socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 7 de abril de 2013

western

A partir de algunas impresiones tras seguir las cuatro temporadas de Justified, las cinco de Sons of Anarchy y las otras cinco de Breaking Bad, nos hemos demorado en escribir unas anotaciones acerca del western –o de ciertos temas del western– presentes en las series. O mejor aún: por qué el western es un tema preponderante en algunas tiras.
Al mencionar el western tomo como punto de partida, claro está, el clásico "El western o el cine americano por excelencia", de André Bazin; "El hombre de las pistolas de oro –Warlock– o el western", de Frank D. McConnell, y las observaciones de Robin Wood en su libro sobre Howard Hawks.



Bazin señala como uno de los temas principales del western el mito de la mujer, cosa que está presente en las tres series: Skyler White (Anna Gunn) en Breaking Bad, quien encarna desde la madre casta, la mujer infiel y hasta una pseudo esposa hampona; Ava Crowder (Joelle Carter) y Winona Hawkins (Natalie Zea), que en Justified interpretan, la primera, a la mujer descarriada –con los maravillosos matices que implicará esto, a partir de la tercera temporada, su relación con Boyd– y, la segunda, a la mujer bella y de buen corazón que, de hecho, espera un hijo de nuestro héroe. Y en Sons of Anarchy, la incómoda Gemma (Katey Sagal), la matrona del clan, particularmente preocupada por la descendencia, y Tara Knowles (Maggie Siff), cuya sola figura inspira en Jax (Charlie Hunnam) –su esposo y presidente del club de forajidos– el deseo de abandonar esa vida violenta y fuera de la ley.
También los hombres, siguiendo la tesis de Bazin, deben redimir aquí sus pecados aunque, claro está, encajar todas las características del héroe en Breaking Bad es un poco tortuoso e inútil: Walter White no trae la estrella del sheriff ni es su misión la ley, aunque, como ya lo planteamos acá, su meta es la utopía del capitalismo, es decir, la utopía de la civilización occidental. Porque de eso trata el western, para seguir con la tesis de McDonnell, del origen de la ciudad, del origen de la civilización: por eso el Harlan County de Justified es todavía el Oeste de las viejas sagas.
Decir que las preocupaciones del western son las del imperio (establecer puntos de "civilización" en el desierto, el de Oriente Medio, dar origen allí a su ciudad) es apresurado y temerario, además de arrojar una bomba conceptual que salpicaría cualquier argumento sobre la calidad de estas series formidables (acaso en el sentido latino de formido: que produce espanto).
Sin embargo, en eso que hace a un género la marca de una época (el western en los principios del cine, cuando aún era una preocupación la saga de la conquista de la nacionalidad, o la ciencia ficción de los 50 como escenario de la Guerra Fría), esta vuelta al western (en la que habría que incluir, desde luego, la versión 2004 de Battlestar Galactica, pensada a partir de la guerra en Irak) nos dice algo de la política, máxime cuando nada de lo declaradamente político aparece en las tres series que nos ocupan.
Sons of Anarchy es la que de modo más explícito declara su filiación al western en la relación del viejo sheriff con los forajidos de Samcro: pacta con ellos para proteger a la ficticia localidad de Charming, California de males con los que la ley y la justicia están lejos de poder lidiar. En Justified, además de la cita implícita en el sombrero del marshal Raylan Givens (Timothy Olyphant), hay sobradas declaraciones, como la de Boyd Crowder cuando le espeta a los aristócratas del pueblo que él es el único outlaw. Y Breaking Bad tiene esa relación escenográfica y geográfica con el western. En las tres, como en el viejo western, los grupos étnicos, las razas, están separadas: latinos o mexicanos, por un lado, por otro negros, indios, amarillos; en el centro, blancos, incluso white trash, como los hillbillies de Harlan County o los motoqueros nómadas de Sons. De modo que una de las preocupaciones más políticas del western, unir los distintos retazos o parches que hacen a "lo nacional" (sepa Dios lo que eso signifique), vuelve a actualizarse con el asedio de los "bárbaros" (mexicanos narcos, negros pandilleros) que el imperio exuda y genera.
Eso por ahora.
Sam Crow by Napoleón Zoilo on Grooveshark

martes, 2 de abril de 2013

las islas, 1966



Fue un correo electrónico del escritor y crítico de cine rosarino Fernando Varea el que nos advirtió sobre este documento de Raymundo Gleyzer, primer periodista argentino en viajar a las islas Malvinas, en el año 1966, para traer un fresco de la vida en Puerto Stanley, con sus comerciantes, sus cultos religiosos y la actividad en las calles. Diez años después, en mayo de 1976, Gleyzer fue secuestrado de su casa por un grupo de tareas, dentro del plan de exterminio de la última dictadura.
Gleyzer, nacido en Buenos Aires en 1941, había crecido en una familia de artistas, sus padres, judíos procedentes de Ucrania, eran artistas y activistas, fundadores del teatro IFT (Idisher Folks Teater, el teatro popular judío que estuvo muy vivo en Buenos Aires hasta entrados los años 60). Él mismo fundó el grupo Cine de la Base, con una fuerte impronta documental, aunque siempre atento ala generación de films que no renunciaran a ser a la vez un entretenimiento, con el que se distinguía de la impronta alegórica del más peronista Cine de Liberación. De formación trotskista, entre los documentales más destacados de Gleyzer figuran el de la masacre de Trelew; y entre sus ficciones, Los traidores.
Este informe sobre las Malvinas fue rodado con una cámara de cine (seguramente una 16 mm, con las que se hacía entonces la televisión en exteriores) y un grabador, porque las filmadoras no siempre registraban sonido. Gleyzer llegó a las islas para hacer un informe de 30 minutos para el noticiero Telenoche (en el video que puede verse insertado acá está el documento entero).

