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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 22 de febrero de 2010

brindis

entre enero de 2004 y no recuerdo qué mes de 2006 escribí para la revista de la sociedad de honorables enófilos los "brindis", una columna que era ocurrencia de pichi de benedictis y que empecé como un cuento en el que alguien contaba una manera de brindar o una razón para hacerlo. comencé con esos brindis  (porque antes los había escrito pedro sinópoli), con relatos más o menos familiares, autobiográficos. pero luego encontré el modo de meter algo de literatura y canciones en ellos. los que reproduzco acá (todos ilustrados en su momento por chachi verona —la que aparece acá, "floripondio", enlazada desde el sitio original, no tiene nada que ver con aquellas ilustraciones, salvo el autor común—) son los que encontré en un desordenado archivo. los que más se parecen a un cuentito están al final y, antes, los más "narcisistas", como quien dice.



Botella al mar

Adiós, Hemingway, la última novelita policial del cubano Leonardo Padura Fuentes, es un ajuste de cuentas. El tipo de cuentas que un escritor ajusta con otro pero, también, el del hijo con el padre. Un viento huracanado desentierra los huesos de un hombre entre las raíces de un añoso árbol de Finca Vigía, la residencia de Hemingway en La Habana, y el ex detective de la policía cubana Mario Conde vuelve a calzarse los hábitos para averiguar si el viejo Jemingüéy fue capaz de cargarse a un hombre entes de tragarse la munición de una escopeta y acabar con su propia vida. Pero no nos vayamos de tema: un ajuste de cuentas es también un reencuentro y el brindis es la celebración de un reencuentro, un gesto con el que se reconoce una partida, una ausencia y se ofrenda, se brinda en ello, un saludo que podría ser el último. Como el fin de la inocencia, en el que el niño avizora la sombra de su misma ausencia, el brindis señala todo eso que ignoramos y no tenemos más remedio que esperar pero, sobre todo, señala la dichosa decisión de esperarlo con la copa en alto.
Adiós, Hemingway, es también el relato de la relación amor-odio de Padura Fuentes-Hemingway y del doble exilio de ambos escritores. El primero: extranjero en su propio país, vive en las desencantadas ruinas del paraíso que no fue. El segundo, acosado por una vejez que lo volvía ajeno a todo aquello que había postulado de la vida. Cierto, es un relato lleno de ron, de calles calientes bajo el sol caribeño y del recuerdo de personas que cruzaron el mar. Un relato que termina con un extraño brindis en el que un grupo de amigos arrojan al océano una botella que lleva un mensaje para el camarada que acaso contempla esas mismas aguas borrascosas en la costa del otro lado. La botella lleva, además, un blúmer negro que usó Ava Gardner, robado de Finca Vigía, que resume la húmeda lujuria con el que suelen empaparse todos los recuerdos por los que vale la pena brindar.

Blanco y negro
El Rata (versión vernácula de Pickup on South Street, de 1953), The Naked Kiss (El beso desnudo, de 1964), Shock Corridor (Delirio de pasiones, de 1963) o The Big Red One (alguna vez programada en Sábados de Súper Acción como Más allá de la gloria, de 1980), son algunos de los maravillosos films del magistral e inclasificable Samuel Fuller (1912-1993), director de cine, soldado en la Segunda Guerra y en Corea, hoy revisitado autor de culto al que muchos conocieron a mediados de los 80, cuando en la película El estado de las cosas, de Wim Wenders, bromeaba: “La vida es en colores, pero el blanco y negro es más realista”.
Conociendo la filmografía de Fuller, en cuyas películas algo del pasado flota en el ambiente hasta inundarlo y desencajar el mundo en el que viven sus protagonistas, quienes parecen recitar por lo bajo estas últimas líneas de Diana Bellessi: “Adónde voy volviendo yo/ que siempre quiero/ irme a otra parte”; conociendo los films de Fuller, decía, cabe inferir que cuando dice “realista” quiere decir “real”. O sea: el recurso del blanco y negro, que simula antes el clima de un ambiente que su escena al natural, dota a las cosas de una realidad que los colores de la percepción habitual desconocen.
Si estas líneas buscan desde hace rato entre los argumentos de la ficción (es decir, los argumentos de una verdad que prefiere el disfraz) una definición del brindis, la frase de Fuller en la película de Wenders es una pista.
El brindis es acaso ese momento que se aísla del encuentro, en el que la escena “natural” del encuentro fue transfigurada y en cuya realidad se agitan los viejos fantasmas que vienen a azuzar un presente hecho de huellas (pasadas, futuras: huellas de algo pendiente o de algo inminente). Este aislamiento que es entonces el brindis, esta huella que halla en el vino una superficie hecha de deslices y de espejismos, necesita de un recurso, una “maniera” que dote al verdadero motivo de la reunión de una realidad que rara vez coincide con el momento. Ese recurso es una suerte de reducción estilística al juego de luces y sombras, al blanco y negro con el que se apuran los matices de la realidad y el brindis parece recoger.
Si la vida es en colores, el brindis, en ese blanco y negro con el que sella la expectativa y el recuerdo, es la resaca del color: su precipitado más intenso, el simulacro según el cual las cosas no son lo que aparentan y, menos aún, lo que muestran. De ahí aquello de que brindar con la copa vacía rompe el conjuro.

Territorio ocupado
Un atardecer de octubre de 1939, ya iniciada la Segunda Guerra, Ernst Jünger anota en sus diarios una sentencia, acaso moderna, pero de inspiración latina, que dice: “Al mar no lo conoce nadie que no haya nadado con Neptuno”. No es la única frase sin fondo del libro, que abunda en sospechas sobre lo insondable de una época de dimensiones titánicas.
En esas páginas, anotadas ese mismo año (y, como el mismo Jünger declaró, corregidas más tarde para el libro), el autor describe el avance al mando de la retaguardia del ejército de ocupación alemán sobre Francia. A un costado del camino, entre pueblos arrasados y abandonados, la tropa marchaba a través de un improvisado cementerio de botellas de vino y champaña que habían vaciado los soldados que iban al frente. Jünger, que había sido oficial en la Primera Guerra, recuerda que veinticinco años atrás se había encontrado con un paisaje similar.
Más adelante, en el periplo que describe el diario, el autor narra el encuentro con prisioneros franceses delegados por otra división alemana. Entre los cautivos hay un sargento marsellés unos treinta años mayor que Jünger que combatió en la guerra de 1880, en la Primera y ahora en esta. El hombre, un panadero con nietos en Marsella, recuerda el tiempo muerto en las trincheras de la guerra del 14 y Jünger, que agotó esas horas –tal como lo narrara en Tempestades de acero– leyendo clásicos latinos, le propone descorchar algunas de las botellas de vino del sótano de la casa que ocupan en un pequeño pueblo al norte de Francia (“El guerrero tiene derecho a ser huésped de todos los hogares y éste es uno de los más bellos privilegios que le concede el estamento a que pertenece. Únicamente con el perseguido, con el sufriente, comparte el guerrero ese privilegio”, se explica el autor en una entrada del 23 de mayo de 1940).
El prisionero y su celador brindan durante la charla de esa noche en que reviven las escenas de viejas batallas. Sin embargo, no es necesariamente un acercamiento lo que trae el brindis. Es decir: en esa casa ocupada, en ese territorio ocupado, el cautivo y el soldado usurpador establecen una distancia menos entre sí que entre las circunstancias que los reunieron; como si sus conciencias, adobadas por el vino, recorrieran extrañadas sus propios rincones. “Deben existir muchos estados de conciencia separados por membranas –anota Jünger–, membranas que atravesamos en la embriaguez”.

