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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 26 de marzo de 2012

el cuentacuentos



para 32 pies
Y un día hacemos la llamada convenida por Skype y Robin Wood aparece en la pantalla. Luce tal como lo conocimos en fotos, lejanamente parecido a Tino Espinoza, el protagonista de Mi novia y yo. Se mueve en la silla, se acoda frente a la webcam; atrás se cruza su mujer, y una muchacha joven que hace alguna otra cosa; habla con un pequeñísimo pero perceptible delay, como para darnos a entender que aquí también se trata de un artificio.
La vida de Wood parece una aventura, y acaso, por el modo un poco despreocupado con que la cuenta, una aventura de historieta. El hombre que está ahí enfrente no sólo es el autor de Nippur de Lagash, de Gilgamesh, de Pepe Sánchez, de Mark, de Savarese, de Aquí, la legión y cientos de guiones inolvidables, es la fuente de muchos de los chistes de la juventud, que vuelven de vez en cuando de esa constelación insondable en la que conviven las lecturas y la vida.
Robin Wood se llama Robin Wood, en efecto, pero ha firmado con cientos de seudónimos, entre ellos el de Cristina Rudlinger: “Fui la primera guionista de la historieta”, anota para su récord.
Wood vive en Asunción, en Paraguay, donde nació hace 67 años. Dice que escribe casi sin darse cuenta, que se sienta frente a una hoja y pasadas unas horas tiene tres o cuatro guiones escritos.
Cuenta que nació en una colonia socialista fundada por australianos en los años 20. Un caserío en medio de la selva paraguaya que se llama Colonia Cosme, en el departamento de Caazapá, que hoy en día aún carece de los servicios básicos. Cuenta que habla siete idiomas y que su formación fueron los libros y las historias que contaba su familia.
“Con el inglés crecí desde chico –dice–, mi familia irlandesa hasta el acento me dejó; y el gaélico, que hablaba con mi bisabuela, que no hablaba ni inglés, ni hablemos del castellano, porque eso para ella fue siempre un continente desconocido. Ella hablaba en gaélico, que es el idioma antiguo de los celtas, que es como hablar en vasco”.
Pregunta: ¿Tuvo algo que ver el conocimiento de estos idiomas antiguos con la creación de personajes como Gilgamesh o Nippur? “Sí, absolutamente. Cuando yo era chico –responde Robin Wood–, en esta colonia perdida en la selva, integrada por quinientos lunáticos, donde no había nada, ni electricidad ni agua corriente, los domingos se reunían todos en un gran círculo, en una especie de parque porque no había nada construido, y uno de los elders, los viejos, leía un libro. Era el entretenimiento del fin de semana, era el cine, el teatro, el ballet, todo en una sola pieza. Y el gran lector era mi bisabuelo McCloud, que era escocés, o mi bisabuelo Wood, que era irlandés. Y a mí me gustaba escuchar esas historias del folclore y la tradición celta”.

Shanachie
La colonia donde creció el joven Wood era “rarísima”, dice: “Sobraban los libros y yo los leía a todos. Hasta ahora soy un lector fanático, por eso no tengo biblioteca. Me dicen: los libros hay que cuidarlos. No, a los libros hay que leerlos. Yo los leo y releo: poesía, historia, novelas, de Corín Tellado a Shakespeare; todo es legible, para mí la lectura es mágica. A los 8 años leí a Hemingway, a Faulkner, a Simone de Beauvoir”.
Vista a la distancia, desde el horizonte que traza el relato de Wood, aquella colonia parece haber nacido para que nuestro autor contara historias. “De chico –dice – reunía a los otros niños y les contaba cuentos que inventaba mientras los contaba. Los chicos me venían a buscar a la nochecita para que les narrara historias. Eran cuentos que fabricaba sobre las proezas, como yo las quería creer, de mis abuelos y mis hermanos, que fueron a pelear a la Primera Guerra, y que yo escuchaba en la mesa familiar, hasta hoy día las recuerdo. Es que tengo una memoria prodigiosa, excepto mi teléfono no me olvido de nada. En la colonia los viejos me bautizaron como el shanachie (también sennachie), una palabra gaélica antiquísima que significa el que cuenta cuentos, el relator”.
Las historias de la guerra de los abuelos eran reales. Los McCloud habían peleado en el frente europeo y los Wood, en Arabia, donde habían visto a Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia), lo que llevó a Robin a leer Los siete pilares de la sabiduría a los 12 años.

