socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 9 de diciembre de 2010

los muertos vivos otra vez

Del Diccionario Etimológico Online:
Zombie: 1871, of W. African origin (cf. Kikongo zumbi “fetish;” Kimbundu nzambi “god”), originally the name of a snake god, later with meaning “reanimated corpse” in voodoo cult. But perhaps also from Louisiana creole word meaning “phantom, ghost,” from Sp. sombra “shade, ghost.” Sense “slow-witted person” is recorded from 1936. 





 Imágenes del episodio final de la primera temporada de The Walking Dead, emitido el domingo 5 de diciembre de 2010


Chuck Klosterman, que parece un chico bueno y aplicado, publicó hace una semana en el New York Times una suerte de ensayo —en el sentido que en Estados Unidos se le da al término: impresiones caprichosas sobre un tema enumeradas con ingenio— titulado “My Zombie, Myself: Why Modern Life Feels Rather Undead” (es decir: “Mi zombie, yo mismo: por qué la vida moderna se siente cada vez más como la de de un muerto viviente”). Allí esgrime una serie de elucubraciones acerca de la serie The Walking Dead y otros programas que incluyen zombies y  vampiros, es decir, los no-muertos (undead), tan en boga en la televisión y el cine más próximos. El argumento de Chuck es básico: con la incorporación de internet nuestra vida se ha mecanizado y somos absorbidos y devorados por el mundo virtual una y otra vez, aunque todos los días eliminemos basura virtual (spam y no sé cuántas cosas más), esta basura o esta cosa siempre retorna; y así.
Chuck es un idiota. No es el único que escribe en el NYT, pero hay que reconocer que el tema es serio (al tema de los zombies me refiero, sobre el que pueden leer un maravilloso análisis de Mavrakis con dulces para toda la comunidad pos-positivista).
Chuck, el buen muchacho, olvida muchas, muchísimas cosas. Es decir, se olvida de muchas películas y libros, pero sobre todos, de muchos acontecimientos históricos a partir de los cuales el concepto del zombie se vuelve un concepto radical.
El fin de temporada, el domingo pasado, de The Walking Dead, la maravillosa serie de AMC producida por Frank Darabont en base a la historieta de Robert Kirkman, nos obliga a aclarar un poco los tantos.

Leyendas urbanas
Soy leyenda (1954), la novela de Richard Matheson en la que se basó la versión cinematográfica protagonizada por Will Smith (2007), cruza de forma casi inédita dos monstruos modernos de los que deriva gran parte de la narrativa fantástica y de ciencia ficción del siglo XX y, por lo que se ve, impone una tendencia para lo que va del XXI. Drácula, el ser lejanamente basado en el medieval príncipe Vlad, creado por un Bram Stoker atormentado por la sífilis en 1897; y la criatura del barón Víctor von Frankenstein de la novela de Mary Shelley de 1818, son tal vez los dos monstruos más prolíficos de la literatura. Uno, el ser oscuro, rezago de cultos y tradiciones ancestrales que irrumpe en un mundo que ya no tiene lugar para él, el de la razón; el otro, una criatura artificial, fruto de una aberración científica, un híbrido cuya metáfora, según ensayistas ilustres, era la Revolución Francesa acaecida veinte años antes de su nacimiento literario.
Tanto en la novela como en el film Soy leyenda (2007), en los que se mezclan vampiros, zombies, manipulaciones genéticas y un último humano que resiste en un rincón de la desolada Nueva York, pueden leerse las características de una monstruosidad que cuenta mucho sobre esta época y podría esbozarse en unos interrogantes que el prolífico Slavoj Žižek planteó en un texto de hace un par de años: “El problema último de la ingeniería genética no reside en sus consecuencias imprevisibles (¿qué ocurriría si creamos monstruos —digamos, humanos sin sentido de responsabilidad moral?), sino en la manera en que la ingeniería biogenética afecta fundamentalmente nuestra noción de educación: en lugar de educar a un niño para que sea un buen músico, ¿será posible manipular sus genes para que se incline «espontáneamente» hacia la música? En lugar de instilar en él un sentido de disciplina, ¿será posible manipular sus genes para que «espontáneamente» tienda a obedecer órdenes?”.
A la ciencia ficción de los años 30, con sus androides antropomorfos y sus experimentos trasnochados, le tocó la herencia de la narración fantástica europea, en la que la ciencia convertía al hombre en demiurgo, en un semidios arrogante que competía con los misterios más recónditos de la creación. A la de los 50, en plena Guerra Fría, le cupo la pesadilla de la invasión; la de los 70 y 80 trasladó la épica del western a las cabalgatas espaciales y la de los 90 volvió a la ciudad, convertida en un bosque o, en palabras de Paul Virilio, en una obesidad de la civilización.
“La ciudad –dice Virilio– se transformó en la gran catástrofe del siglo XX y tiene en su germen la posible destrucción de la democracia, ya que esta enorme obesidad urbana cuestiona la democracia local, la democracia de proximidad y abre la posibilidad de una tiranía”. Los argumentos que sostienen su afirmación provienen de lo más variado del imaginario de la ciencia ficción: la macrocefalia urbana atrae al terrorismo y las catástrofes naturales o artificiales, por lo que su semilla —para usar la vieja fórmula marxista sobre el capitalismo— es también el germen de su destrucción. Virilio lo dice con estas palabras: “El progreso es al mismo tiempo el progreso de la catástrofe”.
En 1993 el ya veterano J.G. Ballard escribía en el Daily Telegraph: “¿El futuro tiene aún futuro?”. Con la pregunta abonaba su idea de que la ciencia ficción —género que él mismo enriqueció y llevó a territorios ambiguos e inquietantes— ya no se ocuparía de los viajes espaciales y la gran conquista estelar como del espacio “interior”. “Los mayores adelantos del futuro inmediato no tendrán lugar en la Luna ni en Marte, sino en la Tierra, y es el espacio interior, no el exterior, el que ha de explorarse. El único planeta verdaderamente extraño es la Tierra”, había escrito Ballard en 1962.
Salvo algunas pocas escaramuzas que no incidieron ni en el concepto del cine ni en el de la ciencia ficción, los relatos más destacados del género que llegaron al celuloide durante los 90 y lo que va del nuevo siglo reemplazaron las conquistas guerreras en planetas lejanos por especulaciones en torno al estado policíaco y la indagación en el microespacio de las partículas de ADN. Reemplazaron el monstruo (único en su especie, aislable y ajeno a lo humano) por la más siniestra pintura de “lo monstruoso”, de límites imprecisos y en la que quedan involucrados todos los protagonistas.

