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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 14 de octubre de 2010

cuba se hunde

La lectura de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, me recordó el Canto III de El hundimiento del Titanic: acaso porque allí también se habla de algo Titánico que tambalea en el momento en que se yergue.
Alec Guiness en Nuestro hombre en La Habana (Carol Reed, 1959, con guión de Graham Greene)

Canto III

Recuerdo La Habana, las paredes desconchadas,
la insistente fetidez ahogando el puerto,
mientras el pasado se marchitaba voluptuosamente,
y la escasez roía día y noche
el añorado Plan de los Diez Años,
y yo trabajaba en El hundimiento del Titanic.
No había zapatos, ni juguetes, ni bombillas,
ni un solo momento de calma jamás,
los rumores eran como moscardones.
Recuerdo que entonces todos pensábamos:
mañana todo será mejor, y si no mañana,
entonces pasado mañana. Bueno, tal vez no mucho mejor
en realidad, pero al menos diferente. Sí, todo
será bastante diferente.
Una sensación maravillosa. ¡Cómo la recuerdo!

Escribo estas frases en Berlín, y al igual que Berlín
huelo a viejos cartuchos vacíos,
a Europa del Este,
a sulfuro, a desinfectante.
Vuelve el frío poco a poco,
y poco a poco leo las ordenanzas.
Allá lejos, detrás de innumerables cines,
se alza, inadvertido, el Muro,
y más allá, distantes y aislados, hay otros cines.
Veo a extranjeros con zapatos recién estrenados
desertando solitarios por la nieve.
Tengo frío. Recuerdo —es difícil creerlo,
apenas han transcurrido diez años—
los extrañamente esperanzados días de la euforia.

En aquel entonces nadie pensaba en el fin,
ni siquiera en Berlín, que hacía tiempo que había
sobrevivido a su propio fin. La isla de Cuba
no vacilaba bajo nuestro pies. Nos parecía
que algo estaba próximo, algo que inventaríamos.
Ignorábamos que hacía tiempo que la fiesta
había terminado, y que todo lo demás
era asunto de los directores del Banco Mundial
y de los camaradas de la Seguridad del Estado,
exactamente como en mi país y en cualquier otra parte.

Buscábamos algo, algo habíamos dejado atrás
en la isla tropical, donde la hierba crecía
hasta cubrir la chatarra de los Cadillac. Se había
agotado el ron, los plátanos se habían desvanecido,
pero buscábamos algo más —es difícil especificar
qué era realmente— y no acabábamos de encontrarlo
en este diminuto Nuevo Mundo
que discute ávidamente sobre azúcar,
sobre la liberación, y sobre un futuro abundante
en bombillas, vacas lecheras y maquinaria para estrenar.

En las calles de La Habana, las mulatas
me sonreían con sus fusiles automáticos
al hombro. Me sonreían a mí y a algún otro,
mientras yo trabajaba y trabajaba
en El hundimiento del Titanic.
No podía dormir en las noches calurosas.
No era joven —¿qué quiere decir joven?
Vivía junto al mar— pero tenía casi diez años menos
y estaba pálido de anhelos.

Probablemente ocurrió en junio, no,
en abril, poco antes de Semana Santa;
paseábamos por la Rampa
después de medianoche, María Alexandrovna
me miró con ojos encendidos de cólera,
Heberto Padilla estaba fumando,
todavía no lo habían encarcelado.
Pero hoy ya nadie le recuerda, porque está perdido,
un amigo, un hombre perdido,
y algún desertor alemán estalló en una risa deforme,
y también acabó en prisión, pero eso fue después,
y ahora está aquí otra vez, de nuevo en su país,
embriagado y haciendo investigaciones de interés nacional.
Resulta raro que yo lo recuerde todavía,
sí, es poco lo que he olvidado.

Charlábamos en una jerga híbrida
de español, alemán y ruso,
acerca de la terrible zafra
azucarera de los Diez Millones
—hoy ya nadie la menciona, desde luego.
¡Maldito azúcar! ¡Vine aquí de turista!,
aulló el desertor y después citó a Horkheimer,
¡nada menos que a Horkheimer en La Habana!
También hablamos de Stalin, y de Dante,
no puedo imaginarme por qué,
ni qué relación guarda Dante con el azúcar.