Viajar
La formación de Robin Wood, quien dejó la educación formal en sexto grado, se completa con los viajes. “Llevo 30 años casi ininterrumpidos viajando”, dice: “Ponés eso en la cacerola, sacás conclusiones y te volvés mucho más comprensivo de todo. La cultura es una cosa y la educación es otra. Tengo cultura, probablemente una gran cultura; mi vida fue muy dura hasta cierto punto y de repente, como por golpe de magia –yo creo en la magia–, aparece una profesión que me gustaba y me daba dinero y me iba con mochila y máquina de escribir”.
Habla de principios de los tempranos años 60, cuando vivía en Buenos Aires y trabajaba en una fábrica del conurbano bonaerense. En esa época Wood –que contó la anécdota muchas veces– estudiaba en la Escuela Panamericana de Arte, donde enseñaba Alberto Breccia, porque quería ser dibujante, oficio del que lo disuadieron pronto (“No tenía talento”, admite él mismo). Uno de sus compañeros era Luis Olivera, con quien compartía la afición por la sumeriología (el estudio de la civilización de Sumer, de donde saldría Nippur de Lagash) y dibujaba historietas para la editorial Columba.
Olivera le pidió un día que hiciera unos guiones, a partir de las historias de sumeriología que compartían, para reemplazar otros que le habían dado para dibujar. Wood los hizo, se los dio. El dibujante presentó el trabajo en la editorial, se publicaron y hasta ahí llegaron por el momento, porque Olivera no sabía dónde contactar al escritor, a quien había visto en su casa o se lo había encontrado en las clases de la Panamericana o Bellas Artes.
Wood se enteraría de la publicación de los guiones cuando vio una de las revistas de Columba en un quiosco. Ese mismo día se presentó hecho un estropajo (había caminado desde el conurbano hasta el centro porteño bajo la lluvia) en la editorial y dijo “Soy Robin Wood”. El primer cheque, del banco de Londres y América del Sur, que cobró por su trabajo como guionista fue también el primero que vio en su vida y superaba cien veces o más lo que ganaba en la fábrica. Las revistas de la editorial tenían entonces un tiraje semanal de 250 mil ejemplares y el número  real de lectores multiplicaba varias veces esa cifra.
De modo que cuando los cobros comenzaron a medirse con fajos de billetes Robin Wood comenzó a viajar por el mundo y desde allí enviaba sus guiones, cosa que sigue haciendo hasta el día de hoy, ya sea desde Paraguay, donde reside ahora, como desde Italia, donde su personaje Dago tiene una inmensa popularidad y donde el ministerio de Cultura le encargó una suerte de biografía de Giuseppe Verdi. “Es una mezcla rara, muy dramática y muy poética. Todos conocen las óperas y la música de Verdi, pero conocen poco de su vida. Verdi era un loco por la unificación italiana. Dago –dice Wood– también ve a Italia cortada en pedazos: franceses, austríacos, y él también cree que deben unirse esos pedazos”.
Los viajes también dibujaron una sinuosa biografía de Wood: se divorció en Dinamarca, volvió a Paraguay, donde contrató a Graciela Stenico para que lo asistiera en el trabajo. “Y ella completó el trabajo –dice– casándose conmigo”. Pero Stenico es también el nombre de una localidad de Trento, en el norte italiano, donde tuvo lugar una de las primeras rebeliones campesinas, que fue masacrada. De modo que la historia de Graciela, la de la localidad trentina y la de su personaje de Dago se mezclan en los guiones de Wood, quien ensayó varias veces el cruce de lo autobiográfico y la ficción, y así aparece en Dago la principesa Stenico.

