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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 4 de junio de 2018

una medida de seguridad


Escribí este cuento a fines de los 90, "fascinado" con la experiencia de mi primera paternidad. Mi amigo JPD lo usa en clases sobre literatura de horror. Al releerlo, luego de que me pidiera algo para publicar El Corán y el Termotanque, encuentro, como JPD me lo ha señalado, que cumple a rajatabla con las premisas de la narrativa de horror, desde lo familiar que se vuelve siniestro hasta lo que podríamos llamar el "desmoronamiento ontológico", ese momento en el que un personaje siente que se desmorona todo lo que construyó, desde su identidad hasta su propia cotidianidad. En fin. Este es el cuento. Gracias a Juan Campos de El Corán y el Termotanque.

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La primera vez que Marcelo Subirats sintió que algo lo separaba de su hijo, éste se resistía a salir de la panza de su madre.

Entonces, Subirats no pensó que le vedaban el contacto con la criatura. Hasta ese momento el hijo era poco más que una idea, un ideal dibujado en el vientre redondo de Rita, su esposa. Había pasado casi toda la noche en el sanatorio, junto a la cama donde su mujer hacía el pre parto. Pero no hubo suficiente dilatación. Eran pasadas las siete de la mañana cuando el obstetra entró con una enfermera, revisó la panza de la mujer con los electrodos de un aparato y le dijo a él que permaneciera en sala de espera. Iban a cesárea.

Emilio nació sin otras complicaciones que las de su madre al dar a luz y a Marcelo Subirats nunca se le ocurrió que esto tuviese un significado particular, hasta que el bebé tuvo siete meses. Entonces los hechos le dieron al episodio la dimensión del indicio, de una señal.

***
 
Subirats había dormido y depositado a Emilio cuidadosamente en la cuna. Sonó el teléfono. Iba a atender cuando el bebé prorrumpió en llanto. Volvió a la pieza –porque desde un principio estuvieron de acuerdo con su esposa en que Emilio no debía dormir más de un mes en la habitación de ellos–, alzó a su hijo y le canturreó algo parecido a una canción de cuna con la voz áspera y desafinada de la sed. Hacía cerca de una hora que lo acunaba. El teléfono llamó un rato largo hasta que paró. Subirats repasó la situación mentalmente: le había dado la mamadera a horario, lo había hecho eructar, era el momento de su siesta pero no se dormía. No había hecho caca, tal vez era eso. Revisó los pañales otra vez. Estaban un poco meados, pero no demasiado como para cambiarlo o para que le impidieran dormir. Se paseó desequilibradamente por la pieza en penumbras, esquivando el cono de luz del velador sobre la repisa; rozó con la frente los móviles que colgaban del techo. Por la puerta entreabierta se colaba una leve corriente de aire fresco; tal vez tenía frío. Si Emilio esta vez se quedaba en la cuna, cerraría la ventana del hall después de acostarlo.

Con la ventana del hall cerrada el día parecía desperdiciado. Era un día fresco de verano. Los rayos del sol caían oblicuamente sobre la casa y proyectaban su perfil sobre el césped fulgurante del patio. Subirats miró sus papeles sobre la mesa con el teléfono inalámbrico en la mano. Su hijo dormía en la cuna. La luz del día, a las cuatro de la tarde, en el suspenso de la casa, traía expectativas que el hombre sopesó con un dejo de melancolía. Abriría la ventana nuevamente y cerraría primero la puerta de la habitación de Emilio.

Cerca de la puerta sintió aquello que ya había sentido antes sin poder formulárselo, cierta inquietud: las sombras espesas donde se agitaba el perfume del bebé, la respiración en el fondo de la cuna como el rumor de un arroyo le­jano y pequeño, la penumbra que respiraba con Emilio. Pero ahora escuchó un ronquido breve, apagado y «húmedo» –fue el adjetivo que se le vino a la mente. Entró y llegó hasta el bebé en dos zancadas. Entredormido, casi ahogado, Emilio refregaba el rostro sobre el vómito reciente.

***

—¿Para qué? —dijo Rita.

Salían del médico.

—Una medida de seguridad —dijo Subirats.

—Ya oíste al médico, fue circunstancial.

—No va a estar de más, sólo como una medida de seguridad.

—Puede ser —dijo—, pero me parece que la mejor medida de seguridad es que controlemos nuestros miedos para no transmitírselos, en lugar de ponerle walkie-talkies en la pieza —la elocuencia de Rita lo amedrentaba; veía en esa elocuencia una verdad contundente. Subirats se consolaba pen­sando que quizás todas aquellas ideas no eran sino influencia de las amigas. Dos eran psicólogas. Quería aquella lucidez distante y ajena.