Y miré hacia fuera distraído
sobre el muelle del Caribe,
y allí vi, mucho más grande
y más blanco que todas las cosas blancas,
muy lejos —yo era el único que lo veía allí
en la oscura bahía, en la noche sin nubes
y en un mar negro y liso como un espejo—
vi el iceberg, alto, frío, como una helada Fata Morgana,
deslizándose hacia mí, lento, inexorable y blanco.

Hans Magnus Enzensberger, El hundimiento del Titanic, 1978. Traducción de Heberto Padilla (Anagrama, Barcelona, 1986).

miércoles, 13 de octubre de 2010

afiches






utopía y desencanto

El cubano Leonardo Padura, autor de una extensa novela sobre Trotski y su asesino, Ramón Mercader, cuenta en esta entrevista entretelones del trabajo de escritor en Cuba y reflexiona sobre las víctimas de los grandes sueños de la historia. Una excelente edición de esta entrevista se publicó en el suplemento Señales, del diario La Capital.
 
Ni el asesino se llamaba como decía ni su víctima había nacido con ese nombre. Y el narrador que nos cuenta la historia de El hombre que amaba a los perros le hace decir a uno de sus personajes, un agente de la temible agencia de inteligencia soviética: “Importa el sueño, no el hombre, y menos aún el nombre”. Sin embargo la Historia, la que compartimos dentro y fuera de la novela, necesita de los nombres. Así, Trotski es también el sustantivo de un sueño y Ramón Mercader, el asesino que ingresó a la residencia del revolucionario ruso en Coyoacán un 20 de agosto de hace sesenta años, designa la pesadilla sanguinaria de José Stalin, cuya política del terror no sólo disolvió en la oscuridad la esperanza del socialismo y arrasó con la Revolución Rusa, sino que produjo la “mayor masacre de la historia en tiempos de paz”, tal como leemos entre las cavilaciones de Trotski en las páginas que nos ocupan.
Leonardo Padura (La Habana, Cuba, 1955), autor de varias novelas y, entre ellas, unas inolvidables historias protagonizadas por el desencantado investigador cubano Mario Conde, escribe en la nota final de su extensa novela (573 páginas) que comenzó a escribir El hombre que amaba a los perros en 1989, cuando caía el Muro de Berlín y él hacía su primer viaje a México, a Coyoacán, donde había sido asesinado Trotski en 1941.
Pero El hombre que amaba a los perros, que lleva a su vez el nombre de un relato de Raymond Chandler, no es sólo el cadáver exquisito de un crimen atroz y deleznable, ejecutado mientras el mundo se hundía en la Segunda Guerra. Padura contemporiza el asesinato de Trotski con la memoria de un cubano que conoció a Mercader en sus últimos días, cuando el asesino estuvo efectivamente en la isla. Y es también un repaso de lo que fue hasta años recientes la vida en Cuba bajo la irradiación soviética.
El hombre que amaba a los perros tiene la virtud de ofrecer, lúcida y terriblemente, algunas imágenes que son el contrapeso doméstico de la gran tragedia que fueron las luchas revolucionarias del siglo pasado, por ejemplo, el éxodo de cubanos en la playa de Cojimar en 1994 donde, como en los exilios masivos que conocimos en el sur, desde una balsa volvió a desplegarse la leyenda “El último que apague la luz”. Desde Cuba, por correo electrónico, Padura respondió estas preguntas sobre lo que su libro trae a la playa.
—En el personaje de Ana, la esposa de Iván, el protagonista, hay una religiosidad en la que parece contemplarse otra posibilidad para esa historia que se narra. Este aspecto de algún modo religioso vuelve en la cruz del naufragio que recoge Iván en la playa, en el irresuelto sentimiento de compasión hacia el asesino. ¿Qué clase de interrogación introduciría lo religioso?
—No creo que la religión, o la posible religiosidad de algún personaje de esta novela, sea una cuestión esencial (a pesar de la importante presencia de un posible sentimiento de compasión, que no veo llegar por vía religiosa sino más bien humana). En el caso del personaje de Ana, como en el de miles de miles de cubanos, fue una experiencia muy típica de los años 1990, cuando todas las “creencias” ideológicas fabricadas empezaron a caer y la gente buscó otras, y encontró, donde siempre estuvieron, las religiosas. También en esa época mucha gente que creía y no revelaba públicamente sus ideas, empezó a mostrarlas, bien porque hubo más permisibilidad política (en una época muy larga era muy mal visto tener creencias religiosas, incluso podía traerte problemas políticos y hasta administrativos), bien porque ya no les importaba que pudieran reprimirlos; y comenzaron a llenarse otra vez las iglesias, los templos protestantes y a verse los collares de santería. Por último, ten en cuenta en el caso de Ana, que está muriendo, y en situaciones así, Dios (el que sea) suele ser un consuelo.