Cuaderno espiral
Escribe a mano, en cuadernos con espiral. “Cuando me siento a escribir –dice–, cuando lo haga esta tarde, no sé de qué voy a escribir, pero sé qué me siento y escribo. Hago quince páginas en un par de horas, después en la computadora meto toda la guía de dibujos, cuadro por cuadro”.
Dice que nunca corrige. “Mi querida mujer –dice– tenía una imagen de esos escritores que aparecen en las películas, tipos atormentados que se agarran la cabeza y tiran bollos de hojas de papel en blanco al cesto de basura. Y a mí jamás me vio arrancar una hoja y tirarla al piso. Y no te creas, yo soy el que más me asombro”.
Robin Wood vuelve a veces sobre lo que ha escrito. Relee, todavía se ríe con episodios y chistes de Mi novia y yo (la tira tenía mucho de autobiográfico, incluso el personaje, Tino, lleva un apodo que alguna vez usaron para llamar al guionista). “Nunca pienso qué bien escribo, incluso no lo siento como una creación mía, simplemente salió, lo hago con placer y me divierte”.
Hay en principio algo actoral en el hallazgo y el primer soplo de vida de cada personaje de Robin Wood. “Primero –dice–, el personaje te da la historia, porque tiene que tener una personalidad, puede haber humor, drama, pero siempre hay una reacción que es lo normal: hay los que son impacientes, otros más impacientes, como Nippur”.
Sin embargo, muchos personajes de Wood son recurrentes, o lo son sus referencias, o lo son los cruces en ese bosque de historias que es su obra como guionista. Ya dijimos cómo la señora Stenico muta en la princesa Stenico; también Poppy Andersen, ex pareja de Wood, protagoniza Mi novia y yo. Héctor G. Oesterheld, a quien Wood admira y al que vio una sola vez en la vida, dijo en un reportaje que la periodista Helena Goñi aparece en una de las tiras como Helena Ñoqui (como reportera de la revista Gentío); es más, señala Oesterheld: tiene un compañero “Mario (¿Mario Mactas?) y su compañero Emilio. Lo curioso es que versiones de estos tres personajes también aparecen en Nippur bajo los nombres de Aneleh, Oiram e Ilioem, sencillos anagramas de Helena, Mario y Emilio, respectivamente. En Don Rómulo T. Perina, el homenajeado es, obviamente, el tal Rómulo Perina. Perina fue a Robin Wood lo que Macedonio Fernández fue a Jorge Luis Borges, así que sobran las palabras”.
Estas operaciones de Wood tuvieron tal popularidad en su momento que Basallo, uno de los directivos de Columbia, llamó indignado a nuestro autor porque había recibido una invitación a una cena aniversario de los boy scouts de su parroquia con el nombre de Balbastro, que era el personaje con el que Robin Wood lo hacía aparecer como gerente de la editorial “Palomita” en Mi novia y yo.
“Me han dicho que Robin Wood escribe for export –dice Robin Wood–, y no, si siempre escribí cosas autobiográficas”.