Lo monstruoso
En 1986, cuando James Cameron heredó la saga de Alien, el octavo pasajero y filmó Aliens, entendió que si su relato iba a mantener algún tipo de comercio con el horror, éste no podía provenir del monstruo que el público ya conocía a través de la primera película de Ridley Scott. De modo que plagó de bichos feroces su narración pero, antes de que el espectador asistiera a la primera aparición de un “alien”, dio una clara advertencia sobre lo que trataría su film: lo inquietante ya no sería la presencia del monstruo, sino su existencia y, más concretamente, su reproducción. La primera escena escalofriante del film es el sueño de Ripley, que alucina a un “alien” atravesando su vientre. Esta opción de Cameron —reemplazar el monstruo por lo monstruoso (la reproducción de los bichos, el hecho de que los humanos le provean un vientre)— es el desplazamiento típico por el que el cuento de hadas deviene cuento fantástico.
En lo monstruoso eso “otro” que antes era propiedad exclusiva del monstruo ahora interpela cierta familiaridad: la de una mirada que contempla lo monstruoso. Las nuevas películas de ciencia ficción, de las cuales son ejemplos Sentencia previa (Steven Spielberg, 2002) o Los niños del hombre (Alfonso Cuarón, 2006), se lamen las heridas de un futuro que pasó a ser la decadencia del presente.
Como lo vio Ballard al analizar en La guerra de las galaxias (1977) la vejez de la tecnología (había observado que los efectos especiales se aplicaron a oxidar las astronaves, que deambulaban por el espacio como vetustos vapores vagabundos), es el pasado lo que está en juego en estos films futuristas.

Contemporáneos
Después de los ensayos de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, después de que el nazismo convirtiera a todo una país en cómplice de un exterminio, en plena Guerra contra el Terrorismo, lo que espanta del Mal ya no es su faz diabólica, sino su rostro humano, demasiado humano. Así, Soy leyenda (la película), parte de un descubrimiento genético cuyo objetivo es vencer el cáncer. Su autora, una científica encarnada por Emma Thompson anuncia el hallazgo de este tesoro que no es otra cosa que la caja de Pandora, porque tres años más tarde ese descubrimiento redujo a la humanidad a una horda de vampiros.
Los monstruos de Soy leyenda, los “buscatinieblas”, cruza de vampiros y zombies, le deben menos a los muertos vivos de George A. Romero que a los aliens de Cameron: se sabe que están allí y hasta hay datos de su aspecto, pero la tensión del relato se construye en torno a su ocultamiento.
Si cada época engendra su monstruo y durante los 50 la forma dominante del monstruo fue el invasor extraterrestre (el macrocefálico e hiperracional tripulante del platillo volador o el insecto mutante: variaciones perversas del burgués medio), cuya amenaza era menos una violencia personal que una “insidiosa y diabólicamente fría ruina de la normalidad humana” (cita de Frank McConnell en El cine y la imaginación romántica), cabe preguntarse por qué los monstruos de los últimos años son los muertos vivos (Exterminio, de 2005; El amanecer de los muertos, de 2004; Resident Evil, de 2002-2010; la versión irónica y televisiva de Joe Dante de los soldados zombies en Homecoming, de 2005; o The Walking Dead, la serie de Darabont aún en curso).

