle, que de alguna manera establece la gran diferencia con el texto original, en el que la buena nueva de la Fe en la Razón era un evangelio autosuficiente (sí, la mentalidad del autor era esa: la devoción por el Progreso y la creencia de que lo religioso podía reducirse a un par de trucos de espiritismo; por eso Gilbert K. Chesterton le respondería con una serie de cuentos, los del Padre Brown, en los que un sacerdote católico dilucidaba crímenes pero se reservaba la entrega del criminal a la policía amparado por el secreto de confesión).
Bien, como no sabemos qué canal emitió la serie en el país, asumimos que su disponibilidad es la de internet. Entonces, hay que decir que el episodio piloto de 2010, no emitido, que se conoció legalmente en los devedés, es una joya para cualquier analista: señala las decisiones en torno al guión, la trama y la puesta en escena de la serie. En ese primer episodio, sobre una misma historia –el encuentro de Sherlock y Watson, la referencia a Estudio en escarlata, que en la serie será Estudio en rosa– se ve con claridad cuáles han sido las elecciones definitivas de los creadores (productores, directores y escritores): en el episodio no emitido la idea parecía ser, no sólo adaptar a Holmes a la ápoca actual, sino explorar en ello cierto goce. Es decir, Holmes y Watson gozan con la intriga policial y la llevan a los límites de sus posibilidades porque de alguna manera esa intriga que incluye la muerte y el peligro está en el centro de sus deseos. Pero, a diferencia del primer episodio emitido, el piloto no incluye ni al hermano de Sherlock, Mycroft, ni a su archienemigo, Jim Moriarty. O sea: Sherlock nació mucho más realista de lo que se vio. En algún momento Moffat y Gatiss se dijeron algo así: “Un momento, vamos a filmar a Sherlock Holmes en 2010 y pretendemos que se parezca a un personaje de The Shield?” Ahí empezó a gustarnos.
Como todas las series actuales, Sherlock vuelve sobre las fantasías de la utopía imperial, es decir, la utopía del capital: toda una parafernalia de vigilancia sugiere que Sherlock es observado y que quien observa goza con el mal que Sherlock examina: el taxista del primer episodio de la primera temporada recibe un pago por cada homicidio, los criminales del episodio “The blind banker” son artistas de un circo chino y el terrorista del tercero… bueno, no adelantemos la trama. El Mal, además de ser un acto contra el bien común, debe ser espectacular, manifestarse del mismo modo “exitoso” con el que recibimos los bienes de consumo. Mejor, el Mal debe ser fuente de "espectacularidad".
John Watson, único héroe de la serie, lo entiende, por eso escribe el blog: porque sobre esa batalla debe haber un relato pero, sobre todo, porque debe ganarse la vida: premisa que Conan Doyle despreciaba y con la que dejó a su detective anclado en la fábula, siempre irreal, una fórmula, antes que una ficción.

Adenda (diez horas más tarde): Había olvidado señalar que una de las mejores versiones de Sherlock Holmes que ha dado la televisión contemporánea es acaso House: por lo menos en sus primeras temporadas la intriga que supone un diagnóstico preciso implica desarmar el gabinete aséptico de la medicina y devolverla al terreno de la clínica, es decir, del lenguaje; cosa que, salvo algunos chistes, está lejos de suceder en Sherlock, donde incluso el recurso más frecuente de la puesta es desplegar ciertos datos de la lengua (textos de mensajes, conversaciones) en la misma pantalla, como si se tratara de un menú alternativo.