La corona y la errancia
Influido por Caravaggio, según el difunto especialista en el museo del Prado Eugenio D’Ors, Diego Velázquez pintó “Los borrachos” o “El triunfo de Baco”, un óleo sobre lienzo de 1629. Si bien la sensual desnudez de Baco señala su aires divinos, los códigos del barroco español no son tan categóricos como los del renacimiento, de modo que la pintura, en la que Baco corona con hojas de vid a un bebedor, al que rodean otros cinco bebedores más, uno de ellos ya coronado y cuatro que esperan su turno, mientras un décimo personaje se acerca al grupo divertido, también pasa por una reunión en una taberna entre bribones y soldados, un cuadro sencillo en el que sólo la desnudez de Baco y su joven acompañante –desprovisto también de ropas– hacen pensar en un tema mitológico. De ahí el doble título de la obra: “El triunfo de Baco” o “Los borrachos”.
En la escena, el dios romano alza su copa de vidrio cargada de vino y propone un brindis.  
Por qué el brindis es acaso el gran fuera de campo del cuadro, es decir, el velado punto de origen de su misterio. A su vez, el mismo “por qué” del brindis se muestra en la precaria y alegre conciencia de los bebedores: algo se ha ausentado y ellos están allí para celebrar no ya su encuentro, sino su permanencia, su reunión que, de algún modo, es como decir su enajenación.
Según la historia, Baco –Dionisos en la mitología griega–, hijo de Júpiter y Semele, era un vagabundo que sembró el orbe de viñas. Pero su errancia no obedecía tanto a su voluntad como a la demencia que le infundiera Hera, quien había competido con Semele por los favores de Júpiter.
En ese sentido, el brindis de Baco en el cuadro de Velázquez puede contemplarse también como una celebración de la errancia: un alto en el camino para coronar una suerte de locura que desnuda a los hombres para que, en su extravío, lleguen a conocerse.
Según una remota sentencia latina, “No conoce el mar quien no haya navegado con Neptuno”. Lo mismo podría decirse del vino: no lo conoce quien no haya brindado con Baco.

Desencuentro y despojo
“Y ahora nuestro amor es el fantasma que jugaba al anfitrión del más remanido de los pecados”, dice la línea de la letra de John Hiatt que interpreta Willie Nelson en “The most unoriginal sin”: “Una manzana a medio comer o toda la Capilla Sixtina pintada en la cabeza de un alfiler”. Se dijo, sí, que las canciones populares –sean del tango, el folclore o el country–, aludían en más de una ocasión al brindis como encuentro, como gesto melancólico y solitario: con la copa en la mano, un cowboy le hace señas a lo que pudo haber sido y flota para siempre en el horizonte como un espejismo; que un brindis, en definitiva, iba en pos de cierta sustancia, amarga o feliz, pero algo con lo que llenar el cáliz.
“Hermano, una vez que empezaste –dice Nelson en la canción de Hiatt–, una vez que el verdadero amor terminó, empezás a hacerlo una y otra vez. Así que esta noche voy a brindar con cualquiera que se me acerque por el más remanido de los pecados”.
Sí, ese pecado tan poco original, que las líneas de la canción saben amplificar a fuerza de imágenes contradictorias y zumbantes –el Vaticano reducido a un remache, una fruta despreciada, el cadáver del amor–, no es otro que la infidelidad: un pequeño tropiezo y el entero edificio del amor se vuelve polvo y piel reseca, como reza en la primera estrofa. Porque la canción es un momento, el más intenso, en el que ese tropezón adquiere el carácter y el volumen de una mácula con la que es medido el mundo. Ni más cierto, ni ficticio, sencillamente desproporcionado, como el entusiasmo de los borrachos domésticos.
Y luego, ese brindis: “Así que esta noche voy a brindar con cualquiera que se me acerque por el más remanido de los pecados”. La frase bien podría referirse a que nuestro héroe desahuciado y caído levantará la copa con algún compañero ocasional que se ofrezca a compartir el desamor, el desamparo, la desidia. Pero no, dice antes que una vez perdido el amor verdadero, se revuelca una y otra vez en su propio charco. Dice, entonces, que esa noche va llenar de nuevo la copa y va agrandar la mácula.
He aquí una idea del brindis como desperdicio, como anti-brindis: desencuentro y desecho. Un saludo que enmudece y despoja, un trago que agranda la sed.

Ceremonia encantada
Paolo Conte nació en Asti, Piemonte, hace sesenta y ocho años. Como las uvas Barbera de la región, sus canciones tienen ese brillo tornasolado, capaz de esmaltar un momento, una época, con el resplandor de una ausencia.
Embriagadas de una melancolía milonguera, las mujeres de las canciones de Conte se alejan moviendo rápido los pies en la pista de baile, mientras juegan a la niña descarriada que lame en el champaña las promesas pretéritas (“Soy una mujer caliente, como suelen decir, que es arrastrada mar adentro sin piedad, que no sabe nadar ni aprenderá”, proclama la dama de «Ho ballato di tutto»). La tradición portuaria, la del cabaret, la del jazz de los locos años 20, oscilan sobre el piano de Conte. Sus canciones son el testamento de un hombre que llegó tarde a los grandes acontecimientos y debió conformarse con los despojos de la fiesta. Canciones que, como las ruinas insuperables de Roma, renuevan la sensación de que todo está hecho, pero que aún así uno puede permitirse ese paseo sensual entre vestigios maravillosos. La mirada cínica, irónica y desencantada de Conte acompaña las escenas de sus mejores composiciones como un galante caballero empujado a una romería con una copa de vino en la mano. El lobby de un desvencijado hotel turco que conoció año mejores, el esplendor de los jardines colgantes de los Finzi-Contini ya pasados de moda, la conversación solitaria del trovador con su musa, como nos lo enseñan sus temas más entrañables, son también oraciones con las que el hombre se divierte a solas. Es decir, se distrae de su propia conmiseración con los paisajes que lo anticipan y lo escoltan. La tradición no es otra cosa.
Confundido por los más despistados como una suerte de Tom Waits italiano, por su timbre barítono de voz agujereada y salpicada de vino tinto, a Conte le gustan los disfraces. Sus discos son una babel peninsular y musical y, como en la parábola bíblica, evocan aquél idioma con el que iba a poseerse el mundo, devenido ahora un lenguaje del recuerdo y el encantamiento, mientras la melodía trae “una música dentro de la música”, según escuchamos en Elisir.
Como el brindis, el que conocemos en su forma más íntima, aquél en el que la copa y el elixir despliegan una máscara para hacer más fácil el camino de la verdad –según la vieja fórmula de Oscar Wilde–, las canciones de Conte unen la oración a la ceremonia. Así las palabras pronunciadas no son del todo nuestras, pero nos ofrecen un lugar de pertenencia. 