jueves, 28 de marzo de 2013

hijitus

Gracias, señor Manuel, en esta familia ya vamos por la segunda generación de Hijitus.


  

jueves, 21 de marzo de 2013

un papa que cita a bloy



León Bloy nació en Francia en julio de 1846. Ese mismo año, en septiembre, dos adolescentes que caminaban por la montaña de La Salette, en los Alpes franceses, tuvieron un encuentro extraordinario, la virgen se les apareció llorando por los pecados del mundo y les reveló secretos que, al menos uno de ellos, sólo contó al papa Pío IX. Converso al catolicismo en 1868, Bloy relacionó esa aparición –que influyó sobre otras figuras del mundo moderno, desde Don Bosco hasta el escritor francés J.K. Huysmans– con su vida y su misión de escritor, que cabe en su fórmula: “peregrino de lo absoluto”. El 14 de marzo pasado, cuando Jorge Bergoglio ya había sido elegido papa y dio su primera misa luego del cónclave, citó a Bloy. Dijo: “Quien no reza al Señor, reza al diablo”.
La cita recupera el Bloy católico que pocos leyeron en Argentina, donde su nombre suele asociarse a Jorge Luis Borges –aunque también Leopoldo Marcechal y el jesuita Leonardo Castellani fueron devotos lectores de su obra–, quien lo leyera y difundiera fascinado por sus argumentos fantásticos y su “arte de injuriar”.

Furibundo católico, Bloy fue una molestia incluso para la jerarquía eclesiástica de su época, para la que terminó siendo un heresiarca –la conclusión es de Borges. En vida Bloy publicó artículos, diarios y novelas centradas en una preocupación única y sublime: el dolor. Fue soldado, mendigo (porque entendía que Dios es mendigo), esposo de una prostituta que convirtió a la fe católica –cuando enviudó volvió a convertir a su nueva esposa: una danesa protestante–, padre y un incansable injuriador. Como Gustave Flaubert, cercano contemporáneo, entendía que el lenguaje estaba siendo devastado por el uso mercantilista que le daba el burgués, “un cerdo que quisiera morirse de viejo”, según una de sus definiciones. Si prescindiéramos de la fe para analizar los textos de Bloy, cabría atender el meticuloso trabajo que llevó adelante con la palabra –tarea que desarrollaron otros escritores también católicos, tal vez el más destacado de ellos, Charles Baudelaire– con el fin de devolverle misterio al lenguaje, con el fin de rescatar la palabra –de acuerdo al concepto marxista– del escaparate de las mercancías. Sus intenciones pueden leerse en su libro Exégesis de lugares comunes, comenzado en 1900 como artículos de diario. Escribe Bloy: “El verdadero burgués, vale decir, el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que parece vivir sin sentirse un solo día solicitado por la necesidad de comprender cosa alguna, está circunscrito en su lenguaje a un limitadísimo número de fórmulas. ¡Qué paradisíaco silencio caería de inmediato sobre nuestro globo consolado si un bendito tuviera la gracia de arrebatarle este humilde tesoro!”

martes, 12 de marzo de 2013

dos historias en irán

Argo (Ben Affleck, 2012), es la película ideal para ganar el Oscar: ligeramente crítica con la política exterior de Estados Unidos, “realista” porque es obediente con la intriga que genera y copia el material documental que se usó en el film y, sobre todo, porque tiene un metadiscurso afín al cine –cosa que hallamos en cualquier film contemporáneo: las películas nos cuentan una teoría del cine– que puede ser leído por cualquier cristiano, incluso por los comentaristas de espectáculos de los grandes medios locales, que suelen ser locutores y necesitan que les griten al oído de qué va el asunto. Pretender, como pretendieron críticos ya más serios, como el amigo Dan Brennan, de la página de la Cuarta Internacional, que Argo se interese en los miles de masacrados por el gobierno títere del Sha de Irán, en lugar del interrumpido confort de un puñado de funcionarios de la embajada americana en Teherán, es no sólo fútil, sino estúpido.