Sombras nada más
El terror en el cine abunda en momentos históricos de crisis, desorientación y temor: las primeras versiones de Frankenstein son de la Gran Depresión del 30, Yo caminé con un zombie o La mujer pantera son de los tiempos de la Segunda Guerra; El monstruo está vivo, El exorcista son del período Vietnam, la primera guerra del Golfo, la segunda, la guerra privada Bush-Bin Laden señalan un proceso de expansión y dominio neoliberal que genera exclusiones, nuevos campos de concentración (los de refugiados), pauperización de las grandes mayorías, la creación de espacios cerrados y seguros (como el shopping en el que transcurre Amanecer de los muertos, de Romero), concentración de recursos y bienes en un minoría, reestructuración de las normas de convivencia social y redistribución del espacio público. Todo este asunto lleva a repensar cómo se ejerce el control y la represión de los cuerpos. En un mundo que genera permanentes estados de excepción —el nazismo se valió de ese estado para señalar como seres privados de humanidad a judíos, rusos o gitanos y acabar con ellos como si se tratara de insectos—, el zombie es una categoría política.
En otras palabras, con el abandono de la filosofía y el pensamiento en manos de la ciencia, la biopolítica y el mercado global, el hombre se vuelve extraño para el hombre. El zombie, ni muerto ni vivo, es un monstruo doméstico: múltiple, no individualizado, repite con torpeza movimientos y acciones que pertenecieron al repertorio humano; dotado de un sólo órgano atrofiado, el cerebro, que en realidad funciona como estómago; no se reproduce y se manifiesta como resto (con sus colgajos de ropa calzada en el ocaso de sus días como hombre). Su presencia en la ficción cinematográfica contemporánea no es sino una gran pantalla, un cebo para distraer la mirada —como sucedía en la magistral El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1986) y en Aliens– del monstruo madre, del dios monstruoso y maquinal de un mundo sin Dios o, para usar la hermosa cita de Ernst Jünger, del demonio que habita los altares abandonados.

Volver a casa
En octubre de 2005 la cadena de televisión Showtime estrenó la primera temporada de Masters of Horror, una serie de 13 capítulos de una hora, independientes entre sí, para los que el productor, director y guionista Mick Garris convocó a varios de los hombres más prominentes del género: John Carpenter, Joe Dante, John Landis, Dario Argento, Takeshi Miike, Tobe Hooper. La edición rosarina del Bafici (el festival de cine independiente del Buenos Aires), proyectó en 2006, en el Centro Cultural Parque de España, Cigarette Burns, el episodio que rodara Carpenter para el ciclo de Garris.
En la primera temporada, Joe Dante (un director con dominio del suspenso, la ironía y el humor que se hizo conocido cuando dirigió la saga Gremlins) rodó para Masters of Horror, Homecaming (Regreso a casa). El episodio transcurre durante una elección presidencial en Estados Unidos que el espectador sigue a través de dos asesores políticos especializados en medios masivos. En una audición de tevé, una madre que tiene a su hijo en la guerra de Iraq pide ante las cámaras que su vástago y todos los jóvenes que están muriendo lejos de casa regresen, como sea, que regresen. Y, como en el clásico cuento “La pata de mono”, su deseo se cumple: los soldados comienzan a volver a la patria, después de muertos, un vasto ejército de zombies deambula por las calles del país decididos esta vez no a devorar los sesos de sus compatriotas, sino a depositar su voto en las urnas para impedir que el presidente que los mandó a la muerte vuelva a ganar las elecciones.  
“Esta es una película de terror porque la mayoría de sus personajes son republicanos”, declaró Joe Dante en Italia cuando el Festival de Cine de Turín premió su episodio en noviembre de 2005.
A diferencia de otras películas de zombies y muertos vivos, Homecoming no apuesta a la sorpresa, sino a la rutina: los muertos se pasean por las calles mojadas de un país rebautizado y en su andar desgarbado, desamparado, reverbera la imagen de los parias, los otros: negros, latinos, árabes.
El mismo Dante, que escribió la historia con el guionista de Batman, Sam Hamm, basada en un cuento de Dale Bailey (“Muerte y sufragio”) declaró al periódico Village Voice que no se anduvo con sutilezas: “Si se va a codificar el mensaje del film, que es el modo en que siempre lo hicieron las películas de horror, está bien, pero no va a llegar al público que alcanza una película de televisión, y ésta no es exactamente sutil. Alguien tenía que empezar a hacer esta clase de películas, esta clase de proclamas. Porque todo el mundo se pone miedoso: que es poco comercial, que la gente se pone molesta. ¡Por Dios, dejen que se ponga molesta! ¿Por qué no está más molesta la gente? Cada minuto alguien se muere en esta guerra, y por nada”.

