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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 7 de febrero de 2011

no la dejes entrar

Finalmente accedimos a la vampirización de Let the right one in. El director Matt Reeves, responsable de Cloverfield, hizo Let me in, la versión norteamericana del film sueco.
Låt den rätte komma in, Let the right one in en inglés y, posibilemente, Déjame entrar una vez estrenada en el país, tal como se tradujo la novela de Jon Ajvide Lindqvist en la que se basa la película, es un film de vampiros o, al menos, un film con un vampiro: Eli, una niña que tiene 12 años desde hace mucho tiempo, como le dice a Oskar, su vecino y único amigo en Blackeberg, en las afueras de Estocolmo, donde se sitúa la película, que transcurre en los tempranos 80.
A diferencia de Twilight (bodrio edulcorado y sucedáneo de High School Musical), Let the right one in no incurre en esa imbecilidad suprema de desimitologizar la fábula del vampiro: la luz del sol lo mata, el ajo lo perturba, no puede ingresar a una casa sin ser invitado y así.
Filmada al borde del ascetismo, la iconografía de Let the right one in es acaso una de las cosas más logradas del fim en tanto ejercicio fílmico (no una sucesión de imágenes animadas, como decía el maestro): "Donde ahora se alzaban edificios de tres alturas, antes no había más que bosque. Los misterios del pasado no estaban a su alcance; no tenían ni siquiera una iglesia. Una población de diez mil habitantes, sin iglesia. Eso ya dice bastante de la modernidad y racionalidad del lugar. Bastante de lo ajenos que eran a las calamidades y al terror de la historia. Lo cual explica en parte lo desprevenidos que estaban", escribe Lindqvist en el primer capítulo de la novela (que podía hasta hace un año y medio descargarse de la página de la editorial Espasa, pero ya no, así que aquí lo dejo).
Incluso el film —y la novela— incluye a un profesor Ávila, presuntamente latinoamericano, presuntamente exiliado en Suecia (Lindqvist es admirador de Cortázar y de Borges). Así, con esos pequeños detalles, esta historia de vampiros va cobrando espesor político, ya que la niñez de sus protagonistas (la niña vampiro y el niño solitario) cohíben el despliegue glamoroso y sensual de las historias de este tipo.
Let the right one in
es política en su iconografía, en lo que enseña de soslayo: los edificios racionales y gélidos, los rezagos de una modernidad nueva y, a la vez, ya abandonada que constituyen su escenografía. A diferencia, por ejemplo, de la serie True Blood, el costado político de este film no es un agregado —lícito, desde luego—, no es una premisa desde la que parte la ficción, sino la materia misma de la que está hecha a condición, claro, de interpretarlo.
Let the right one in es una deformación de "Let the right one slip in", título a la vez de una canción de Morrissey, a quien cita Lindqvist en el prefacio de su libro.
La versión de Reeves, que sigue muchas veces plano por plano la de Tomas Alfredson de 2008, no sigue el libro. Advertido de que hay un trasfondo político en todo esto, Reeves ubica la acción en un pueblo nevado de Nuevo México en el año 1983, y entonces pone una y otra vez a Ronald Reagan en la televisión hablando de que "América es el Bien". También hace a la madre semi-ausente de Oskar (Owen en esta versión), una devota que tiene imágenes de Jesús en el espejo de su pieza, y así, el vampiro va quedando encorsetado en un álbum de estampitas demasiado conocido. Lo que introducía la primera versión —fiel al libro, versión "lectora" de ese libro—, era justamente la idea del vampirotambién perdido en esa gélida modernidad a cuya plena experiencia llegamos en los 80. De hecho, el vampiro ni siquiera mata con sus colmillos, sino que tiene un sirviente que le lleva la sangre de las víctimas (cosa que sucede, claro, en las dos versiones). El bosque, en la versión sueca, es casi una abstracción: un decorado de troncos raquíticos desparramados en la nieve, del mismo modo que lo es el pueblo y el edificio en el que viven Oskar y su madre. Reeves, en cambio, le suma un barroco que —y uno podría pensar: "Bueno, es el gótico-americano"— termina ahuyentando cualquier tipo de lectura y ahoga la historia en una suerte de pintoresquismo romántico de lo más pelotudo. ¿Y Reagan? ¿Y esas estampitas de Jesús?
En fin.


 Owen (en la versión Reeves) roba plata a su mamá bajo la vigilancia de la estampita. Qué viene a agregar la imagen de Jesús es el mayor misterio de esta película.