Claro que Argo no es una gran película –de otro modo, difícilmente se hubiese llevado el premio industrial Oscar–, pero cumple con las premisas según las cuales cierto público “progresista” (las comillas destacan el término, no lo cuestionan: un progresista es un burgués asustado… por no poder llegar a la cima de su clase) goza de ser crítico sin incomodar ni incomodarse. Es sincera, nos dice que para la política exterior americana el Sha era una mala película de Disney, y que a partir del golpe de 1980, que llevó al nacionalismo de derecha al poder y encumbró al Ayatollah Khomeini, Irán pasa a ser una película de ciencia ficción con malos de la talla de Darth Vader; nos dice, en resumen, renunciemos a entender de qué va, limitémonos a construir un villano, que es una de las tareas fundamentales de cualquier película y es el lema de cabecera de geniales directores como Alfred Hitchcock: “Cuanto mejor el malo, mejor la película”.

Ese villano es, a la vez, el de la ultramodernidad contemporánea: el zombie que actúa en masa, el insecto que ejecuta el mandato de la reina y llega en un enjambre para acometer su tarea; a diferencia del héroe, que debe lidiar con los intereses personales de los suyos, siempre proclives a desvíos y derrapes de sus intelectos, sus emociones y su don de gente. Aún así, Argo no es tan mala. Ya lo decíamos, es sincera: ¿qué es si no Medio Oriente para el gran público? Un film algo exótico, un camino lleno de peripecias donde se forja el héroe y, para el ojo experto, para el exégeta de la geopolítica y los negocios internacionales, para “la más peligrosa de todas las pandillas, la de los hombres blancos con dinero” (la frase es de una personaje de la serie Sons of Anarchy), Oriente es la isla del tesoro de la que hay que distraer con muchas trampas simbólicas, es decir, ficcionales.

De todos modos, no son estas cuestiones sociológicas las que hacen del film de Affleck su peor película (desde su inicial Desapareció una noche, de 2007, comenzó el camino del descenso), sino la imposibilidad de darle carnadura a ese gran relato histórico: su héroe es apenas un personaje angustiado y taciturno por un par de asuntos domésticos, como una relación distante con su pequeño hijo y cosas por el estilo.



Una cuestión personal

El film que se le opone en este aspecto, en el mismo marco histórico y al que, curiosamente, nadie recordó por estos días, fue Persépolis un film de animación basado en la novela gráfica de la franco-iraní Marjane Satrapi, que en 2007 fue candidateada por Francia al Oscar a mejor película extranjera, fue celebrada en Cannes, donde ganó el primer premio ese año, bombardeada por el gobierno iraní y prohibida en el Líbano, entre otras distinciones. Se estrenó en Buenos Aires en abril de 2008.

Persépolis, nombre que proviene de la ciudad persa fundada por Darío I en el siglo 6 antes de Cristo y destruida por Alejandro Magno en la era cristiana, es tan autobiográfico como lo permiten los dibujos. A su vez el libro, publicado en Francia en el año 2000, es también un best seller (dividido en dos partes: niñez y retorno) que narra la infancia de una niña iraní (Satrapi) durante los años del Sha, las expectativas de la Revolución Islámica (1979) en su familia de clase media alta y progresista, el exilio europeo tras el asalto al poder del fundamentalismo religioso que lideró en sus comienzos el Ayatollah Khomeini y Abol-Hassan Bani-Sadr, la guerra Irán-Irak, la juventud bajo las hijab (los velos negros que cubren cabello y el vestido oscuro que llevan las mujeres) y el desengaño amoroso en Viena.

“Me resulta difícil describir en palabras —la elogió Andrew Sarris cuando aún tenía su columna del New York Observer— la extraña mezcla de animé y animación más el destilado de ciertas influencias libres como las de F.W. Murnau y el expresionismo alemán, tanto como el de las comedias neorrealistas italianas”. La misma Satrapi, que se “historietizó” a sí misma en el libro y en el film, definió su procedimiento como el de un “realismo estilizado”: “porque —agrega— queríamos que el dibujo fuera totalmente vívido, no como un cartoon. Por lo tanto, a diferencia del cartoon, no teníamos demasiado margen en términos de expresiones faciales y movimientos”.
Persépolis va tras los pasos de la pequeña Marjane, educada en el Liceo Francés de Teherán, cuando tiene diez años y festeja con sus padres la inminente caída del Sha. El tío Anouche, un dirigente comunista formado en Moscú, es liberado de las cárceles de la policía secreta del Sha y alienta en Marjane esperanzas revolucionarias que pronto se disuelven en el cariz ultrarreligioso que adquiere la Revolución Islámica. La libertad le dura poco a Anouche (que en la versión francesa tiene la voz de Francois Jerosme y en la copia que se distribuyó en Estados Unidos lleva la grave voz de Iggy Pop). El nuevo régimen vuelve a encarcelarlo y lo sentencia a muerte. Pero antes de la ejecución al hombre le es concedida una única entrevista, y el tío elige a Marjane. En el film, los dibujos en blanco y negro señalan con sutileza el mundo lírico e imaginativo que despliega Marjane, alentada por los relatos de la abuela, la hidalguía del abuelo y la responsabilidad de sus padres.