La caja boba
La televisión, como la definió un célebre crítico de cine con una fecunda prole espiritual, es el “ruido”, es lo que falsea y distorsiona el mecanismo de la representación con sus pretensiones de realidad. Su modelo, desde hace unas décadas, es el noticiero, la fragmentación, lo que rechaza la tragedia y, por lo tanto, destruye la posibilidad de que sus productos circulen como bienes de intercambio simbólico. Dante no es ajeno a esta percepción cuando plantea su ficción y declara que la pasada administración republicana de Estados Unidos está “más allá de toda sátira”. Porque de la reelección del hijo de Bush trata este telefilm. “¿Vieron el noticiero últimamente –se pregunta retóricamente Dante–. Todo ha sucedido. En la famosa película Hospital Arthur Hiller —que escribió el guión con Paddy Chayefsky— quiso hacer un film lo más sombrío posible y trataron de pensar las situaciones más imposibles, como asistir a una sala de emergencias y toparse con alguien que dijera: «No puede ser atendido hasta que complete estos formularios». ¡Y eso sucede ahora!”
En otras palabras: Homecoming es también una forma de pensar la relación entre la televisión y el cine, la forma en que la ficción y esa percepción de lo real que impone la tevé podrían generar un mundo capaz de ser contado, interpretado a partir de un misterio. Para que haya un futuro con el que narrar la propia historia. Lo dice, a su modo, Dante en una entrevista con la revista Cinemascope: “Cuando yo era chico el futuro era Los supersónicos. Íbamos a tener autos voladores, veredas con cintas transportadoras y robots. Ahora el futuro son cosas cada vez más chiquitas, que están muy bien, tenemos grabadoras pequeñas y los televidentes pueden descargarse Amas de casa desesperadas en sus I-pods. Pero no es exactamente lo que se buscaba. Se suponía que viajaríamos a la luna, pero ahora sólo miramos por el ojo de la cerradura”.

viernes, 3 de diciembre de 2010

au revoir, leslie nielsen

Recuerdo que a mis alumnos del secundario les hacía ver Forbidden Planet (Fred McLeod Wilcox, 1956), en la que Leslie Nielsen joven hacía el papel del comandante Adams, una especie de galán galáctico y risueño. Y recuerdo que todos se reían cuando descubrían a Nielsen. Se reían porque era el de La pistola desnuda, aunque para mí era el de Airplane (¿Y dónde está el piloto?, 1980), es decir, para mí era ya, pese a conocerlo por sus antecedentes en el cine de género, una suerte de caricatura. Airplane había descubierto esto de poner a los veteranos de las películas de acción como Robert Stack y Lloyd Bridges a parodiar a sus propios personajes. Sin embargo, Nielsen vino a cumplir mejor que nadie esta operación que de alguna maneracompromete al tiempo. Porque para las generaciones que llegaron d espués de Airplane, Nielsen ya era esa parodia de sí aunque no se conocieran sus viejas credenciales. Y Nielsen era en mis clases, entre alumnos que habían nacido a principios de los 80, un hallazgo del pasado que inquietaba el presente, porque no podían dejar de reir cuando lo veían aparecer en las escenas de Forbidden Planet. Esas clases eran, literalmente, un viaje temporal. Y el vehículo era el míster Nielsen. Que el Señor guarde de él.
Imagen tomada de machacas.org.

martes, 30 de noviembre de 2010

¿qué es de la vida de laren?