—El desencanto del narrador de la novela ¿confronta con una suerte de interpretación de la Historia, no hay en El hombre que amaba a los perros una suerte de afirmación de que ciertos hombres son la Historia?
—Hay hombres que están en el centro de la historia, y Trotski fue uno de ellos, y de él es la noción de que no hay tragedias personales, pues lo veía todo en una dimensión histórica suprahumana, porque era tan histórico, tan político, tan marxista-dialéctico que casi no era humano. El marxismo trata de equilibrar el peso de las personalidades, las individualidades, en la historia, pero dentro de la propia práctica marxista encuentras que muchos líderes se presentan como históricos, o aceptan ser presentados como tales, como seres casi mesiánicos que conducen a los pueblos... hacia la historia o a través de ella.
—Usted ha escrito biografías. ¿Qué es lo que lo atrae de las biografías en relación a su obra? ¿Qué cosas le permite escribir un personaje como Conde y cuáles uno como Mercader o Trotski?
—No soy lo que se dice un biógrafo: trabajo con biografías escritas por otros para conocer la vida de ciertos personajes que me interesan en un momento determinado. Es el caso de Mercader, Trotski, José María Heredia, Hemingway, o ahora Rembrandt, para una novela que quiero escribir. Pero como soy novelista hago una selección de los aspectos de la vida, la personalidad o el pensamiento de esos personajes que me sea interesante para lo que quiero expresar desde la novela y los trato entonces como personajes de ficción, pero respetando cronologías y hechos esenciales, aunque no siempre sus palabras, que hago mías gracias a la libertad de la literatura de ficción que no tiene la literatura científica de la biografía. Pero sí, me interesan mucho las vidas de los otros... así aprendo algo para la mía.
—Asimismo, la novela cumple con la tarea de devolver a la vida a un personaje histórico como Trotski a través de las cosas de la vida. Y aquí es clave el personaje de Frida Kahlo y su relación con el revolucionario. Me pareció percibir allí esta suerte de antagonismo entre eros y revolución o, por lo menos, un antagonismo de cierta moral de izquierda que resultaría doble. Acaso la atracción por los viejos goces del mundo y a la vez su condena.
—Hay un hecho extraño en la imaginería revolucionaria del siglo XX y es la abundante presencia de la figura del líder públicamente célibe que, sin embargo, también puede ser sexualmente activo, incluso irresistible, elementos todos que lo hacen distante y cercano, misterioso. Pero no me interesaba —ni me interesa— meterme en esa confusa y hasta discutible percepción, sino que trataba de buscar la parte más humana de un hombre que, como ya te dije, en lugar de sangre tenía política en las venas. Y una relación amorosa, o mejor dicho, erótica, como la que sostuvo con Frida (una ninfómana enloquecida, físicamente deforme incluso, al parecer sin fronteras sexuales ni morales) me pareció un lado propicio para entrar en ese resquicio humano del personaje. Pero no debes ver nada más allá que eso: Frida y la relación con Trostki estaría en el mismo nivel que la relación de Trotski con los perros, en el camino de una búsqueda de lo humano en un ser casi inhumano.
—“Importa el sueño, no el hombre, y menos aún el nombre”, dice en la segunda parte de la novela el instructor de Ramón Mercader. Noto que la justicia, como la literatura, buscan lo contrario: para llegar al sueño es necesario restituir el nombre, reconstruir al hombre. ¿Sería en este sentido su novela una suerte de testimonio: de ese camino hacia la revolución, de la Cuba que no fue, de su propia experiencia como escritor?
