socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 22 de enero de 2011

el club de los comensales


La obra de Frank McNamara no representa gran cosa dentro del panorama cultural de los últimos 50 años, ni siquiera de los últimos cinco minutos. Sin embargo, es acaso una de las obras más citadas en todo el mundo. Tan sólo en Argentina, unos quince millones de personas citan a McNamara cuando pronuncian una frase que resume por entero sus afanes: “Cárguelo a mi cuenta”.
 Nuestro amigo Frank en el Major's Cabin Grill.

Es que McNamara no hubiera dejado de ser un ignoto ejecutivo neoyorquino de no olvidar un mediodía de 1949 su billetera durante un almuerzo de negocios. La anécdota, que los departamentos de prensa de las financistas que difunden tarjetas de crédito repiten y propalan ad infinitum, acaso entendiendo que esta pequeña historia es uno de los vínculos más notorios que pueden ostentar para acreditar su pertenencia al género humano, dice que McNamara, antes de ir a comer con otros ejecutivos al restaurante Major’s Cabin Grill, se había cambiado de traje. Envuelto en géneros bien aseados y más frescos, el hombre abundó en generosas invitaciones durante la comida y llamó al camarero cuando sus amigos se tomaban el segundo café, acaso el segundo scotch. A la llegada del mozo, McNamara hurgó en los bolsillos de su traje y los encontró frescos y limpios hasta de dólares. El relato oficial se limita a señalar que McNamara explicó la situación al camarero y pidió el teléfono para llamar a su esposa, que llegó con el efectivo justo a tiempo para salvarlo de lavar los platos del Major’s Cabin Grill. La pregunta que se hizo el comensal-ejecutivo entonces rasguña la intensidad de la que por esos años estaba imbuida una obra menor: El ser y la nada, de un autor sobre el que no hay datos de que haya usado alguna vez tarjeta de crédito, Jean Paul Sartre. “¿Por qué la gente debe limitarse a gastar lo que lleva en efectivo, en lugar de gastar lo que pueden pagar?”, se preguntó McNamara.
Un año más tarde, un anochecer de febrero de 1950, los camareros del Major’s Cabin Grill volvieron a recibir a Frank, en esta ocasión acompañado de su socio, el abogado Ralph Schneider. Los muchachos se sentaron a una de las mesas que les sugiriera el maitre y ordenaron la cena mientras se cruzaban miradas con aire socarrón. Las versiones no precisan cuánto tiempo estuvieron para deglutirse aquél par de bistecs, pero es fácil intuir que pocas veces en el negocio de la gastronomía hubo un par de tipos tan ansiosos por recibir la cuenta. Cuando al fin llegó la adición McNamara sonrió e introdujo sus dedos índice y mayor dentro del bolsillo interior del saco que hacía un año había estado vacío. Sabía que la historia estaba pendiente de aquellos pequeños movimientos, era contemporáneo de un hecho hasta ese momento inédito y él, el buen Frank, sentado allí en ese restaurante de la avenida Madison con su viejo amigo Ralph, Ralphie Schneider, iba a protagonizar un acontecimiento que pronto se repetiría y se propalaría por el mundo como canicas en una mesa de billar. Oh, sí, Frank no extrajo de su bolsillo su billetera, sino una tarjeta de cartón en la que el camarero leyó “Diners Club”. La Historia también esperaba aquella frase de Frank que, como la buena poesía, debe ser saboreada en su idioma original. Una frase pequeña, delicada, cuyo amable imperativo oculta el movimiento de toda una civilización. Dijo: “Charge it”. Lo que, en un apurado doblaje al español, podría traducirse como “Cárguelo”.
Aún hoy se recuerda el episodio como “la Primera Cena” (the First Supper). Había nacido la tarjeta de crédito.
El 15 de mayo de aquél año de 1950 (¡ya van a cumplirse 61 años!), McNamara, que creó la tarjeta Diners Club (literalmente: club de comensales) junto a Ralphie, ofreció su invención a unas 200 personas, entre conocidos y amigos personales y 14 restaurantes de Nueva York ya la aceptaban, el Major’s Cabin Grill entre ellos, claro. Aquellos buenos viejos tiempos fueron muy ajetreados. El negocio crecía tan rápido que Frank y Ralphie debieron cambiar tres veces de oficina. El recorrido es ascendente por donde se lo mire, ya que comenzó en la planta 24 del Empire State y en cuestión de meses ya llegaba al piso 77. Diez meses más tarde desde que el abogado y el ejecutivo protagonizaran la histórica Primera Cena, Diners Club había emitido veinte mil tarjetas y ser socio costaba una bicoca: tres dólares al año, lo que en 1951 garantizaba la atención en hoteles y restaurantes de Nueva York, Miami, Boston, Chicago, Los Ángeles y San Francisco.
El primer antecedente de las tarjetas de crédito se remonta a 1914 cuando la Western Union emitió la primera tarjeta al consumidor, que se otorgaba a los clientes preferidos de la compañía y ofrecía servicios especiales, entre ellos el pago diferido libre de cargo. El dinero, figura del valor y pura representación, según el análisis marxista, fue muchas veces un san benito que debieron padecer los pueblos, desde los judíos en el primer siglo de la era cristiana, cuando tras una sublevación sofocada por los romanos fueron humillados con la emisión de una moneda que los mostraba arrodillados en una actitud sumisa, portando su emblema nacional, las palmas; hasta los argentinos del 2001, que aprendieron a mirar en el rostro de Benjamin Franklin el paisaje de sus pesadillas. La tarjeta de crédito, esa forma personalizada del dinero, para la que “pertenecer tiene sus privilegios”, llegó para poner un nombre sobre los billetes cuando la plata hundía y salvaba a los elegidos de la gran masa. 
Acaso una buena razón para alentar el estudio de la historia sea escrutar las decisiones de los genios, porque en 1952, cuando Diners Club facturaba unos crecientes quinientos mil dólares al año, McNamara decide retirarse del negocio para seguir su carrera como ejecutivo, pero esta vez en ventas, dentro de una compañía de antigüedades. Su socio Ralphie y Alphie Bloomingdale, el nuevo presidente, le compran sus acciones en doscientos mil verdes. Tal vez pueda reconocerse alguna señal del buen Frank en este gesto: abandonar un negocio incipiente y millonario, que se anticipaba a la virtualización del mundo —tal como la descubriera Internet unas tres décadas más tarde— por antiguallas. No sería infundado pensar que en este asunto McNamara retoma la vieja tradición norteamericana fundada por las grandes figuras de la historia de su país, como Thomas Jefferson o Ralph Waldo Emerson, de volver a los orígenes. 
En 1956, mientras McNamara rastreaba asentaderas estilo Luis XV y trataba de sacarse de encima a un irlandés gordo llamado O’Maley que le ofrecía una partida de sillas thonet y le juraba que eran el negocio del futuro, Diners Club abrió franquicias en la Argentina. En ese entonces Juan Domingo Perón ya podría haber tenido la suya, pero estaba en España hacía cerca de un año, donde la tarjeta circulaba desde 1954.
Un año más tarde, en 1957, Frank McNamara, el Primer Comensal, muere a la edad de 40 años, entre las reliquias que lo rodeaban había un tío abuelo de Ohio.
Gracias, Frank.