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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 28 de enero de 2014

detective de la verdad

La verdad, recién me entero de que Matthew McConaughey era el muchacho que se robaba a la chica en "Walkaway Joe", el video de Trisha Yearwood de principios de los 90. Confirma ese lugar de descarriado con cierto encanto, sospechoso a los ojos "maduros", formales, que McConaughey parece encarnar, tal como Robert Mitchum (en el Diccionario de Eduardo Russo) viene a ofrecernos siempre el rol de "el opositor".
Imagen tomada de Film-Book.

Bien, McConaughey es el detective Rusty Cohle (sí, "rusty") en la serie True Detective, que HBO estrenó hace poco menos de tres semanas, al que sus compañeros llaman "The Taxman", porque igual que los cobradores de impuestos anda con un cuaderno de contabilidad donde anota los detalles de los crímenes que investiga como policía de Louisiana. Y, como la gente que hace esta serie entiende que la belleza de las formas es siempre superior a la sordidez de la trama, nos traen para nuestra felicidad a un compañero de aventuras de Rusty Cohle que no es otro que Woody Harrelson.
Cómo una serie llega a tener un nombre tan horrible es acaso un misterio que debe resolver el idioma. Tal vez para un angloparlante Martín Fierro o Don Segundo Sombra suenen tan estúpidos como Ray Donovan o True Detective. Sin embargo, las dos series hacen caso omiso de esta contrariedad. Es más, a poco de meternos en la serie, lo de "detective de la verdad", o "verdadero", comienza a cobrar significado: lo que se juega acá es menos el trabajo policial, detectivesco, que una "verdad", es decir, eso con lo que confrontar el sentido: de un trabajo, una existencia, un lugar (y el sur profundo al que la serie apunta es, desde luego, todo un lugar en sus múltiples proyecciones).
Empecemos por el principio: True Detective comienza en 1995, cuando Cohle y Martin "Marty" Hart (Harrelson) investigan lo que a todas luces se muestra como un asesinato ritual y serial en Louisiana. Señalemos: Cohle es de Texas, aunque creció en Alaska –Cohle es el nowhere man: perdió a su hija pequeña, luego perdió su matrimonio–; Texas es, en esta serie, lo que siempre fue en el cine, el lugar del que no se sale, el no-lugar, lo que nuestro crítico de cabecera llamó lo dixie del cine. Pero True Detective transcurre en la actualidad, cuando Cohle y Hart son entrevistados por otros detectives que quieren saber qué pasó, porque el asesino atrapado en los 90 parece haber reaparecido.
Como llevo vistos apenas poco más de dos episodios, y como en esos episodios lo central es la figura de Cohle (McConaughey, sobre quien el guión nos señala toda suerte de desvíos), no me queda otra que pensar que True Detective trata sobre esa suerte de "extranjería" interna que el sur representa para cierta visión de los Estados Unidos: "Soy policía, puedo hacer toda clase de cosas horribles a la gente", dice Cohle-McConaughey en una escena del segundo episodio. Eso, que formulado en esos términos aparece como una opción, va transformándose en una de las opciones del héroe, a juzgar por lo que vemos de ese pasado inicial (iniciático) y el presente en el que un decadente Cohle declara ante los nuevos detectives de una causa que nunca termina –el mismo Cohle dirá a su compañero, en los lejanos 90s, que las cosas nunca terminan. 
Así, lo que True Detective parece traernos es, como lo señala la crítica del Huffington Post, una mezcla de las preocupaciones actuales sobre el estado del mundo, desde Top of the Lake a The Fall; de The Killing a Rectify: ¿cómo es posible resolver un crimen que despliega su fuerza maligna en la comunidad cuando todos los interrogantes son personales? O, en otras palabras, ¿cómo hacerlo cuando ya no hay héroes?
Bueno, y si se necesita un clima, la música es una edición de T-Bone Burnett.
La seguimos.