La patria extranjera
Insomne, con la perspicacia chispeante de una copa de alcohol, entre 1918 y 1959 Raymond Chandler –de quien heredamos la imperfecta felicidad de un personaje llamado Philip Marlowe– escribió cartas, casi todas las noches.
Compiladas por el más exhaustivo de los biógrafos de Chandler, Frank McShane, y traducidas al castellano por César Aira, El simple arte de escribir reúne las cartas del autor de El sueño eterno o El largo adiós. Líneas que comulgan con la lúcida amargura de la noche y con el distraído conocimiento del bebedor, “come è fatto il sapere”, según la fórmula de Giacomo Leopardi.
Qué buscó Chandler en esas cartas –que se revuelcan en la desazón de su fama, en la insatisfacción de su matrimonio, en la espera infecunda de la inspiración– es imposible de saber. Aunque la prosa urgente de ese epistolario convoca una respuesta que podría postularse con las palabras del poeta Carlos Barral: “el vino santifica, en cierto modo diviniza, cambiando el ser del mundo por su haber debido ser”. Chandler lo dice en estos versos tempranos, entrañables e imperfectos: “Así, pues, por un breve espacio de la noche dejadme volver/ a aquel suave y magnífico futuro/ que no ha pasado,/ porque nunca ocurrió, y no obstante/ se ha perdido irremediablemente”  
El 1° de enero de 1948, Chandler le escribe a Charles Morton: “Soy retraído con los extraños, una forma de timidez que el whisky curaba cuando todavía podía beberlo en las cantidades necesarias”. Chandler, que como Tennessee Williams sostenía el credo según el cual las personas que no beben no son confiables, porque seguro tienen algo que ocultar, le escribe el 24 de enero de 1949 a su editor británico Jamie Hamilton, en Londres: “Tengo en mente una inolvidable pequeña historia de unos amigos que visitaron Luxemburgo hace un par de años. Se alojaron en un muy lindo hotel, con comida y vino magníficos. La atmósfera era alegre, y había gente de casi todos los países de Europa. En dos mesas, sólo dos, había ingleses. En una, una pareja mayor, antes próspera, ahora no tanto. En la otra, un oficial de tanque desmovilizado, con su madre. En todas las mesas del comedor del hotel había botellas de vino, salvo en esas dos. Es una historia verídica. Los ingleses no podían permitirse el vino. Los que nunca se habían rendido tomaban agua para que los que los que se habían rendido pudieran tomar vino”.
Aunque en 1949 estaban frescos aún los desolados paisajes de la Segunda Guerra, no suena, o no debería sonar grato a oídos argentinos la devoción que Chandler exhibe para con los ingleses pero, salvando este detalle, la mínima historia del escritor infiere una nueva reflexión en torno al brindis: se brinda por los ausentes, por los que participan del brindis incluso cuando no comparten su júbilo y permanecen extranjeros a su patria. También la extranjería es una forma de celebrar una frontera, un espacio privado e íntimo, el mismo que reservaba Chandler todas las noches para su correspondencia y hoy puede leerse como un lejano brindis que festeja su embriagadora abstinencia social y nuestra felicidad.

Tierra y utopía
La tierra púrpura, novela del argentino William Henry Hudson, escrita en inglés y publicada en Londres en 1885, narra el periplo del ficticio británico Richard Lamb por la Banda Oriental alrededor de 1860. Perseguido por el padre de su esposa en Buenos Aires, Lamb sale a buscar un lugar donde establecerse del otro lado del río. Lo que encuentra, claro está, son aventuras que acompañan beligerantes gauchos orientales, criollas devotas de belleza inquietante, forajidos y caudillos que despliegan sus montoneras por un paisaje hermoso y lleno de batallas. En el capítulo V, Lamb se cruza con una colonia de caballeros ingleses que lo invitan a sumarse a una celebración flemática y perenne, alimentada con whisky y estimulantes palmadas en el hombro. Nuestro héroe brinda con estos compadres, a los que se siente en principio unido por su linaje, y los deja cuando duermen, envueltos en un halo etílico, sumidos en el desprecio por la tierra bárbara que habitan y convertidos en una turba fantochesca: sus narices enrojecidas asoman entre las mantas y exhalan un aire áspero, en el que aún flota el olor de la pólvora.
En el capítulo XX Lamb mata a un hombre y en el siguiente, en su huida, llega al rancho de John Carrickfergus –Don Juan para los locales, que no pueden pronunciar el nombre–, un escocés casado con una criolla, Candelaria, que cría a sus hijos entre el barro y la grasa que hierve en un gran caldero. “Hay que atenerse a la bebida nativa, dondequiera se encuentre uno –declara Carrickfergus–, aunque se trate de cerveza negra. Whisky en Escocia; en la Banda Oriental, caña”.
Si en el capítulo XX Lamb recibe su bautismo de fuego y sangre, en el XXI, en casa del escocés, nuestro héroe es iniciado en los secretos del barro, de cómo la tierra y la mugre libera y de cómo esa misma tierra invoca la querencia, una querencia secreta que nos vuelve extranjeros. Brindan con caña y es como si Lamb se sacudiera el patético encuentro con los ingleses: “Los niños sucios son niños sanos y felices –entona Carrickfergus–. En Inglaterra, si una abeja lo pica a uno, se le aplica tierra fresca para aliviar el dolor. Acá curamos toda clase de dolores con tierra. No soy religioso, pero recuerdo un milagro. El Salvador escupió en el suelo e hizo barro con la saliva para ungir los ojos del ciego, que vio de inmediato. ¿Qué significa eso? Un remedio común de la región, por supuesto. «Él» no necesitaba el barro, pero siguió la costumbre, lo mismo que en los demás milagros.”
Cuando Lamb abandona el rancho, Candelaria llora su suerte mientras lo despide. El inglés reflexiona al tiempo que se aleja: “Oh, civilización, con tu millón de convencionalismos, con la gazmoñería que marchita el alma y el cuerpo, la vana educación de los pequeños, las idas a la iglesia con las mejores ropas negras, el desnaturalizado fervor por la limpieza, el afiebrado esfuerzo tras un confort que no conforta el corazón, ¿serás un completo error?”
En toda la escena, más vasta y maravillosa, se oye también el eco del brindis, como el batido de puertas que inauguran un mundo nuevo. La tierra, el país perdido y añorado allende el mar, la utopía de la felicidad, pueden entreverse en el tintineo de las copas que brindan. No por nada las religiones más antiguas y las que nos acompañan hasta hoy ven en el éxtasis inducido del elixir la confirmación de un alma y la invitación al paraíso prometido. Un brindis también es una comunión que nos busca a través de un interlocutor.

