socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 10 de febrero de 2014

interpretar la imagen



“Aprendí a trabajar dependiendo de las palabras –escribe Cecilia Lenardón en las palabras iniciales de su libro de fotografías–. Al comenzar con la fotografía, inmediatamente me sentí atraída por los objetos. Los objetos no hablan, y eso hizo que se vuelvan un imán para mí”. Los segundos, junto con Los abrazos, de Gabriela Muzzio, son dos nuevos libros de fotografía de la colección de fotografía de la EditorialMunicipal de Rosario –que en 2012 sacó El centro (Paulina Scheitlin) y La noche (Luis Vignoli). Antes que “documentar” la ciudad (como en el caso del libro de Joaquín Chiavazza y Blas Persia) o cómo se cierta “sensibilidad” contemporánea percibe la urbe (es el caso de Rosario, estaciudad), los tomos de Lenardón y Muzzio nos muestran, por decirlo así, la mirada de las dos fotógrafas sobre una porción de su mundo íntimo. Así, estos volúmenes vienen a ser a la fotografía lo que la colección Naranja (crónicas encargados a distintos escritores de la ciudad sobre lugares familiares) es a la narrativa.

En Los segundos, Lenardón –docente también y psicoanalista– se acerca a algo así como naturalezas muertas con una cámara analógica –las que van con rollo– o, mejor, como lo expresan los editores en el prólogo: hay una tradición allí –la de los pintores flamencos del siglo XVII que migró del caballete a la fotografía.

 Cecilia Lenardón
La mudez de los objetos que refiere la artista, es un truco, claro. No es que los objetos “hablen”, sino que la forma particular en la que la cámara de Lenardón los fragmenta, los vuelve una suerte de signo: de qué, es algo que involucra nuestra mirada, que de inmediato nos arrastra a una intimidad que no es estridente, aunque exige andar a tientas: reconocer unos hielos que se derriten en un plato, una chalina, unas verduras u objetos envueltos en bolsas de nylon. Un signo que, como esos objetos envueltos, exige siempre ser interpretado, desdoblado.

También Gabriela Muzzio interpela esa “mudez” de las fotos: recuerda la imagen de una foto de su padre en la que una pareja se abarazaba, entre otras de un álbum, y dice que esperó mucho tiempo que esas imágenes le “dijeran” algo. Tomadas con una cámara de plástico Holga –de fabricación china, informan los editores–, los abrazos retratados –Muzzio pidió a varias parejas conocidas o no que repitieran una pose en una fotografía de sus padres (los de la fotógrafa)–, las distorsiones del objetivo de la máquina desestabiliza el marco de la imagen y, a la vez que le dan precariedad, como se observa en el libro, aportan un halo de anacronismo que vuelve a esos retratos extemporáneos, como si se asistiera a una especie de “testimonio” afectivo de algo que recién conocemos: percibimos estas imágenes como un recuerdo, acaso como uno nuestro.
Los abrazos suma cerca de cuarenta retratos que Muzzio realizó entre 1999 y 2011. Como el otro tomo que la EMR publicó en los últimos días de diciembre de 2013, también acá hay interpretaciones, aunque esta vez están en el objeto de la foto, en cómo la pareja retratada “interpreta” el abrazo de Irma y Ángel tomada en Marcos Juárez en 1967.
Gabriela Muzzio.