—La experiencia socialista no siempre ha cumplido sus preceptos filosóficos, y el hombre no ha sido el centro esencial de la revolución, sino la búsqueda de la idea y en ese proceso el hombre, como individuo, ha sido supeditado al destino del proceso. Muchas veces se ha dicho que se debe vivir, luchar y morir por la idea, no por la vida; que ningún sacrificio es pequeño si se hace por la causa y la causa exige todos los sacrificios. La retórica está llena de esas frases, y la realidad también lo ha estado, pues muchas veces se les ha pedido a las gentes —o se les ha impuesto— que vivan para crear un más allá, terrenal, es cierto, pero que no será disfrutado por ellos, que nunca lo disfrutarán por mucho que se esfuercen. En Cuba la llegada de ese futuro luminoso siempre se ha visto pospuesta por mil razones, y de ese enfrentamiento entre la promesa, el sueño, la realidad y la vida, es de donde ha surgido mucho de ese desencanto que ves en la novela. Y que no solo aparece en la mía, sino que es muy común a la narrativa cubana más reciente.
—A propósito, ¿cómo es su experiencia como escritor en Cuba? ¿Los de su estirpe no están por lo general fuera de la isla?
—Pues yo estoy, porque este es mi medio natural, mi ambiente cultural, mi circunstancia espiritual. Estoy en la misma casa en la que nací y donde he vivido mis 55 años, en el mismo barrio, en la misma ciudad. Por fortuna he podido desarrollar sin mayores contratiempos (o con los mismos contratiempos que el resto de los cubanos) mi trabajo literario, y mis libros, todos, han sido publicados en Cuba, muchos de ellos premiados, y disfruto del reconocimiento de los lectores cubanos, que son los primeros a los que me dirijo cuando escribo. Y vivo en Cuba por una decisión personal, familiar, sentimental.
—¿Cómo se metió en esta historia, la de El hombre que amaba, cómo supo detalles de la vida en Rusia en los 60, de la vida de Mercader en la cárcel, en México; cómo se dejó seducir por algo tan grande como todos esos momentos, los más importantes del siglo XX: la Revolucíon Rusa, la Guerra Civil Española, la Revolución Cubana, la persecusión de Trotski? Son cosas lo suficientemente grandes como para devorar cualquier novela.
—Sí, fue casi una decisión irresponsable lanzarme con ese proyecto de novela que me obligó a estar dos años leyendo sobre sus distintas aristas, personajes, momentos, algunos de ellos muy confusos, llenos de inexactitudes, contradicciones y hasta mentiras. Fui muy cuidadoso en ese proceso de investigación y trato de que cada afirmación que hago en el libro esté respaldada por un documento histórico, por una opinión autorizada, o por una certeza muy clara, obtenida a partir del conocimiento que alcancé de los procesos. También hablé con mucha gente, entrevisté a decenas de personas, y di a leer los originales a varios amigos con capacidad para leer críticamente mi trabajo. Para obtener toda esa información fui a muchos de los lugares donde ocurrieron los hechos —desde México a Moscú— y gasté mucho, mucho dinero comprando libros. Hoy tengo acá en mi estudio un estante lleno de esa bibliografía. Y siguen entrando textos, pues terminé con la novela, pero no con la historia.
—El balancín que funciona a la larga como la gran intriga de toda esta enorme historia es Iván, el “derrotado”, cuya pequeña humanidad aparece para montar otro relato, la del cotidiano de la Cuba desencantada…
—Iván es el centro de la novela, es la razón de su existencia. Y hablo de la novela, no de la historia, porque soy un novelista cubano y necesita que esta construcción tuviera sus cimientos en Cuba, en mi experiencia de estos años, en la vida más común, trágica, abarcadora, sintetizadora de un cubano “posible”, porque aunque es exagerada la mala suerte de Iván, todo lo que le sucede —incluso a nivel sicológico— le ha sucedido a muchísimos cubanos de mi generación. Gracias a Iván es que esta es una novela cubana sobre un conflicto universal.
—En un momento Ramón se dice, o el narrador dice de Mercader, que actúa guiado por el fundamentalismo del odio. ¿Puede leerse allí una reflexión sobre lo que actualmente conocemos como “fundamentalismo”?
—Sí, también. Porque todos los fundamentalismos se parecen, ya sean sexuales, religiosos, políticos, raciales, y en su fondo tienen al odio, o por lo menos lo alimentan y lo engendran. Yo soy un hombre pacífico, pero soy un fundamentalista del antifundamentalismo, y los fundamentalistas me provocan una mezcla muy extraña de compasión, rechazo, pena, dolor, y un poquito de odio, por qué no. Ya soy tan aintifundamentalista que ni siquiera me apasiono demasiado con algún equipo de beisbol, que es mi gran pasión, más que la literatura. Creo que en lo que nunca dejaré de ser fundamentalista es en los valores, nunca mejor dicho, fundamentales: la amistad, la fidelidad, la honestidad, el esfuerzo propio como camino hacia lo que se desea; por encima de políticas y hasta de ideologías.