Eso, ¿que es de la vida de Benito Laren? En 2001 o 2002, Guilla Ygelman me llamó porque iba a sacar una revista, lo que fue y hoy es Atypica, donde aún publico. Me dijo que había pensado que estaría bueno que entrevistara a Benito Laren, que si lo conocía. "Claro —dije—, si hicimos juntos la secundaria, por un rato al menos". Laura Glusman nos llevó en su Toyota a Benito y a mí a Costa Alta, donde le hizo varias fotos para luego decidirse por otras fotos, en otro lugar. Y así. Escribí esto. (Las fotos son de Laura, que me las regaló después).


Fotos de Laura Glusman.

Dice que si tuviera dinero se compraría un detector de metales y lo alquilaría entre los buscadores de tesoros que viajan al Paraguay. Dice que mientras trabaja en sus obras mira televisión y escribe. Dice también que entre sus obras, las que homenajean a otros artistas son las que más se venden. “Porque la gente quiere tener un Xul Solar, pero no puede. Entonces puede llegar a tener un Xul Solaren”. Benito Laren mira de reojo, detrás de unos anteojos oscuros color bordó, casi marrón, y estira los labios para sonreír. Algo va y vuelve en esa sonrisa. Algo que está en lo que dice pero, sobre todo, en lo que mira.
Habla del Paraguay, de sus incursiones tras los tesoros enterrados durante la guerra de la Triple Alianza, hace casi ciento cincuenta años. Habla así: “La gente no sabe que en el Paraguay, antes de la guerra, había un millón y medio de habitantes y después de la guerra quedaron doscientos mil, y eran casi todos mujeres y niños. Pasó algo parecido al éxodo jujeño, enterraban el oro antes de que se lo llevara el otro. Eso quedó por ahí. Lo que pasa que en el gobierno de Stroessner, los únicos que buscaban eran los militares, y se lo llevaban ellos. Stroessner desvió un arroyo y sacó siete barcos cargados”.
Benito Laren quiere ser conocido: “Quiero que me conozcan”, dice y sonríe, el tipo de sonrisa que con un resto irónico recuerda la de aquellos villanos de las series de los 70 que cada noche, en su guarida, reafirmaban su compromiso de conquistar el mundo al día siguiente. Nacido y criado en San Nicolás, donde repitió tres veces en la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 1, General Ingeniero Manuel Nicolás Savio, por lo que esperaba salir de ahí con dos títulos (“Es que yo iba a leer y a dibujar”, dice), Laren casi llegó a convertirse en un nicoleño anónimo hasta que en 1993 renunció a su trabajo en un laboratorio de la ex Somisa, invirtió sus ahorros en materiales para sus primeros cuadrejos (vidrio, papel metalizado, espejos y luces de colores) y se fue a Nueva York. Ahora, es decir, hasta hace unas semanas, cuando se sentó en una silla plegable de un empobrecido bar de Costa Alta para mantener esta entrevista, está entusiasmado con ir a almorzar con Mirtha Legrand. El resplandor del sol, oculto tras la barranca, le ponía más oscuros los anteojos. Laren, apenas distraído por los barcos que pasaban echando humo por el río a sus espaldas, con el puente enmarcándole la testa calva, cubierta por una gorra con visera, hablaba sin apuro y, a falta de un licuado de banana, bebía Coca Cola.
“Quiero hacer un escándalo porque me van a invitar a almorzar con Mirtha, estoy ahí nomás”, dice. Pregunta: “Ahí nomás, ¿adónde?” Respuesta: “Ya tendría que haber ido a comer con Mirtha en agosto, pero se atrasó un poco. Entonces quiero decirle que recibo mensajes de la virgen y que hicieron mal el templo, que la virgen quiere el templo a dos cuadras de ahí”. La “virgen” es la del Rosario de San Nicolás, a la que se le levantó un fastuoso templo en el terreno de la ribera nicoleña en el que antes se extendía una villa miseria. Laren, que durante el secundario pasó un año sin dormir luego de leer un libro de magia (lo perseguían luces, se despertaba ahorcándose y se acostaba con la luz prendida) fue durante cinco años a una sociedad espiritista para sacarse aquella pesadilla de encima. Ahí tuvo su primer encuentro con la virgen. Los espiritistas se reunían en una pieza, atrás de un almacén, en Rondeau y avenida Alberdi, allí “se le pintaba la virgen en la pared. Pero como no creían en eso los tipos la volvían a pintar de blanco, pero después la tuvieron que cubrir con una tela”, dice y, también: “El nivel de la gente siempre fue muy precario”. Pregunta: “¿La gente que iba a espiritismo?” Respuesta: “De la gente a nivel general. Había una comunicación con unos médiums que les decía que las chicas no fueran pintadas”. Otra pregunta: “¿Qué chicas, las que iban a espiritismo?” Y Laren: “Sí, eran todas señoras mayores, y el espíritu poseso en el médium les decía a las viejas que no se pintaran”.
