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lunes, 22 de febrero de 2010

calveyra por juan manuel alonso

en septiembre de 2004 arnaldo calveyra vino al festival internacional de poesía de rosario y juan manuel alonso tuvo una larga charla con él que luego devino entrevista, publicada en las páginas de cultura del desaparecido diario el ciudadano y la región en noviembre de aquel año. de esa visita tuvimos en el diario unas fotos magníficas que le hizo héctor rio y que ya encontraré. la foto que acompaña este refrito de la nota de juan manuel es la de la tapa de la obra completa que publicó adriana hidalgo en 2008, de la que también hizo juan manuel una nota y una crónica de una visita de calveyra a mansilla (también: ya la encontraré). como la única imagen que teníamos era la de esa tapa (con las letras que tapaban detalles de la foto), palmi, fototratador experto, magistral, eliminó con phtoshop esas letras de manera casi mágica y dejó la imagen limpia y maravillosa, tal como queríamos verla.



Calentar la palabra
por Juan Manuel Alonso

Arnaldo Calveyra viajó a Rosario invitado especialmente al XII festival de Poesía que concluyó hace quince días. Su estadía nos permitió cambiar unas palabras con un autor de textos bellísimos, inclasificables y casi secretos debido a su reducida circulación.
Residente en París desde 1961, Calveyra desarrolló en Francia una extensa labor teatral en su mayoría desconocida en nuestro país –una pieza suya, Cartas de Mozart, fue presentada en el teatro San Martín de Buenos Aires en 1987–. Casi toda su poesía (siempre escrita en castellano) fue publicada originalmente en francés en la editorial Actes Sud; en Argentina, Libros de Tierra Firme (Buenos Aires) editó en 1987, en un solo volumen, sus Cartas para que la alegría, de 1959, e Iguana, iguana, de 1985. Luego le siguieron El hombre de Luxemburgo (1997) y La cama de Aurelia (1999) en Tusquets de Barcelona. Pero es al Diario de Poesía al que le cabe el mérito de haber sido el gran interesado en hacer circular los textos de Calveyra. Ya en su número 4 (abril de 1987) publicó un largo reportaje y poemas de Cartas para que la alegría, de allí en más fue un lugar de aparición intermitente de su obra. Es más, el último número del Diario, pronto a llegar a los quioscos, le dedica un completo dossier a la obra de este entrerriano anclao en París.
Siguiendo con sus libros, y más cerca en el tiempo, se produce una serie aleatoria pero atenta y persistente de pequeñas ediciones –Libro de las mariposas, Alción, Córdoba, 2001, Diario del fumigador, Vox, Bahía Blanca, 2003, entre otras–, las que sumadas a las anteriores, a la insistencia del autor por entablar una relación con los lectores de su país y a la permanencia que sus textos generan en el lector, lograron hacer de la obra de Calveyra una presencia levemente tangible y de inevitable necesidad.

Antes de Francia. Calveyra nació en Mansilla, Entre Ríos, en 1929. Cursó el bachiller en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y en 1949 se fue a La Plata a estudiar Letras. “Fueron 10 años platenses. No me animé a Buenos Aires, me pareció mucho. Viniendo de Concepción del Uruguay, que fue mi primera ciudad, Buenos Aires era demasiado”. En ese 1949 se celebró el centenario del Colegio Nacional y Calveyra viajó para la conmemoración. Otro ex alumno del colegio, Carlos Mastronardi, también estaba allí. Mastronardi, entrerriano y ya un poeta reconocido, había asistido como periodista del diario El Mundo. Ahí se conocieron.
—Yo fui a saludarlo y le pedí que me ayudara —cuenta Calveyra—; durante los diez años que siguieron todos los fines de semana yo iba a su casa.
—Quiere decir que durante los años 50 viajabas de La Plata a Buenos Aires a la casa de Mastronardi.
—Sí, fue una vida de lujo con ese hombre tan generoso.
—Es casi increíble.
—Para mí, ahora, cada vez más. Que alguien haya tenido esa generosidad, esas ganas ¿no? Tomar a alguien, tenerlo en su casa, darle comida, darle libros, acostarlo en una pieza y al otro día levantarlo y seguir las conversaciones.
Nada es casual, Calveyra completó su etapa de formación siendo el discípulo extra-académico de uno de los más grandes –y taciturnos– poetas de la Argentina. Está presente cuando Mastronardi realiza sus traducciones de Rilke, de Mallarmé, pero además de esos estratos culturales que recorren juntos, comparte con él la devoción por un paisaje. Es aquel paisaje entrerriano al que Calveyra define como nítidamente asociado al color verde. ”No hay en el mundo otro verde como ése —dice—. Es porque viene del fondo del mar que fue. Yo creo que el mar alimenta al color verde”.
En 1959, poco antes de partir, publica Cartas para que la alegría. Traducido, Cartas “ fue publicado en Francia a principios de los 80 y se convirtió en un libro de culto. Calveyra no termina de sorprenderse ante esa recepción.
—Te trató bien París.
—Hasta ahora yo estoy en una pieza allá. París fue, en mi caso, un instrumento de concentración. Una ciudad que te permite escribir en tu lengua, que no te modifica, donde hablo todo el día en francés y al llegar a mi pieza puedo dejarlo de lado. Otra lengua seguramente me hubiera deformado.