Un pacto
“Un brindis es siempre un pacto, no brindes con extraños”, decía mi tía Paraskovia, mientras dejaba sus ojos celestes perdidos en una nebulosa indescifrable donde cabalgaban los jinetes tártaros que habían llegado a brindar con la sangre de sus mayores, allá en la blanca estepa rusa.
Mi padre, que aprendió a mentar el mundo en una mezcla beligerante de ruso y ucraniano, me contó esta historia, donde hay un brindis y acaso un extraño pacto. Me la contó, claro, sabiendo a medias que me la contaba, como si la historia llegara a través del vino y se narrara a sí misma en el sopor del alcohol. Como nos llegan la mayoría de las historias.
En aquél tiempo mi padre jugaba pelota paleta en el club Wanderers, en Paysandú. Alternaba en su equipo con el Pibe Bell y el Negro Espíndola. Una vez por mes, ahí al Wanderers, llegaban jugadores de Salto, de Montevideo, de Rivera o Tacuarembó y hacían torneos en los que apostaban. Entonces el Pibe y el Negro jugaban juntos, porque mi padre se abría, aunque iba a ver los partidos y compartía la cena en el club.
Un día el Pibe fue a la chacra de mi padre a decirle que jugara esa noche en un torneo con apuestas porque venía de Rocha un tal Dalmacio De los Santos que tenía fama de imbatible. Que sí, que no. Mi padre no jugaba, pero estaría esa noche ahí.
Esa noche, hasta el Negro le pidió que jugara por él. Que De los Santos era bueno y necesitaban alguien atrás que le pegara fuerte y con precisión. Mi padre miró el partido atrás de la reja.
De los Santos llegó con un muchacho de unos veintipico de años al que nombraba con un “Ché, botija” que parecía escupir por el agujero torcido de la boca. Fue el Negro o alguien que mi padre no recuerda el que adoptó también el seudónimo Chebotija para llamar al muchacho.
Chebotija jugaba adelante y mal. Si la pelota iba al tambor, Chebotija estaba frito. “Chambón”, “chivo”, le gritaron un par de veces desde el balcón del primer piso, tras el alambrado. Entonces De los Santos se calentó y agarró de una palada una bola que venía de aire y se la puso con toda intención en la espalda de Chebotija, que  se dobló para atrás y cayó contra el piso de baldosas coloradas con el cuerpo arqueado. Dijo mi padre, que el Pibe, que estaba adelante, al lado del muchacho, vio que en medio de una mueca de dolor, Chebotija se reía. Con el poco aire que el golpe de la bola le había dejado, el tipo masculló una puteada inextricable que De los Santos recibió de pie, con los brazos en jarra sobre la cintura y la paleta tirada a un costado, en el hueco y estrepitoso silencio de la cancha.
El asunto pasó. De los Santos y Chebotija perdieron. A eso de las diez estaban cenando conejo en la cantina del Wanderers. Entonces el Pibe Bell, que se había sentado al lado de Chebotija, por esas cosas que cuesta explicar y salir airoso de la charla, en un cruce de miradas con el muchacho que no había dicho palabra, le acercó su vaso de vino para que brindaran. “No fue nada”, “tomátelo con calma”, vaya a saber, todo eso y nada quería decir aquél brindis que le propuso el Pibe a Chebotija.
A las once y media despidieron a De los Santos y su compañero en la puerta del club. Los dos se subieron a un viejo Austin del 40 con patente de Rocha y remontaron calle Leandro Gómez hacia la ruta.
A las dos de la mañana Chebotija tocó el timbre de la casa del Pibe. Que De los Santos lo había bajado del auto y se había vuelto caminando hasta la ciudad sin un centavo en el bolsillo. Que había sacado la dirección de la guía telefónica en la agencia de la Onda. Que lo hospedara por esa noche en su casa.
Toda esa noche el Pibe y Esther, su esposa, durmieron con un solo ojo mientras Chebotija dormía en un catre en la habitación de servicio que no se usaba porque el Pibe no podía pagar una empleada.
Al otro día el Pibe sacó de su bolsillo un par de billetes que había gando la noche anterior en el partido de pelota paleta y le dijo a Chebotija que con eso le alcanzaba para ir a Montevideo y tomar allá algún ómnibus a Rocha. No, si se lo permitía, Chebotija aprovecharía el día para ir a buscar a un primo que no veía desde la adolescencia y le habían dicho que estaba en Paysandú. El Pibe recordó aquella risa que serpenteó la mueca dolorida en la cara de Chebotija cuando cayó doblado de dolor en la cancha. Si fuera de noche, si hubiese estado tomando un poco de vino y lo entonara un poco la lucidez del alcohol, pensó el Pibe –se acuerda mi padre–, lo echaría a la mierda.
Chebotija volvió a la casa del Pibe para el mediodía. Esther, con el pie clavado contra la hoja abierta de la puerta, le dijo que su esposo no estaba, que volviera más tarde.
Como a las cinco de la tarde, cuando el Pibe ya había vuelto de la imprenta, la policía apareció por la casa. Buscaban a Chebotija. Habían encontrado a De los Santos en su Austin del 40, escondido allá en un monte contra el arroyo Sacra. Tenía la cabeza partida por el filo entarugado de una paleta. “La cabeza partida”, dijo el milico e ilustró la escena separando las palmas de sus manos como si fueran un par de alas cuando el Pibe preguntó si estaba muerto.
En la pieza de servicio, atrás de una mesita de luz descangallada, encontraron una billetera. No tenía plata, pero tenía las cédulas de identidad de Dalmacio Santiago De los Santos y de Carlos Wenceslao De los Santos, cuya foto no era otra que la del rostro de Chebotija, el hijo.
Al mes, el Pibe recibió una encomienda con una nota muy breve que le agradecía la pensión por una noche. Una botella de tres cuartos de vino argentino acompañaba la esquela, abajo, con la misma caligrafía infantil firmaba: “Chebotija”. 

Sin muerte
Cuenta mi padre que un día, cuando era chico, descubrió con su hermano Boris que unos gitanos estaban robando verduras de la chacra de su padre, una discreta extensión de campo ondulado, a 20 kilómetros de Paysandú. Corrieron a decirle a mi abuelo –del que se dice que tocaba el violín junto a otros rusos y al cura de la parroquia San Francisco, que proveía el vino. Enterado, mi abuelo fue a pedir ayuda a su vecino más cercano, Vladimir Vesmertny, un bielorruso solitario, víctima de sus recuerdos en aquél campo abandonado. Y allá marcharon los dos a arreglar cuentas con el cacique gitano. Mi padre y Boris los seguían a escondidas. Era el mediodía, pero Vesmertny ya iba borracho.
El campamento gitano estaba en una hondonada del terreno y Boris y mi padre vieron descender a los dos rusos desde un promontorio donde se quebraba la cuchilla pedregosa. Vesmertny se tambaleaba y se reía mientras remontaba vaya a saber qué cosas revoleando las manos en el aire. Desaparecieron en el tumulto que salió a recibrilos del campamento. Al rato mi padre y su hermano escucharon música y una ráfaga de viento trajo el estallido de vidrios rotos. Bajaron. Tres o cuatro jóvenes gitanos los llevaron a la carpa del cacique. Allí estaba su padre sacándole música a un violín prestado y Vesmertny, parado al lado, aferrado a una botella de vino, cantaba con una voz maravillosa una canción que contaba una despedida en las calles de Lvov, la ciudad de mi abuelo. El cacique hablaba ruso. Se acercó a mi padre, lo tomó de los hombros y le dijo que había conocido a su padre en un largo éxodo por el suelo helado de la querida Rusia, cuando los asolaba uno de aquellos ejércitos –nunca se mencionó con precisión cuál, en qué año, en qué guerra. Ahora el cacique celebraba el casamiento de una de sus hijas nacida en América. Tres días duró aquella fiesta. Vesmertny se convirtió de a poco en la figura central. Cantó, bailó, hizo memoria en voz alta de las estepas heladas donde todos los mayores corrieron algún día. “Por la patria –bramó Vesmertny en ruso al tiempo que alzaba su copa, la última noche, el último brindis–, que vuelve en el vino”.
Cuando terminó la fiesta cargaron a Vesmertny ya inconsciente hasta el hospital. Murió en el camino, con una mueca sonriente en el rostro.
Dice mi padre que Vesmertny significa sin muerte. Difícil precisar a quién cargaron feliz aquél día rumbo al cementerio.