Las invasiones bárbaras
En el film la historia comienza en 1980 (ya cayó el Sha y gobierna Khomeini), cuando Marjane y sus compañeras, pese a concurrir a un colegio francés laico, son obligadas a usar la hijab. La pequeña Marjane necesita algunas explicaciones para hacerse una idea de lo que sucede en su país, son las que recibe el espectador occidental en términos que, según Sarris y Clare Hurley en el excelente espacio crítico del sitio de la Cuarta Internacional, no traicionan el espíritu del relato. La narradora traza un esquema de la historia iraní: “«Dos mil quinientos años de tiranía y sumisión», como decía mi padre. Primero nuestros propios emperadores, después la invasión árabe desde el oeste, seguida de la invasión de los mongoles desde el este y, finalmente, el imperialismo moderno”.

Los padres de Marjane, burgueses bien educados y de izquierda, esperaban que la Revolución trajera cambios políticos y democracia: “Estamos viviendo un momento histórico”, le dice su padre, mientras por la ventana se ve el avance de columnas que se manifiestan contra el Sha. La misma Marjane, en una alucinación infantil, sueña con ser la última de los profetas, la que enfrenta y desenmascara al Sha.
Tras la ejecución de su tío Anouche –y sepultadas con él las esperanzas de un gobierno del proletariado–, Marjane comienza su vida adolescente bajo el nuevo régimen islámico: usa velo pero con zapatillas Adidas y una remera que lleva la leyenda “Punk Is Not Ded” (sí, “ded” en lugar de “dead”). La música que escucha, adquirida en el mercado negro es rebelde al modo en que la Revolución Islámica alienta rebeldías: The Bee Gees y, más tarde, Iron Maiden. Pero es la abuela, una mujer dulce e independiente, quien ejerce una de las mayores influencias sobre la niña al señalarle la importancia de mantenerse íntegra.

Cuando comienza la guerra Irán-Irak (que se extendió con altibajos entre 1980 y 1988), los padres de Marjane la envían al Liceo Francés de Viena, donde la adolescente se hace amiga de unos muchachos nihilistas y anodinos de clase alta. Pero Marjane no encaja bien allí, se siente sola en Navidad, deambula por las calles nevadas y les pide a sus padres que la dejen regresar a Irán. Allí se enfrenta a la rígida disciplina moral de la Revolución Islámica cuando estudia Bellas Artes en Teherán y, tras una serie de protestas que la ponen en la mira de las autoridades, los padres vuelven a persuadirla para que regrese a Europa, a París. “Conocí una revolución que me hizo perder parte de mi familia. Sobreviví a una guerra que me distanció de mi país y mis padres, y es una historia de amor banal la que casi me mata”, dice Marjane en el film.

Fantasmas de la infancia
La historia cambia cuando la rebelión adolescente (pantalones rockeros, zapatillas y calcomanías que desafían a los Guardias de la Revolución durante la adolescencia) cede ante la llegada de la primera juventud, cuando Marjane se descubre una extranjera en París y en su propio Irán.
Pero leer en Persépolis sólo la odisea de una joven iraní atrapada en sus angustias de clase frente a una dictadura religioso-política, sería ignorar algunas cuestiones que tienen que ver tanto con los días que corren (el aluvión de refugiados e inmigrantes que cruzan los continentes) como el núcleo del drama de la obra.
“Lo demoledor de sus textos y de sus dibujos —escribió sobre la historieta el crítico del diario El Mundo de Madrid Borja Hermoso— en la denuncia del fundamentalismo religioso no envidia en nada a las páginas de Los versos satánicos de Salman Rushdie, o Hijos de nuestro barrio, de Naguib Mahfuz. Y por supuesto, excede en mucho a las tibias quejas de cineastas como sus compatriotas Abbas Kiarostami o Mohsen Majmalbaf. ¿El secreto? Una mezcla de contundencia, sorna, desenfado, humor, sensibilidad y ausencia de victimismo barato, todo ello materializado en unas sobrias ilustraciones en blanco y negro de apariencia naif, en ocasiones inspiradas en las antiguas pinturas persas”.
Como en El último emperador (Bernardo Bertolucci, 1986) de lo que trata esta historia es de la pérdida del reino: el Irán prometido por la abuela y el tío comunista, el sueño de los padres de un cambio que se desvanece en el aire cuando estaba a punto de cristalizar. Son esos fantasmas, con los que se humedeció la infancia de Satrapi los que le dan materialidad y sentido a su historia y, a la vez, lo que convierten al personaje (acaso a la misma autora) en una sombra en las calles parisinas. Pero se trata de la sombra de algo muy grande, impreciso, que puede adquirir la forma de quien quiera habitarlo. De ahí la magnitud de su convocatoria.
Para la crítica trotskista Clare Hurley, la historia de Satrapi deja de lado parte de la historia: “Hacia 1979, el Tudeh (Partido Comunista iraní) ya había hecho un inmenso daño al subordinar a las clases trabajadoras a una u otra fracción de la burguesía de Irán –escribió en wsws.org– y haciendo posible que el clero tomara el poder en lo que resultó una revuelta social masiva con enorme potencial revolucionario. Persepolis tantea en muchos de los aspectos de estas experiencias trágicas y de forma mucho más abierta que los films que se producen en Irán, pero no resulta nada fácil extrapolar sus lecciones”. Sin embargo, gana en un sentido en el que no pudo hacerlo Argo ni muchos de los films que declaran su apego a episodios históricos o políticos: encuentra una historia al hallar a su protagonista.

martes, 5 de marzo de 2013

bowie: "everyone says hi"

Imagen de Jimmy King publicada por la NPR.


