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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 11 de mayo de 2012

ayer nomás



A mediados del año pasado la editorial porteña Caja Negra publicó Después del rock, primer libro que apareció en el Río de la Plata de Simon Reynolds, uno de los críticos y escritores sobre la escena musical más lúcidos y notorios de la contemporaneidad. Ahora la misma casa editora puso en circulación Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado, un volumen que analiza el fenómeno del retorno al pasado reciente de una manera sugestiva y llena de desvíos exquisitos.

Las fuentes de Reynolds son tanto las entrevistas a músicos y productores, las revistas especializadas, como los autores Giorgio Agamben, Andreas Huyssen, Jacques Derrida o el zigzagueante historiador-ensayista Raphael Samuel, entre otros. Es decir, Reynolds no viene a describir los retornos de bandas del punk como New York Dolls o Gang of Four en los 2000, sino a contar una historia y a analizarla junto  con algunas de las voces más descollantes de estos últimos años. Por eso se engañaría quien se metiera con este libro en busca de eso que solía llamarse la actualidad musical.

Retromanía se pregunta, a propósito del boom revivalero de las últimas dos décadas, con bandas que regresan tras veinte años de inactividad, con nuevos músicos que rescatan figuras de los 60 como la Lady Singer para salpicarlas con tendencias actuales como la finada Amy Winehouse, o mutantes de los escenarios del glam, como Lady Gaga; en ese panorama, y sin desatender las ramificaciones que el fenómeno tiene en el arte o en ese terreno mucho más extenso que es la “museificación del pasado”, Reynolds se pregunta: “¿Qué ocurrirá cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigido a una suerte de catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la historia pop se habrán agotado?” Y, luego, retoma el interrogante de Huyssen: “¿Por qué estamos construyendo museos como si no hubiera futuro?”

Claro, el auge del archivo y los registros en la era de YouTube y el blog colaboran en parte a explicar algunas cosas, pero cuando Reynolds hace una crónica de sus visitas a los distintos museos del rock y el pop británicos, o a los recitales de regreso de bandas emblemáticas del punk y postpunk, la aventura física por los derroteros de la nostalgia se convierte, reflexiones mediante, en la odisea metafísica de pensar por qué el “evento”, lo que acontecía de modo inesperado para marcar un momento liminar entre el pasado y el futuro, de modo que las cosas ya no serían como habían sido; por qué el “evento”, decíamos, se convierte en algo “que ha ocurrido antes”.

Las páginas de Reynolds en Retromanía tienen por momentos el filoso resplandor del augurio y la revelación, aunque se refieran al pasado, porque ese pasado es, a esta altura, la suma de las expectativas sobre el futuro que sería y no es. Así sus líneas más intensas nos muestran el pasaje a la fantasmagoría del porvenir: “La reescenificación –escribe, a propósito de la reedición de happenings e intervenciones de los años 70 a mediados de los 2000– es como una forma espectral de arte performático: lo que presencia el espectador nunca alcanza una presencia completa”.

Los conceptos de Reynolds caben también en lo contemporáneo según aquella definición de Agamben: “La contemporaneidad se inscribe en el presente señalándolo sobre todo como arcaico y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las signaturas de lo arcaico puede ser su contemporáneo”. En otras palabras, Retromanía explora la idea de haber llegado tarde (como generación), la nostalgia por un futuro que moldeó la juventud y que ya no será o, para usar la metáfora de Montaigne, la imposibilidad de “hacer pie” en un presente que, como el mismo Reynolds enuncia, se ha vuelto “un país extranjero”.