La copa de los padres

Que el brindis proviene del antiguo hábito griego adoptado por reyes y nobles, que en sus conciliábulos chocaban sus copas para asegurarse de que sus invitados no incurrieran en el muy difundido deporte de envenenar las bebidas, es una historia conocida por todos. Que el término inglés toast, que significa también tostado, proviene del hábito de echar una tostada de pan en el vino para quitarle la acidez y el vinagre incubado por el tiempo, es acaso una historia menos difundida, pero sabida al fin. Pero se me hace incierto que alguien sepa lo que mi tía Olga, emigrada de Rusia cuando tenía tres años, pensaba del brindis. Encerrada en la idea de que su padre había muerto comoconsecuencia de las muchas veces que había alzado su copa entre los inmigrantes rusos que solían acompañarlo con el violín, Olga se encerró también en su casa, donde lustraba los senderos de protland del jardín y guardaba en su envoltorio original tres cocinas de gas flamantes, mientras cocinaba sobre un reluciente primus de alcohol en un galponcito del patio.
Al aislamiento de Olga contribuyó su manía por la limpieza, mejor dicho, su feroz obsesión por el brillo: había que atravesar los caminitos del jardín de entrada con patines en los pies y, una vez en la casa, había que dejar las manos quietas, porque el menor amague de que uno iba a tocar alguno de los primorosos objetos del lugar Olga, interrumpiendo la disimulada queja en la que consistía su charla, manoteaba una franela con la que restablecer el brillo del elemento manoseado. El visitante, entonces, se bamboleaba entre los sentimientos que acusaban su intrusión y los que lo reducían a una porción de mugre pringosa y deslucida.
Sólo una parte de la familia merecía el buen recuerdo de Olga: su tía Ana, que residía, tan encerrada como ella, en una casa en las afueras de Fray Bentos. La tía Ana, como suele suceder con las personas mayores, se murió un día del año 1973. Como Olga no tenía teléfono, el primo Pedro, que entonces tenía ocho años, fue el encargado de llevarle la noticia. En bicicleta y apurado por deshacerse de una vez de su misión, Pedro llamó al portón de entrada de la casa de Olga y antes de que la tía terminara de deslizarse por el espejado sendero de cemento, le soltó todo lo que sabía: que velaban a la tía Ana, que se lo habían dicho en casa de la tía Sofía y que la esperaban. El “Chau, tía” lo agregó cuando ya corría por el camino de vuelta en la bicicleta.
Media hora más tarde Olga apareció por la casa de Sofía cargando una considerable caja de cartón y una botella de sidra. Dijo que Pedrito le había avisado que la tía Ana estaba allí y venía a brindar. Sofía, su esposo, mi padre y otros parientes le explicaron con el mayor de los tactos que no, que Ana había muerto, que Boris iba a viajar a Fray Bentos para el entierro. De hecho, fue Boris el que preguntó qué había en la caja. “Copas”, dijo Olga, que había entendido la noticia como otra de las habituales traiciones de su familia. Y agregó: “Copas compradas en Moscú”. “Pero –dijo alguien–, si vos no viajaste a Moscú, ¿o sí?” “Nuestros padres las trajeron”, dijo Olga, parada en la cocina, en el mismo lugar donde la detuvo la noticia. “Brindemos entonces”, sugirió Boris. “No es el momento”, dijo Olga. “Se brindaba para no morir”, dijo mi padre. “No es el momento”, repitió Olga. “Por la familia”, dijo alguien. “Bien –accedió Olga–, pero por la familia que hubo en estas copas”. Desembaló media docena de esbeltas copas de cristal, sirvió la sidra, brindó en silencio, bebió y arrojó la copa a sus espaldas. El cristal zumbó en el aire y estalló contra el piso, llenando la cocina de brillos tornasolados. Todos rompieron las copas. Media hora más tarde, Boris y Olga partieron hacia Fray Bentos y Sofía recogió los cristales rotos. Se reía.

all tomorrow cowboys


en las moonlight sessions, compuestas por philippe cohen solal (el del gotan project), intervienen unos tipos magníficos de eso que puede entrar en la categoría country-indie, como ronnie bowman, shawn camp, jim lauderdale o sam bush y melonie cannon, que interpretan esta canción que traduje.


psycho girls and psycow boys

todas las chicas neuróticas
son juguetes que sufren
por los gauchos neuróticos
que buscan amor

todas esas chicas neuróticas
nunca están solas
y andan siempre rodeadas
de los más alocados

locura y soledad
madre e hijo
buscando la luz en la oscuridad
como todos los demás

damita neurótica
en la cama con tu chico
entregándole tu cuerpo
pero nunca tu alma

todas las chicas neuróticas
con sus bellas palabras
son vegetarianas
pero se comen tu corazón crudo

amor verdadero y santidad
padre e hijo
lleva tu vida hacia el brillo
no mires fijo al sol

All the psycho girls/ Are suffering toys/ For the psycow boys/ Looking for love// All the psycho girls/ Are never alone/ Always surrounded/ By the…crazy ones// Madness, loneliness/ Mother & son/ Seeking light in darkness/ Like everyone// Little psycho girl/ In bed with a boy/ Giving your body/ But never your soul// All the psycho girls/ With beautiful words/ Are vegeterians/ But they…eat your heart raw// True love, holiness/ Father & son/ Lead your life to the brightness/ Don’t stare at the sun (Philippe Cohen Solal)

corazón partido

Que Jeff Bridges, Colin Farrrell y Robert Duvall —antes que un trío de actores, un horizonte— actúen juntos en un mismo film no sólo nos obliga a verlo, diría que nos obliga a verlo en el cine, incluso si la música fuera de Joaquín Sabina. Pero no, Crazy Heart (“Corazón rebelde” parece que la llamarán acá), que catapultó a Bridges a la carrera por el Oscar (lo que es un accidente menor), trata sobre un cantante y compositor de música country cuya vida se cae a pedazos y anda solitario por la carretera a bordo de una vieja Chevrolet de los70, como si se tratara del lado B de Nace una estrella (Frank Pierson, 1976), pero sólo con las buenas partes de Kris Kristofferson y sin el plomazo de la Streisand.   Bridges —¡Jeff Bridges, por favor, hay que ver The men who stare at goats solo porque actúa él!— canta en esta película, canta magnífico porque, nos venimos a enterar, desde hace treinta años acompaña a T Bone Burnett, que compuso las canciones junto con el finado Stephen Bruton, Ryan Bingham (que canta en el film la maravillosa “The Weary Kind”) y Gary Nicholson. Es más, cuando Scott Cooper (que acá es casi un director debutante) convocó a Bridges para el protagónico, Bridges dijo “paso”, hasta que se enteró que atrás estaba Burnett.El film está basado en una novela de un tal Thomas Cobb, pero el personaje se compuso en base a un brebaje superlativo en el que entran Waylon Jennings (“I don´t like changes ‘cause I’ve seen things at their bests”), Kristofferson y Merle Haggard.Burnett, Bruton, Bingham y Gary Nicholson crearon las canciones que imaginaron que cantaría Bad Blake (Bridges). “Pasamos cinco o seis meses sentados alrededor de una mesa escribiendo y charlando sobre el personaje —dijo Burnett a Billboard—: quién era, de dónde venía, qué le gustaba, cuál fue el primer disco que compró, cuál su primer hit, la primera canción que escribió. Las canciones que hicimos crecieron desde el fondo de este personaje”.Sí, quisiera llegar a ese fondo, pero en auto, como le gustaba a James Dean, antes que en internet.

sábado, 20 de febrero de 2010

la vida afuera

en el año 2000, juan pablo dabove, que ya vivía en pittsburgh, pennsylvania, desde el año 1998, escribió este texto —que no apareció— para la contratapa de mi librito la vida afuera, que salió ese año luego de que el jurado del premio aldana recomendara que, además de los dos premiados, se publicara mi libro.

La vida afuera nace bajo el peso de la Historia. Sobre el final de los 70, Pedro Rudenko viaja desde Uruguay a Rosario buscando a Baltasar Betancour, compañero de militancia presumiblemente preso de la dictadura. Olvidadizo de su misión y de la urgencia que lo llevó a esa ilusoria ciudad junto a un río, Rudenko comienza a escribir, un poco al azar de las circunstancias, hasta su desaparición. El lector recorrerá fragmentos de esa escritura, donde todas las coartadas y las seguridades de la Historia se pierden: la comunidad, la convicción, la pertenencia, el amor, el seguro discurrir del tiempo hacia una meta.
Rudenko escribe una “Residencia en Rosario”. Pero esta no es una narrativa del descubrimiento. Rosario es el lugar al que llega porque algo ha perdido, algo más central que Baltasar Betancour. Todo lo que Rudenko ve, escucha, huele o saborea es una indicación de otra cosa: otro río, otro tiempo, otras certidumbres. Pero
La vida afuera tampoco es una narrativa memorialista, de la celebración o la nostalgia. Con cierto fastidio y aburrimiento, con algo de inadvertida tristeza, Rudenko nota que Rosario no es una cifra de la ciudad oriental perdida, sino de la ciudad que nunca tuvo, que nunca existió, aunque siempre vivió en ella: a esa ciudad la llama “Infancia”, y a ella se dedica la segunda sección del libro. Pero eso es obvio, dirá el lector, cualquiera que emigra o simplemente viaja lo sabe. Y es cierto: entre la obviedad y la revelación, el estilo extrañamente oral de La vida afuera encuentra su tono, en el que habitan una cantidad de cosas familiares. Pero sobre todo una, la más familiar y la más imposible: la sospecha de que estamos viviendo en vano, que ni siquiera el fracaso es una justificación.
Juan Pablo Dabove

la indisciplina del arte

el 26 de julio de 2008 roberto jacoby estuvo en el ccpe en el ciclo bienvenidos a 1968. nos escribimos e hice una entrevista que salió publicada de modo muy recortado en el programa del ccpe y, luego, en el desaparecido diario el ciudadano y la región. ahora que el ccpe y fundación osde inauguran en marzo una monumental muestra sobre juan pablo renzi, se me hace que está bueno volver sobre esa entrevista en la que se menciona varias veces a renzi.
Jacoby fotografiado por Maximiliano Luna (Télam)



