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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 12 de febrero de 2010

en el principio fue el abismo


series: no podría hablar de otra cosa


Las series televisivas de esta última década parecen haber sido el espacio en el que se reconfiguraron las fantasías o el imaginario del siglo XXI: la paranoia conspirativa de 24, Lost o la actual Fringe; el panóptico global de la fabulosa FlashForward o Defying Gravity; la xenofobia latente, políticamente incorrecta y cargada de ironía de True Blood (donde habitan humanos y vampiros), Aliens in America (refrito de Alf con un pakistaní en lugar de un extraterrestre) o Mad Men (viaje a los primeros 60, cuando Kennedy presidía, Martin Luther King predicaba y el fervor del consumo recién comenzaba); la cosa titánica de la tecnología que cobra una entidad de otro mundo como en Defying Gravity o la hasta ahora trunca Paradox (cinco episodios producidos y emitidos por la BBC). Como si se tratara de un laboratorio de la ficción, las series de tevé nos ofrecieron un panorama un tanto desolador de los días que corren y los por venir.

En el caso de las series de ciencia ficción —y hay que aclarar que tanto la maniática reconstrucción de los años 60 de Mad Men como sus deslices epocales la convierten casi en una fábula fantástica— puede decirse que los temas recurrentes son dos: los universos paralelos (Lost, según su última temporada; Fringe, Paradox, Flashforward) y el viaje correctivo en el tiempo herencia de Terminator (de nuevo Lost; también, según dijimos, Mad Men, o el extraño policial Life on Mars). En otras palabras, algo así como la condición irredimible del presente requiere que se eche luz sobre los últimos días mediante el regreso a tiempos sobre los que habría, en principio, un orden: los 60 anteriores a Mayo del 68 y Woodstock, los virulentos 70 al filo del final de Vietnam (Life on Mars). Pero también, descubrir en la actualidad las alternativas que devuelvan al presente un resplandor utópico: si del otro lado, si en el universo paralelo de Fringe, Flashforward, Paradox o Lost las opciones que se tomaron no hicieron las cosas más felices, algo habrá que pueda construirse con los restos que tenemos entre manos.

Así, las series de televisión que inauguraron el nuevo milenio podrían representarse según dos metáforas planteadas en dos sagas ejemplares: Lost o la Isla, y Mad Men o la Caída, el Abismo. El carácter insular de Lost, su cosa pequeña, doméstica y cerrada, que se despliega y busca lo abierto para instalar allí sus planteos fundamentales puede percibirse en la gran mayoría de las series, desde Fringe hasta Battlestar Galactica (su versión 2004, creada por Ronald D. Moore tomando como base el oxidado culebrón de los 70 que protagonizó Lorne Greene), que es la serie que nos interesa de ahora en más. El carácter abisal (en el abismo siempre está el demonio, advertía William Blake), de inminente caída, puede percibirse en Mad Men, Flashforward y, motivo principal de estas líneas, en los tres capítulos que se emitieron hasta ahora de Caprica (un largometraje de dos horas y dos episodios de una hora de televisión). En estas series sus personajes, al igual que el Scottie de Vertigo (Hitchcock, 1956), no sólo están al borde de una caída, sino que llevan el abismo en la mirada: algo han visto que no cabe en la superficie del mundo que pisan. Y, más terrible aún, ese algo debe ser aún construido.