Bajo el título “David Bowie, Rock's Shape Shifter, Returns” (“Bowie, regresa el mutante del rock”; y cabe señalar que shape shifter fue el término elegido en la serie Fringe para los seres híbridos del universo alternativo), el sitio de la NPR publicó ayer este comentario de Ann Powers sobre el último disco de David Bowie que acá traducimos (por favor, se trata de un comentario radial, no un texto redactado para un diario).
“Mi mundo musical no existe sin la influencia de David Bowie. Esto es, por cierto, una hipérbole; incluso cuando pienso en los 10 años que pasaron en los que Bowie no hizo música, pienso a la vez en todas las cosas que anduvieron en la corriente subterránea que él creó. Lady Gaga y Kanye West; Adam Lambert sobre American Idol; la época última de U2 y la primera de Radiohead; M.I.A. y TV on the Radio y Janelle Monae y Frank Ocean —todos tomaron algo de la bolsa de trucos del rey de los Goblins. De modo que Bowie estuvo con nosotros incluso cuando no estaba. Y ahora, a pesar de los rumores contaminados sobre persistentes problemas cardíacos o algo peor, sabemos que Bowie no se nos está yendo rápido ni quedó “colgado en lo alto del cielo” —camina entre nosotros desde iTunes, donde su álbum de estudio número 24, The Next Day, puede descargarse vía streaming.

Durante su retiro Bowie sólo hizo lo que los artistas serios pueden hacer con lujo y disciplina: juntar material y dejar que se geste, esperando el momento preciso para relanzarse. Bowie está obsesionado con ese momento preciso: es uno de los mayores temas en su obra, desde el lapso de cinco años que le tomó imaginar a Ziggy Stardust aterrizar hasta la línea señera de su trilogía de Berlin —“podemos ser héroes, sólo por un día”. Debe haber resultado casi un juego para él recostarse y dejar que este coherente aunque no siempre uniforme álbum conceptual tomara forma, y entonces tomara nota de la atmósfera, esperando el momento perfecto para lanzarlo: el final del invierno, cuando todos estamos un poco ansiosos, cuando el aire es frío y muchas veces lo suficientemente claro como pára esparcir mensajes complicados. 
The Next Day no es un álbum fácil de absorber, aunque es una joya que se deja escuchar sin descanso, en especial para los seguidores sedientos de perseguir sus mensajes ocultos. Las letras ofrecen pistas y muchas maniobras de distracción. Algunas canciones tienen una fuerte impronta autobiográfica, mientras que otras se leen como capitulos en medio de un libro con el que nos tropezamos en una tienda de curiosidades. Las dos pistas que la mayoría de la gente escuchó se deslizan en el costado personal de la cosmología de Bowie. “Where Are We Now” es una balada elegíaca que conecta su propia nostalgia de Berlín con reflejos sobre aquél refugio en la ciudad ahora distante. Mientras que “The Stars (Are Out Tonight)”, con su maravilloso video á la Todd Haynes en ácido (dirigido Floria Sigismondi), es acerca de la fama, una de las más persistentes obsesiones del Duque Blanco.

lunes, 4 de marzo de 2013

idiotas e ignorantes


Lo primero que pensamos este domingo, minutos antes de las 23, cuando nos llegó un correo de la Juvcentud del PRO que denunciaba un afiche de los jóvenes radicales en el que aparecían el millonario Mauricio Macri, el cómico Miguel Del Sel y el dirigente peronista Osvaldo Salomón enmarcando la frase de Marx: “La peor pesadilla de cualquier sociedad es que los ignorantes y los idiotas lleguen al poder”; lo primero que pansamos, decíamos, fue en celebrar. “Más Propuestas, Menos Agresión”, rezaba el comunicado del partido de Macri.

Sin embargo, pese a la adhesión que pueda concitar la cita del filósofo vinculada con esos tres personajes, el discreto festejo cedió paso al fastidio. La foto fue tomada durante las últimas elecciones provinciales, las que llevaron a Antonio Bonfatti a la Casa Gris y en las que el mismo Macri viajó hasta Rosario para celebrar que Del Sel, un humorista de poca monta que hizo carrera disfrazándose de mujer como en los asaltos de la secundaria y cuya visión de lo público acaso no salga de los umbrales del cabarute, había quedado a tres puntos de ser gobernador contra una alianza que integraban socialistas, radicales e “independendientes”, el Frente Progresista Cívico y Social cuya fórmula encabezaron Bonfatti y el radical Jorge Henn. Es más, el mismo Salomón se aparataría luego del PRO, donde acompañó a Del Sel como candidato a vicegobernador, arguyendo que su fórmula había ganado y por extraños motivos la dirigencia del PRO habría preferido no reclamar los resultados de los comicios.