martes, 12 de octubre de 2010

algunas fotos

 Con Germán Rampo, Isis Milanese y Mariela, en el CEC, julio de 2010. Foto de Gabriel Milanese.
 En Sunderland, mediados de septiembre de 2010. Casamiento de Martín y Cecilia. Con Sergio Raimondi, Daniel García Helder, Gabriela Saccone.
 En casa. Mayo de 2010. Foto de Vicente Makovsky.
 Con Francisco Bitar. Agosto de 2010. Foto de Daniel García Helder.
 Con Fernando Vallejo en el CCPE, agosto de 2010. Foto de Nora Avaro.
Con Alan Mills, Carlos Ríos, Marcelo Díaz, José Eugenio Sánchez y Yanko González en un almuerzo del XVII FIPR, septiembre de 2009. Foto de Giselle Marino.
En el barrio Somisa. Ca. 1979-80. Con amigos del secundario en casa de Marcela Sosa. 
Fines de septiembre de 2010. Cena final del XVIII FIPR. Foto de Giselle Marino. 
 Los primos Makovsky. Ca. 1971.
 La Mecedora, en la plaza San Martín. Ca. julio de 1999.
 Con Fernando Demarco, en el departamento de Ayolas, Rosario. 1991. Foto de Ricardo Mazalán.
 Con Gustavo Ng en Coglan, Buenos Aires. 1991. Foto de Ricardo Mazalán.
 Con dos sacados en una de las fiestas municipales de la juventud, Ca 1999. Foto de Héctor Rio.
 Con Fernanda Blasco en el muelle del CCPE, en 2004, en el III Congreso de la Lengua. Foto de Marcelo Manera.
Con Chachi Verona cuando vivía en calle Constitución. 2005. Foto de Marcelo Manera.
 Con Demarco, Patricia y la familia en casa. Octubre de 2010.
Con Rafa Andrecito, Rodolfo Santullo, Luciano Lamberti, Horacio Cavallo, Henry Sandin, Fabián Muniz Umpiérrez, Fabián Severo, Ignacio Fernández de Palleja, Jorge Montesino, Marciano Durán y Damián González Bertolino al cierre del V Encuentro de Escrituras en Punta del Este, octubre de 2010.
Con Luciano Lamberti en Punta del Este. Octubre de 2010.
Con Peter Theunynck en el Paseo del Caminante. Rosario, septiembre de 2010. ¿Foto de Sarah Theunynck o de Elena Makovsky?
Con Damián Schwarzstein en diciembre de 2005, en el último programa de Después de todo, en Radio Universidad. Foto hecha con el viejo Motorola no-me-acuerdo-qué-modelo.
Con Lisandro Machain y Mariela en el casamiento de Fernanda Blasco. 2007.
Con Lucio Guberman, en agosto de 2006, en la presentación de la revista Lenta Prisa, que editábamos para la ex Secretaría de Cultura de Santa Fe.  

jueves, 23 de septiembre de 2010

escrito con sangre en la pared

Era el año 2005 cuando en el desaparecido diario El Ciudadano & la región cubríamos la muerte del Turco Nasif. Las notas que publiqué decían:

Casi un mes después de haber asesinado al Turco Nasif (alguna vez el zar de la noche nicoleña, dueño de Highland Road y creador de la primera agencia de modelos de la zona) de dos balazos y de dar muerte a su concubina a martillazos, Leo Rutty, de 27 años, fue apresado mientras hacía vida de turista en Esquel, Chubut, el lunes 14 de marzo pasado, junto con su mujer y su pequeña hija. Desde San Nicolás, donde se produjo el doble homicidio, seguían las pistas de Leo (cuyo nombre la víctima escribió con su propia sangre en la pared de la cabecera de su cama), tal como señaló una alta fuente de la Dirección de Investigaciones de la Bonaerense (DDI) en aquella ciudad. Pero fueron policías rosarinos los que dieron con el primer detenido por el caso, pusieron en alerta a los sabuesos y dispararon la cacería que, a juzgar por las distintas versiones, exhibe dos sendas que se cruzan: la persecución de los criminales y la pista de unos 80 mil dólares que se robaron de la caja fuerte del Turco el día que lo mataron.
El 16 de febrero pasado, en un procedimiento de rutina, agentes de la policía rosarina acudieron al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (Heca) a entrevistar a un hombre de unos 50 años que había ingresado con una perdigonada en el pecho. El tipo dijo que se llamaba Carlos Lozano, que a la noche caminaba por la calle San Sebastián, en Funes, y que le dispararon desde un auto en movimiento. La herida no era grave. Raro, habrán pensado los hombres de la Unidad Regional II. Pero entonces sonó un teléfono en la Jefatura de Policía, en Ovidio Lagos al fondo. El oficial que contestó recibió un dato de uno de sus informantes que, más o menos, decía que ese tipo en el Heca con el pecho agujereado había masacrado a una persona en San Nicolás.
Minutos más tarde, en la base de la Dirección de Investigaciones (DDI) de la Bonaerense, en la calle Guardias Nacionales al 150 de San Nicolás, sonaba el teléfono. El oficial escuchó a uno de sus pares de la Brigada de Homicidios de Rosario que le recomendaba llegarse hasta una casa quinta del barrio Automóvil Club, sobre la vieja ruta 9: probablemente se encontraría con un cadáver. No, los cuerpos eran dos. En el baño, una mujer de 31 años con la cabeza destrozada a martillazos debajo de una bolsa de plástico. En el dormitorio, detrás de una cortina agujereada, con el cuerpo desparramado en la cama, yacía el Turco Roberto Nasif. Una bala de una pistola 9 milímetros le había abierto un tercer ojo en la frente y, sobre la pared, como en un cuento de Dashiell Hammett, la víctima había escrito con su dedo empapado en sangre: “Leo”, el nombre del supuesto asesino... Los agentes nicoleños también encontraron una caja fuerte vacía.
“¿Quién es Leo Rutty? ¿Es de Arrecifes? ¿Es cierto que es pariente del corredor Marcos Di Palma?” La fuente de Tribunales consultada en San Nicolás, un hombre de unos 40 años que, como todos los de su generación, frecuentó Highland Road en su juventud, relativiza la última pregunta pero contesta: “Era íntimo amigo del Turco, tenía libre acceso a su casa y dormía ahí varios días a la semana”.   
“¿Quién es Lozano, se llama Carlos Ruiz, es mendocino?”, quiere saber el periodista. Cavila. Daniel Corbellini, el jefe de Homicidios de Rosario, el hombre que tiró del hilo cuando se encontró con el hombre agujereado en el pecho en el Heca, cavila. No podría asegurar que el primer detenido por la muerte de Nasif y su concubina, Mónica Ramírez, de 31 años, se llama Carlos Ruiz. Sí, es el nombre que figuraba en el contrato de alquiler de la casa de calle San Sebastián, en Funes, donde también hallaron la 9 milímetros que terminó con la vida del Turco.
 El frente de la abandonada Highland Road, en Nación entre Olleros y Chacabuco, en 2009

Versiones
El 17 de febrero Mingo, el jefe del noticiero de Canal 2 San Nicolás, estaba de vacaciones. El que atiende el teléfono es Oscarcito. Mingo tiene un peculiar olfato para la calle, acorrala a sus fuentes con las historias que escucha por ahí y no se da por vencido hasta que les exprime ese resto de verdad que toda versión esconde en el hollejo. “Dicen que el que está atrás de esto –suelta Oscarcito– es...” y mastica una mítica figura del hampa nicoleña, vinculado ahora –siguiendo las mentadas versiones– con la seguridad de los más altos “cabezones” –es la palabra que le gusta– del PJ bonaerense. Habla de drogas, de “vueltos” no devueltos, de deudas; habla, acaso sin saberlo, con la convicción de un testigo que asistió al último acto de sus días de juventud cuando vio en el diario El Norte la foto del Turco tirado sobre una camilla de hojalata, metido en la mortera municipal. “Nada que ver, este hombre hace rato que se ocupa de sus negocios legales”, dice un abogado cercano a los protagonistas vivos y muertos de esta historia cuando se le pregunta por el legendario hampón que citó Oscarcito. Es que la muerte del Turco despertó en un primer momento a todos los fantasmas de ese mundo de criminales diseminados en la frontera provincial de la que San Nicolás aparece como una guarida. 
Las fuentes que responden a la pregunta por “Leo” son un alto oficial de la policía de San Nicolás y Miguel Romano, el abogado nicoleño que representa a Carlos Lozano o Carlos Horacio Ruiz, hasta donde se sabe, el hombre detenido en el Heca de Rosario. Leonardo Rutty Kramniuk es un hombre de Arrecifes –pariente del corredor y empresario de boliche Marcos Di Palma, según otra calificada fuente–, amigo del Turco desde hace unos cinco años, cuando trabajaba para él en la confitería Lennon (que funcionaba en la recuperada Vieja Barraca, una antigua cruza de boite y whiskería del San Nicolás de fines de los 70). Convirtieron su amistad en una sociedad en el 2003, cuando el Turco ya había quedado paralítico después de que una bala le partiera la columna en un hecho que la Bonaerense calificó de robo.
Otra fuente, desde un despacho de la DDI custodiado por los retratos de San Martín y Juan Manuel de Rosas, contó que esa amistad entre Leo y el Turco también estaba atravesada de rencores, que antes del homicidio Leo –a sabiendas de los miles de dólares de la caja fuerte– le había pedido a su socio unos 500 pesos para festejarle el cumpleaños a su hija y que el Turco le habría respondido: “Ganate tu plata”. 