La estructura de la memoria. A menudo viajan los textos de Arnaldo Calveyra a un paisaje sedimentado de infancia, nítido y confuso a la vez, donde su escritura indaga el modo en que se produce el recuerdo. Cómo una extrañeza, creada a partir de una discontinuidad de lo recordado, instaura un temblor en la memoria que permite recobrar la vibración entre imagen y ausencia. Recién entonces existe el recuerdo, al reconocerse la <falla> en la serie de lo recordado. Sin dudas esa falla se debe a una distancia, pero no necesariamente espacial o geográfica, ni siquiera temporal. Es aquella distancia que destila lo que está siempre en trance de perderse y, sin embargo, es casi imposible que desaparezca.
La escritura, al transcribir la memoria, intenta recomponer esa antinomia entre lo conservado y su ausencia para volver a disponer de una totalidad, incluso a pesar de su frágil constitución.
“Había en los aledaños de ese pueblo una casa semiderruida a la que indiferentemente llamaban la casa rota o casa de los vidrios rotos, cuando no la tapera. (...) ¿Había sido nueva alguna vez?, «La hermosa casa a medio caerse» ¿Cómo hacer para que con mi mero pasar pueda volver a la salud?, ¿Cómo conocer la palabra capaz de devolverle la vida?” (“Dos casas”).
Por estos días, de reciente aparición, es posible hallar en librerías de Rosario otra obra de Calveyra; El origen de la luz (Sudamericana). Luego de leerla, en Francia, un crítico afirmó que de ahora en más, todos sus lectores tendrían una infancia argentina.
—Son cuentos —explica Calveyra—. Cuentos entrerrianos.
—¿Son escritos nuevos?
—No, en Francia tiene dos ediciones. Para mí, es ya un libro viejo.
—¿Y “El Maizal del Gregoriano”?
—Ese sí, ese es un texto nuevo.

Un largo fragmento de este texto central de Calveyra fue publicado en Argentina por el Diario de Poesía en su número 64 (abril de 2003). Para el año que viene la editorial Adriana Hidalgo ya ha prometido su publicación completa.

Maizal. El Maizal del gregoriano describe los efectos de una alucinación estática inducida por el canto coral. En su progresión el texto convoca los dos ámbitos excluyentes que ha transitado la escritura de Calveyra: las marcas que la alta cultura occidental le provoca y la tenaz ansiedad por rescribir un paisaje específico. Su lectura ofrece la inquietante sensación de que toda la cultura no es más que un complejo trazado (ineludible, en muchas ocasiones) para instalarse en la luz de la lluvia.
Como “Dos casas”, como “Apuntes para una reencarnación”, sin asumir un tono narrativo pero desdeñando toda vaguedad, también El maizal está escrito en prosa.
—¿Cómo ocurre, en tu escritura, esa relación de proximidad entre prosa y poesía?
—Siempre pensé que cuando Baudelaire le puso poemas en prosa, Petit poèmes a prose, Baudelaire no entendió. –Calveyra se refiere a esos textos que constituyen una suerte de apéndice imprescindible y posterior a Las Flores del mal; y que comúnmente aparecen agrupados bajo esa denominación–. O no entendió o fue muy modesto, aunque no creo que haya sido modesto; quizá no fue él quien le puso así, tal vez fue el editor. Estoy de acuerdo que allí se está narrando algo, ves cómo es un vidriero en el siglo XIX, cómo se arreglaban las calles, pero al final lo que te queda es un poema. Yo creo que si el ritmo vehícula el sentido ya no hay más prosa y poesía. Si la palabra está caliente, si podés calentar a la palabra, cohesionar la siguiente con la anterior, es poesía. Y, en cuanto a lo que uno llama prosa, que tiene principio, desarrollo y fin, ocurre que quien da la voz de aura, quien la abre al poema es el ritmo. Si hay ritmo, no te preocupes, es poema.

Objetos (emblemas). “Los míos no son textos abstractos. Por alusión mis poemas llegan a cosas concretas: éste plato, ésta cuchara... cosas concretas. Que se hable de una cosa vez, eso me colma. Es lo que más espero de un poema, una cosa por vez, y sobretodo, nada de abstracciones”.
La lavadora Brutti. La imagen de un curioso artefacto sobrevivía en la mente de Calveyra, se trataba de una especie de “proto-lavarropas”, anterior a la electricidad, que funcionaba por medio de émbolos que al introducirse en un barril de madera, con movimientos alternados, limpiaban las prendas. Ya en su recuerdo aparecía como un trasto olvidado al que alargaban la vida “llevándolo al tajamar para hundirlo en el agua porque la humedad evitaba que la madera terminara de resquebrajarse”. Lo que se preguntaba era de dónde había salido, quién la había traído, dónde fue construida. La respuesta llegó desde su pueblo natal. Sabiendo cómo le interesaban a Calveyra las historias perdidas, el hijo de un viejo conocido le envió el libro de una señora de Mansilla donde consignaba memorias de la zona, y allí estaba, con foto y todo, la revelación del enigma. No venía de Norteamérica como Calveyra imaginó durante muchos años, era un producto mansillense. En la fotografía, de pie junto a la máquina, aparecía su inventor, un antiguo vecino del pueblo “con la pinta inconfundible de los Brutti”.
—También, como la lavadora —cuenta Calveyra—, había en mi casa tirado en los galpones un mortero. Haciendo limpieza un día mi hermano lo había puesto a quemar junto a otras cosas en desuso y yo se lo saqué, así es que tiene una mancha negra todavía, pero nadie la ve, sino yo. Después de no sé cuántos años, en mi último viaje me lo llevé. Ahora yo quiero saber qué madera es, porque... ¡cómo ha resistido! Está hecho de una sola pieza, grande, se ve que tomaron un árbol generoso. Debe ser ñandubay nomás, que es una madera dura.