En la foto, Del Sel y Macri festejan, entre otras cosas, la ineptitud palmaria de un partido centenario que alguna vez tuvo en sus manos Horacio Usandizaga y que hoy, por fuera de algunas figuras que decidieron construir algo al margen de los figurones ilustrados de siempre, han dejado al electorado a la deriva, es decir, en manos de los ignorantes y los idiotas, como antes sucedió con Carlos Alberto Reutemann.

Ignoramos si hay diálogo posible con un partido como el PRO, cuyos objetivos más visibles son la destrucción de la política y el encumbramiento de una gavilla de millonarios que, como en el caso de Macri, hicieron crecer sus fortunas a expensas de la deuda externa que estatizó Domingo Cavallo. Estimamos que los votos obtenidos por el PRO son los de la clase media enojada, desencantada de la política gracias a los servicios de peronistas, socialistas y radicales. Desde el socialismo, altas fuentes nos dicen que no, que en estas elecciones el PRO no contará con el apoyo del peronismo no oficialista y que es otro cantar. Acaso el mismo análisis hicieron los jóvenes radicales y piensan que es lícito decir una “verdad” pese a que quien la dice es responsable del lamentable camino con el que se construyó esa “verdad”.

Nosotros pensamos que la pesadilla que pregonó Marx es voraz y tuvo ya varios desenlaces en Argentina y Santa Fe: las juntas paramilitares, el mismo Reutemann, Fernando De la Rúa (responsable a la vez de los muertos de diciembre de 2001), o el presidente de Anillaco, que gobernó 10 años.

A los jóvenes radicales no le pedimos que callen lo que muchos pensamos, pero sobre todo le pediríamos que no sean idiotas ni ignorantes a la hora de pensar las estrategias que los devuelvan a la política. Porque Marx también dijo aquello de la la Historia se repite primero como tragedia y luego como farsa o comedia. Si lo próximo en la historia santafesina va a ser una pesadillesca comedia protagonizada por Del Sel, no nos quedan dudas de que los jóvenes radicales serán los bufones.

sábado, 2 de marzo de 2013

left

Si hay una izquierda en el poder que nos explique esto. Gracias, Sandino.
Imagen tomada del blog de Xavier Villacís.

viernes, 1 de marzo de 2013

cascarudos

Había visto hace unos años, en un documental, que había unos escarabajos africanos que construían bolas de estiércol que los triplicaban en tamaño. Fue la primera vez que noté que las patas cortas y ridículas de los escarabajos podrían tener una función específica, la de amasar esas bolas casi perfectas empujándose a la vez con el cuerpo. 
Con la llegada del verano, los escarabajos, a los que siempre llamamos cascarudos, invadieron la ciudad, el barrio, el patio de la casa; los vemos en el piso del baño, como penitentes, arrastrando cuando vivos una bola de pelusas –la imagen es de mi esposa. No Ni me puse a bucear en internet ni supe jamás –por fuera de aquél documental visto acaso al pasar, sin que lo haya elegido– por qué los cascarudos tienen esas patas tan poco apropiadas para desplazarse por el piso; tampoco para qué sirven sus alas, hechas de esa cobertura quebradiza y pesada. Acaso sus cuerpos, moviéndose como en un último espasmo, dados vuelta y agitando las patas como un juguete mecánico que se apaga, o tiesos, rodeados de hormigas en las baldosas del patio; sus cuerpos, digo, desparramados en el suelo, nos recuerdan el fin del verano, vienen a enseñarnos un paisaje de otro mundo y a la vez doméstico: la brevedad de la vida, el temblor de la existencia, el esfuerzo por llegar al fin del día; esas cosas con las que ponemos puntos suspensivos en la jornada y nos deslizamos en ellos, como si llegar a algún lado consistiera en mantenernos agitados... 



jueves, 28 de febrero de 2013

outlaw



En el último episodio de Justified (s04e08), Outlaw, Boyd Crowder tiene su reunión con los ricos del lugar, quienes le han encomendado “limpiar la basura” (matar a uno de los suyos, cosa en la que Boyd se excede). Y luego viene esta charla entre los tres ricos y Boyd: “Sé que la gente como usted está acostumbrada a usar a gente como yo. Pero hay un punto en el que un hombre como yo no puede soportar que le usen nada más”. Y entonces concluye con esta diferencia magnífica entre lo que es un “outlaw” y lo que es un criminal. Les espeta: “Now, all the things you've done, the way you built your fortunes, it might make you criminals, but it don't make you outlaws. I am the outlaw. And this is my world. And my world has a high cost of living” (Toas las cosas que hicieron, el modo en que amasaron sus fortunas, podría convertirlos en criminales; pero no los hace forajidos. El forajido soy yo. Y este es mi mundo. Y en mi mundo es muy caro ganarse la vida").
Es una diferencia sutil pero poderosa, sobre todo porque en esa diferencia está la clase alta, cuya existencia (digamos que en el mundo de la serie y para Boyd, para no sacar conclusiones "alocadas") es ya un crimen. Pero el forajido, el outlaw, el fuera de la ley, ya es otra cosa. Por eso existe el crimen organizado y no los forajidos organizados; es decir, no existen en el discurso judicial, porque forajidos organizados son todos aquellos que se organizan para enfrentar el avance criminal de las clases poseedoras de los medios de producción (como en los conflictos que se recuerdan a menudo en Justified en la mina de Harlan County) sobre la vida y los cuerpos de los trabajadores... Bueno, ya nos alocamos en las conclusiones.