Osadía
Para Wood, la malaria editorial argentina en el terreno de la historieta se explica por la falta de osadía. “Lo que cambió es que no está Columba –dice – y los editores tienen miedo. En Europa, donde el trabajo se hace en serio, no es así. Ni en México, en Estados Unidos ni hablar. A ver, cuando apareció la televisión dijeron que el cine iba a morir, pero no entienden que una cosa no sustituye a la otra, que hay públicos diferentes, hay gente que sigue gustos, la historieta en Europa tiene mucho nivel y la mayor parte de los dibujantes son argentinos. En Argentina se tiene la idea de que tales cosas pueden funcionar y tales otras no. Hay una falta de osadía total, y me duele porque mis lectores me reclaman mucho. Veremos si sacamos mis historietas por internet”.
Pregunta: sin embargo, en la última época de cierta pujanza de la historieta argentina, a principios de los 80, cuando apareció Fierro, ¿no lo llamaron? Dice Wood: “No, porque estaba considerado de derecha, decían que era fascista”.
Wood se refiere a un párrafo de La historia de la historieta, en la que Guillermo Saccomano y Carlos Trillo (y hay que agregar que en aquella reseña de Mi novia y yo, Oesterheld señala ese guión de Wood como el antecedente directo de El loco Chávez –1975-1987–, de Trillo y Horacio Altuna) lo señalan como fascista. Incluso recuerda una reunión con colegas en torno a la necesidad de tomar partido, en tiempos del gobierno de Héctor Cámpora en la que se negó a definirse políticamente. “Pero aquí yo soy el único que ha sido obrero, todos ustedes son universitarios, estudiantes, burguesía, aquí el único que ha sido obrajero en el Alto Paraná, que ha trabajado como levantador de piedras en el Chaco, que ha sido obrero de fábrica, soy yo. ¿Y ahora ustedes me llaman a mí fascista, capitalista, burgués?”, les espetó según un reportaje que puede consultarse en Robinwoodcomics.org.
“En esa época –nos dice Wood–, ellos (se refiere a un grupo no identificado en particular, pero en el que entrarían Trillo y Saccomano) decían que para renovar la historieta argentina había que quemar la editorial Columba. Era una idiotez, porque todos los grandes dibujantes e historietistas pasaron por Columba”.
Robin Wood volvió a su modo como guionista a Argentina a fines de los 90, cuando escribió La condena de Gabriel Doyle, una serie de televisión que dirigió Sebastián Borensztein para Canal 9, cuyo último episodio fue levantado por falta de rating en momentos en que se emitía el mundial de balompié de Francia.
Hoy prepara guiones de televisión con seis de sus personajes, entre ellos Dago, Nippur de Lagash, Mark, cosa de la que Wood prefiere no explayarse demasiado. Los tiempos y las condiciones en que se desarrollan estos proyectos son siempre muy ajenos al de la historieta.

Doppelgänger
Hubo otro Robin Wood que nos fascinó en aquellos años en los que aún no se conocían los libros sobre cine o películas escritos por Gilles Deleuze o Slavoj Zizek. Los más despistados hasta creímos, por la afición de nuestro autor por el cine y los libros, que podía tratarse de la misma persona.
“Mirá qué cosa –nos dice Wood–, las casualidades son increíbles. Yo vivía en Londres y tenía cuenta en el Royal Chameleon Bank, donde me hacían los depóstios. Ahí iba a sacar el dinero, porque en esa época no había tarjeta de crédito. Un día me dan el saldo y me pareció raro: las cantidades no coincidían con mis cuentas y mis extracciones. Además, la cuenta estaba a nombre de «Robin Wood, escritor». De modo que hablé con uno de los contadores y chequeamos la dirección y se trataba de otro Robin Wood, el escritor de cine, que tenía cuenta en el mismo banco que yo”.
El asunto se arregló, el banco sacó de acá, puso allá y cuentas claras. “Pensé incluso –cuenta nuestro autor– en dejarle un mensaje para encontrarme a cenar, pero me olvidé y pronto ya me fui a otra parte. Y mirá, de nuevo, lo que son las coincidencias. Otra vez estaba en un hotel de París, me registré y me recibieron muy bien. «Le vamos a enviar una botella de champán a su cuarto, señor Wood», me dijeron. Bueno, cómo no, les respondí. Subí a la habitación, me bañé, me cambié y, al bajar, cuando pasé por la conserjería el mismo conserje me preguntó si había estado bien la botella. Le dije que no había recibido nada. Y, sorprendido, revisó el registro y se dio cuenta de que había dos Robin Wood, y que quien debía recibir el champán era el otro, el crítico de cine, cosa que había sucedido”.

El bosque del mundo
El shanachie, el narrador de la comunidad, reúne a los suyos para acercarles historias que vienen de los mayores y los implican en la medida en que se dejan implicar por ese pacto común del que cuenta y el que escucha o, en términos comunitarios, de lo que cuenta cuando se escucha. Las historias “salen” de aquella ronda de relatos, de esa comunidad que debía contarse un origen, abrirse un camino en el bosque del mundo.
Bosque, cabe recordarlo, es uno de los significados de la palabra inglesa “wood”. El Robin encapuchado (“hood” es capucha) y fabulesco que hacía justicia en el bosque, parece haber cedido, a través de aquellos padres que dieron nombre a nuestro guionista, las dotes del disfraz y el reparto de dones en este otro Robin que también conoció en su infancia, en la selva, la versión americana del bosque.