El rey de la noche
A mediados de los 80, cuando Highland aún no había colapsado, el Turco lucía como dandy risueño, alto, con el bigote dibujándole una virilidad de Oriente Medio en el rostro. Desde que le metieron esa bala en la columna que lo dejara parapléjico, el Turco reformó su casa del barrio Automóvil Club, una quinta en la que se reconoce aún la discreta opulencia arquitectónica de la ciudad de viñedos, antes de que la ex Somisa sumiera a los nicoleños en el sueño industrial de Perón y el general ingeniero Manuel Nicolás Savio. El Turco derribó puertas, hizo construir arcadas y colgó unas cortinas de tela para desplazarse sin obstáculos con su silla de ruedas. Y llevaba siempre encima un pistolón cargado con cartuchos del 16.
Para una de las fuentes policiales nicoleñas consultadas, el Turco tenía en la caja fuerte unos 50 mil dólares que Di Palma le había prestado para reflotar Highland, en el mismo local de calle Nación casi Olleros del que en 1987 sacaron los cinco muertos tras el derrumbe durante un recital de Soda Stereo. Para un informante de Tribunales, sin embargo, la plata eran unos 84 mil dólares provenientes de una herencia de una tía cordobesa. Desde la Unidad Regional II –donde se empezó a desentrañar toda la trama–, aportan una cifra similar que podrían estar en poder de Leo aunque sospechan que parte de ese dinero debe haber cobrado Carlos Lozano, o Ruiz, o como se llame. Sobre el destino de esa porción del botín, los informantes señalan a uno o dos hombres que tenían su base en Rosario, entre ellos el que depositó a Ruiz o Lozano en el Heca.
El frente del Círculo Italiano en 2009.


Ruiz-Lozano, según el abogado Romano –que lo defiende–, participó en grado menor en el asalto y la masacre. Se acercó a la cortina detrás de la que estaba el Turco, mientras éste escuchaba el inusual revuelo en la cocina, donde estaba Mónica Ramírez –se supone que con Leo–, y ahí los perdigones del pistolón de Nasif dibujaron un colador en la tela y se le hundieron en el pecho. El otro agujero en la cortina es el de la bala de teflón (las que atraviesan los chalecos antibalas) de la 9 milímetros robada a un policía rosarino hace 4 años, la que proveyó al Turco de sangre para hacer su anotación en la pared (las pericias señalan que es su sangre y sus huellas dactilares las que escribieron el nombre).
El 17 de febrero pasado, el mismo día que un paupérrimo cortejo sepultaba al Turco Nasif (el hombre que encabezó la primera agencia de modelos de San Nicolás y llenó las noches de la ciudad con bailes y champaña), una multitud enterró a Enrique Omar Sívori, prócer nicoleño del fútbol mundial quien colmó de gloria deportiva la niñez de la generación que luego se divertiría en Highland. Ese cruce desparejo de procesiones fúnebres prueba no sólo los vaivenes de una sociedad para con sus hijos dilectos, sino que también la realidad gusta de escenas apoteóticas con las que tejer sus historias.

lunes, 13 de septiembre de 2010

súper agente

entre el 2000 y 2003, elena había visto la serie de miniespías y el súper agente 86. necesitaba entonces credenciales.