martes, 26 de febrero de 2013

el hombre en el castillo


A ver, esto es serio, porque compromete nuestra educación. Gracias a Veselka leo que la productora de Ridley Scott se apresta a filmar en cuatro partes una miniserie basada en El hombre en el castillo, de Philip K. Dick
Scott y su difunto hermano produjeron ya para televisión (también en dos episodios) Labyrinth, basada en el best seller de Kate Mosse. Cierto, la gran diferencia es que, mientras el libro de la Mosse es un culebrón pretendidamente histórico, El hombre en el castillo es una pieza extraordinaria que debe gran parte de su misterio a los cruces textuales: Dick, que publicó la novela en 1962, no sólo mezcla toda esa masa discursiva que proviene de la pulp culture de las revistas en que publicaba, más el difundido discurso paranoide de la Guerra Fría y la especulación pseudocientífica, sino que agrega su particular lectura del I Ching, más la de los libros contemporáneos como On the Road (1957) y otros "libros de carretera", o títulos de Hanna Arendt o Carl Gustav Jung que, según la biografía de Emmanuel Carrére, nutrían a Dick del mismo modo que las revistas de divulgación científica que consumía por esos tiempos.  
El hombre en el castillo es uno de los mejores ejemplos de ucronía: en los tempranos 60, luego de que los Aliados perdieran la Segunda Guerra, Estados Unidos es un estado totalitario y está dividido según el Eje se distribuyó el mundo. Pero hay un escritor que escribe una novela en la que se espeja el mundo que conocemos y hacia la que se dirige uno de los protagonistas de nuestra novela quien, en su viaje, dibuja la escritura misma de la historia.
En El hombre en el castillo Dick describe esta escena: alguien hace una pequeña pregunta al I Ching. El libro le da una respuesta desmedida que le sirve al personaje para saber cuál era su pregunta. Allí hay una poética. Ascender cada día a un mundo de palabras y a duras penas hallar una morada, ese podría ser uno de los motores de la escritura. Cómo resolverá el señor Scott este asunto es un enigma que acaso no convenga revelar.

jueves, 21 de febrero de 2013

el coleccionista

El sexto episodio de la primera temporada de Justified (la serie cruza los genios del escritor Elmore Leonard y el guionista Graham Yost) se llama The Collection –sí, “La colección”. Allí, de algún modo al margen de la intriga principal –aunque sabemos que todo son márgenes en estas historias del oeste de ayer y de hoy–, un coleccionista de arte se muestra interesado en lo que son, según nos dice, unas falsificaciones de algunos de los cuadros que Adolf Hitler pintó en Viena entre 1908 y 1913 (muchos de ellos retenidos por el Estado americano después de la Segunda Guerra). Todo esto sucede en Lexington, Kentucky. Nuestro coleccionista le ofrece incluso a nuestro héroe, Raylan Givens (Timothy Olyphant), que eche un vistazo a la colección que tiene de esas pinturas. El convite es también motivo de asombro y hasta de mofa en un diálogo entre el marshal federal Givens y su compañero. La cosa pasa, nuestro marshal resuelve el caso y, sobre el final, el coleccionista abre una puerta y, como quien no quiere la cosa, le cuenta en breve su historia: su padre nazi, sus tempranos días en Alemania, y así. Entonces la cámara se aleja, el coleccionista extiende las manos y, sobre unos estantes, vemos un montón de frascos cerrados, rotulados y exhibidos en algo que podría estar a mitad de camino entre una vitrina y una despensa: son los cuarenta y pico de pinturas de Hitler que pudo comprar hasta ahora convertidas en cenizas y almacenadas allí. Antes, el coleccionista le ha dado a Givens algunas precisiones de cómo identificar un cuadro falso de Hitler, aparte de los aceites y telas de la época: no era bueno con las figuras humanas, fallaba en los detalles, las personas –más o menos le dice– sólo acompañaban el paisaje.

Esa escena, de una sobria justicia poética, nos lleva a reflexionar de nuevo sobre esa relación entre el arte y la colección, entre el artista –demos por un segundo esa entidad al pintor que pintó en Viena aquellas postales– y el coleccionista que interviene sobre esas “obras” y, antes que nada, sobre la “obra” por la que se recuerda a Hitler: cenizas, una consumación que opera ética e históricamente.