Los «walkie-talkies» eran un sistema de transmisores y receptores de FM que se colocaban uno junto a la cuna del bebé y otro junto a la cama de los padres, de modo que podía escucharse cualquier perturbación en el sueño de la criatura, siempre que esa perturbación vibrara sonoramente en el aire.

Subirats consiguió los walkie-talkies en una casa de telefonía, había averiguado antes en un negocio de electrodomésticos y le habían aconsejado que buscara por allí. No habían salido tan caros.

Durante una semana durmió tranquilo. Entraba en puntas de pie a la habitación de Emilio, observaba el cuerpo henchirse de aire en el fondo de la cuna, constataba que el walkie-talkie (tenía otro nombre, pero Rita lo siguió llamando así y él se acostumbró a esa denominación) estuviera encendido y se iba a su pieza; pegaba la oreja al receptor que había sobre su cama y no se acostaba hasta haber escuchado el suave pulso de soplidos de su hijo.

En el trabajo habían aceptado una idea suya para una publicidad y ese día el presidente del directorio se había sentado a tomar un café con él en su escritorio.

—Mirá vos, che, te vamos a meter de extra en el corto. Quién te dice, a lo mejor lo tuyo es el arte —dijo el presidente con las piernas cruzadas y blandiendo un vaso de cartón lleno del café de la máquina expendedora.

Subirats trabajaba en una agencia publicitaria. Era contador, aunque otro contador se encargaba del grueso de las tareas de tesorería y él ocupaba un lugar intermedio entre jefe de personal y administrativo. Pero tuvo aquella idea. La empresa telefónica le había pedido a la agencia una campaña para un nuevo servicio de informaciones que empezaría con un video televisivo. Los creativos dieron vueltas en torno a algunos esbozos que no convencían demasiado a ninguno hasta que Subirats se animó y contó su idea: un grupo de gente practica el juego de la copa, preguntan por un espíritu, la copa se mueve entre las letras del abecedario, alguien anota lo que señala la copa; manuscrito en un papel el mensaje dice: llame al 205 –el servicio que la telefónica quería publicitar.

Su idea.

Dos días más tarde, alentado por sus compañeros de trabajo, llevaba puestos unos gruesos anteojos de aumento con marco de carey negro, tenía el pelo aplastado por la gomina, dos tiradores le sostenían los pantalones y un moñito ridículo le abrazaba el cuello. Era el tonto del grupo en aquella ficticia mesa donde harían el juego de la copa para las cámaras de video. La caracterización de su personaje había demandado trabajo. Se divertía. El realizador los hizo practicar un rato antes de empezar con la filmación. Rita iba a ir a verlo, pero Emilio no tenía un buen día y su suegra no podía cuidarlo. Les apagaron las luces del estudio y dejaron un reflector blanco y potente sobre la mesa, cuya sombra se proyectaba con bordes filosos en un piso plastificado. Jugaron con la copa entre risas hasta que una chica saltó de su asiento haciendo caer la silla, que explotó contra el suelo del estudio como un puñado de varillas metálicas.

—Se movió sola —gritó la chica. Se llamaba Mara o Maira, algo así.

Le dijeron que la corte, que había estado bueno para crear cierto clima –se lo decía el realizador, en voz baja–, pero que la cortara de una vez.

—Se movió en serio, no es joda —insistía Mara o Maira.

El realizador y alguien más se la llevaron fuera de la luz pesada e incandescente del reflector y le hablaron con susurros que parecían disolverse cuando llegaban hasta la luz. Después de eso Mara o Maira volvió a la mesa, hizo su parte hasta el final pero su expresión había cambiado, como si una máscara transparente le distorsionara el rostro. Subirats sintió que los ojos de la chica expelían una especie de vacío y esquivó su mirada.

***

El día que pasaron la publicidad por televisión Subirats invitó a los suegros a su casa para verla antes de la cena.

Antes de acostarse repitió la operación de constatar el funcionamiento del walkie-talkie y se durmió abrazado a la almohada.

A las cuatro de la mañana lo despertó un estrépito de voces que se desvanecieron en el tumulto del sueño. Sin embargo, Marcelo Subirats sabía que las voces venían del walkie-talkie encima del respaldo de su cama. Permanecía con medio cuerpo incorporado, envuelto aún en el sopor del sueño cuando escuchó a su hijo emitir una risita débil y serena que crujió a través del pequeño parlante.

Entró a la pieza de Emilio en puntas de pie. Podía ver porque dejaban una lamparita amarilla de 25 watts en el pasillo. En el fondo de la cuna su hijo lo miró con los ojos muy abiertos mientras una sonrisa temblaba todavía sobre sus labios. Hasta que rompió en llanto.

Lo acunó la madre con un arrullo que llegaba hasta la cama de Subirats como un ronroneo. El ronroneo lo durmió, pero a la mañana recordó vagamente el remolino turbio de un mal sueño.

—Saquemos los walkie-talkies —le dijo al otro día Rita, cuando él volvió del trabajo.