Jacoby, Roberto Jacoby. Su nombre debería ser ya una contraseña. Bueno, “jacobino” ya existe, “jacobismo” también. Jacobista, entonces: no una actitud, ni una marca, sino lo inaprensible de una actitud y una marca que, sin embargo, parece estar ahí nomás, al alcance, cerca, en su distancia. Jacoby fue de la partida del grupo de Instituto Di Tella, compañero de Marta Minujín, de Raúl Escari, de Federico Moura y Virus en los 80 (grupo para el que escribió letras, diseñó escenografías), y es, actualmente, una fuente de ideas y proyectos que, antes que ubicarlo, ubican al espectador, al público, al artista y al hombre informado en un lugar inquieto, como si al tiempo en que se da cuenta de que tiene una conversación pendiente con Jacoby, se enterase de que esa conversación sucede en otro lado, o ya ha sucedido.
Jacoby estuvo en el Centro Cultural Parque de España para dar una charla el viernes 26 de julio de 2008, dentro del ciclo Bienvenidos a 1968 y en el marco de la muestra La gráfica del Di Tella. Le escribí entonces, para que me dijera por qué había elegido ese título para su conversación pública: “1968, el culo te abrocho”. Sus respuestas son una cruza de la vieja epístola, la anotación personal y la intervención pública. El resultado (que reproduzco aquí) es exquisito.
—¿Qué es y por qué “1968, el culo te abrocho”?
—Es título de la muestra que preparo para julio de 2008 en Appetite de Buenos Aires. Ilusoriamente quiero reactuar la cachetada que los estudiantes, artistas, trabajadores aplicaron aquella vez a las instituciones, a los medios, a todos los estúpidos en general. Es de lo más irritante que la Francia de Sarkozy encabece homenajes a quienes se propusieron exactamente lo contrario y mucho más. Los suplementos dominicales de los diarios tratan esa época con la misma beatería con la que en los 60 podrían haber hablado del cubismo. No creo que yo logre hacer algo a la altura del título, pero ya es algo, ¿no? Un mini detournement.
—Ha dicho que las acciones y proyectos surgidos de la vanguardia de fines de los 60 son hoy un punto de partida para cualquier artista, ¿cuáles son las diferencias, qué sopesa en esa distancia temporal, sobre todo considerando los enormes proyectos que usted ha creado en la actualidad (Darkroom, ramona, Venus, entre otros)?
—Confundir arte y vida, política y joda, teoría y poesía fue, me parece, el envión mayor del 68. La afortunada coyuntura permitió descoyuntar la complicidad de masas durante algunos felices relámpagos. En esa época se votaba en las asambleas de facultad si la revolución debía ser una súbita insurrección urbana o una prolongada guerra campesina. En uno de esos humeantes congresos, un genio desconocido gritó desde el fondo: “propongo que sea inmediata, alegre y sin sangre”. Esos serían los puntos esenciales de mi programa, de esporádico y parcial cumplimiento.
—Está la famosa carta de Pablo Suárez a Jorge Romero Brest, director del Di Tella: “Hoy lo que no acepto es al Instituto que representa la centralización cultural, la institucionalización, la imposibilidad de valorar las cosas en el momento en que éstas inciden sobre el medio, porque la institución sólo deja entrar productos ya prestigiados a los que utiliza cuando, o han perdido vigencia o son indiscutibles dado el grado de profesionalismo del que produce, es decir, los utiliza sin correr ningún riesgo”. La pregunta: ¿se ha profesionalizado la vanguardia?
—Parece haber algo así, ¿no? Poco riesgo y muchas nueces. De todos modos, cuando algo escapa a la ley de la domesticación, aunque sea por una semana, los resultados son fabulosos.
—¿Cómo fue su participación en el Di Tella?
—En el Centro de Artes Visuales, solamente “Experiencias 68”, de cuarentona memoria. En el Centro de Experimentación Audiovisual (CEAV), mucho más: presentamos la Audición de Lenguaje Oral con Costa; la semana de Happenings con Masotta, Suárez, Costa y otros; Parámetros, una conferencia donde yo no estaba; Cageana; Be at Beat Beatles, un multimedia, con tres grupos del proto rock nacional en escena (el pre Manal incluído).
—Raúl Escari anota en Actos en palabras esta línea de conversación con Marta Minujín: “¿Te acordás del Di Tella? Bueno, ahora todo Buenos Aires es el Di Tella”. ¿Qué opina de esa afirmación?
Wishfull thinking, como dicen los ingleses. No todo es Di Tella, la de los ojos abiertos. Sin embargo, se podría afirmar que existe una multiplicación por 10 desde aquellos tiempos. Si en los 60 había 200 artistas contemporáneos, ahora hay 2000, y si eran 20 los experimentalistas, ahora debe haber 200. Los lugares de exhibición más jugados eran 2, ahora habrá 20. Un crecimiento del 25 por ciento anual. Muy superior al aumento de la desigualdad social, la economía china y las exportaciones agrarias argentinas.
—Hoy suelen unirse las escenas vanguardistas de los 60 (Tucumán Arde, el Di Tella), sin embargo entonces estaban separadas, ya sea por los enfrentamientos Romero Brest-Suárez-Renzi, etcétera; o por los ataques de parte de personajes de la cultura comprometidos, como Pino Solanas, quien sostenía en La hora de los hornos (de nuevo, la cita es de Escari): “Mientras Krieger Vassena entregaba al país, los jóvenes del Di Tella se divertían bailando”. ¿Cómo ve usted a la distancia esa experiencia?
—La visión actual es más certera. Los enfrentamientos con Romero Brest eran un poco puestas en escena: si no recuerdo mal el propio Juan Pablo (Renzi) lo invitó a Rosario para darse el gusto de devolverle la plata y leer el manifiesto mermelada, y Pablo (Suárez) cobró sus 300 pesos para hacer una de las mayores obras de la época. El gordo nos segregaba con sutileza o no tanto, porque nos consideraba revoltosos comunistas pero era muy deportivo. Desde el punto de vista teórico y filosófico era un gimnasta autodidacta, aunque comparada su vocación de riesgo con la de los curadores y promotores de arte actuales, Romero era Andy Warhol.
Y nosotros le ganamos, en una victoria ciertamente pírrica pero que hoy hace que el mito de Juan Pablo Renzi o el de Pablo Suárez, sean mucho más energéticos y nutritivos que el de Romero. Una vez, en los 80, nos encontramos con Romero en casa de Alejandro Kuropatwa y cuando le hice un chiste un poco punzante me respondió: “Sos el mismo disolvente inútil de siempre”. Seguramente no repliqué así de perfecto, porque uno mejora siempre las propias respuestas con el paso del tiempo pero, en todo caso, me habría gustado decirle y quizás algo así tartamudeé: “Gracias, Romero, finalmente reconoce lo que es el arte”.
No creo que Solanas hubiera preferido que Krieger Vassena se divirtiera bailando mientras que los jóvenes entregaban al país. Son licencias narrativas que un documentalista está obligado a utilizar. Solanas no podría haber sido totalmente sincero. Pino no podía decir: “Mientras Krieger Vassena entregaba el país yo filmaba comerciales de vino Uvita”.
—Los 60 fueron también la cuna de una literatura que hoy es casi canónica (por poner un adjetivo): si bien Viñas, Prieto, Massota, Sebreli, Correas habían surgido antes, Perlongher, Puig, Saer, Gorodischer, Urondo, por citar una diversidad dispar, se afirman en esa época. Julio Llinás acusa al Di Tella de desinteresase de la poesía. ¿Cómo ve esa relación entre arte y poesía, o arte y literatura, entonces y ahora?
—De todos los bustos que menciona, solamente Massota y, quizás un poco Puig y el propio Llinás, se interesaban por el tipo de cosas que hacíamos nosotros. Y Saer, probablemente alertado por Juan Pablo, Nicolás Rosa y María Teresa Gramuglio, aunque ignoro los aspectos concretos de su atracción. Pero Perlongher es más de ir a las manifestaciones con zapatos doble plataforma, o sea los setenta. Sebreli y Correas abominaban de nuestros movimientos porque fantaseaban que la pasábamos demasiado bien para sus estándares de patetismo y por rencor amoroso respecto de su ex triunviro Oscar Massota. Viñas y Urondo se relacionaban más con algunos neofigurativos. Gozaban de sus éxitos masivos en el cine y la tele, con el vino y la conquista de chicas, más que con los tanteos semióticos incomprensibles, la marihuana y las cosas raras. Pero eso no significa que no nos cruzáramos en los mismos bares o en la librería de Jorge Álvarez en perfecta armonía.
Es cierto que en el Di Tella propiamente dicho no hubo poesía en sentido de recitales o libros de versos, pero sí quizás con otros soportes. Aunque eso no significa nada. El Di Tella era un incidente menor que se volvió central en la imaginación histórica posterior. En los 60 lo importante, la escuela, la vida artística, eran los cafés, los bares, las casas colectivas. Si exceptuamos el Centro de Altos Estudios Musicales, donde había producción concreta, dos o tres muestras de Marta y Benedit, las Experiencias 67 y 68; el Di Tella era nada más que una gran vidriera en calle Florida y una modernísima sala de teatro. En los bares y sobre todo cuando los bares cerraban, los poetas, malditos o no, compartían con todas las disciplinas del arte, las mejores indisciplinas.

