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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 3 de julio de 2010

padura: "el hombre que amaba el relato"

en 2003 tuve mi primer encuentro con un libro del cubano padura fuentes, adiós, hemingway, un policial maravilloso sobre el que escribí en las páginas de cultura del desaparecido diario el ciudadano y la región la reseña que pongo acá. luego, usé esa lectura para redactar uno de los brindis que escribía en la revista de la sociedad de honorables enófilos. ahora leo con fascinación el hombre que amaba a los perros (sí, el mismo título que el relato de chandler), una novela sobre trotski, su asesino ramón mercader y el stalinismo en cuba.

Ilustración de Chachi Verona para el "brindis" de mayo de 2004

En un lapso menor al siglo Edgar Allan Poe primero y Dashiell Hammett después sentaron las bases de un género con el que la literatura desveló a varias generaciones de escritores y lectores. Desde entonces, la gran intriga del policial, en todas las latitudes, ha sido cómo ser policial y seguir siendo literatura. Es decir, cómo repetir la fórmula y hallar en cada caso esa “sustancia X” que engendre las preguntas más urgentes de una lengua y una sociedad. Leonardo Padura Fuentes (La Habana, Cuba, 1955) parece haberse fijado en su procedimiento literario lo que Poe enseñó para siempre en “La carta robada”: el mejor lugar para esconder un estilo es a la vista de todos, donde lo obvio es capaz de volver las cosas invisibles.
Adiós, Hemingway (léase: Jemingüéy, como se pronuncia en la isla caribeña) es una novela hecha de souvenirs. El primero de ellos es la vuelta de Mario Conde, el policía de Investigaciones de La Habana creado por Padura Fuentes, que había dejado su placa en Paisaje de otoño (fin de un cuarteto que incluía Pasado Perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras) para dedicarse a la pluma. El otro souvenir es el mismo Hemingway y el tercero, el género policial.
Viejo zorro, Padura Fuentes aprovecha la ocasión para saldar algunas deudas con el macho de las letras americanas y desliza en boca del desencantado Conde un listado de las agachadas de Ernest Hemingway que se parecen mucho a las agachadas del stalinismo. No debe extrañar, no, este ajuste de cuentas que va de Conde a Hemingway y de Padura Fuentes Dios sabe a quién, en una sociedad regida por un padre omnipresente que cada día discurre por televisión sobre la crisis económica y los problemas en Medio Oriente y carga sobre su barba la sombra de aquella otra barba que hoy prolifera en las remeras de todo el mundo. Pero, un momento, antes conviene saber de qué trata esta maravillosa novela, que nos seduce con el letárgico calor cubano y nos deja en la boca un gusto urticante e intenso, como el de un wasabi caribeño.
Los antiguos camaradas de Conde convocan al ex teniente de la policía para hacerse cargo de un caso que no por haber prescrito será menos explosivo: una tormenta derribó uno de los árboles de Finca Vigía, la turística residencia de Hemingway en La Habana, y el agujero dejó a descubierto los huesos de un hombre muerto durante el último año de vida del escritor. ¿Se cargó el viejo Jemingüéy a un tío del FBI? Hemingway, que dejó entre su legado las cabezas de todos los animales que mató a tiros, ¿era capaz de matar a un hombre?, se pregunta Conde. Y el avivado lector recuerda aquello de que la literatura es la larga busca de un cuerpo para ese delito cuya prueba es (o debería ser) el libro que tiene entre las manos.
“Creo que Conde respira la desilusión del ambiente o, mejor aún, el desencanto de la situación que se vive en la Cuba contemporánea”, ha declarado Padura Fuentes a la periodista italiana Marilia Piccone a fines del año pasado, cuando el escritor estuvo en Asti, Piamonte, para hablar de poesía. Del desencanto se trata, el doble desencanto del investigador que hurga en los trofeos de caza de su maestro y halla una bolsa de huesos, el del escritor que encuentra entre las palabras que lo formaron un montón de hojas secas y el del cubano que descubre que la Revolución, como Hemingway, son sólo souvenirs de aquello que iba a ser y no fue. Conde lo dice a su modo y nos regala una de esas líneas con las que puede paladearse esa amarga felicidad de cierta poesía: “No descubrí quién mató al que mataron, ni quién coño puede ser ese muerto. Pero sí descubrí algo que es triste, solitario y final: quién quiero que sea el asesino”.
Las metáforas que se insinúan en son tantas que es difícil atribuírselas sólo a Padura Fuentes, filólogo, además de escritor, ensayista y periodista. Es que la novela también procede como los relatos de Hammett, en los que el detective va desenterrando cadáveres a medida que convierte a los vivos en muertos.
Una última noticia conviene agregar sobre esta hermosa novela: Padura Fuentes la escribió a pedido de su editor brasileño para la serie “Literatura o muerte”, en la que editorial Norma lo invitó, como a R.H. Moreno Durán, Germán Espinosa y Rubem Fonseca, a fabricar una novela “negra” protagonizada de algún modo por alguno de sus maestros.

Adiós, Hemingway es también, sin serlo, una novela sobre el exilio, sobre la ausencia de aquellos con los que la vida era “la otra vida”; y una novela sobre la vejez, es decir, esa suerte de sobrevida que fabrica recuerdos a fuerza de olvido. Y es, por fin, una novela sobre las novelas, sobre aquello que las novelas escupen para callar su ser novelas.

Ficha: Adiós, Hemingway
Leonardo Padura Fuentes
Norma, colección Literatura o muerte
Buenos Aires, 2003
181 páginas