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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 8 de julio de 2011

tilinguería

No siempre entro, pero cuando lo hago leo todo lo que no había leído. Es que en un principio leí mal, a las apuradas, poco. Tenía que reseñar blogs y me pareció bien empezar por ahí, una blogger anónima, pero reconocida, seguida.  Un poco de saña no le haría mal.
Escribe en una entrada reciente: "Yo no soy tan distinta a la que escribe, ¿o sí? Me dice que cuando me empezó a leer lo irritaba profundamente. Me río. Ahora somos amigos y seguramente mi tilinguería lo siga irritando".
Charlotte ya escribió otras veces sobre eso, la tilinguería, o pregunta si es muy "rubio"un razonamiento suyo. Anota unos recuerdos de barrio bacán, unos viajes en invierno a Colonia, Uruguay, en la infancia; unas vacaciones en Punta del Este, con una barra de 15 amigos, describe la foto. Cuenta un viaje, hace poco, a Nueva York, cuenta los encuentros, las llamadas de su padre, que cumplió 80 este mes.
Hace tiempo que leo a Charlotte (no tanto como el tiempo que tiene su blog online), el amigo que me lo recomendó ahce tres años, cuando Bazán me llamó para que hiciera las críticas de blogs en Crítica de la Argentina, lo leía de antes y me los eñaló con entendible fascinación.
Pienso, ahora, que ni él ni yo soportamos la tilinguería como no sea en su faz "antropológica", digamos. Como si nuestro paso por la tilinguería, a la larga, fuese siempre turístico.
Pero pensaba, al leer de nuevo a Charlotte –y hay que aclarar que la leo en el Reader, que como todos esos dispositivos actuales de desglose y acopio, suelen desvirtuar muchas veces la unidad, es decir, el blog, el disco (en el caso del mp3), el libro, y así–, al recordar la recomendación de mi amigo y al recordar esa primera crítica: forzadamente venenosa, triste alarde de inteligencia para referirme a unos textos cuyo fulgor puede prescindir muchas veces de la inteligencia; pensaba, entonces, que lo tilingo, para mi amigo y para mí, es también un atractivo allí donde la inteligencia nos empantana.
La tilinguería es también, claro está, uno de los mejores trucos narrativos de Charlotte: lo que no dice de sí (¿quién es la que escribe, para aquellos que no la conocemos y accedemos al relato de su vida privada? O, como ella misma anota: "Yo no soy tan distinta a la que escribe, ¿o sí?"), lo dice o pretende decirlo con chismes y anécdotas de cierta tilibguería. Es, ni más ni menos, un estilo: pretender que hay una intriga en lo que se narra cuando la intriga es quién narra.
Pero lo novedoso no es el estilo. Si la tilinguería es ese paso al costado por el cual se salta de lo civil a lo meramente social (y no entremos en detalles: lo civil es, incluso en sus ruinas, una liturgia), de lo político a lo privado, toda escritura no puede dejar de ser a su modo tilinga, a su modo verdadera. Si mi amigo, que es de alguna manera alguien que también escribe, y yo nos fascinamos con los textos de Charlotte es porque allí también vemos, precisamente donde la cosa se escurre con la máscara tilinga, una materia de escritura.