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viernes, 10 de abril de 2015

sangre de reyes

A las disparadas, traduzco la nota en AVClub de Joshua Alston sobre Game of Thrones:
«El monumental drama épico Game of Thrones explota sus mejores materiales de los cambios de régimen, las variaciones en el poder que dominan el continente de Westeros y reclaman traiciones impactantes, alineamientos estratégicos y reveses de fortuna. Qué apropiado entonces que, en su quinta temporada, Game of Thrones navegue por su propio cambio de régimen. Así, el control sobre ese meticuloso ecosistema comienza a escapar de las manos de George RR Martin –el novelista cuya serie “Canción de hielo y fuego” inspiró la tira televisiva de HBO–hacia dos showrunners intrépidos, David Benioff y D.B. Weiss.
«Benioff y Weiss lograron meterse de a poco a la aclamada fortaleza de Martin mientras el escritor termina con la entrega de sus dos últimos libros. Así que las ansias que genera esta quinta temporada, cuyo primer episodio se estrenó en HBO el domingo pasado, no se veía desde el Y2K.
Imagen tomada de AVClub.

«Dadas las demoras de Martin en la entrega de su sexto libro, Benioff y Weiss discutieron cómo iban a arreglárselas para adaptar parte de los libros cuatro y quinto de la serie, “A Feast for Crows” (“Un festín para los cuervos”) y “A Dance with Dragons” (“Danza con dragones”) y, a la vez, asegurarse que los fanáticos vayan haciéndose a la idea de un Westeros post-Martin. Ahora que los guionistas despliegan su plan, su visión comienza a revelarse y los cambios que buscan introducir podrían hacer de Game of Thrones una serie mejor de la que vinieron produciendo hasta hoy, en la que se nota la devoción esclava al material original. Martin se enorgullece de su habilidad de hacer malabares con multitudes de personajes en mundos lejanos. Pero, mientras los libros permiten que los personajes evolucionen de modo independiente, los episodios de televisión funcionan mejor cuando hallan la manera de manejar sus personajes dentro del mismo espacio. 
«Aún continúa la batalla de los Siete Reinos, pero el ansiado Trono de Hierro se disolvió un poco en el trasfondo de la trama. Así que los esfuerzos por reclamarlo resultan hoy un hábito antes que una convicción. El recién coronado rey Tommen Baratheon (Dean-Charles Chapman) parece más dispuesto a acostarse con la oportunista reina Margaery antes que a sentarse en el trono poderoso, por mucho que le pese a Cersei (la magnífica Lena Headey). El enfoque sensible y despreocupado de Tommen en el gobierno de Westeros es un cambio discordante de ritmo, complementario al tema central de la serie, el del liderazgo ambivalente.
«Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) enfrenta una crisis de liderazgo similar en Meereen, donde encuentra una resistencia inesperada tras la última parada de su gira por la emancipación de Essos. Daenerys anhela la corona, pero teme el resultado de acumular un poder demasiado grande para que pueda controlarlo. Después de forjar su reputación como la madre de dragones, Daenerys observa con impotencia cómo su rebaño de fuego sucumbe a sus instintos naturales destructivos, poniendo en peligro su lugar en un momento en que ya se ha enfrentado con una desgarradora encerrona en varios escenarios. De los que compiten por la corona, el único que parece no tener diversión alguna es Stannis Baratheon (Stephen Dillane) que se está preparando para un gran resurgimiento en El Muro (The Wall) y hace lobby con el reacio Jon Snow (Kit Harington) para contar con la ayuda de la Guardia Nocturna. (Hablando de Jon Snow, su participación en una “cena entre amigos” en “Late Night Show with Seth Meyers” –se puede ver en YouTube, aunque hasta el viernes no tenía subtítulos en español–, como parte de la promoción del lanzamiento de la quinta temporada es un hallazgo sencillo, brillante y desopilante).
«Mientras Westeros se presenta como el mismo campo de batalla brutal de siempre, los primeros episodios de la quinta temporada tienen un tono diferente y palpable al de las últimas temporadas. Con la traumática Boda Roja y sus baldazos púrpuras y catárticos en el retrovisor, la urgencia que alimentó Game of Thrones a través de la destrucción gradual de la Casa Stark y el reinado del malicioso Joffrey Baratheon está en gran parte ausente ahora que el show se reanuda. El estreno de la temporada se titula “Las guerras por venir” (“The Wars to Come”), un trozo de diálogo que también funciona como una promesa implícita para los espectadores: los contratiempos ocasionales en la primera tanda de episodios no son un índice completo de lo que la temporada de 10 episodios les tiene reservado. Y para que nadie piense que el espectáculo ha perdido su racha violenta, hay suficientes géiseres arteriales para satisfacer incluso la sed de sangre más insaciable. Un episodio especialmente sanguíneo culmina en una secuencia contundente de una larga batalla que no se acerca a la de Blackwater, pero sofoca cualquier preocupación sobre un Westeros más suave y amable.
«Game of Thrones sobresale entre las historias humanas traducidas a un mundo de fantasía, una habilidad que se refleja en su tendencia a construir a momentos que dejan sin aliento, como las nupcias fatales o la liberación de fuego de los esclavos de Yunkai que hizo Daenerys. Benioff y Weiss hacen el mismo programa pero con un ritmo un poco diferente, confiando más en el carácter sombrío y la interacción que en poner en escena la próxima masacre. La quinta temporada también está impulsada por la idea de los duelos de creencias religiosas, según el universo elaborado de Martin. Eso también es un gesto de buena voluntad hacia el grupo de fervientes admiradores, quienes rezan para que el espectáculo mantenga sus estándares de calidad sin Martin.»

Acá, en apóstrofe, sobre Game of Thrones:
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