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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 5 de junio de 2017

empleos de feria

Imagen tomada de The Washington Post.

La quinta temporada de la serie House of Cards, con la que idóneos y neófitos accedieron a la ilusión de correr el telón de la trastienda de la política imperial, puede verse completa en Netflix desde el miércoles pasado.
Si las temporadas anteriores desarrollaron las estrategias de Frank Underwood y su esposa para mantenerse en el poder a costa de crímenes, lobbies y zancadillas, en esta la estrategia es el terror. En el último episodio de la temporada anterior Underwood desestimaba el daño que podían causar unos terroristas islámicos en suelo estadounidense con la frase: “Nosotros somos el terror”. Una buena síntesis del método argumental de la serie: confirmar eso que sospechábamos del imperio y la política, cerca de la realidad pero lejos de los matices y la ironía de la historia, como aquella vez que Franklin Delano Roosvelt declaró sobre Anastasio Somoza, el dictador nicargüense: “Es un hijo de perra, pero es ‘nuestro’ hijo de perra”.
Con el arrasamiento político que significa la irrupción del terrorismo y la declaración de guerra que Underwood busca en el Congreso estadounidense, queda atrás la pantomima política de buenas intenciones con las que el protagonista de la serie intentó seducir al electorado en temporadas anteriores: todas cotejadas de algún modo con la realidad política de Barack Obama, que en 2015 –cuando se emitió la tercera temporada– llegó a tener unos nueve millones de desocupados.
Fue entonces –en la tercera temporada– que Underwood armó un plan para generar empleo que llamó “America Works” (“Estados Unidos Trabaja” pero, también; “Estados Unidos funciona”).
Lo presentó, en síntesis, con estas palabras: “Esta noche les diré la verdad. Y la verdad es ésta: el sueño americano les falló. ¿Trabajar duro? ¿Seguir las reglas? No tienen garantizado el éxito. Vuestros hijos no tendrán una vida mejor que la que han tenido ustedes. Diez millones de vosotros no pueden conseguir un trabajo por mucho que lo intenten. Hemos estado inmovilizados por la Seguridad Social, Medicare, Medicaid, por el estado del bienestar, por los subsidios. Y esta es la raíz del problema: los subsidios. (…) Déjenme ser claro. No tienen derecho a nada. América fue construida en el espíritu de la industria. Tú construyes tu futuro. No te será regalado. Y el problema con Washington es que no les dimos las herramientas para construirlo. Y esto es exactamente lo que yo pretendo hacer. Nada de donativos. Trabajos. Trabajos realmente remunerados”.
Ni siquiera en la ficción se impuso el programa que, sin embargo, fue analizado por expertos economistas que le bajaron el pulgar en Forbes y el Washington Post.
Básicamente se trataba de un programa que cambiaba empleos de baja calidad por derechos.
La semana pasada vimos cómo una convocatoria a una suerte de “feria” de empleos impulsada por el gobierno nacional en los que se rifaban unos 10 mil puestos de trabajo convocó a unos 150 mil jóvenes en Buenos Aires.
Hace muy poco, en la revista española Ctxt, el economista británico Guy Standing señalaba que los únicos empleos que pueden generarse son de los de baja calidad. “Hay una inmensa confusión –decía Standing– entre empleo y trabajo. Debemos defender la capacidad y la libertad de las personas para elegir qué trabajo y a cambio de qué salarios y condiciones quieren ofrecerse en el mercado de trabajo”.
A las múltiples farsas con las que se repite la historia hay que sumar las que repiten farsas originales como la de House of Cards.