Érica Brasca no tiene una gran presencia en la web (me refiero a la web tal como la pensó Tim Berners-Lee, la que funcionó hasta la primera década de los 2000), lo que no quiere decir que su trabajo no funcione “en red” (a lo mejor tiene cuentas en redes sociales que no son Twitter y desconozco, pero lo que importa, siempre, es la web). Sin embargo, pese a que parte de mi tarea está en una librería donde está su libro Aldabas de Graná, me enteré de la existencia de ese volumen cuando entré al sitio de la editorial ōmachi, que con tanta delicadeza lleva adelante Ernesto Inouye.
Cada cosa que Érica produce es un obsequio (iba a poner una “ofrenda”, pero dejemos el lenguaje religioso para su prosa), de hecho, la primera vez que conversamos me regaló varios fanzines suyos, entre ellos uno que se presentaba con una tapa en caracteres cirílicos y lo primero que pude leer decía: “La pestaña de YouTube ya estaba abierta”. Escribe en red.Con la publicación que hizo de su traducción del ruso de un texto de Margarita Aliguer (La novia de Maiakovski) también me encontré con otro fanzine suyo que lleva discretamente como título: “Música de fiesta para cualquier fondo desanimado” y, página siguiente la aclaración: “Textos armados a partir de canciones de rock y post-punk ruso (…) Los mejores están en el canal de YouTube Chorny Zvezda Radio”. La escritura en red, ya lo dije.El obsequio, como cualquiera sabe, es una entrega, y Érica se entrega en esos textos impresos en papel, como en los 2 microrrelatos absurdos de Daniil Jarms, en el que su nombre aparece en la aclaración: “Traducción y «dibujitos» (el encomillado es mío)”. Se entrega a una red anacrónica y contemporánea, como en el ensayo de Agamben.
Pero volvamos al libro que la tiene como autora, Aldabas de Graná, copio del sitio de ōmachi:
“En junio de 2025, Érica Brasca viajó a España para hacer una estancia de investigación en el departamento de Filología Eslava de la Universidad de Granada. Se alojaba con una amiga en el barrio de El Realejo. Ahí descubrió que muchas puertas tenían aldabas, esas piezas metálicas que sirven para golpear. Le llamó la atención un modelo en especial: una con forma de manito. Averiguó que se llamaba «mano de Fátima». A partir de ahí empezó a fotografiar las aldabas que iba encontrando. Aldabas de Graná reúne una selección de esas fotos acompañadas por unos apuntes acerca de estos objetos en desuso y sobre el acto de anunciarse:
“«La aldaba difícilmente pueda considerarse un llamador discreto; su tañido puede retumbar en toda la cuadra. Con la llegada del timbre, el sonido se volvió más íntimo, dirigido sólo al interior de la casa, y, más tarde, los mensajes de celular hicieron que el modo de anunciarse fuera casi secreto.»”
Ese trabajo en red de Érica es de algún modo su maniera de anunciarse, como las “manos de Fátima” que describe en el libro. Fátima, anuncia a los despistados, es la hija de Mahoma que en la parte andaluza de la península ibérica encarnaría en el bronce forjado de muchas aldabas.
Para los católicos, Fátima es el nombre de la Virgen del Rosario anunciada ante tres niños portugueses en las postrimerías de la Revolución Rusa.Pero la “ofrenda” llega en la página 16 del breve Aldabas de Graná, cuando la cronista describe un camino calle abajo —es un camino doméstico, no turístico, la narradora va hacia un mercado— encandilada por el sol, que la ciega y, cuando al fin recupera la vista está frente a una de esas manos de Fátima “de un realismo ominoso” encaramada en una puerta señorial que decide, como lo decide la Fe del Islam, no fotografiar, no iconografiar, no volver imagen.
Un recato y un pudor que, en un libro poblado de imágenes de las aldabas granadinas, devuelve esa anunciación al mundo sonoro en el que las cosas que suenan se guardan el secreto. “Diálogo somos, entre una corsa oscura y el secreto claro”, como escribió el poeta maldito de nuestro pasado cercano.




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