Subirats se negó.

—Si lo decís por lo de anoche —dijo—, ya estaba despierto cuando entré en su cuarto.

—Entraste porque no sé qué escuchaste por el aparato.

—Estaba despierto —repitió Subirats, seguro de que su evidencia era un buen argumento para mantener en su lugar los walkie-talkies. Apenas le había comentado a Rita lo que escuchó por el parlante cuando se levantó para calmar a Emilio, la noche anterior.

—Preferiría que los sacaras —dijo ella.

En marzo el calor se hizo más intenso. Una cortina de vapor húmedo y ardiente abrazaba la ciudad. A la noche, con el ventilador de techo encendido, la habitación de Subirats se inundaba con el gemido grave y monótono de las aspas que removían el aire denso y caliente. Había vuelto a suceder. El estrépito de voces a través del walkie-talkie, el bebé despierto sonriendo a la penumbra en el fondo de la cuna. «Sonríen a los ángeles», decía todo el mundo, es decir, sus suegros, dos o tres compañeros de trabajo y uno de los amigos de Bombal, su pueblo, que trabajaba en una compañía de seguros, en la misma cuadra en la que estaba la agencia de publicidad. Subirats no hacía comentarios. Pero al regresar a su casa notaba que sus miedos se multiplicaban. Los miedos le corrían dentro como un ejército descabezado y en fuga. Se tocaba las sienes y sentía que las yemas de los dedos rozaban las puntas de bayoneta de ese ejército. Temía que algo de su naturaleza se hubiera perdido, o trastornado, y que eso que ahora percibía como una falta le impidiera acercarse con confianza a jugar con su hijo, era lo poco que había despejado. Casi no hablaba con Rita y la mayoría de las veces peleaban. Se movían por la casa empujados por olas de calor y se fastidiaban encontrándose en la atmósfera caldeada de la cocina, donde siempre había en la hornalla una mamadera a baño maría, una papilla calentándose (Rita no confiaba en el microondas para calentar la comida del bebé).

Una noche, cuando volvió tarde de la agencia, su esposa había sacado los walkie-talkies. Subirats le hizo saber de su rabia en silencio y antes de acostarse desafió la furia muda de Rita colocando de nuevo el aparato.

—Separémonos —dijo ella con la voz ronca y la cabeza hundida en la almohada—, va a ser mejor para Emilio. Los niños con más problemas son los hijos de las parejas que no se separan.

Tragando con la boca abierta el aire tibio que le raspaba el pecho, abrumado por la noche que tenía por delante, bajo el influjo circular y pesado del ventilador, Subirats le contó todo (aquella idea suya, la filmación, lo solo que se sentía en la ciudad, lo lejos que le parecía que quedaba su mundo, la sospecha de que no había un tal «su mundo») y terminó hundido en los brazos de su mujer.

—Por eso —dijo Rita, distante todavía—, sacá ese aparato.

—Mañana. Mañana —dijo Subirats antes de dormirse.

Entrada la madrugada lo despertó el estallido de una voz. Rita se incorporó con él en la cama. Era una voz y atronaba con un eco metálico y crepitante a través del walkie-talkie.

Llegaron a la pieza de Emilio atropellándose por el pasillo que hervía bajo la lamparita de 25 watts. Entonces prendieron la luz y lo vieron sonriendo a algo que se agitaba en el aire. Algo que ellos no veían. Algo que divertía al bebé y que éste seguía atentamente sosteniéndose en sus pequeñas piernas y aferrado a los barrotes de la cuna. Desde el walkie-talkie, en la pieza de su hijo, Rita y Subirats volvieron a escuchar la voz. Había algo en la voz que no eran palabras y transmitía un mensaje oscuro que remontaba un entrevero de palabras.

***

Lo que quedaba de esa noche lo pasaron en la habitación matrimonial. Emilio durmió en medio de la cama y ellos velaron su sueño aterrorizados. Antes se deshicieron del walkie-talkie y lloraron junto al bebé, que parecía asustado tras el encuentro con sus padres.

Cuando su hijo cumplió un año Rita y Subirats vivían en casa de los padres de ella; hasta que pudieran vender su casa y comprar otra. Rita habló con sus amigas psicólogas. Héctor Subirats, el padre de Marcelo, llamó a un cura jesuita que vivía en Buenos Aires y había estado algún tiempo en Bombal. El cura vino un par de veces. Otro par de veces viajaron los tres hasta la capital. Marcelo Subirats se cruzó una mañana con Mara o Maira, la chica que se había trastornado cuando filmaban el corto publicitario del juego de la copa. Le pareció que iba a hablarle, pero al fin dio media vuelta y siguió su camino. Subirats reconoció algo suyo en aquél abismo que la mujer llevaba en los ojos.

Emilio tiene ahora dos años.