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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 27 de diciembre de 2011

la caja lúcida


El 2011 parece ser el año en el que el público (sobre todo el que mira series a través de internet), definitivamente reconoció que aquello que buscábamos en los estrenos de cine hoy está en las series de cadenas como AMC, HBO, FX o Fox. Entre otras cosas, porque directores como Martin Scorsese (con Boardwalk Empire: El imperio del contrabando) o Frank Darabont (con The Walking Dead: Los muertos vivientes), por dar dos ejemplos, trabajaron en la materia que nos ocupa; o porque las citas cinéfilas más frecuentes de esas series incluyen actores emblemáticos del cine, como en el caso de Breaking Bad donde actúan dos de los actores de reparto del film Caracortada (Brian De Palma, 1983), se hicieron a través de actores invitados; o como en las miniseries Bag of Bones (Bolsa de huesos), en base a un texto de Stephen King y protagonizada por Pierce Brosnan, y Mildred Pierce, adaptación fiel y magistral de la novela de James M. Cain ambientada en la depresión del 29, protagonizada por Kate Winslet (Titanic) y dirigida por Todd Haynes (que, en un gesto cuyo único parangón es el del Mundial 78 transmitido en cines, se estrenó en salas de festivales), realizador de Velvet Goldmine y I’m not there, entre otros films.


Imágenes de Homeland y Breaking Bad (episodio final de la cuarta temporada).

Que el escritor Elmore Leonard –cuyos discípulos son pródigos en los estudios de televisión–, haya participado en los guiones y la historia de la tira policial Justified es un dato para desarrollar en otra columna, el de la participación de escritores en estas series.
Pero, además, lo que muestra la facturación de series (es decir, las coordenadas de creación y ejecución) en este año que termina, es un alto grado de autorreferencia y autoconciencia. En todas es claro que escritores y productores buscan explotar personajes, dándoles escenas y tiempo para desarrollarse como el cine ya no ofrece (es el caso de las reveladoras primeras temporadas de The Killing o Game of Thrones Juego de tronos–, la cuarta de Breaking Bad, la segunda de Boardwalk Empire o la cuarta de Fringe). Pero, sobre todo, es ejemplar el modo en que en otras tiras sus creadores tomaron nota de lo inaugurado por series como Lost o, dos años atrás, 24: en los casos de Once Upon a Time (los personajes de los cuentos de hadas viven atrapados en un pueblito en Maine donde olvidaron quién son) o Homeland (una agente de la CIA con problemas psiquiátricos busca desesperadamente corroborar un dato obtenido en Oriente Medio al espiar a un marine que fue rescatado tras ocho años de cautiverio y regresó como un héroe); en estos dos casos ejemplares, decíamos, los creadores explotan aquellos espacios vacíos dejados por series que podrían considerarse sus antecesoras: cierta fascinación por las fisuras que inaugura lo fantástico y lo maravilloso, o los desequilibrios de un estado policial, por decirlo de una manera más o menos abreviada.
Las series –las extranjeras al menos, porque las nacionales, como El puntero o El hombre de tu vida recién inician su periplo con ficciones que cruzan dos de las tradiciones más perdurables y perniciosas de la tevé argentina: la telenovela y el noticiero– están refundado de alguna manera el imaginario de la historia: hay westerns (Hell on Wheels), policiales mafiosos (Boardwalk Empire, Breaking Bad), tragedias shakespearianas (Game of Thrones), policiales existenciales (The Killing), de terror apocalíptico (The Walking Dead), de espionaje (Homeland), fantásticas (Fringe, Once Upon a Time) y, claro, las comedias en las que se parodian las urgencias de una época en la que las necesidades hace tiempo que son, con todas las letras, virtuales (The Big Bang Theory).
Como se ve, la caja boba se pone lúcida si se la mira a través de la banda ancha.