Confunde, Laren confunde al enseñar su plan: “Quiero que me conozcan”, dice. Lleva una rueda de bicicleta color amarillo patito en la mano y un bolso de mano negro con una peluca y dos ejemplares de sus perfumes “Colonization”, cuyas cajas traen una obra original del artista, están numeradas y llevan su firma. Hasta ahora se venden en galerías de arte. Pero quiere desembarcar en perfumerías. Por qué no: son los perfumes “Colonization”. Dice que la mayoría de los artistas plásticos de su generación son amigos. Que apenas puede expedirse sobre sus obras y se ataja: “Yo no sé nada de arte”. Ahora pinta puertas de autos: “Yo creo que va a andar eso”, dice. Y también: “Conseguí de Duna 97, tres de Fiat 1500, antiguo, y de Peugeot. Había una de un Alfa Romeo que estaba bárbara, pero eran 1.400 dólares, así que será para el futuro”. Habla de su primer  disco de música, que acaso aparezca el año que viene. “El último de Laren”, se va a llamar, dice. Habla del programa de televisión que hará en Much Music en el que la productora lo ve como un Benny Hill local. Y habla de hacer películas triple X. “Condicionadas”, aclara. Y dice: “Bueno, yo soy un especialista en el tema. Miro mucho de eso, y ya inventé como tres películas. Estoy en la duda de actuar. Porque tengo unas formas ahí, una manera de hacer las cosas. También va a ser humorística, porque de esas no hay humorísticas”. A modo de pregunta: “A ver, tenés una «formas» para actuar en películas condicionadas”. A modo de respuesta dice Laren: “Sí, sí. Bueno, yo actuaría de una manera y la otra gente haría lo que tiene que hacer... O sea, hay un género que no se está haciendo, que es el gracioso”. La charla sigue así: “Sí, claro, son muy poco graciosas esas películas”. Laren: “Yo habré visto como quinientas y diez habrán sido interesantes”. Comentario: “Y vos incursionarías en el humor”. Y: “Claro, pero yo debería actuar porque quiero ser conocido. Lo que me interesa es figurar”.
De vuelta a los tesoros. En la entrevista se recuerda aquél chiste de los hermanos Marx: Chico entra excitado a la casa donde Groucho lee el diario. “Groucho, Groucho –dice–, hay un tesoro enterrado en la casa de al lado”. Y Groucho: “Pero si al lado no hay ninguna casa”. Y Chico: “Oh, eso no importa, construiremos una”. Y la pregunta es si a Laren le parece que sus obras pueden pensarse como un tesoro en ese sentido. Ah, pero Laren de nuevo mira de reojo tras los anteojos oscuros y estira los labios. “Alguien dijo alguna vez que los cuadros eran como tesoros, (Roberto) Jacoby, en un catálogo –dice–. Porque brillan, parecen algo así como joyas. Pero los tesoros no influyen mucho en mi obra, es sólo como un escape. En el verano hago excursiones. Me canso mucho trabajando. Ayer estuve hasta las tres de la mañana, mientras pinto miro la televisión, escucho la radio y escribo, si no me aburro. Todo el tiempo me estoy aburriendo”.
A modo de pregunta: “Escribís siempre esos juegos de palabras”. Y de respuesta: “Sí, lo que pasa es que son graciosos, es porque me sale­. Pero, no es de mi eso, porque yo me olvido enseguida de las cosas. Cuando es de uno, uno se acuerda, son cosas que uno va recibiendo, sería la inspiración y eso. Pero viste, esas cosas, cuando voy a dormir, que estoy sintonizado y entonces estoy todo el tiempo escribiendo, prendo y apago la luz, porque si no, al otro día, no me acuerdo de nada. Pero si me engancho en un tema me viene todo”. Después Laren dice que cuando mejor le “vienen las cosas” es cuando camina; pero también dice: “En realidad yo no sé cómo hago las cosas, porque, te cuento, de cuadros puedo estar haciendo como ocho a la vez, y voy combinando las cosas, y es como que voy pero no sé cómo”
Una vez más, el tesoro que quería desenterrar Chico Marx: la tentación es pensar que Laren es como Chico, que estaba dispuesto a construir una casa para derrumbarla luego y descubrir el tesoro. Pero eso le pasa a todo el mundo y suena a la vieja historia del árabe que sueña bajo su higuera con un tesoro enterrado en la otra punta del país. Llega allá y conoce a otro hombre que le dice que ha soñado con un tesoro enterrado bajo su higuera. De vuelta, descubre las riquezas sepultadas entre las raíces de la planta. La obra de Laren, uno de los artistas más sorprendentes que salió del Centro Cultural Ricardo Rojas, “en la Capital” (Laren dixit) a mediados de los 90, es también como el mapa de un vidente en el que los tiempos y los lugares aparecen transfigurados: se los mira y no se sabe qué venía primero, si el valor de lo que ellos evocan o que semejante evocación exista. No se sabe si primero hay que ir a almorzar con la Legrand o enterrarla en los cimientos de la casa que habrá que derrumbar para buscar el tesoro. Acaso todo junto. Acaso quedarse en la casa, mirando televisión o escuchando música. A propósito, ¿alguien escuchó “El último de Laren”?