“Coleccionar –leemos en la Obra de los pasajes– es una forma del recuerdo remitida a la praxis, y es la más terminante entre las distintas manifestaciones profanas de la ‘cercanía’”. Nuestro coleccionista de Justified no sólo acopia cuadros del asesino, pone en práctica con ellos una forma de conjuro que consiste en reescribir los recuerdos de su padre alemán y, a la vez, reescribir, en esa pequeña porción de espacio privado que es su colección, las líneas de la Historia, una historia que, con ese acto, vuelve a ser puesta en escena, acontece y entonces nos incluye, nos re-presenta. Cuánto desearíamos que hubiesen más coleccionistas así.

P.S.: De Graham Yost vemos también The Americans.





martes, 19 de febrero de 2013

en espejo

Resulta que Black Mirror tiene una segunda temporada. Y resulta que ya va por su segundo episodio, según nos venimos a enterar esta noche cuando entramos a EZTV. Sí, sí, también escrita por Charlie Brooker (incluso el promocionar que ponemos acá la anuncia como Charlie Brooker's Black Mirror. No estábamos tan distraídos cuando nos informamos sobre la primera, la entrada de Wikipedia  dice que la segunda se anunció a mediados de 2012 y también, oh, que Robert Downey Jr. quiere hace hacer una película con el tercer episodio de la primera. 
Como en la primera, claro, se trata de cómo vivimos hoy pero visto desde el futuro inmediato. Nos gusta, claro, pero suena un poco como esta declaración de Slavoj Zizek: «Since I am a psychoanalyst, the question which interests me, of course, is: how do the new electronic media affect our notions of sexuality? The problem that lurks in the background is: How we are to propel again the desire to copulate today, in an age when, due to its direct accessibility, i.e. due to the lack of obstacles that would heighten its value, the sexual object is more and more depreciated – or, to quote Freud's classic formulation: “The psychical value of erotic needs is reduced as soon as their satisfaction becomes easy. An obstacle is required in order to heighten libido; and where natural resistances to satisfaction have not been sufficient men have at all times erected conventional ones so as to be able to enjoy love.”»
Veremos.

domingo, 10 de febrero de 2013

el código hill

Ya habíamos dicho acá que Walter Hill estaba de vuelta con un nuevo film protagonizado por Sylvester Stallone, Bullet to the Head. Ahora leemos en esta entrevista del Village Voice el "código Hill" con el que crecimos felices de hallar "una tristeza fundamental y fundamentada": cita la República de Platón, a propósito de los personajes del film y se pregunta, junto con el sofista Trasímaco: "¿No es la justicia todo lo que conviene al más fuerte?" Y también se autocita: "A veces uno debe abandonar sus principios y hacer lo correcto".
 Imagen tomada del sitio de la editorial del comic.

Por último, nos venimos a enterar de que el film proviene de una noverla gráfica francesa escrita, al parecer, por una suerte de fan de Hill.


martes, 5 de febrero de 2013

pilotos

Primero Veselka me tiró un enlace a Wired, que me llevó a una nota del Hollywood Reporter con una guía de los pilotos de series para 2013. La mayoría son comedias (que no veremos), hay incluso una versión de S.H.I.E.L.Dcon el sello de Joss Whedon. J.J. Abrams tiene dos pilotos: un drama ambientado en el futuro cercano, con policías y asistentes robots que promete ser otro yerro, y Believe, en la que hay algo asì como una vidente y un ex convicto que la protege del Mal. Hay incluso una propuesta de los realizadores de Homeland, Anatomy of Violence.
Pero lo que nos temíamos, hay un refrito americano de nuestra serie francesa Les Revenants, acá bajo el la precisa traducción: The Returned. Esperemos que esta incursión americana en territorio francés no termine siendo una historia de zombies.

lunes, 4 de febrero de 2013

la espía que me amó

Actúa Michael Gambon y Charlotte Rampling, aunque tienen sus versiones jóvenes del año 1942, porque la miniserie Restless (Sin descanso), cuyos dos únicos episodios terminó de emitir la BBC el 28 de diciembre pasado, transcurre a mediados de los 70. Fue escrita por William Boyd, quien a la vez es experto en temas de espionaje y tiene ya una larga carrera en guiones de cine, teatro y novelas, de hecho, la miniserie está basada en su novela de 2006 del mismo nombre. En su comentario para The Guardian, John Crace procede como Borges al señalar una trama obvia (una mujer le cuenta a su hija ya mayor, ya madre, que fue espía durante la Segunda Guerra y le hace saber que aquella trama se extiende hasta el presente, los 70) y una secreta: las emociones.
Pero Restless, que puede verse como un drama de espionaje (y hay que decir que Boyd tiene entre sus prsonajes al creador de James Bond, Ian Fleming), cabe también en una categoría acaso reciente que revisa el papel de Inglaterra durante la Segunda Guerra y que ha mostrado ya extremos curiosos, desde El discurso del rey hasta Into the Storm u otros films y documentales vistos en el montón que invocan la leyenda de Kim Philby, el más imponente de los dobles agentes.
Restless funda su intriga, y esto es lo curioso desde hace pocos años, en ese momento en el que Philby como otros descubren que para salvar a Inglaterra había que unirse a los rojos, el momento en el que cierta visión del internacionalismo era la única respuesta al nacionalismo que enardecía a las masas europeas.
Eso ya es algo para decir de Restless.