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lunes, 2 de julio de 2018

gótico argentino

El viernes 15 de junio pasado Mariana Enríquez estuvo en Oliva Libros (el enlace lleva a la filmación registrada en una red social), donde la entrevistó y la presentó Juan Pablo Dabove con el texto que se reproduce a continuación.

Mariana Enríquez y el gótico argentino contemporáneo


Mariana Enríquez es quizás la figura más importante de lo que podríamos denominar el gótico argentino contemporáneo. Para limitarnos a la literatura, podemos mencionar a Luciano Lamberti, a Diego Muzzio, a Samanta Schweblin (en Distancia de rescate y algunos de sus cuentos), a Patricia Ratto (en Trasfondo y, otra vez en algunos de sus cuentos), a Celso Lunghi, Mariano Quiroz (y el gótico nordestino –variante o ampliación del “gótico mesopotámico” del cual habló Mariana en algún momento, a propósito de su cuento “Tela de araña”– en el que podríamos incluir a Carlos Busqued, y a Miguel Prenz), a Tomás Downey, a Federico Falco quizás. Estos, entre muchos otros. Por ejemplo, podríamos pensar en los contribuyentes a la antología de Patricio Chaija Osario Común, y en general, a los autores del catálogo de Muerde Muertos, una entre varias editoriales que se dedica a publicar en el género. Desde luego, el gótico argentino no es un fenómeno aislado: es parte del ascenso del gótico en América Latina, en particular en México, Brasil y Colombia y desde luego, en el mundo donde las ansiedades de nuestra época (en particular, ansiedades con respecto al fin de lo humano como lo conocemos) se enuncian en el lenguaje del gótico, en la ficción y fuera de ella: apocalipsis zombies y de los otros, distopías, colapsos ambientales, epidemias, vastas conspiraciones secretas.  
Mariana Enríquez escribe cuentos y novelas muy argentinas, pero a partir de una intensa relación con la cultura angloamericana; con cierta parcela muy definida de ella. Para Este es el mar, los nombres de Ray Bradbury (“The crowd”) y Neil Gaiman (American Gods, la novela gráfica The Sandman) son quizás inevitables. Pero quisiera mencionar una relación más general, más definitoria de la literatura de Enríquez, lo que podríamos llamar la lección de Stephen King: un buen escritor de horror debe ser, antes que nada, un buen escritor realista. No sólo para establecer las condiciones básicas de la verosimilitud narrativa sino porque el horror, el terror, lo eerie, lo siniestro, lo weird, lo sobrenatural o no, en la versión que practican tanto King como Enríquez, habita en el mundo cotidiano porque es la condición de posibilidad de lo cotidiano, y la ficción es la experiencia imposible de esa relación inextricable. Ejemplo de esto es la vasta novela It. El monstruo que emerge periódicamente para exigir su tributo de carne y sangre de niños no es una fuerza exterior, que hace de Derry su presa, sino que tiene una relación simbiótica con la ciudad, cuya fundación antecede, y a cuya fundación asiste. It es, en un sentido crucial, la secreta identidad del pueblo, porque mantiene a Derry próspero (pero moralmente sórdido), en un panorama regional de declive económico. Todos en Derry saben y no saben lo que está pasando, porque ignorar lo obvio es la condición de posibilidad de sus existencias. Así, Derry no es el escenario de la historia, sino otra de las múltiples formas de It. Narrar la sórdida trama de las relaciones sociales, afectivas, sexuales del pueblo no es “to set the stage” para un conflicto que sería de otra índole. Esa trama es, también, la biografía de It, y por eso, el conocimiento de It es una tarea etnográfica e histórica, de archivo (pienso en el bibliotecario del pueblo, uno de los niños –luego adultos– que derrotan a It), tanto como una tarea para hombres y mujeres (o niños y niñas) de acción.

Lo que preferimos ignorar

Mariana traslada esto de Maine a Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. El horror puede o no estar más allá del ámbito de lo natural. Pero depende de la previa constatación de que la experiencia urbana está gobernada por aquello que preferimos ignorar, ignorancia que, si se despeja, sólo se despeja bajo la forma del horror.
Un breve ejemplo, el cuento “Bajo el agua sucia”. Allí convergen temas sobre la ecología, la desigualdad, la brutalidad policial, las construcciones de género, articulados a partir de una trama que puede o puede no ser de horror cósmico: la posibilidad de que Cthulhu, la más notoria de las creaturas de Lovecraft, no habite los mares del Sur, sino el barro tóxico del Riachuelo, y que el barro tóxico sea, en realidad, un sello para evitar la emergencia de la Bestia; esto es, no un peligro sino una salvaguarda contra el cual se ha erigido un culto villero, con un profeta, Ezequiel. Pero esta trama es posible a partir de una constatación muy simple: cualquiera que vive en una ciudad grande de Argentina, vive más o menos cerca de una villa, y esa villa, cercana geográficamente, es sin embargo casi tan remota como el monte más inhóspito del Chaco, o los bayous de Louisiana donde prosperaba el culto de Cthulhu en el cuento original. La villa es un espacio, para nosotros, casi secreto, al mismo tiempo ignorado y ubicuo, porque nunca estuvimos allí, pero sobre el que proyectamos miedos, hipótesis, afectos relacionados con la política, la seguridad, la sexualidad, la etnia y el destino nacional. Como el gótico es un arte de la variación, no quita nada mencionar que ese precisamente es el descubrimiento central de la primera novela del gótico urbano, el Penny Dreadful. The Mysteries of London, de 1844, de Reynolds.
El gótico, se ha dicho, es un intento de resacralizar el mundo, luego de la caída de la visión religiosa como organizadora de lo social. Pero es una resacralización incompleta, donde no hay Dios sino oscuras potencias, rituales, tabús, en un mundo que ha perdido sentido. Como en las narrativas de vampiros: el crucifijo, pero no la oración a Dios; el agua bendita pero no la teología. De esa resacralización fragmentaria nos habla también Este es el mar, una novela sobre fans, y estrellas y leyendas de rock, y la cultura global de masas. Una novela de la luz, parece (sus protagonistas son las Luminosas). Pero, como no podría ser de otra manera, siendo esta una novela de Enríquez, la oscuridad vuelve, domina, es el origen de todo: el emblema del arte de James (la runa, las alas de los fans) son el retorno espectral del trauma (las alas de los Angelinos son las alas de las sesiones fotográficas con el pedófilo) y las Luminosas son en última instancia tributarias de Hécate, la diosa de la noche, de la brujería, de los fantasmas, y de la necromancia.