Fotos de Laura Glusman.

viernes, 26 de noviembre de 2010

machete: más carne que filo



Las buenas películas, los buenos relatos, pueden prescindir de su anécdota. Es decir, nadie va a ver Titanic porque quiere saber cómo termina ese viaje en transatlántico, o nadie mira un episodio de Columbo porque quiere saber quién es el asesino. Lo que importa siempre es el relato mismo. Pero ojo, a no confundir, también una película porno prescinde de anécdota, aunque a nadie se le ocurriría que lo que allí importa es el relato mismo. Machete es una cruza entre las películas anecdóticas y las porno. Y por porno no me refiero a los senos de Lindsay Lohan, que llenan un par de veces la pantalla, ni a las botas siliconadas de Jessica Alba, que asoman imponentes tras la puerta de un patrullero. Lo porno es una colección de clichés, de imágenes que postulan un cierto goce y se acaban en sí mismas, por ejemplo, todas las que afirman la bravura del héroe Machete (Danny Trejo), aunque parece claro que las intenciones del director Robert Rodríguez son paródicas o satíricas.
Bueno, entonces tenemos que Machete, nacida de una idea de Rodríguez cuando trabajaba con Quentin Tarantino en Grindhouse (Grindhouse fue un combo de dos películas que hicieron Rodríguez-Tarantino: Planet Terror y Death Proof) es una anécdota sobre el tráfico de drogas en la frontera entre Estados Unidos y México. Jeff Fahey, que interpreta a Michael Booth, lo explica en el film: es necesario cerrar la frontera y dominarla para dificultar el ingreso de la droga a los EEUU y aumentar así las ganancias. En esto hay mezclados policías, autoridades fronterizas y un senador de derechas (Robert De Niro).
En medio de esto hay que levantar el mito de Machete: un exfederal mexicano enfrentado a un sanguinario traficante quien, una vez del lado estadounidense, es ayudado por mujeres cuyo sex appeal tiene su cima en la Alba o Michelle Rodríguez (Ana Lucía en Lost).
Sí, sí. Rodríguez dijo que la inspiración fueron los primeros films de John Woo y, claro está, las películas de este tipo rodadas en los 70 que tuvieron como protagonista a Charles Bronson. Películas cuya audiencia era por lo general las mismas víctimas de los héroes que las protagonizaban. Un público que hoy padece una mezcla de síndrome de Estocolmo y goce vintage.
Me dicen que Machete  es políticamente incorrecta por sus declaraciones políticas o, como decíamos antes, por su argumento, por aquello que dice Fahey. A mí me parece que lo incorrecto es la misma presencia de Fahey, con ese rostro de actor de Triple X, y el hecho de que todas las mujeres mexicanas luzcan como prostitutas cuando es cada vez más fuerte la prédica del género, etcétera.
Como en los blogs autosatisfactorios, este tipo de películas festeja las maratones televisivas de la adolescencia de sus directores, cuando el goce parecía estar al alcance de la mano (las manos en esos dos controles remotos que conocen los adolescentes: el del televisor y el pene).
Uno desearía que la cinefilia de Rodríguez o Tarantino tuviese un costado más inteligente, por ejemplo apoyándose en las sobresalientes postulaciones sobre las pandillas de The Warriors (Walter Hill, 1979), pero no, cuando se acerca la hora de elaborar la trama las ideas son totalmente caprichosas y vienen de cualquier lado y en cualquier lado permanecen: la revolución (acaso porque los mexicanos tienen un partido revolucionario institucionalizado), la revuelta, la red (network), todas cuestiones que son antes un guiño periodístico, referencial, que cinéfilo.
Sí, puede argüirse que es sólo una película, pero si no creemos en las películas, ¿en qué vamos a creer? ¿En las noticias?