domingo, 14 de febrero de 2010

el avatar del fin del mundo


ya comenzó a emitirse caprica, la precuela de battlestar galactica que narra en clave de ciencia ficción el mundo actual en el marco de la guerra contra el terrorismo (esta nota se publicó este domingo 14 de febrero en el suplemento señales del diario la capital)

En 2004 Ronald D. Moore rozó el ridículo cuando dijo que reflotaría la vieja serie televisiva Battlestar Galactica (BSG) pero para narrar la Guerra contra el Terrorismo. En su episodio piloto la nave espacial de combate Galactica, un museo viviente de la guerra contra los cylons (robots creados por el hombre, dotados de inteligencia artificial para realizar trabajo esclavo en las colonias planetarias que un buen día se rebelaron contra sus creadores), finalizada cuarenta años atrás, se prepara para abandonar la flota colonial cuando un ataque nuclear de los cylons sobre las doce colonias devasta la humanidad y pone a sus sobrevivientes en fuga. De ahí en más BSG fue tanto una aventura espacial como un melodrama familiar, un relato de intrigas palaciegas y una epopeya fantástica con cylons que cobraban forma humana, premoniciones y revelaciones aderezadas con la particular teología de las doce colonias (cada una con el nombre de un signo zodiacal): un panteísmo que unía cultos griegos y romanos enfrentados al Dios único al que rezaban los cylons. Si la primera Battlestar, la de los 70, era como llevar Bonanza al espacio (Lorne Greene actuaba en las dos series), la de Moore, protagonizada por Edward James Olmos y Dean Stockwell, entre otras figuras descollantes, fue como poner a Los Soprano en el oscuro vacío de la galaxia.
BSG culminó en marzo del año pasado. En abril el canal SyFy sacó a la venta en internet (www.capricadvd.com) el devedé Caprica, episodio piloto de la serie derivada (spin-off) o precuela de aquella saga, en la que Moore trabajó con otra de las mentes de BSG, David Eick. El 22 de enero último la misma señal puso al aire el primer episodio de la serie, que se ubica 58 años antes de la aniquilación de la ciudad de Cáprica (por Capricornio), cabeza del planeta del mismo nombre, ciudad dorada de las colonias humanas.
Los episodios de Caprica que pueden verse hasta ahora (banda ancha mediante, porque el estreno en España y, probablemente Sudamérica, está anunciado recién para el próximo abril) no necesariamente requieren un espectador que conozca BSG, aunque sus seguidores hallarán suficientes guiños para disfrutar el doble. Tanto Alessandra Torresani —joven y bella, blanco de los entrevistadores—, como Moore y Eick han dicho que si BSG trataba sobre la operación Enduring Freedom en Irak, Caprica trata sobre el mundo presente.

Spoiler
Caprica se despliega a través de la historia de dos familias. Por un lado los Graystone, cuyo patriarca, Daniel Graystone (interpretado por Eric Stoltz), es una suerte de Bill Gates futuro: fabrica tecnología de punta para los militares, es el creador de unos lentes para ingresar a la realidad virtual (los “holoband”) y está obsesionado con el desarrollo de unos robots con inteligencia artificial. Por otro lado, los Adama: Joseph Adama (Esai Morales), abogado, inmigrante de la empobrecida colonia Tauron (por Tauro) y vinculado a los grupos mafiosos de su planeta. De aspecto latino, en él y su familia se lee el soterrado racismo que parece desvanecer el sol radiante de Caprica. Porque si algo distingue a esta serie de su predecesora son los espacios abiertos, iluminados, contra la oscura claustrofobia de la nave espacial que liderará William Adama, quien en Caprica es apenas un niño (Sina Najafi). Los Graystone y los Adama se cruzan luego de que un atentado terrorista perpetrado por un suicida en nombre los Soldados del Dios Único (aquí ese único puede ser tanto musulmán como cristiano) les arrebatara a sus hijas Zoe (Torresani) y Tamara (Genevieve Buechner), respectivamente. Pero en ese mundo virtual que creó Graystone sobrevive el avatar de sí que construyó Zoe, un ser que se niega a ser una copia y guarda los recuerdos, los pensamientos y los sentimientos de la Zoe original, al que el padre capturará en un archivo para introducir inteligencia artificial en el primer cylon: un robot que remeda en mucho el esqueleto de Terminator, con su ojo único y rojo escudriñando más allá del tiempo.

