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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 12 de junio de 2012

blues de doctor house



Ni siquiera había pensado en ir a verlo y, en cambio, había escuchado la cantinela del deseo de mi hija: Hugh Laurie venía a Rosario a presentar Let Them Talk, su disco con blues del año de ñaupa. Pero una semana antes del recital recibí un llamado para hacer una nota a Laurie para una revista, así que el domingo 10 salí de casa e hice el mismo recorrido a pie que el de mis caminatas diarias, sólo que esta vez me detuve en el Alto Rosario y me metí en Metropolitano, donde recibí un entrada e ingresé al recital junto con Claudio Socolsky y después de Fabiana Cantilo, la esposa de Binner, mi amigo Caferra, entre otras celebrities.
Hacía muchísimo que no iba a un recital de blues, es decir, de eso que llamamos blues y en el disco de Laurie es una mezcla increíble, muy refinada, de gospel, country, blues, jazz; y que en vivo tuvo las bases sensibles y llenas de swing del folclore de Nueva Orleans y el estilo maduro del jazz de los 60, por decirlo de algún modo (Socolsky lo resumió bien cuando dijo que le recordaba las producciones de T. Bone Burnett). Del recital sólo diré que fue hermosísimo: Laurie y su maravillosa banda no jugaron ni al eclecticismo (tan fácil) ni a la antropología musical (más fácil aún): hicieron los temas con amor y diversión y, sobre todo, a conciencia de que el motivo por el cual estaban allí, con un auditorio que había colmado el salón, era la fama de Dr. House, doctor que, dicho sea de paso, me recuerda ese otro witchdoctor de la música, Dr. John, quien participa en uno de los temas de Let Them Talk y es uno de los músicos más admirados por Laurie (por eso me cuesta decir Laurie en lugar de Dr. House: para mí House es Dr. John por otros medios, también sus saberes, en la serie, son los de un hechicero del blues, de una música hecha para encantar y para conjurar demonios e historia).
Sólo quería entonces anotar, menos con ánimo de hacer una crónica que de dejarlo asentado, esa particular relación por la cual House-Laurie "atendió" a sus chicas en el recital (hordas de mujeres veteranas solas de todos los sectores, o casi todos: mucha clase media, pero también jóvenes, pos-adolescentes). House-Laurie cantó, bailó e hizo chistes para ellas. Para empezar, se presentó con la voz en off de su doblajista y, antes de cada canción, contó su historia, dijo quién era su compositor y dejó en claro el modo muy distinto en que se aprecia un autor en Estados Unidos y en países como Argentina, mientras aquí cualquier figura de la cultura aspira al bronce, a que una calle lleve su nombre, allá son meros ex convictos, gente, como me decía Fuguet, a la que no el interesó hacer grandes negocios. Bien. 
Detrás de los asientos donde nos sentamos con Socolsky (que no eran de ninguna manera de los más baratos), dos mujeres que no pasaban de los 35, antes de que comenzara el recital, ya "verbalizaban" sus fantasías: "Golpeame con el bastón", decía una; "Caminame rengo por la espalda", la otra. Se referían a la renguera de House, claro. Esa espesura libidinal se mantuvo durante todo el recital, y House-Laurie estuvo siempre atento a ella respondiendo de la forma más amable posible (y no descuidando jamás que estaba allí para tocar con su banda). En un momento hizo un alto en el show y sirvió unos vasos pequeños de whisky (desde la platea parecía scotch, pero puede que ni siquiera fuese scotch, o a lo mejor era nomás bourbon –Laurie pronunció "whiskey", que es como se le dice al bourbon–): la banda se quedó en silencio un ratito, todos con su vaso medidor en la mano. Qué seguiría no lo sé, porque bastó ese breve relax para que una mujer, allá atrás, arrancara con un "Happy birthday to you", acompañado por palmas y, de inmediato, un corrillo de voces femeninas que se plegaron: es que el único diario de Rosario había publicado ese mismo domingo que House cumplía 53 años el lunes 11, que había viajado en ómnibus desde Buenos Aires para ver el paisaje, así.
El Happy Birthday fue la cima, pero hubo otras intervenciones: ninguna escandalosa o tan escandalosa como la de pretender acompañar con palmas una base rítmica siempre sutil. Pese a los derrapes libidinales, las damas rosarinas –hubo también de Córdoba, según le gritó una junto al escenario: $800 la entrada– guardaron cierta elegante compostura: aceptaron que no hubiese renguera ni bastón y escucharon los caprichos musicales de su hombre. Que uno va al doctor por eso de la transferencia, no necesariamente a escuchar su discoteca.  
Foto de Gustavo Villordo.