Coda. Mutilaciones
Me olvidaba. Rodríguez —o lo que sea que la entidad Robert Rodríguez representa— mutila en Machete a Michelle Rodríguez, haciéndole perder el ojo derecho —ah, ojo, acá hay un spoiler. También en Planet Terror, su versión de las películas de zombies en tono maratón de sábado por la tarde de tevé, mutilaba a Rose McGowan (ver la foto al final), a quien los zombies le devoraban una pierna, y la convertían en una pirata posapocalíptica, con una ametralladora en lugar de pata de palo. Nuestra Michelle encuentra otro atributo pirata en Machete: el parche en el ojo. Lo que no sé aún, lo que no me puse a pensar, es si estos atributos piratas, o estas mutilaciones, le deben algo al cine, a la saga Saw o a las noticias de Guantánamo.

Rose McGowan en Planet Terror.

 Las piernas de Jessica Alba
 Jeff Fahey, un rostro Triple X.

 Jessica Alba piensa en el baño.
 Las mexicanas son todas trolas.
 Michelle Rodriguez... Michelle...


 Lindsay Lohan, las yankis son todas trolas.

martes, 23 de noviembre de 2010

hermanos en armas

Son pocas las películas coreanas sobre la guerra entre las dos Coreas (1950-1953), acaso el conflicto más cruento de la Guerra Fría: dejó poco más de dos millones de muertos y mutilados a un lado y otro del Paralelo 38, que vendría a dividir dos ideologías aunque con parientes en las dos orillas. Incluso comparadas con los films producidos por Hollywood y sus sucedáneos, que incluyen directores como Samuel Fuller (El casco de acero, 1951) o actores como Rock Hudson, Kirk Douglas o William Holden.
La primera de esas películas surcoreanas fue Zona de riesgo (Joint Security Area, dirigida por Park Chan-wook). Se estrenó en 2000 y logró un récord de audiencia inédito en su país. Trataba de la relación entre guardias de frontera, unos surcoreanos —el ejército entrenado y asistido por Estados Unidos— y otros norcoreanos —adiestrados con rezagos del estalinismo soviético— que, a fuerza de compartir en la relativa calma de los 80 un espacio de unos pocos metros, iniciaban una amistad hasta que un crimen desbarataba esos planes apacibles y comenzaba una investigación que es la trama del film. La escenografía incluía imágenes en Panmunjeom, la zona desmilitarizada de la frontera entre las dos Coreas, donde guardias de uno y otro país vigilan la línea del Paralelo 38 enfrentados a poco más de dos metros.
Cuatro años más tarde, Kang Je-gyu estrenaría la que acaso resultó la epopeya de guerra más completa de ese conflicto, Taegukgi Hwinallimyo (traducida al inglés y español como La hermandad de la guerra). La división involuntaria de una familia, a uno y otro lado de la frontera, y el enfrentamiento sanguinario e injusto en los dos bandos es el paisaje permanente de la película en la que predomina la visión de esos días como un campo de exploración del terror, el fanatismo y la desolación.
Entre las películas que abordan el tema, la guerra entre las dos Coreas aparece tangencialmente, por ejemplo en Silmido (2003), en la que la crítica observó parentescos con Los doce del patíbulo (The Dirty Dozen, Robert Aldrich, 1967), pero no hay mucho más.
Cierto, el tono de tragedia de La hermandad —una historia de hermanos con un sacrificio que deviene metáfora de un pueblo— y el de melodrama de Zona de riesgo, hacen pensar a muchos que el cine surcoreano —del norcoreano no hay demasiadas noticias todavía— está demasiado atado a cierta estética occidental. Sin embargo, los personajes divididos de estos films, lejos de encarnar figuras heroicas, se nos muestran vencidos y nostálgicos no de un ideal patriótico, sino de una vida comunitaria pequeña, en la que la misma relación de parentesco alude a esa delicada intimidad perdida. Acaso esa extranjería que los hombres de los films exhiben —extranjeros en esta configuración de unos bloques nacionales forjados en el fuego y la sangre— sea el rasgo más particular de unas películas que encuentran su lugar en el cine al mismo tiempo que hallan su lugar en la Historia.

domingo, 21 de noviembre de 2010

el corazón de las cosas

Me sorprende Ivana Romero citándome en este delicado post en su blog. Pone: "una siente que debe escribir así, sobre cosas poco integradas porque finalmente algo bueno sucede". Y sí, esa es la idea: mencionar las cosas para que ocurran. O no hacerlo.  

sábado, 20 de noviembre de 2010

berazategui

Pintada en la pared del andén de la estación Rosario Norte. Parece que la gente de Berazategui no pregona el consensuado amor por la ciudad.