Trinidad
Daniel Martin, crítico de cine y tevé de The Guardian, acierta varias veces en su nota del 30 de enero pasado cuando compara estas primeras entregas de Caprica con la serie Mad Men primero y, luego, con Terminator. Pero no explica sus relaciones más inquietantes.
BSG procede como Aliens (James Cameron, 1986): nos enseña el monstruo ya conocido (los cylons en BSG, los “aliens” en el film), pero pospone revelarnos la íntima relación que esa monstruosidad guarda con nosotros en tanto nos identificamos con los humanos de la trama. En Caprica, Moore y Eick apelan no sólo a la iconografía de Cameron, sino a sus tópicos más frecuentes: el fin de mundo, la alianza amorosa que enfrenta la muerte y el orden trinitario. Caprica se anticipa de alguna manera a Avatar al proponer ese doble de Zoe en el cuerpo del robot. “Soy Zoe, y el avatar, y el robot. ¿Cómo llamo a estas tres-partes?”, dice Zoe con su voz cibernética en el primer episodio. Y su amiga Lacy (Magda Apanowicz) responde: “Una trinidad”. Lo mismo corre para Jake Scully en Avatar: el soldado tullido más el avatar más esa conciencia planetaria de los Na’vi. Y John Connor en Terminator: el niño más el adulto en el futuro que vio el fin del mundo más ese puente en el tiempo que es el terminator que él mismo reprogramó o reprogramará.
En Caprica el universo reconocible de BSG se añeja y transfigura, como si se tratara de una vieja ciudad de los años 50, pero imaginada en 1912, cuando el Titanic no se había hundido aún. Sus protagonistas fuman y se bañan en el sol, transitan la euforia de los tiempos entre encuentros deportivos multitudinarios, impúdicos programas de televisión e intrigas corporativas. En eso se parece Caprica a la serie a Mad Men, la sublime creación de Matthew Weiner (responsable de buena parte de Los Soprano) que vuelve a los primeros 60, cuando John Kennedy presidía, Martin Luther King predicaba y el fervor del consumo recién comenzaba —tanto la maniática reconstrucción de los años 60 de Mad Men como sus deslices epocales la convierten casi en una fábula fantástica. Pero también se parece en algo esencial: en ambas hay la percepción de estar al filo de un abismo, las dos plantean personajes abisales, personajes que llevan en su mirada el abismo: Daniel Graystone y Don Draper (Jon Hamm en Mad Men) vieron algo que devastará el mundo que pisan, pero atraídos por ese abismo no pueden dejar de mirar, no pueden dejar de construirlo. Así Graystone hace del avatar de su hija muerta el primer cylon. “Así termina el mundo —como dice el poeta—, no con un estruendo, sino con un gemido”.

Entre la isla y el abismo
En el afiche promocional de Caprica que hizo circular el SyFy channel la actriz canadiense de 22 años Alessandra Torresani (en la serie: Zoe Graystone, de 17 años), sostiene una manzana, voltea el rostro y deslumbra con una mirada enorme y azul que envuelve su cuerpo blanco y desnudo junto a una consigna que reza: “El futuro de la humanidad comienza con una elección”. Las series de televisión que inauguraron el nuevo milenio podrían representarse según dos metáforas planteadas en dos sagas ejemplares: Lost o la Isla, y Mad Men o la Caída, el Abismo. El carácter insular de Lost, su cosa pequeña, doméstica y cerrada que se despliega y busca lo abierto para instalar allí sus planteos fundamentales puede percibirse en la gran mayoría de las series, desde Fringe hasta Battlestar Galactica (versión 2004). El carácter abisal (en el abismo siempre está el demonio, advertía William Blake), de inminente caída, puede percibirse en Mad Men, Flashforward y en los tres capítulos que se emitieron hasta ahora de Caprica. En estas series sus personajes, al igual que el Scottie de Vertigo (Hitchcock, 1956), no sólo están al borde de una caída, sino que llevan el abismo en la mirada: algo han visto que no cabe en la superficie del mundo que pisan. Y, más terrible aún, ese algo debe ser aún construido con sus propias manos.

Caprica, primera temporada
Ficha: EEUU, 2009-2010. Creada por Ronald D. Moore, David Eick y Remi Aubuchon. Con Eric Stoltz, Esai Morales, Paula Malcomson, Polly Walker, Alessandra Torresani, Magda Apanowicz, Sasha Roiz. Cadena Original SyFy channel. Rodada en Vancouver, British Columbia, Canadá. Próxima emisión: sábado 20 de febrero a las 00, hora de Nueva York.
El episodio piloto puede adquirirse en www.capricadvd.com.

viernes, 12 de febrero de 2010

el doble y el avatar





El avatar de Avatar es un "doble", pero en el orden de lo sublime. Un doble angélico.
El avatar de Zoe en Caprica es un doble siniestro: investido con su cuerpo robótico, mira sin mirada con su ojo único, siempre móvil, en vaivén, desdibuja el rostro. Su madre la llama "monstruo".
En los dos casos lo disuelto es el orden familiar. En los dos casos la condición de criatura, de hijo, queda desviada.
Lo que estos dos avatares vienen a decirnos, en principio, es que toda copia tiene dos caras: una que recuerda el original (de modo desviado), y otra que mira hacia el abismo (Zoe) o hacia lo alto (Jake Scully).

en el principio fue el abismo


series: no podría hablar de otra cosa


Las series televisivas de esta última década parecen haber sido el espacio en el que se reconfiguraron las fantasías o el imaginario del siglo XXI: la paranoia conspirativa de 24, Lost o la actual Fringe; el panóptico global de la fabulosa FlashForward o Defying Gravity; la xenofobia latente, políticamente incorrecta y cargada de ironía de True Blood (donde habitan humanos y vampiros), Aliens in America (refrito de Alf con un pakistaní en lugar de un extraterrestre) o Mad Men (viaje a los primeros 60, cuando Kennedy presidía, Martin Luther King predicaba y el fervor del consumo recién comenzaba); la cosa titánica de la tecnología que cobra una entidad de otro mundo como en Defying Gravity o la hasta ahora trunca Paradox (cinco episodios producidos y emitidos por la BBC). Como si se tratara de un laboratorio de la ficción, las series de tevé nos ofrecieron un panorama un tanto desolador de los días que corren y los por venir.

En el caso de las series de ciencia ficción —y hay que aclarar que tanto la maniática reconstrucción de los años 60 de Mad Men como sus deslices epocales la convierten casi en una fábula fantástica— puede decirse que los temas recurrentes son dos: los universos paralelos (Lost, según su última temporada; Fringe, Paradox, Flashforward) y el viaje correctivo en el tiempo herencia de Terminator (de nuevo Lost; también, según dijimos, Mad Men, o el extraño policial Life on Mars). En otras palabras, algo así como la condición irredimible del presente requiere que se eche luz sobre los últimos días mediante el regreso a tiempos sobre los que habría, en principio, un orden: los 60 anteriores a Mayo del 68 y Woodstock, los virulentos 70 al filo del final de Vietnam (Life on Mars). Pero también, descubrir en la actualidad las alternativas que devuelvan al presente un resplandor utópico: si del otro lado, si en el universo paralelo de Fringe, Flashforward, Paradox o Lost las opciones que se tomaron no hicieron las cosas más felices, algo habrá que pueda construirse con los restos que tenemos entre manos.

Así, las series de televisión que inauguraron el nuevo milenio podrían representarse según dos metáforas planteadas en dos sagas ejemplares: Lost o la Isla, y Mad Men o la Caída, el Abismo. El carácter insular de Lost, su cosa pequeña, doméstica y cerrada, que se despliega y busca lo abierto para instalar allí sus planteos fundamentales puede percibirse en la gran mayoría de las series, desde Fringe hasta Battlestar Galactica (su versión 2004, creada por Ronald D. Moore tomando como base el oxidado culebrón de los 70 que protagonizó Lorne Greene), que es la serie que nos interesa de ahora en más. El carácter abisal (en el abismo siempre está el demonio, advertía William Blake), de inminente caída, puede percibirse en Mad Men, Flashforward y, motivo principal de estas líneas, en los tres capítulos que se emitieron hasta ahora de Caprica (un largometraje de dos horas y dos episodios de una hora de televisión). En estas series sus personajes, al igual que el Scottie de Vertigo (Hitchcock, 1956), no sólo están al borde de una caída, sino que llevan el abismo en la mirada: algo han visto que no cabe en la superficie del mundo que pisan. Y, más terrible aún, ese algo debe ser aún construido.